Mª DEL CARMEN MÚRTULA

—¿Y cómo sabéis estáis haciendo lo correcto?

—Pues verás. Para que esto sea una realidad contamos con la fuerza del Señor. Él es el que nos enseña todas las cosas y conduce todos nuestros pasos. No solemos hacer nada sin consultarle.

—¿Consultarle?

—Supongo que es muy difícil de entender para una persona ajena a nuestra formación, pero nosotros creemos que su espíritu está en nuestro interior, que se comunica con cada uno y nos ayuda.

 —¿En el interior? ¡Esto cada vez más complicado!

—Vamos a ver si te lo sé explicar con palabras sencillas. Todo ser humano, que es sincero consigo mismo, se sabe pobre e incapaz de sobrevivir por sí solo. Necesita de los otros. Todos necesitamos de todos y todos estamos llamados a ayudar a los demás para ir creciendo en armonía. Pero si te embarcas en una causa espiritual, te das cuenta de que las energías y la fuerza para ser eficaz en esa empresa te ha de venir de otra dimensión, la espiritual. Y es allí donde se realizan las auténticas batallas. Existe en nuestro interior un bien y un mal que luchan por ser el dueño de nuestra persona, por conquistar nuestra voluntad, y si optamos por nuestro bien interior, nos encontramos con el Señor como el único que puede ayudarnos a que el bien, que es él, sea el dueño y señor de nuestras decisiones.

 —Bueno y a estos encuentros con él es lo que llamamos oración.

—Sí, es en la interiorización, en el encuentro con él en nuestro interior donde le oímos y percibimos sus planes concretos para cada uno y para la comunidad que se reúne para escucharle. Estos términos nos sitúan exclusivamente ante la experiencia de personas creyentes, porque no se puede llegar a hacer este descubrimiento, sino en la medida en que tu mirada está iluminada por la fe.

—¡Ahora sí que me encuentro completamente perdida! Yo no entiendo ese lenguaje espiritual.

—Es comprensible. Pero nosotros creemos en ello y nos va bien. Esta es la fuerza interior que nos da energía y nos hace intrépidos y arriesgados.

—Estos encuentros con él y los hermanos, son los momentos más fuertes de la jornada. Nos reunimos para compartir los problemas y las experiencias en clima orante. Nos ayudamos y nos damos ánimo, consejo, estímulo… impulsándonos con nuevas energías en la empresa que llevamos entre manos

—Es como acercarse a la fuente con los labios secos y salir reconfortada, saciada por esa agua espiritual que brota del manantial interior de cada uno de los hermanos.

—Ahora bien, esta riqueza interior, que tan gratuitamente se nos da, sabemos que tenemos la misión de comunicarla, de compartir con todo el que llama a nuestra puerta, para confirmarles que el Señor está presente en el corazón de todos los hombres y en el centro de todo acontecimiento. Por eso nuestra vida ha de ser el reflejo de esta interiorización.

¡Esto era demasiado, no podía seguir esa conversación sin tratar de asimilarla!

—Verdaderamente que siempre pensáis las cosas de una manera muy nueva para mí.

Esto era una reflexión interna que me salió en voz alta. Y proseguí:

—Quiero preguntaros una cosa.

—¡Adelante!

—¿Hay en vuestra organización un lugar a la vida personal?

—¡Por supuesto que sí! —me aclaró Sara—. Yo no me puedo quejar de que me falte una relación íntima y reservada con mi familia. Esto es otra cosa. Hay entre nosotros espacios sagrados de una intimidad personal como ley elemental de todo ser humano, y nunca pretendemos violar ningún valor natural, lo que no podemos es retirarnos egoístamente cuando alguien nos necesita. Como viste que hicimos al llevarnos a Sonia a casa. Cualquier persona es sagrada para mí y si está en juego su estabilidad personal, yo he de saber renunciar incluso a mi derecho de intimidad si llegara el caso. Pero es una exigencia personal que a nadie se le puede obligar desde fuera. Sólo tú lo mides y tomas la decisión.

—Tu vida, tu tiempo libre, tus espacios… tú, sólo tú eres libre y responsable para tomar decisiones ante la entrega a la misión a la que te sabes llamada.

—¿No tenéis enemigos? Quiero decir ¿gente que no esté de acuerdo y os haga mal?

—¿Qué sociedad no los tiene? Pero como nuestro empeño es construir la justicia con las armas de la paz, intentamos no enfrentarnos con los que nos provocan.

—¿Por qué si todo parece tan positivo os atacan?

—Pienso que porque somos una denuncia a su modo negativo de actuar.

—Además, tienes que tener en cuenta que no siempre nos salen las cosas bien, pues somos humanos y aunque tratamos de ir conquistando terreno al mal que hay dentro de nosotros, no siempre se ganan las batallas inmediatas. Esto es una lucha de por vida, por lo que tenemos que ser humildes y contar con nuestros fallos personales y comunitarios y esto puede dar pie a tergiversaciones, malentendidos o inclusos ataques.

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia” http://minovela.home.blog

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