SILVIA ZALER

La génesis de esa conversación fue una semana atrás. Mi marido se iba ese sábado y domingo. Torneo de golf de un circuito al que solían ir varios amigos si los campos eran buenos. En este caso, era Jávea, con lo que se iba a nuestra casa con dos conocidos. Lo malo es que la bolsa de golf regresó con los palos sin haber sido usados, idénticas rozaduras y señales en la bolsa, mismo número de pelotas en los bolsillos laterales… Yo también sabía buscar evidencias.

Yo estaba convencida que no había ido a jugar al golf, ni con ningún conocido. Más que nada, por las conversaciones a escondidas y porque ninguno de esos supuestos amigos, se quedaba en nuestra casa. Curioso, cuando me había dicho que la idea de ir a jugar allí era suya. No es normal en mi marido ser tan mal anfitrión. Así es, zorras, se debía a la rubia de bote. Un fin de semana en nuestra casa de Jávea para ellos dos.

Decidí pagarle con la misma moneda y correrme una juerga a base de polvos y lo que surgiera. Lo primero que hice, fue buscar acomodo para nuestros hijos y así tener el fin de semana totalmente libre. Entendedme, no es que despreciara a mis hijos. Al contrario, los adoro. Y ellos llevaban un tiempo pasando mucho rato con dos amigos suyos, hijos de conocidos, y también hermanos. Sé que no es lo correcto, pero necesitaba desfogarme. Me equivoqué, seguramente, pero actué por un impulso inmaduro y tonto.

Por suerte, ese fin de semana celebraban en la finca de un compañero un cumpleaños que duraba el sábado y el domingo. La madre, una chica muy maja y dispuesta, se llevaba a ocho chicos y a diez chicas de colegio. Entre ellos, esos dos hermanos tan amigos de mis hijos. Fantástico, me dije.

¿Cuál era mi plan? Correcto: follar. ¿Con quién? Pues por esas cosas de la vida que parece que se alinean los planetas, Jorge y Julián iban a estar en Madrid ese fin de semana. El viernes, con Julián. Y el sábado, con Jaime. Y, por petición expresa de él, Gabriela. Me mojaba solo de pensar en esas dos pollas para mí y en mi amiba follando conmigo al buenorro de Jaime. Lo tenía todo preparado.

La cosa empezó a torcerse, cuando Gabriela ni me cogió el teléfono. Insistí, pero fue imposible. Un sencillo mensaje de texto me corroboró que no estaba ni siquiera en Madrid. Que necesitaba pensar en su marido y en su vida.

Lo siento, de verdad, pero no me veo, Elsa.

Estoy decaída y sin mucho ánimo.

Necesito tiempo para mí. Lo de ahora se me ha ido de las manos…

No entendí la última frase. O al menos, no se refería a nosotras. Porque ya no venía nunca. ¿Seguía con ese hombre misterioso? ¿Había vuelto con él después de intentar separarse? Algo no me cuadraba, me dije.

En esos días, las cosas estaban empezando a ponerse feas con lo del coronavirus. En Italia, por ejemplo, ya se hablaba de cerca de doscientos muertos. En Nueva York estaban a punto de poner el estado de alarma y el mundo entero, sin saberlo, se asomaba a una de las mayores crisis sanitarias mundiales. En España aún no se habían tomado las cosas muy en serio y las informaciones animaban a ir a la manifestación del 8 de marzo. Muchos periodistas, de hecho, habían hablado de alarmismo hasta pocos días atrás cuando algún político pedía el cierre de fronteras y encarar con firmeza la crisis sanitaria que se avecinaba.

En casa, y gracias a un amigo farmacéutico, teníamos ya mascarillas, guantes y gel alcohólico, pero ni sospechábamos la magnitud de la pandemia. En China habían muerto algo más de tres mil personas. O eso decían, porque se empezaban a escuchar voces que ponían en entredicho las cifras oficiales del gigante asiático.

Ese viernes, a las ocho, mis hijos se fueron a la finca de sus amigos. Y el jueves, mi marido, a Jávea. Yo, según salieron todos por la puerta, y me quedé sola, me hice un buen porro de maría que me fumé mientras mensajeaba a Julián.

Por suerte, había terminado pronto de ver a sus hijos. Andaba otra vez de líos de abogados con la ex que le puteaba constantemente. Eran las ocho y media de la tarde y me decía que, sobre las diez, estaría allí. En mi casa. Dispuesto a meterme una de sus magníficas folladas.

No os voy a poner cachondas contándoos otra vez cómo folla Julián, que lo sabéis de sobra, pero diré que me lo pasé muy bien. Cuando llegó, y antes de que entrara por la puerta del camino vecinal como hacía siempre, me enchufé un tiro de coca. El segundo porro lo dejé preparado para el segundo o tercer polvo. Me lo pensaba follar todo lo que pudiera.

Excitada por la coca y el pollón de Julián, como os podéis imaginar, le hice una mamada de las mías. Muy buena, con dedicación y ganas. Me volvía loca tener su polla en la boca mientras la tocaba los inmensos huevos que tiene.

Ese día me lo hice con él tres veces. En el salón dos, y el último polvo, en el dormitorio. Alterné dos aspiraditas más de coca y un porro cargado y largo que me hizo ver las estrellas cuando Julián me ensartó por el culo y me llevó a un orgasmo mágico.

No sé las veces que me la metí en la boca. Hicimos varias posturas y me comió el coño como solo he encontrado a él que lo haga. Tuve con su boca un orgasmo devastador, como un trueno, que me recorrió desde las cejas hasta la punta de los dedos de mis pies. Si no ha sido el mejor orgasmo de mi vida, poco le ha debido faltar. De la misa forma que en cuanto veo su pollón me lo tengo que meter en la boca, es ver a Julián y abrirme de piernas para que me lleve a la gloria con su boca, su lengua y sus dedos en mi clítoris.

Una de sus corridas, el segundo polvo, que terminé con a boca, me regó entera. No sé si ha habido alguna otra vez que me haya lanzado su esperma con tanta cantidad. Me dijo que venía calentito de su ex. Quizá, o al menos así lo intuí, los cabreos con su exmujer le hacían entrar en un estado de tensión que incluso afectaba a la cantidad de lo que descargaba. Para bien. O por lo menos, bien para mí, que me pone muy caliente que un tío de corra encima de mí.

Lo malo, porque no todo puede ser perfecto, es que Julián seguía enganchado a mí. Ese día, saliendo de mi casa, a las tres y media de la mañana se me quedó mirando.

—Me gustaría un día dormir contigo…

No dije nada, pero le abracé con cariño. Él, podemos decir que me estrujó contra su pecho. Le di un ligero piquito en los labios y sonreí. Creo que captó el mensaje. No vamos a dormir juntos. Y creo que nunca.

—¿Nos vemos mañana? —me preguntó cuando dio dos pasos ya fuera del camino vecinal.

—He quedado, cariño. —Le acaricié la cara y contesté con una corta negación.

Asintió despacio, y también entendió que yo, al día siguiente, tenía planes y que en ellos no se encontraba él. Algo me dijo que aquella frase mía era un torpedo en su línea de flotación.

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