TANATOS12

CAPÍTULO 11
Gracias a una mirada que exteriorizaba no solo mi conformidad, sino mi interés, María supo que no tenía ni por qué preguntarme. Accedió entonces a la propuesta de ese hombre, y yo di la vuelta con el coche. En diez minutos estaríamos donde Carlos le había indicado.
Quizás no fuera a pasar realmente nada. Quizás íbamos allí a charlar con él. Sin más. A charlar con un cliente del despacho de María porque le había caído suficientemente bien. O quizás fuera todo un auto engaño y no sabíamos ya como abandonar nuestro juego sin abandonarlo.
Mientras conducía pensaba en que había pasado un mes desde la catarsis, pero que se estaba produciendo una purga parcial, ya que todo esto con Carlos estaba fluyendo de una manera sorprendentemente simple; como si siguiéramos un camino evidente, sin negativas extremas ni embaucamientos descarados.
Entonces mi mente reparó en mi otro frente abierto, y comenzó a advertirme de que cuanto más postergara mi confesión sobre Begoña más difícil me sería justificar mi retraso.
Finalmente el mundo real me sacó de mis barruntes, y atisbé una gran explanada, con un edificio detrás y no demasiados coches aparcados. Todo muy deslavazado. A medias. Con una urbanización al lado, a medio construir, y el sonido de fondo de un avión que recién despegaba.  
—Ahí. Aparca ahí si quieres. Ese es su coche —dijo María señalándome una berlina oscura.
Aparqué donde me indicó, bajamos del coche y caminamos por la explanada de tierra hacia el hotel, que se hallaba unos treinta metros más atrás. En seguida vi que toda la planta baja estaba iluminada y casi completamente envuelta por una gran cristalera, en lo que parecía ser un vestíbulo amplio con un salón aún más espacioso. Una vez entramos ya no tuve tiempo a adivinar qué hacíamos exactamente allí, pasadas las dos de la madrugada de aquel viernes, pues sentí que María era abordada por alguien.
De estatura solvente, con buen ancho de hombros, pero a la vez estilizado, con pelo canoso y piel algo arrugada, en surcos de expresión concretos y machacada por el sol; aquel hombre, en traje de chaqueta de un tono tostado y camisa blanca, se me presentaba alargando su mano con una sonrisa abundante y unos ojos tan claros como pequeños.
No es que me lo hubiera imaginado de otra manera, pues no me lo había imaginado, pero no vi a un hombre caduco sino a un señor con aplomo y maduro, que nos invitaba a caminar con él, pasando la barra, y a sentarnos en un sofá blanco, sobradamente grande, frente a una mesa de cristal. Había bastante gente, muchos con maletas, lo cual me extrañó a aquellas horas, y sonaba una melodía instrumental, de las que pretenden sedar, pero que a mí me suelen poner nervioso.
No optó por el sillón, sino que también se unió al sofá, quedando María en el medio, y pronto nos explicaba las posibilidades urbanísticas de la zona, gesticulando casi más con sus pequeños ojos, donde parecía no haber pupila sino una masa uniforme de iris azul, que con sus manos. Los tres conversábamos distendidos, pero conscientes del elefante en la habitación: la confesión de María del por qué había quedado con él horas antes.
—Mejor vamos a pedir. ¿Os parece? Que aquí solo atienden en la barra, seas quién seas —acabó por decir, algo petulante, y yo hice ademán de levantarme, al igual que María.
—Con cuatro manos llegará —aseguró, haciéndome un gesto con la mano, para que me volviera a sentar, eligiendo así a su acompañante, de una manera tan sutil como capciosa.
—Te iba a preguntar qué quieres, pero seguro que ella ya lo sabe —volvió a hablar él, al tiempo que ella protestaba por el exceso de calor y se quitaba la chaqueta, la cual cogí y la coloqué en el sofá, detrás de mí.
Mientras caminaban hacia la barra miré a mi alrededor en busca de caras de incredulidad y de desaprobación. Caras de reproche hacia ella y de envidia hacia él, por ver a un pibón de treinta y cinco con un viejo cincuentón, pero lo cierto era que no desentonaban tantísimo. No era como verla con un Marcos o un Víctor. Y, además, aquel salón no era un funesto y oscuro pub, por lo que más parecían un jefe experto y una jefa de ascenso meteórico en un viaje de negocios que una sucia cadena de favores. Descubrí entonces la importancia del contexto.
Les veía alejarse y la camisa de seda azul de María parecía ondear a cada paso, produciendo una imagen de finura y delicadeza que contrastaba con el empaque recio, pero espigado, de un Carlos contundente, que sin duda se cuidaba.
Antes de que me pudiera dar cuenta hablaban con otra pareja, allí, en la barra. Y me era imposible saber si se acababan de conocer o si eran conocidos de Carlos, pues se le veía con un don de gentes suficiente como para llevar a ese tipo de dudas.
