GABRIEL B

Capítulo 5

La hora del castigo

Alexia entró al cuarto con un babydoll blanco de seda china con encaje. Se trataba de una prenda nueva que se había guardado para una ocasión especial. Las transparencias en la parte superior permitían ver sus senos desnudos y sus pezones ya hinchados por la excitación. Su rostro reflejaba culpa, y también miedo.

Yo estaba sentado en la orilla de la cama, aun completamente vestido. Alexia se acercó lentamente, dejando que disfrute primero de la vista, para que luego el placer recaiga en el tacto. Se puso frente a mí. Mi cabeza estaba a la altura de su ombligo. La acarició con ternura, pero yo aparté la mano.

                Agarré la parte inferior del babydoll. La tela era exquisita, y sentir los muslos de Alexia a través de ella, era una experiencia única. La levanté unos centímetros. Las piernas quedaban cada vez más desnudas. Ella me miraba, expectante.

— No llevás ropa interior —dije—. Como toda buena puta.

— Ya sabés —dijo ella—. Una señora en la vida y una…

— Una puta siempre —la interrumpi—. Una puta siempre.

                Ella pareció indignada, pero se tragó sus reproches.

                Metí una mano por debajo del babydoll, acariciando sus muslos. Con la otra mano fui a por su culo. No pude evitar comparar. El trasero de Alexia era estéticamente perfecto, pero carecía de la contundencia del culo de Sofía. Enseguida, dos de mis dedos se metieron en su sexo. Alexia gimió. Hizo un movimiento para irse a la cama, pero yo la detuve. Debía quedarse ahí, parada, hasta que yo lo dijera.  

— Arrodillate —ordené.

— ¿En el piso? —preguntó.

— En el piso —dije.

                Alexia se arrodilló. Sólo la alfombra evitaba que sus rodillas hicieran contacto directo con el piso duro. Me miró, como quien mira a un desconocido. En ese momento parecía que el visitante nocturno se había apoderado de mí nuevamente.

                Liberé mi verga frente a su cara, y se la ofrecí. Alexia empezó a mamar, sumisa. Esas eran las consecuencias de la derrota verbal que había sufrido unas horas atrás.

                La conversación que tuvimos esa tarde, al llegar a la casa, empezó siendo muy cordial. Casi parecíamos dos desconocidos intentando llegar a un acuerdo sobre un negocio en ciernes. Pero ella no tardó en echarme en cara mi actitud desconfiada de los últimos días. Pero esta vez no me dejaría amedrentar, al fin y al cabo, yo tenía razones para sentirme así.

— ¿Y qué querías que hiciera? —le había dicho—. No dejan de escribirte a la madrugada, y vos te hacés la tonta y no me decís quién es. Y para colmo Gustavo aparece en la fiesta, invitado por Priscila, tu íntima amiga. Decime, con un a mano en el corazón, si no tengo motivos para sospechar, como mínimo.

                Alexia puso los ojos en blanco, como si estuviese oyendo a un niño haciendo berrinches.

— ¡Lo de Gustavo fue hace mil años! No puedo creer que te hayas vuelto tan inseguro —contestó, indignada—. ¿Querés saber por qué lo invitó Priscila? Lo invitó porque está caliente con él. Desde la universidad que le gusta. En eso Priscila y vos se parecen. No pueden dejar el pasado atrás.

                Alexia me aseguró que no tenía nada con Gustavo. E hizo algo que me descolocó.

— ¿Querés ver mi celular? Sólo por esta vez —dijo.

                Sin embargo, me negué a caer en su trampa.

— No creo que fueses tan tonta como para conservar un mensaje incriminador —retruqué, y me negué a tomarlo.

— ¡Sos todo un imbécil! —respondió enojada—. Por momentos no parece que tenés veintiocho años ¿Qué te pasa que estás tan cambiado? ¿No serás vos el que se está mandando macanas, y luego proyectás en mí?

                Recordé a Sofía, de espaldas contra la pared, mientras yo le levantaba la pollera.

— No des vuelta las cosas —dije, haciéndome el tonto—. ¿Qué pasó con el profesor Hansen? — ¿Qué? —dijo Alexia, a quien la pregunta la tomó desprevenida.

