LOLA BARNON

—Lo sé. Mamen. Lo sé… —repitió Nico—. Voy a pensarlo. De verdad. Entiendo que no podemos seguir así.

En ese momento, me acordé con fuerza de Eduardo. Y gratamente, lo senti muy cercano a mí.

Cuando llegué a casa de Isabel, aun me rebotaba ese «voy a pensarlo» de Nico. No quise decirles nada a Tania y a Mamen. Me daba la sensación de que les daba el turre con todo aquello. Pero en ese momento, entró Luis. Venía de correr. Se duchó y se puso a picar algo con nosotras. Yo acababa de preguntar a mis amigas acerca de qué hacía con Eduardo. Tania, estaba completamente convencida de que era un chico con el que debía intentarlo. Isabel, además, lo veía muy mono.

En ese momento, miré a Luis y me atreví a preguntarle.

—¿Tú qué opinas, Luis?

—¿Me dices a mí, Mamen?

—No hay otro Luis por aquí… —sonreí con un gesto inequívoco.

—No me metas en esos líos, Mamen… —me replicó intentando zafarse de la pregunta.

—No, dinos… en serio. ¿Qué opinas? —Me apoyó Tania.

—Mira que sois malas… —Isabel, como era normal, intentó protegerle.

—Venga va… Dime, ¿qué hago? —Yo insistí. En mi mente bullía que Luis era una persona con algo especial. Si no, ¿cómo había sido capaz de reconstruir su matrimonio después de lo de Isabel? Aquello me daba una especie de seguridad en su opinión.

—¿En serio me lo preguntas…? —Insistió.

—Claro —le respondí.

—De acuerdo. —Se limpió las manos y apuró la copa de vino mientras parecía pensar—. ¿Cuándo estás sola, en tu casa por la noche, te acuerdas de él? —dijo ya mirándome y tras servirse de nuevo.

—Sí… —dije algo extrañada. Era obvio que si preguntaba por él, era porque de alguna forma ocupaba un lugar especial o preferente en mi mente.

—¿Es un sí, de, qué ganas de verlo o un sí, de qué tal estará? —insistió Luis.

—Pues… cuando llego a casa, lo llamo.

—Algo es algo, pero no sé si suficiente —comentó tras comer algo de jamón—. ¿Y cuándo cuelgas?

—¿Cómo cuando cuelgo? ¿Que qué hago cuando cuelgo? —pregunté en ese momento ya intrigada.

—Sí, claro. ¿Cuelgas y te haces la cena? o ¿cuelgas y te quedas pensando en qué bonita está la noche?

Recuerdo que Tania se rio.

—Esa es una buena pregunta, mi niña.

—Últimamente pienso que me apetece irme a una casa rural con él a pasar un fin de semana… —contesté vislumbrando lo que intentaba decirme Luis.

—Pues quédatelo —respondió el marido de Isabel con seguridad volviendo a picar algo de jamón.

—Isabel —intervino Tania en ese momento—, yo quiero uno como tu Luis. ¿Dónde se encargan, mi niña? 

—Tania, cielo, se rompió el molde —replicó Isabel con gracia.

—Lo rompiste tú, cabrona… —le espetó con un mohín de burla, nuestra amiga, la policía nacional.

—No te quepa duda, corazón.

Mientras Isabel y Tania se echaban a reír, yo miraba a Luis y reflexionaba en lo que me acababa de decir.

—Pues creo que te voy a hacer caso… —dije finalmente elevando la copa y ofreciéndole un brindis.

Aquel día, en ese momento, Eduardo y yo comenzamos nuestra vida en común.

Y Nico, de alguna forma, fue diluyéndose en mi corazón.

7

¿Te apetece ir al cine?

(Nico)

No pude evitar quedarme mirándola. Seguía muy guapa, muy sexy, muy elegante. E iba de la mano de un chico que me resultaba vagamente conocido.

Mamen no me vio, no se percató de que yo estaba allí, a menos de veinte metros de ella en ese atiborrado centro comercial. Le seguí con la mirada. Iba al cine con ese chico. Miraban la cartelera y señalaban. Quizá no tenían decidido la película que iban a ver.

Ella y yo habíamos ido poco al cine durante nuestra época de noviazgo. No era de nuestras aficiones principales. Ahora, sin embargo, parecía que a ella sí le gustaba por el interés que parecía poner al elegir la película. Sonreí para mí.

Había pasado un mes y medio o así desde que nos vimos la última vez. Los últimos mensajes por WhatsApp ya habían sido casi de cortesía, de saber qué tal estaba y poco más. Pero desde la última vez que quedamos, que nos besamos en los labios y le dije que iba a pensarme lo nuestro, ya no habíamos vuelto a quedar.

«—Lo sé. Mamen. Lo sé… Voy a pensarlo. De verdad. Entiendo que no podemos seguir así.»

Recordaba mis palabras perfectamente. Pero, en verdad, aquello que yo le decía sobre pensarme lo nuestro, no lo hice. O si lo hice, no fue con la intensidad que Mamen parecía demandarme. En ese momento, continuaba sin tenerlo claro. Ni siquiera ahora, seis o siete semanas después, podía jurar que lo tuviera…

Recuerdo que tras un mensaje que le puse, tardó en contestarme dos o tres días. Ahí empecé a darme cuenta de que ya estaba todo decidido por ella. Y, posiblemente, también por mí. No sufrí, curiosamente, cuando me percaté de que todo finalizaba. Fue más parecido a una decepción, y no a la sensación de fracaso.