Me preguntaba por qué él había accedido a quedar, estando yo presente y sabiendo de los dos mantras de María, y no era capaz de adivinarlo. Y me preguntaba por qué lo había hecho María, y podía sospechar en ella el motivo: quizás una segunda oportunidad para intentar lo que con Carlos aún no había conseguido y conseguía con todos: Ese traspiés nervioso. Esa frase precipitada. Esa mirada sucia. Ese “te quiero follar”, dicho con la mirada. “Educado sí, pero deséame como el que más”.
Abandonaron a la otra pareja, girándose entonces hacia la barra, y en ese giro no hubo gesto cercano, ni mano en la cintura, quizás por ser conocedor de la regla de prohibición, ni intento de nada. Después caminaron de vuelta hacia mí y se sentaban en el mismo orden y de nuevo la charla se hizo contenida. Él, correcto, nos miraba tanto a mí como a ella al hablarnos, pero la sensación era de que la buscaba más a ella. Así que pronto pedí permiso para ausentarme y me puse en pie, y me alejé un poco, hasta llegar a la gran cristalera, por esa necesidad de verla atacada, pero, sobre todo, por sospechar que quizás fuera mi presencia la que estaba enquistando el devenir adecuado de la conversación.
El Pablo de un año atrás habría seguido en aquel sofá. Nervioso. Imaginando barbaridades. Y quizás sacando él mismo temas verdaderamente escabrosos. Pero allí estaba yo, contemplando las luces de la ciudad, con mi copa. Tenso, sí, pero a la vez con una experiencia que me ayudaba a no acelerar cuando no tocaba.
Tras esperar un tiempo prudencial me volví y les vi, tal cual les había dejado: él sentado, con la espalda muy recta, mirándola y asintiendo con serenidad, y María con las piernas cruzadas, girada hacia él, pero sin un giro de torso que manifestara una dedicación exclusiva, y, a medida que me acercaba y podía empezar a entender lo que decían, supe que había acertado. Sí, el tema del que hablaban era el que debía ser. Mi ausencia había ayudado. Seguramente Carlos había supuesto que yo tenía más poder y peso del que realmente tenía y le había costado sacar el tema estando yo presente. Eso sí, parecía inteligente de sobra como para no tardar demasiado en darse cuenta de que mía solo era la idea original y los intentos de manipulación, todo lo demás era gestionado y estaba bajo la competencia de María.
—Sí, básicamente es eso. Fantasear con eso después en casa —dijo ella.
—¿Y lo habéis hecho muchas veces? —preguntó Carlos, mientras me sentaba.
—No. Pocas.
—Bueno, todos tenemos nuestras cosas, si la policía pudiera leer mi mente, seguro que ya estaría en la cárcel —dijo, como queriéndole quitar peso al juego que le volvía a confesar María.
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —preguntó ella.
—¿Que qué pienso…?
—Sí… qué es eso… o esas cosas… tan… punibles… —dijo María, metida en la conversación a la vez que entonaba sus palabras con una apatía cínica.
—No. No. Hoy no es mi noche —respondió él, ya siempre hacia ella.
—Algo suave habrá que puedas… testificar tú también.
—Lo suave no le interesa a nadie. Y a ti, menos —dijo Carlos, bebiendo de su copa y posándola de nuevo sobre la mesa de cristal, a escaso medio metro de ella.
—Bueno, supón que me interesa… Igual tres o cuatro suaves hacen una fuerte —dijo María, sin querer soltarle.
Carlos se quedó un instante pensativo y dijo:
—Cuatro suaves no te voy a decir. Más que nada porque no quiero aburrirte, pero… bueno… una podría ser… tus tacones.
—¿Qué les pasa?
—No los zapatos en sí. Sino cómo los llevas. Cómo caminas con ellos.
—Sí… Es suave… sí —rio ella, poderosa pero a la vez algo ruborizada.
—Y… —prosiguió— otro suave podría ser… Mirar. A todo el mundo le gusta mirar.
María se acomodó un poco mejor en el sofá, con sus piernas permanentemente cruzadas, y, como consecuencia de su movimiento, su espalda casi llegó a contactar con mi torso.
Giró entonces su cara. Cerca de mí. Cerca de la mía. Y me miró. Y, recostada casi sobre mi pecho, que, erguido, no se movía un ápice, la entendí dispuesta a darle una limosna. Bajé un poco mi cara y nuestros labios se juntaron. Ella abrió su boca mínimamente y nuestras bocas se fundieron. De golpe nos besábamos. Delante de él. Su lengua era humedad pura y se me erizaba la piel cada vez que rozaba la mía. Sus labios fríos me hacían estremecer y el beso se alargaba unos segundos en los que yo pude pensar que aquel beso no la excitaba nada a ella, por mí, pero quizás sí por él, o por lo que podría despertar y hacer crecer en él.
Ella inició el beso cuando quiso y lo cortó cuando quiso. Volvió entonces su cara hacia adelante y, algo bebida o pudorosa, o las dos cosas, o fingiendo la segunda, llevó su mano hacia la copa que yacía sobre la mesa.
María dio entonces un trago, pero era un sorbo diferente a los anteriores, pues ahora le miraba mientras bebía. Y él, no solo no se amilanó, sino que dijo:
—Otra vez.

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