TANATOS12

CAPÍTULO 9
En vilo, inquieto, pensativo, miraba mi teléfono o agudizaba el oído. Escuché entonces el inconfundible sonido del ascensor moviéndose y pensé que sería por ella, cuando mi móvil se iluminó: María me estaba llamando. Descolgué.
Se oía bastante ruido de fondo. Me costaba entenderla, por lo que tardé un poco en darme cuenta de que me estaba preguntando si estaba despierto y con ganas de salir.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿A dónde? —pregunté descolocado.
María me contaba que estaba en un local, que Carlos se acababa de ir y que iba a llamar a un taxi, pero que después pensó que no le apetecía ir a casa y, que si yo quería, fuera a donde ella estaba.
—¿Pero estás sola?
—Sí… Venga. Anímate. Arréglate.
Fui hacia el dormitorio, dejé el teléfono en manos libres, sobre la cama, mientras me vestía, y ella me contaba que Carlos había tenido que ir a recoger a su hijo pequeño, de unos catorce o quince años, ya que era la hora máxima hasta la que le permitía salir por la noche, que se habían despedido y que finalmente ella no había cogido el taxi.
Me resultaba un poco extraño aquel plan de María y que estuviera dispuesta a tener que esperarme unos veinte minutos, a quedarse allí sola, pero parecía sorprendentemente animada.
—¿Pero ha pasado algo? ¿Algo interesante? —le preguntaba mientras salía de casa.
—Ahora te cuento, venga. Conduce con cuidado. No tengas prisa.
—Pero, adelántame algo.
—Te adelanto que ha pasado algo… de lo que no sé si me arrepiento ahora.
—¿En serio?
—Sí, venga. Te cuelgo, que se me va agotar la batería.
Conduciendo hacia aquel local, que estaba cerca de donde había quedado con Carlos, por lo que deduje que habrían tomado una copa en cada uno de los dos sitios, pensaba en qué podría ser aquello de lo que se pudiera arrepentir, a la vez que intentaba verbalizar, en voz alta, solo, en el coche, las palabras justas y adecuadas con las que confesaría la visita de Begoña.
Aparqué, y, a medida que me acercaba a aquella cocktelería, me imaginaba un tocamiento permitido… o algo que pudiera dar respuesta a aquel hipotético arrepentimiento de María.
El local estaba bastante vacío. En seguida la vi, en la barra. Y me extrañó que nadie estuviera probando suerte. Sentada en un taburete, con un traje de chaqueta y falda azul oscuro y una camisa sedosa de un tono también azul, pero más claro, me daba la bienvenida con gesto enigmático y sereno.
—Pues sí que te has arreglado —me dijo, sin hacer amago de darme un beso.
—Bueno… una camisa… un pantalón… Este sitio es bastante pijo.
Me pedí una copa y vi que ella tenía su cocktail por la mitad. Había una calma tensa. La había visto hacer cosas increíbles, pero eso no impedía que me pusiera nervioso al recrear en mi mente tocamientos que se pudieran haber producido. Si bien, por otro lado, me parecía que tenía tan claro aquello de “no tocar” que me sorprendía que hubiera pasado algo.
María no tardó en empezar a contarme cómo inicialmente habían hablado un poco de temas de trabajo, pero que en seguida la conversación había tomado derroteros más personales.
—¿Y la gente? ¿Os miraba? —Interrumpí.
—Pues… Sí… La verdad es que… Igual no tan descarado como aquella noche con Marcos… pero sí nos miraban… Es más… Bueno, es que eran casi todo parejas donde estábamos. Aunque él me llevó a una mesa alta que estaba un poco apartada, como un reservado, pero sin serlo… —María hablaba, con calma, con su melena espesa y con la americana abierta, con su busto marcando un abultamiento imponente a pesar de la holgura de la camisa… Estaba… muy muy atractiva, cohibida, pero poderosa— Y… —prosiguió— curiosamente quién me miró más fijamente fue una chica… espectacular, alta, rubia, yo creo que era rusa, o del este… que estaba con un hombre mayor, también… Me miró en plan… no sé…
—¿En plan?
—Pues… en plan… conexión… o en plan… empatía… como un… “sí… yo también voy a pagar esta cena o estas copas después…”
—¿Pero era… prostituta o algo?
—No lo sé… Igual no. Bueno, no a cambio de dinero, digamos. Como un… tren de vida a cambio de algo, ya sabes. Y… bueno, eso tuvo su punto. No sé. Y algún chico también. Es… como sucio, ¿sabes? Que crean que estás accediendo a una cita o a una cena o a… lo que sea… a cambio de… eso.
