TANATOS12

CAPÍTULO 10
Una vez en el cuarto de baño pensaba en si lo que estaba sucediendo era lo que queríamos, lo que quería María, o si era una especie de arreglo o apaño para no complicarnos más la vida. Era difícil de saber, pues aún estaba latente el susto de sentir que la perdía y seguramente quedaba en ella aún un poso de desencanto por mi traición.
Salí del aseo, suponiendo una María, de pie, junto a la barra, esperando por mí, pero me encontré a una María, sí de pie y junto a la barra, pero acompañada de tres personas.
Tardé una décima de segundo en darme cuenta de que no eran gente conocida, que había sido literalmente asaltada, por dos chicos y una chica, los tres bien vestidos y aproximadamente de nuestra edad. Me puse alto tenso y no quise intervenir, quise estudiar la situación, quise intentar deducir qué sucedía: no podía saber si los tres eran amigos o si ella era pareja de uno de ellos, lo que estaba claro era que el más alto tomaba la iniciativa, hablándole cerca a María, lo cual no parecía demasiado necesario, pues tampoco la música obligaba a alzar la voz.
Yo, frente a ellos, apartado, a unos tres metros, contemplaba cómo ella, con su bolso colgado de su hombro izquierdo y con su chaqueta colgada de su brazo de derecho, recibía aquel acoso, por lo que se formaban dos parejas, y todo aquello sin haber cerrado ella aquel botón que yo había soltado.
María me miró fugazmente mientras aquel hombre espigado juntaba su cara con la de ella y le hablaba al oído. Y volví a sentir aquel cosquilleo de verla atacada. La rojez de sus mejillas no había descendido desde que la había abandonado allí, habiendo dejado en su imaginación la idea de ser follada aquella noche, no por mí, sino por el arnés, disfrazado de aquel viejo inmodesto y pudiente.
Miré a mi alrededor y fui consciente entonces de que el ambiente era extraño. Había grupos de amigos, vestidos como si vinieran directamente de sus oficinas, pero también había parejas que no parecían tener demasiada confianza. Primeras citas… segundas citas… y algo me decía que también parejas no del todo lícitas, que alguna casada o algún casado estaba allí, disfrutando, no del delito, sino de la preparación del mismo, lo cual podría llegar a ser incluso más ansiado que el delito en sí.
Volví a mirarles. El botón seguía cruelmente desabrochado y el escote era una incitación abusiva. El chico gesticulaba, como si no quisiera darle a ella un respiro que pudiera desembocar en una despedida.
Ella se remangaba una camisa ya remangada, apuraba una copa ya acabada y ladeaba su cabeza para permitir que él llevara su boca a su oreja, con una mezcla de dejarse querer y de desidia que yo nunca alcanzaba a entender cómo podía moverse con aquella maestría sobre esa línea. Cada avance de él era una mirada a su escote y acompañaba la maniobra con sutiles movimientos de una de sus manos que aterrizaba sobre la cintura de ella. Y ella se dejaba. Se dejaba acosar. Se dejaba mirar… y yo entendí entonces lo que estaba pasando: y es que sin duda había estado a gusto con Carlos, sin duda había agradecido y había disfrutado de su galantería, de su corrección, de su cercanía y de su saber estar, pero se había quedado con las ganas de gustar de otra manera, de sentir el deseo sucio en los ojos de otra persona, de sentir la mirada indecente, de sentir el acoso más animal, más grosero, más torpe. De sentir la necesidad sexual en la otra parte, de sentir que su interlocutor la quería follar… de ver en los ojos del otro el apetito, el capricho, y la esperanza ingenua de lo que pudiera suceder. Y allí ella se movía mejor, se sentía más poderosa, mostrando aquel desdén y aquella inapetencia déspota, mostrando displicencia y chulería. Si para colmo había casualmente un escote que pudiera llevar a engaño al pretendiente, la emboscada era aún más perfecta.
Vi que tenía su teléfono móvil en la mano, por lo que le escribí:
—¿Quieres que me vaya?
Yo apenas tenía esperanzas y entonces me di cuenta de que no había avanzado nada. De que volvía a querer que pasara todo.
Ella miró su teléfono y, mientras el chico se servía su copa y le daba un respiro, respondió:
—Sal fuera. Voy en dos minutos.
Obedecí, nervioso, no sin antes echar una última mirada, y ver cómo volvía las mangas de su camisa hasta su sitio, se ponía la chaqueta y se llevaba las manos a la nuca para dejar caer hacia atrás, con un movimiento exagerado, toda su melena por la espalda. Su botón no lo tocaba, y el escote casi parecía aún más inapropiado y fuera de lugar al haberse tapado todo menos precisamente un canalillo que tenía poco de diminutivo.
Una vez fuera imaginé un intento de beso, desesperado, al ver que ella se le iba, y estuve tentado de volver a entrar. No sabía qué hacer. Aquel dichoso “y si” volvía a acosarme, y era dichoso tanto por intenso como por ansiado. No era capaz, otra vez, de mantener tantos frentes abiertos, de desear que aquel chico la besara, de desear llegar a casa para follarla fingiendo ser Carlos, y de tener a la vez que confesarle que Begoña sabía cosas que no debería saber.