— Nunca me habías contado sobre eso.

— No te conté de la mayoría de mis relaciones pasajeras —aclaró ella—. Y vos nunca te interesaste por eso, cosa que siempre me hizo sentir bien. Me refiero al hecho de que no te importara mi pasado —dijo Alexia, con la voz quebrada.

— Es que jamás imaginé que tuvieses un pasado tan promiscuo.

                Me estampó un cachetazo, con el que me dio vuelta la cara.

— Perdón mi amor —dijo inmediatamente después—. ¿Por qué de repente me juzgás por mi pasado? Lo importante es que desde que te conozco sólo estoy con vos. Sos el primer hombre que me amó de verdad. Siempre estuviste conmigo, incluso cuando no teníamos nada. Los demás no tardaban un minuto en querer acostarse conmigo. Me sentía un objeto.

                Recordé que, en muchas de nuestras noches de amor, Alexia me había susurrado eso al oído: “Gracias por amarme”, me decía, y luego me contaba que sentía que todos la querían en la cama, pero pocos se sentían verdaderamente interesados en ella. Sin embargo, siempre di por sentado, que ese trato que recibía, culminaba con el intento de llevársela a la cama. No imaginé que ella accediera fácilmente a cualquier propuesta.

                Alexia me contó sobre el profesor Hansen. Sobre la frustración que sentía cuando cursaba primer año de la carrera. Una frustración que parecía orillarla hacia la depresión. Un día el profesor Hansen la encontró fuera de la universidad, con el semblante sombrío. Le preguntó qué le pasaba, y ella se desahogó con él. La historia continuó de la manera más trillada posible. Alexia quedó encandilada con el sabio docente, que además era muy amable, y mostraba hacia ella una predilección por sobre los demás alumnos, cosa que la hacía sentirse con el autoestima alta, por una vez.

                El intercambio de mensajes no tardó en llegar. Con la excusa de preguntarle a su profesor sobre algunas cosas que no había comprendido en clases, entablaban una conversación, que enseguida pasaba de lo académico a lo personal. Cuando el cuatrimestre llegó a su fin, no hubo motivos por el que tuvieran que contener su atracción. Se convirtieron en amantes.

                Sin embargo la alegría no duraría mucho. Alexia siempre supo que el profesor estaba casado. Y él, por su parte, nunca le dio señales de querer separarse. Cuando ella finalmente le preguntó si alguna vez iban a formalizar lo suyo, el profesor Hansen le dio la respuesta obvia: tenía mujer e hija, no iba a abandonar todo por una calentura pasajera con una adolescente. Claro que no se lo dijo con esas palabras, pero eso fue lo que le dio a entender.

                La relación duró menos de lo que habían durado las vacaciones. Al iniciar el siguiente cuatrimestre, el profesor Hansen había quedado en el pasado. A Alexia se le hacía incómodo cruzarse en los pasillos con él, pero más allá de eso, la relación no tuvo más efecto que el de una lluvia pasajera. Al menos eso me aseguró mi esposa.

                Intenté recordar Aquella época. El reencuentro con Alexia en el salón de clases, seguramente trajo alguna conversación respecto a las vacaciones ¿Por qué no me había dicho nada? Pensé que quizás le estaba dando demasiadas vueltas al asunto. SI hubiese tenido un romance con alguien de su edad ¿Necesitaría que me lo cuente?

                Por el momento dejé descansar la historia del profesor de matemáticas. No obstante, tenía otras preguntas que hacerle.

— ¿Con cuantos de nuestros compañeros te acostaste? —pregunté—. ¿Cuántos de los que estaban en la fiesta te vieron desnuda? ¿Cuántos te cogieron?

                Una sombra cruzó la cara de mi mujer.

— ¡Eso ya quedó atrás! —gritó.

— ¿Qué pasó a finales del dos mil diez? ¿Qué pasó en esa fiesta? ¿con cuántos te encamaste?

                De sólo recordarlo, sentí una rabia tal, que mientras Alexia me mamaba la verga, agarré su cabelló y lo tironeé con violencia.