—Ya… —dije, indudablemente excitado. Imaginándome a María, caminando hacia aquel reservado con aquel hombre mayor, diciéndole a todo el local, con su estilo altivo y su caminar orgulloso, que no se avergonzaba de acceder a que la follara aquel viejo, si aquello le reportaba otras cosas.
Después me contó que Carlos había sido encantador, que tenía mucha conversación, que había presumido un poco de más de cómo le iba en la vida, pero que a la vez había mostrado una parte muy humana cuando había hablado de su divorcio y de sus dos hijas y de su hijo.
Hablaba de él de una forma sorprendente, como si hubieran conectado de una forma espontánea y súbita, lo cual no era habitual en ella, siempre tan seca, al menos hasta que no hubiera confianza. Pero yo ardía en deseos porque me contara aquello que me tenía en vilo. Además, estaba decidido a que cuando ella terminara, yo le contaría lo de Begoña.
—Y… bueno… —prosiguió— aquí es donde llega lo… importante —dijo, mientras se quitaba su chaqueta y la posaba con cuidado sobre sus piernas cruzadas. Inmediatamente después se remangaba la camisa al tiempo que preguntaba retóricamente sobre si pedirse otro cocktail.
El camarero le servía su bebida, y yo, nervioso, observaba su lenguaje gestual, su escote y cómo se retiraba el pelo de la cara y lo colocaba detrás de sus orejas de cuando en cuando.
—Estás muy guapa —dije sin pensar.
—Tú también —respondió de inmediato, reconfortándome, pero a la vez haciéndome sentir extraño.
—Pero… ¿es fuerte lo que pasó? —pregunté.
—Te cuento —dijo ya con su bebida y de nuevo completamente girada hacia mí— Pues… el caso es que empezamos a hablar de locales, de locales que estuvieran de moda… y… no sé cómo empezamos a hablar de un local que hay por aquí que es de intercambios… de… intercambios de parejas ¿Sabes?
—Sí… sí… creo que sé cual es.
—Pues… nada… en esto que yo le dije algo en plan… Claro… imagínate… ese tema… con el bagaje de locuras que llevamos…
—Ya…
—Pues nada… que no sé por qué le pregunté si él había ido. Y me respondió que… Bueno, como que se rio y me dijo que es que no tenía con quién. Y yo le dije que la gente se aburría mucho, y él me dijo que no era cuestión de eso, sino de oportunidades, y de que si hay más colores por qué pintar siempre de azul, no sé, algo así. Pero en plan muy distendido. Como que no le daba importancia. Cuando, sin… no sé… sin esperarlo… y sin venir a cuento… sin nada que ver… me soltó algo en plan que sabía que yo no tenía interés en él, y que lo de quedar por temas de trabajo… que no se sostenía… Vamos, que me vino a preguntar qué hacía allí con él. Imagínate…
María esperaba mi reacción, pero yo solo quería que siguiera hablando.
—Y… no sé… Creo que desde el primer momento me… aportó tranquilidad. No sé. O que no le daba importancia a nada… El caso es que se lo conté.
—¿Qué? ¿El qué?
—Eso… No sé cómo se lo dije… Pero… no sé… Igual tenía ganas de sacarlo, de contárselo a alguien que fuera… que no fuera una amiga. El caso es que le dije algo así como que tú y yo… que eso, que somos una pareja que a veces hace cosas raras… y que vimos morboso que quedara con él… sentir el deseo de otra persona, sin permitir que pasase nada. No sé. Es que no sé qué le dije. Yo no me creía estar contándoselo, pero él… no sé, tan tranquilo, ¿sabes? Ni le molestó por sentirse utilizado, ni le pareció una locura. Nada.
Yo no daba crédito a que María, siempre tan hermética, le confesara aquello.
—¿Y? ¿Pero te diría algo?
—Pues… —dijo pensativa— me preguntó si poníamos reglas, que las parejas solían poner reglas en esas cosas. Y le dije que había dos: que nadie me tocara y que todo el… morbo que sacásemos de la situación… sería para disfrutarlo nosotros en casa como pareja. Y… me pidió que le contara bien… el juego… y le dije que eso, que… encontrábamos morbo en que quedase con otra persona, a poder ser… algo mayor… para que quién nos viese me juzgase… y que la persona en cuestión llegase a pensar que podría tener algo conmigo. Y entonces me preguntó cuántas veces lo habíamos hecho, y le tuve que medio mentir, y decir que varias, que pocas, porque… realmente… así, a propósito, es la primera vez que lo hacemos, aunque… hemos hecho cosas peores… pero que… obviamente, sí que no se las iba a contar.