Verla con otro chico me resultaba extraño. Y de nuevo me sorprendí a mí mismo. La había visto follar con otros en mi presencia o con mi permiso. Pero, de forma extraña, incoherente o sin sentido, me impactaba más verla ir al cine con un chico de la mano. Me quedé pensativo mientras continuaba observándolos. Ahora reían. Él debía haberle dicho algo gracioso y ella, además de sonreír, le acarició la mejilla y lo besó suavemente. Luego, volvió a señalar a una de las películas de la cartelera.

Recordé en apenas unos segundos nuestra vida en común. La forma en que habíamos dinamitado lo nuestro. Yo, por esa perversión de verla teniendo sexo con otros, que me tuvo atrapado. Ella, porque de alguna forma se despegó de mis intenciones y empezó a tomar decisiones por su cuenta. ¿Quién tenía la culpa? Ni idea. Quizá ambos en la proporción que se quisiera dar a cada uno, y según qué opinión se escuchara. Pero yo solo tenía la mía. Nadie más, salvo Jorge, conocía nuestra faceta sexual. Y a Jorge hacía mucho que no lo veía ni hablaba con él. Desde mi vuelta de Ibiza concretamente.

Lo podía haber hecho, y creo sinceramente que no se hubiera negado a aconsejarme de nuevo. Pero yo noté ese día que me sugirió que le propusiera a Mamen estar yo con otras, que no era plato de su gusto seguir opinando de nuestra relación. Posiblemente, no se iba a negar de surgir de nuevo una necesidad por mi parte de comentarle algo. Pero entendí, y lo sigo haciendo, que ya era suficiente. Así que, opté por seguir mi vida sin la opinión o intervención de Jorge.

Y digo bien: sin la intervención. Con Patricia, porque lo que había entre ella y yo empezaba a ser algo más que una simple amistad con derecho a roce, no me había apretado esa perversión mía del sexo liberal. Quizá, pensé en alguna ocasión, mi decisión de hacerlo con Mamen se debía, por una parte a esa sexualidad latente e innata que poseía, y una especie de liberalidad que me brotó tras compartir esos juegos y fantasías con ella.

Con Patricia, simplemente, fue diferente. Era buena en la cama. Sin llegar a emanar esa intensa sexualidad de Mamen, se comportaba de forma activa y atrevida. Pero no me había resuelto a entrar en juegos de fantasías todavía. Y desconocía si un día lo haría. Me aterraba que si lo nuestro cuajaba, volviera a torpedearlo con la entrada de terceros. No, prefería ni siquiera cavilar en aquello.

En ese momento, pensé para mí, como si se descorriera una cortina pesada y me dejara ver un salón oculto a mi vista, que mi miedo a regresar con Mamen era debido a una doble cuestión. La primera, el miedo a que me volviera a ser infiel, por muy extraño que eso sonara en una pareja liberal. Y lo segundo, porque quizá con ella, pasado un tiempo, era posible que volviera a sentir ese vértigo de la infidelidad consentida.

Tenía claro que aquello había sido el fin de lo nuestro, y que me asustaba siquiera pensar en tener una experiencia así de nuevo. Pero también que me sentía como un alcohólico rehabilitado con el miedo a volver un día a probar el ron.

Tenía que reconocer que hacían una buena pareja. Ya parecían haber decidido qué película ver y se dirigían a la taquilla. Los vi entrar, ya de espaldas a mí. Mentalmente, me despedí de Mamen y, aunque ya empezaba a no sentir casi nada por ella, no pude reprimir una especie de tristeza.

—Vaya cola había en la tienda…

La voz de Patricia me sacó de mis pensamientos. Había ido a cambiar una falda y yo preferí esperar fuera. Lo normal en ella era que, no solo cambiara la prenda en cuestión, sino que aprovechara para probarse o comprar, si se terciaba, algo más. Mi excusa había sido ir a ver si cenábamos rápidamente en uno de los locales de pizzas, hamburguesas o comida casi rápida, e irnos a casa. Yo quería terminar de revisar unos planos para poder plantear al día siguiente, algunas soluciones alternativas con uno de los arquitectos del despacho a unas reformas de unos locales que nos habían planteado.

Miré a Patricia, pero no dije nada.

—¿Estabas pensando en ir al cine? La verdad que podíamos ir un día… A mí sí me gusta. No sé qué ponen, pero si te apetece ir, podemos entrar —dijo mirándose el reloj—. Alguna debe haber que empiece ahora.

—No, no… —me contuve—. Hoy, no. Pero sí, podemos ir algún día. Prefiero ir a casa, que tengo que ver esos planos… —dije como excusa, aunque fuera verdadera.

—Sí, me lo habías dicho… ¿Entonces cenamos?

—¿Qué te parece si compramos sushi y nos vamos a mi casa…?

—¿Me estás invitando a tu apartamento? —Preguntó con una sonrisa Patricia.

—Sí… La verdad es que sí.

—Bueno…

—Y si quieres, puedes empezar a dejar el cepillo de dientes… Y un pijama —sonreí mientras le cogía de la cintura.

Ella me miró y esbozó una tenue sonrisa.

—Eso que me estás diciendo, significa…

Asentí despacio.

—Justamente, eso.

Nos besamos y le abracé.

Volví a despedirme de Mamen en mi interior…

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