LOLA BARNON

Cuando Eduardo se estaba duchando, miré en el móvil para ver quién había sido el autor de las llamadas. Era Nico. En realidad, habían sido dos llamadas y un par de mensajes de WhatsApp. Me invitaba a una fiesta. En realidad, y según sus propias palabras, a una «reunión en casa de Lara» —una conocida común—. «Un par de copas», decía textualmente.

Por un momento, me sentí culpable de haber estado follando unos minutos antes con Eduardo. Entendía que era estúpido pensar así, pero en ese instante, me fue inevitable. Recordaba una y otra vez nuestros momentos buenos, que eran muchos. La complicidad que habíamos desarrollado durante el tiempo que estuvimos siendo pareja y la oportunidad de construir una vida en común que, bajo mi punto de vista, se nos escapaba.

Me quedé pensativa durante unos instantes, con el móvil en la mano y mis reflexiones inconexas y perdidas en momentos agradables. Recordé cuando Jorge aún no había entrado en nuestras vidas, en Nico y en mí, en las ilusiones y esperanzas. En los sueños incumplidos y las veces que nos habíamos consolado o ayudado uno a otro. Un par de lágrimas rodaron lentas por mis mejillas.

—Ya te puedes duchar, Mamen.

La voz de Eduardo me sacó de mis pensamientos. Me sequé las lágrimas con rapidez y me volví con una sonrisa un poco tensa.

—¿Pasa algo?

—No… —mantuve la sonrisa.

Entonces él, sin volver a preguntar, despacio y con suave tranquilidad, me abrazó con ternura. Intuyó, seguramente, que algo de aquellas llamadas era el causante de ese gesto de imprecisa tristeza que en ese momento se aposentaba en mi cara. Correspondí al abrazo y me refugié en su pecho. Olí el aroma del gel de baño. No llevaba colonia porque no tenía nada suyo en mi apartamento. 

Pensé en que estaba a gusto con él. Quizá no era un amor loco y juvenil como el que nos inundó a Nico y a mí. Pero podía ser sereno y verdadero. A pesar de que Nico aún revoloteaba en mi cabeza y sus llamadas o señales me infundían atisbos de confusión, volví a decidir en ese momento dar un paso al frente.

Busqué sus labios y nos besamos tiernamente. En ese preciso instante, supe que no iba a ir a esa fiesta a la que me invitaba Nico.

Yo mantenía el teléfono en la mano y volvió a iluminarse con la entrada de un nuevo mensaje. Estuve a punto de no leerlo temiendo que fuera Nico de nuevo. Pero no, se trataba de Tania que me decía que me apuntara a tomar unas copas con Isabel y Luis. Al parecer, nuestra amiga había estado en una cena con sus compañeros del máster e iban a estar en un bar cercano.

Cerré los ojos, me hice a la idea de que lo de Nico empezaba a terminarse y sonreí para mí con tristeza pero asumiendo la situación. No podíamos continuar así.

—¿Te apetece ir a tomar un par de copas con las locas de mis amigas?

—¿Qué amigas?

—Una es Tania. La otra se llama Isabel.

—No sé… ¿Voy a estar yo solo con las tres? Miedo me da…

—No. Va el marido de Isabel.

—¿A ti te apetece que yo vaya? —me preguntó con esa sonrisa burlona y simpática que ya empezaba a ser un imán para mí.

No contesté de inmediato, pero tampoco dudé. Le miré a los ojos, acaricié sus mejillas y le besé con suavidad en los labios mientras rodeaba su cuello con mis brazos. Contemplé su sonrisa; atractiva, encantadora…

—Sí. Me apetece. Mucho.

En aquel bar nos tomamos un par de copas. Las mías, poco cargadas. Ya estaba escarmentada de los excesos del alcohol en mis decisiones tan absurdas. Vi a Isabel con un profesor del máster charlar en la barra, y llegar a Luis, su marido. Entonces me acordé de todo lo que habíamos hablado ella y yo acerca de mi vida con Nico. De mi libertad sexual y de cómo yo había hecho mucho por romper nuestra relación.