— ¿Quién te contó sobre eso? ¿Con quién hablaste? —había preguntado Alexia a su vez.

                Me puse en guardia. No había pensado en eso, pero no era buena idea que le diga que todo me lo había dicho Sofía. Mucho menos después de lo que sucedió en el café.

— Eso ahora no importa —contesté con firmeza—. Quiero saber qué pasó en esa fiesta. Quiero saber con quién estoy casado.

                Sofía tenía razón. Debía preguntar a mi mujer sobre aquella noche. La actitud combativa de Alexia desapareció por completo. Siempre supo que había hecho mal en ocultarme lo de aquella noche, como así también ocultarme sobre los conocidos en común con los que se había encamado. Todo hombre tiene derecho a saber si un tipo con el que se puede cruzar en cualquier momento se había cogido a su esposa ¿Cierto?

                Alexia se largó a llorar como una chiquilla. Me dijo que cuando era joven, se sentía tan insegura en la universidad, en medio de tantos alumnos aplicados e inteligentes, que su única manera de sobresalir era su belleza. O al menos así lo sentía.

                En la fiesta de fin de año del dos mil diez, hubo demasiado alcohol, como era de esperarse. Me sorprendió mucho la frase que utilizó Alexia, ya que fue la misma que había usado Sofía por la mañana:

— Pasó lo que te estás imaginando —contestó al fin, entre lágrimas.

— Quiero detalles. Basta de secretos —exigí, y ella al fin cedió.

                Estuvo la mayor parte de esa noche con Marcos Aguirre, un musculitos de piel bronceada, que parecía asistir a la universidad para levantarse minas más que para estudiar. Lo que siguió no fue ninguna cosa extraordinaria. Cuando dos adolescentes calientes pasaban el suficiente tiempo justos, la noche culminaba en una habitación.

                Así lo hicieron. Fueron a un cuarto vacío que había en aquella quinta. Pero cuando comenzaron a desnudarse, alguien entró sin golpear.

— Eran Sergio, y Facundo Russo —dijo Ale.

— ¿Sergio? —dije, fingiendo extrañeza, aunque no la sentía en absoluto—. ¿El tipo regordete que nos recibió en la casa de Mauri? —Ella asintió con la cabeza— ¿Los otros dos también estaban en la fiesta?

— No sé, no los vi —contestó ella.

— ¿¡Te das cuenta de que me hiciste quedar como un imbécil!? —grité—. Yo paseando de la mano de la mujer más cogida de la facultad, sin siquiera saber cuántos de los que estreché la mano se habían metido entre tus piernas!

                Alexia intentó refutar, pero no encontró las palabras.

— ¿Por qué te vestiste así esa noche? —pregunté después, sin darle a tiempo a recomponerse de la pregunta anterior—. Sabías que te ibas a encontrar con Sergio y con Gustavo. ¿A quien querías llamarle la atención?

— A ninguno en particular —se sinceró Alexia—. Sólo quería que me vean bien. Que sepan lo que se perdían por no haberme tratado como vos lo hiciste. Quería que te sientas orgulloso de mí —aseguró, y se puso a llorar de nuevo.

                Esto último me pareció totalmente creíble. Había muchas mujeres a las que les gustaba mostrarse espléndidas frente a sus ex parejas. Sin embargo, continué con mi actitud indignada, y de hecho, hice lo posible por exagerarla, sabiendo que era lo que me convenía.

                Como una última defensa, Alexia abrió una conversación en WhatsApp y me la mostró. Era Priscila, quien, sin pudor, le daba detalles de su noche con Gustavo.

— Mi amor, perdoname si me comporté de manera sospechosa —dijo ella, reconociendo, al fin, que mi recelo no era infundado—. Creo que cuando Mauri me dijo que iban a venir un montón de chicos de la facu, de los cuales a muchos no veía hace años, me removió un montón de cosas en mi interior. No quise hacer que te sientas inseguro.

                Era todo lo que quería escuchar y mucho más.

— Te va a costar lograr que te perdone —dije.