—Joder… qué fuerte… Y si… ¿Y si dice algo?
—¿Que si se lo cuenta a alguien? ¿A alguien del despacho? No va a decir nada, Pablo. Está… en otra onda… No es un crío… Sabe lo que es una conversación de adultos. No sé. No sé cómo explicarlo. Pero no me lo imagino contándolo por ahí. ¿Y sabes qué?  Bueno, él se tenía que ir, ya me había dicho al principio que antes de la una se tenía que ir a buscar a su hijo, pero me dijo que quería volver a quedar. Además los tres. Quería quedar mañana por la noche.
—¿Qué?
—Sí, que te quería conocer y no sé qué.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no. Ya sabes que mañana me voy a casa de mis padres. No me escuchas. Lo sabes desde el martes.
—Y… ¿Tienes que ir? ¿No puedes ir otro fin de semana?
—No, Pablo.
Se hizo entonces un silencio que yo rompí súbitamente:
—Pero… ¿Y está bueno?
María hizo un gesto de contrariedad, como dándome por imposible, y respondió:
—Es mayor.
—¿Pero está bueno para ser mayor?
—No sé… igual es atractivo para su edad, yo qué sé… —respondía ella, siempre con aquella coletilla que me impedía esclarecer del todo lo que pensaba físicamente de él.
—¿Y… te miró… o sea… las tetas, el culo, algo? —pregunté.
—No. La verdad es que no.
—¿Ni las piernas? ¿Nada?
—No.
—Joder… —suspiré decepcionado— ¿Y qué más hablasteis?
—Nada, eso. Es que ese tema salió al final. Y él se tenía que ir. Se disculpó. Me dijo que me llamaba a un taxi. Le dije que lo llamaba yo. Me dijo que no me iba a dejar allí sola… Así que salimos… llamé al taxi… Le dije que se fuera, que mi taxi venía en seguida. Nos despedimos y ya.
—¿Y la despedida?
—¿La despedida…? Ah, es verdad —dijo haciendo memoria— nos íbamos a dar dos besos, pero él se negó… y dijo algo en plan… “no, no, sin tocar” y nada, nos reímos y se fue.
Nos quedamos callados. Bebimos de nuestras copas y yo intentaba ordenar todo aquello a la vez que sabía que aquel silencio marcaba que yo debía hablar de Begoña. Sin embargo, comencé a temer que, al contárselo, tirase todo lo de Carlos por la borda. Que una compañera de trabajo, a la que vería cada día… supiera lo suyo con Edu… sin duda haría que todo lo relacionado con nuestros juegos morbosos cayera de nuevo en el saco de lo nocivo y peligroso.
La observaba, con su cruce de piernas y su lenguaje gestual tan característico, y comencé a pensar en que me llamaba la atención el nuevo matiz de que le resultara atrayente, y a mí también, no solo el morbo del contraste físico, de ella con alguien feo o mayor, sino con el añadido de ser alguien con dinero o poder.
—¿Quieres volver a quedar con él? ¿Conmigo…? ¿Sin mí…? ¿Cómo sea…? —pregunté.
—No sé, Pablo. No le veo demasiado sentido una vez sabe el motivo por el cual quedé con él. No tendría demasiado punto ya, ¿no?
—No, no sé… si dices que te cayó bien…
—Sí… también me cae gente bien que no me lleva veinte años y no es cliente del despacho. Aguanta, voy al aseo —dijo dándome su bolso.
—Espera, ¿tienes foto?
—¿De qué?
—Pues de él.
—¿Cómo voy a tener foto? Bueno, igual la del contacto en el móvil. Está en el bolso. Guarda el contacto a ver si tiene foto —dijo mientras se marchaba hacia el baño.
Me hice con su teléfono y recordé a Begoña y su interés porque rebuscase ahí. No pude evitar echar una mirada rápida a sus conversaciones. Nada de Edu… Nada de Roberto, Nada de Álvaro… Nada de nadie. Había borrado todo. Sí estaba la conversación con Carlos, con su contacto aún sin agregar. Lo agregué, llamándole “Carlos cita”, pues supuse que tendría varios nombres como el suyo, y para mi desgracia, su foto consistía en el logo y el nombre de algún local o restaurante.