En aquel caos especulativo me encontraba cuando me giré y la vi salir, sola, cerrándose ahora sí aquel botón, como si tal cosa, situándose, sin pretenderlo, o sí, por encima de todo el sexo masculino; como un todo, hombres débiles que, solo por aquella nimiedad, solo por un botón de más, se alborotan y excitan como animales en celo.
—Bueno… ¿Qué tal? —pregunté, acercándome con intenciones poco castas.
—Bien.
—¿Intentó besarte?
—¿Qué?
—Que si intentó besarte.
—¿Qué? ¿Qué dices? Estás loco… —dijo, apartándome un poco.
Acorté aquella distancia que ella había conseguido y la quise besar. Conseguí que nuestros labios se tocaran. Y de nuevo aquel rechazo.
—Para. Venga. No seas baboso. ¿Dónde está el coche?
—¿Has puesto a tono al chico…? Dime —casi le imploré que al menos me diera algo.
—Qué va. No digas chorradas —respondió, fustigándome, haciéndome sentir entonces pequeño, tan pequeño que yo lo disfrutaba.
Supe que ella no iba a profundizar en las miradas sucias de aquel chico, pues tenía en mente un juego más potente. Su prisa revelaba que lo que haríamos en casa podría ser especialmente intenso.
Conduciendo hacia casa pensé en cómo había hablado de Carlos y aquella locura de confesarle nuestro juego. También cómo rápidamente había accedido a fantasear con él, y recordé aquel hombre, también mayor, de nuestro viaje a Estados Unidos. Pensé que quizás hubiera estado fallando el tiro con chicos jóvenes o de nuestra edad, cuando ella sentía una atracción extraña por hombres mayores. Para variar, no tardé en soltar mi inquietud de una manera algo obtusa.
—María… ¿Te acuerdas de aquel señor de Estados Unidos? ¿Era más atractivo que Carlos?
Se mantuvo en silencio. Yo miraba hacia la carretera y no sabía si me daba por imposible y no se iba a dignar a contestar o si estaba dudando qué responder.
—No lo sé, Pablo… Si te digo la verdad no recuerdo muy bien cómo era.
Cogió entonces su teléfono y dije:
—Venga. Respóndele a Carlos. Es más infantil tardar a propósito en responderle que hacerlo ahora.
—No es a propósito. Es que mira que horas son.
Le insistí entonces, hasta ser consciente yo mismo de estar resultando cansino.
Cuando creí que acabaría optando por ignorarme y dejarme hablando solo, escuché:
—Está bien… —casi resopló— y vi de reojo cómo tecleaba.
—¿Qué le pones?
—Le pongo… “yo también lo he pasado bien?” ¿Contento?
Me quedé un instante callado. Lo cierto era que no esperaba que le respondiera algo con mucho más contenido. Y comencé a imaginar qué sucedería al llegar a casa… Hasta qué punto ella se entregaría… Si me llamaría Carlos mientras la follase con el arnés… Cómo podría hacer yo para meterme en el papel… Si me permitiría besarla o si me daría la alegría de no permitírmelo.
—Me ha escrito otra vez —dijo entonces María.
—¿Ah, sí? ¿Qué te ha puesto?
—¿Te leo?
—Sí —respondí con un pequeño cosquilleo.
—Me dice: Ya he dejado a mi hijo con su madre. Que no te parezca mal si te digo que me ha sabido a poco la noche. Ojalá estuvieras aún por ahí. Aunque supongo que ya estarás con tu novio en casa.
Me pareció un poco extraño, algo precipitado, pues me daba la sensación de ser de los que marcan bien los tiempos. Si bien yo era consciente de lo que era María, sin duda alguien con quién hacer excepciones o cometer errores por impaciencia.
Le iba a preguntar a María sobre si le iba a responder cuando vi cómo le escribía.
—¿Qué le pones?
—Nada, le digo que ha acertado en que estoy contigo, pero no en que esté en casa.
María bloqueó el móvil, pero inmediatamente se iluminó. Lo desbloqueó y leyó en voz alta:
—Pues por qué no quedamos ahora los tres.
—¿En serio? —pregunté aún más sorprendido.
—Sí… Parece que tiene más ganas de conocerte a ti que de volver a quedar conmigo, ¿no? —dijo al tiempo que tecleaba.
—¿Qué le respondes?
—Buenas noches —respondió.
—¿Así? Tal cual.
—Sí.
Antes de que pudiera empezar a lamentarme, pues sin duda me atraía la idea de quedar los tres, el teléfono de María se volvió a iluminar. Carlos la estaba llamando. María descolgó y, tras varias evasivas, ella dejó de hablar, y después preguntó:
—A ver… No sé… Es un poco tarde. ¿Eso donde es?
La miré, con las piernas cruzadas, mostrando así bastante muslo, muslo que quizás hubiera visto Carlos en idéntica situación, quizás por eso aquella precipitación… Y con el cinturón de seguridad encajado entre sus pechos, y con un gesto que pretendía ser indolente, pero que solo conseguía hacerla más deseable. Y con un rubor en sus mejillas de quién se sabe codiciada y no le acaba de desagradar esa ambición, y no para sucumbir ante ella, sino para lidiarla con autoridad, poder y hasta sadismo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s