Observe a Isabel. Mirando bastantes veces a Luis. Por lo que me había dicho —y a Tania— estaba muy arrepentida de lo que sucedió. En mi fuero interno, no podía dejar de pensar que, aunque la había aconsejado que no lo hiciera, también contribuí a su locura incitándola con Adrián.

Me dije a mí misma que esa vida de estupideces, de desinhibición, de falta de madurez o de reflexión, debía terminar para mí. Para siempre. Mi vida anterior tenía que convertirse en un recuerdo, si quería que Eduardo y yo tuviéramos una oportunidad. En ese momento, se me acercó Luis. Quién iba a decir que él y yo mantendríamos más conversaciones sobre su matrimonio o sobre Eduardo y yo.

Esa noche, descubrí de verdad a Luis. Un hombre de rasgos interesantes, con un cierto atractivo. Para mi gusto, falto de un toque más varonil. Salvando las distancias, tenía un aire que me recordaba a Nico. Pensé en aquello durante un segundo y miré a Eduardo. Para mí, más atractivo, con los rasgos más acentuados. No sé si podría decirse que Luis era más guapo en el sentido amplio y atendiendo a los cánones más tradicionales. Eduardo tenía un aspecto más varonil, justamente la pizca que a mí me parecía que le faltaba a Luis. Eso me llevó a una pregunta que no supe contestarme. ¿Después de lo vivido, había descubierto que me gustaba más un cierto tipo de hombre, más cercano a Sergio o a Eduardo que a Nico? Como digo, decidí no contestarme. Más que nada, porque no lo tenía nada claro. Preferí dejar ese tipo de cuestiones para más adelante. O para nunca.

—¿Qué tal estás? —Le pregunté tras besarnos en las mejillas.

—Muy bien… ¿tú? —Me dijo, haciendo que yo mirara hacia Eduardo.

—Bueno… había que pasar página —dije con cierta rapidez y una sonrisa que se me marcó nerviosa—. La vida sigue… —añadí

—Que sea para bien —dijo Luis con una sonrisa.

—Sí… eso espero. ¿Qué tal está Isabel? —Creo que carraspeé y no sé, queriendo cambiar el sentido de la conversación, le pregunté por mi amiga.

—Está bien —me contestó con un asentimiento.

—¿Y… y tú? —me interesé a su vez.

—Yo también… Estamos bien. Hemos… hemos superado aquello.

—Me alegro mucho, Luis. Os lo merecéis.

 Me alegré por ellos. Y por mí, no voy a negarlo. Aquello limpiaba, en cierta forma, mi estupidez al acercarle Adrián a Isabel. Ella se había equivocado gravemente, y Luis, en un ejercicio de absoluta hombría y fortaleza, la había perdonado y luchado por ella. Aquello me parecía maravilloso.

A pesar de que estuvimos charlando con el resto de gente, e incluso riéndonos, no dejé de pensar en que la vida daba muchas vueltas. Y que, a pesar de nuestras intenciones y deseos, nos depara destinos extraños, pero que hay que saber aprovechar.

En un momento dado, miré a Eduardo. Le sonreí y pensé que era posible. No me acordé de la llamada de Nico, o si lo hice, pasó en ese momento desapercibida. Me levanté, besé con ternura a Eduardo y le dije al oído:

—¿Quieres dormir conmigo hoy?

Sonrió de forma apacible.

—Yo sí… ¿Tú?

—Sí. Me gustaría que te vinieras. —Esta vez no tardé ni un segundo en contestarle.

Un minuto después, salíamos cogidos de la mano de aquel bar ante la mirada cómplice de Tania.

