SILVIA ZALER

Estábamos en la primera semana de marzo. Mi marido hacía dos semanas que apenas me hablaba. Habíamos vuelto a discutir y a faltarnos al respeto. Pero esta vez fue diferente. Algo me decía que empezaba a estropearse de verdad nuestra relación. Él, como siempre que nos enfadábamos, tenía de nuevo comportamientos extraños y aromas de otra cama. Ya resultaba aburrido, porque ninguno daba pasos para reconstruir algo que se veía ya el cercano derrumbe.

Y confieso que no me encontraba cómoda. Me fastidiaba que mi matrimonio se rompiera. ¿Hipócrita y egoísta? Sin duda, pero así pensaba. En una especie de pensamiento quimérico, lo que me imaginaba era un descenso de relaciones, una vuelta a sosiego en donde mis infidelidades estuvieran más esparcidas y tranquilas. En mi marido, no es que no viera que podía hacer nada con alguien. Que como dije en alguna ocasión, me resultaba cómodo para callar mi conciencia. Pero la realidad había sido diferente. Lo primero, que sentí celos. Absurdo, pero cierto. No quería que mi marido tuviera ninguna aventura con nadie. Aunque sé que es irracional y carente de lógica, me fastidiaba.

Pero ese domingo, una semana después del que volvió de Jávea, de un supuesto torneo de golf, todo estalló sin remedio. Mientras él y yo nos preparábamos la cena de forma separada, sin apenas hablarnos y solo manteniendo la compostura por nuestros hijos, percibí que el peligro era real. Ese día me acerqué a él y haciendo de tripas corazón, le acaricié el brazo. Siempre había respondido a mis estímulos, pero aquel día, solo me miró de forma casi extraña.

—Por cierto… —me dijo volviendo la vista a la rebanada del pan de molde con el que iba a tapar el emparedado que se había hecho—, ya hemos vendido toda la empresa.

Yo me quedé en shock. No solo significaba mucho dinero, sino que era una noticia realmente buena e interesante. Hasta donde yo sabía, el acuerdo se había cerrado en noviembre y la compra se realizaba en tres fases. Una a la firma, la segunda antes del cierre contable del año pasado y la tercera a finales del mes de febrero. Que era la fecha en donde nos encontrábamos ahora, y con evidente preocupación por las noticias que nos llegaban de Italia por el coronavirus. De hecho, según me enteré después, eso hizo que el último pago fuera más reducido de la cantidad en principio negociada.

—Eso está genial… —le dije intentando abrazarle.

Se fue al salón sin darme la opción y ni siquiera mirarme.

—¿Ahora te importa algo de lo que suceda en casa? No jodas… —y se rio de forma sarcástica.

Yo me quedé seria. Mirándole irse sin volverse atrás. Mi marido y yo habíamos discutido en bastantes ocasiones. Ambos tenemos carácter y lo demostramos. Pero también es cierto que las reconciliaciones eran explosivas. Y sexualmente muy satisfactorias, la verdad.

Esperé a que terminara de cenar. Yo lo hice en la cocina, sola. Y preocupada. Cuando terminé y vi que él se acercaba al fregadero a dejar el plato, el vaso y la bandeja que había usado me levanté y me interpuse en su camino.

—Dime lo que te pasa. —Le miré—. Por favor —añadí para no tensar más el ambiente.

Mi marido se detuvo. Me observó. Es un hombre tranquilo cuando se cabrea. No es fácil verle perder los nervios, salvo cuando la discusión versa sobre una estupidez. Curiosamente, en los temas graves y de vital importancia, se mantiene calmado y con la sangre fría.

No vi cólera en su mirada. Tampoco un enfado mayúsculo. Y entonces me asusté de verdad.

—Así que quieres saber lo que me pasa, ¿no?

—Me gustaría, sí. —Crucé los brazos en mi pecho.

—Es sorprendente la desfachatez que tienes. Admirable, diría —repitió con bastante sorna en su entonación—. Al menos podías ser algo más disimulada y cuando me engañes hacerlo con más clase y discreción. ¿Sabes…? —continuó sonriendo de lado—. Es algo que llevo sospechando desde hace unos meses. Pero nunca te quieres dar por enterado. Al final va a ser verdad eso de que el que lleva los cuernos es el último que se entera…

Me paralicé. Me había pillado. Algo, que yo no controlaba, me delató. Pero yo estaba segura de que mi dispositivo de seguridad era bueno. Y yo lo cumplía a rajatabla. ¿Qué era lo que él sabía y que a mí se me escapaba?

Seguía en silencio, mirándome. Yo también callaba y mentalmente enumeraba en mi cabeza a toda velocidad las cosas por las que hubiera descubierto alguna de mis infidelidades, pero por alguna razón, no me parecía viable. Sí, era posible que hubiera aumentado las veces que me metía algo de coca o que me fumaba porros, pero estaba convencida de que no me habían pillado por un descuido de esos. Era muy cuidadosa y como digo, mantenía un férreo control en mi forma de actuar y de borrar rastros.

—¿Y tú? ¿Qué te crees, que no sé que te ves con alguna? Por cierto, rubia de bote, cariño… —me defendí con un ataque directo. Las cartas, por fin, boca arriba—. Aprende a cepillarte la ropa para que no queden señales. El perfume sigo sin detallarlo, pero no varía. Es el mismo de siempre. Cuando os veáis, que no se acurruque tanto en ti. 

Mi marido respiró profundamente, se metió las manos en los bolsillos del pantalón del pijama y exhaló una buena cantidad de aire.

—Yo, al menos, no doy el cante. —Reconoció con total y absoluta tranquilidad desarmándome—. Tú, en cambio, sí. La próxima vez que te folles a alguien en casa, procura recoger y tirar los condones… pero no a la basura, que alguien los puede ver.

Me quedé petrificada, incapaz de articular palabra. Si él había fisgoneado en la basura, era porque alguien descubrió a Jaime o a Julián entrando en mi casa, me dije. La pillada debía haber sido de ese último fin de semana. Mi marido no era de los que se guardaban las cosas mucho tiempo, por lo que tenía que haber sido reciente. Y el condón de que hablaba, tenía que ser de Jaime, porque con Julián, generalmente, yo no usaba. Lo hacíamos muchas veces a pelo. Y mi marido no se iba a inventar algo así. Era un órdago muy directo. Me había pillado, ¿pero cómo, de qué condones hablaba? Fui a decir algo, pero incluso me trabuqué.

—No intentes mentirme más. No soy idiota. Ten un mínimo de decencia, Elsa.

Y subió a la habitación, casi se podría decir que con total tranquilidad. Yo me quedé con una especie de eco en mi cabeza que solo se preguntaba, ¿cómo era posible que me hubieran pillado de esa forma?

Ese día era el catorce de marzo. Y eran las once y media de la noche.

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