María volvió del cuarto de baño y pude contemplar cómo varios cuellos se giraron. Estaba radiante. No dejaba de ser curiosa aquella especie de liberación suya por haber confesado superficialmente aquello a un desconocido. Si bien, si no tenía pensado volver a quedar con él… no tenía ya excusa para no contarle lo de Begoña.
En ese momento su móvil se iluminó y leí, casi como acto reflejo:
Carlos cita: “Lo he pasado muy bien. Además, tienes unos secretos muy curiosos. En serio me gustaría volver a quedar. Sin tocar, claro.”
Se lo di a leer a María y estudié su reacción. A medio camino entre la extrañeza y la complacencia. Desde luego aquel mensaje no la había molestado.
—¿Qué le respondes?
—Ya le responderé mañana. ¿Carlos cita? Estás fatal…
—¿Y qué le vas a decir?
—No sé. Ya veré. ¿Nos vamos a casa? —dijo, bajándose del taburete.
—Vale… ¿Y una vez allí qué? —pregunté, inclinándome hacia ella.
—Pues… no lo sé…
Me bajé también de mi asiento, me acerqué un poco… miré su escote… el nacimiento de sus pechos… Si miraba fijamente podía vislumbrar sus pezones… No me contuve… y busqué su boca con la mía… Nuestros labios se tocaron. Noté los suyos muy fríos, y ella cortó el beso en seguida, como hacía cuando yo le producía algo de rechazo. Y de golpe sentí felicidad. Aquella alegría sórdida y masoquista del rechazo. María me rechazaba porque otra cosa la excitaba más y eso la frustraba.
—Allí, en casa, me pongo el arnés y soy Carlos… ¿Qué te parece?
—No sé…
—¿No sabes?
—No sé… esa… polla de goma es muy grande y muy dura para un hombre mayor, ¿no? —replicó, jugando, en mi oído, los dos de pie.
—Seguro que se la pusiste tan dura o más esta noche. Ahora se estará haciendo una paja increíble mientras espera tu respuesta. Solo dime si está bueno o no. ¿Cómo iba vestido?
—De traje.
—¿En serio?
—Sí. ¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Nada.
—No, dime.
—Pues que… le… quedaba muy bien… el traje…. En casa te puedes poner un traje, ¿no?
—¿Traje y arnés?
—Sí, no sé, no es tan difícil, ¿no? Te…  sacas… eso… del arnés por la cremallera del pantalón. ¿Te parece? —preguntó, no ruborizada, sino más bien algo incómoda, como si no le gustara descubrirse, pero yo casi la obligaba a que plasmara con precisión sus pretensiones.
—Me parece. Y me parece que me estás diciendo indirectamente que el señor ese… está bueno —dije pegando mi cara a la suya. Buscando su rechazo y buscando acariciar primero su vientre, para ir subiendo después.
—Tú ponte eso… el traje y lo otro, ¿vale?
—Vale, ¿algo más? —dije forzando, acariciando un pecho sobre su camisa, buscando soltar un botón… notando el tacto de aquella seda azulada en las yemas de mis dedos y el poder subyacente de su teta férreamente oculta.
—¡Para! —protestó.
—¿Para, qué?
—Para, que no me toques aquí… No seas guarro… —replicó, apartando mi mano, fingiendo pudor por estar en un sitio público, pero era rechazo por mí, y quizás también su latente morbo por humillarme, el motivo real de su desplante
Me eché un poco hacia atrás. Había creído que no, pero sí había conseguido desabrochar aquel botón, por lo que su escote se hizo vertiginoso, lo cual cambiaba todo: de inaccesible e imposible ejecutiva a mujer fatal con la que se podría probar suerte. Además, María estaba sonrojada. Y sí, en aquel momento sus pezones marcaban su sujetador y su camisa, sutilmente, pero lo suficiente como para delatarla. Se había puesto cachonda imaginando aquel contexto en el que yo era Carlos y mi polla enorme y de goma, asomaba imponente por la cremallera del pantalón de traje.
—¿Te pone imaginarlo? —pregunté.
—¿El qué?
—Que te folla ese viejo. Por eso esos calores que te han entrado.
—No me ha entrado ningún calor.
—Te pone. Si no… no me hubieras dicho lo del traje. No pasa nada tampoco, ya a estas alturas.
—Ya veremos si me pone. Aún no lo sé —respondió, y llamó la atención del camarero para que nos cobrara.
Me fui entonces al aseo, pensando que nuestra noche, fuera de nuestra guarida, ya no daría más de sí, pero estaba muy equivocado.

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