Aquella noche volvimos a hacer el amor. Me obligué, al menos en esas primeras veces, a ser cariñosa, a sentir su goce y mantenerme en un plano más erótico que meramente de follar.

No es que lo hiciéramos de forma monjil o sin entregarnos, pero quise que fuera de verdad sentido. Posiblemente, necesitaba aquello. Volver a verme inmersa en una pareja de verdad.

Sentí su hombría acompasada y con un toque atractivo de pasión y fuerza. Su pene, muy dentro de mí. Mucho más allá que en la vagina y en mi clítoris. Lo sentí tocándome el alma, saboreando una sensación que se había quedado olvidada entre sábanas ajenas, orgasmos plenos de sexo y faltos de cariño; de actos morbosos, de excelente goce y escaso placer romántico.

Quizá, echaba de menos hacer el amor y empezaba a sobrarme follar. Al menos ahora. Y sé que Eduardo, como muchos hombres, van avanzando en ese camino de sexo que lleva a ser atrevidos y cómplices a una pareja. Yo estaba dispuesta, pero no quería empezar con aquello. Prefería ir ascendiendo de forma templada y gradual por esa escalera del sexo. No sé, pero en ese momento, decidí que era lo mejor.

Esa sensación de que echaba de menos acostarme con un novio y no con un hombre, solo por un tema de placer, me hizo pensar. Y de nuevo, días después, tuve una nueva conversación con Luis. Bueno, en verdad, no fue con Luis, sino con él, Tania e Isabel.

Isabel nos había invitado a picar algo en su casa. Estaba exultante, enamorada nuevamente, como una chiquilla, de su marido. Bueno, en verdad, como ella misma nos dijo:

—Me he vuelto a enamorar. He descubierto en Luis algo que ya sabía, pero que olvidé un día. No sé —decía con un semblante triste— si tuve una especie de depresión o distimia cuando lo de mi padre y mi hermano. O que empecé a ver que la vida se me escapaba entre las manos. Me turbé. Me confundí… Recuerdo que me decías que era una sensación falsa —me dijo mirándome, recordando esa conversación que tuvimos en su salón un tiempo atrás—. Qué razón tenías, Mamen…

Se confesó enteramente con nosotras. Nos dijo que cuando lo pensaba, le daba la sensación de que aquello había sucedido en otra vida, como si hubiera dos isabeles.

—Es extraño —decía—… no me reconozco en aquellos días…

¿Yo me reconocía ahora? ¿Era la misma Mamen, la que había estado follando con otros, con el permiso de Nico, con esta que ahora pretendía estabilizar una pareja con Eduardo? Quería pensar que no. Que había madurado lo suficiente como para verme diferente

Nico me había vuelto a llamar. Y quedamos dos veces. En ambas nos besamos ligeramente, quizá yo cerciorándome de lo que ya habíamos perdido. Posiblemente, queriendo saber, a la vez, si de verdad lo de Eduardo tenía sentido.

Pero tampoco llegó a más. Nico seguía en una especie de círculo de donde no salía. O era lo que a mí me parecía. Me daba la sensación de que no terminaba ni siquiera de aclararse. Yo entendía que no deseaba algo conmigo, al menos en ese momento. Pero tampoco parecía querer soltarme.  

—Nico… —le dije en un momento dado, un par de minutos después del segundo beso—, estoy viendo a alguien. No sé si llegaré a nada con él. Y tampoco sé, que si tú me dijeras que quieres volver, ahora correría a tu lado. Es todo muy complicado Nico… Hemos… He… —quise remarcar mi culpa— cometido errores, pero… Pero Nico, o avanzamos, o tenemos que seguir cada uno por su lado.

Él me miró. Asintió despacio.

—Lo sé. Mamen. Lo sé… —repitió Nico—. Voy a pensarlo. De verdad. Entiendo que no podemos seguir así.

En ese momento, me acordñe con fuerza de Eduardo. Y gratamente, lo senti muy cercano a mí.

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