                Y ahora sacaba provecho de esa necesidad de redención de mi mujer. La agarré del mentón y la hice ponerse de pie, para luego indicarle que suba a la cama.

— Ponete boca abajo —ordené.

                No practicábamos sexo anal muy a menudo. Era algo que Alexia permitía sólo en ocasiones especiales, como en mi cumpleaños, o cuando alguno de los dos conseguía un gran logro en nuestros respectivos trabajos. Pero me pareció que ese día no pondría objeciones al respecto. Le di un beso negro, y luego separé sus nalgas. Enterré un dedo en su ano. Alexia se estremeció.

— ¿Se la chupaste a los tres? —pregunté.

                Ella pareció desconcertada. Cuando me contó que estuvo con tres tipos en aquella fiesta del dos mil diez, le pedí que me diera detalles de lo sucedido. Se negó rotundamente. ¿Para qué querés saber eso? Había dicho. No insistí. Pero ahora, mientras enterraba el dedo en su culo, el morbo se apoderó por completo por mí.

— Contestame —exigí—. Y no me digas que no te acordás, porque esas cosas no se olvidan.

— A Marcos y a Sergio se las chupe —dijo Alexia—. Sergio duró poco —agregó después, quizás para darme a entender que no fue una experiencia especialmente trascendente.

— ¿Y Facundo? —pregunté, enterrando el dedo hasta la segunda falange—. ¿Qué hacía Facundo mientras se las chupabas a los otros dos?

— ¿Y qué iba a hacer? Me cogía.

                Usé la otra mano para acariciar su sexo.

— Estás mojada. Te debe calentar recordar a esos tres cogiéndote como a una puta —dije.

                Me pregunté si no me estaba excediendo con la humillación verbal.  Pero me dije que seguramente Alexia interpretaba que yo me había metido en un papel, al igual que lo había hecho antes, con lo del visitante nocturno.

— No, estoy caliente porque te la estuve chupando a vos. Y lo que me estás haciendo ahora… —dijo Ale, jadeante, mientras yo no paraba de escarbar su culo.

—  Y ahora te voy a coger ¿Querés que lo haga?

— Sí, por favor —contestó.

— ¿Les entregaste el culo a ellos? —pregunté.

— El culo sólo te lo entrego a vos —respondió, mientras yo llenaba de saliva su ano.

                Me desvestí por completo. Ale no se dio vuelta a mirarme. Sólo esperaba inmóvil, que yo proceda a castigarla, haciéndole el culo. No se me escapaba que quedaba una pregunta final para hacerle. ¿Cómo había terminado su relación con Gustavo? Si Sofía me había dicho la verdad, y la cosa no culminó debido a una traición de él, sino todo lo contrario, entonces Alexia ya no habría incurrido sólo en ocultarme sucesos sensibles que yo merecía saber, sino que me habría mentido, lisa y llanamente. Para colmo, la primera vez que habíamos hecho el amor, había sido cuando yo la consolé por la supuesta traición de Gustavo. ¿Nuestra relación había empezado con una mentira?

                Sin embargo me abstuve de preguntárselo. Ya me había expuesto demasiado. Alexia, en algún momento, exigiría saber de dónde había sacado toda esa información. Entonces yo le inventaría alguna mentira, pero mientras expusiera más cosas de las que habíamos charlado con Sofía, mayor riesgo corría de que me descubriera. Era mejor esperar, y preguntárselo en otro momento, no de manera directa, sino sacarle la información de forma sutil.

                La idea hizo que mi verga se pusiera más dura todavía. Cuando la obligase a decir la verdad sobre su rompimiento con Gustavo, se vería otra vez obligada a suplicarme perdón. El poder me estaba corrompiendo. Pero no podía evitar pensar que, después de la traición que yo mismo había cometido, era mejor que, dentro de la pareja, fuese yo el que tuviese sospechas, y que fuese ella la que tuviera que redimirse. Qué mejor máscara para un vil traidor, que la de un hombre engañado.

                Empujé hacia adelante. Mi verga se enterró unos centímetros. Alexia se hundió en la cama. Sus piernas se separaron, su espalda se arqueó. Imaginé cómo sería practicar sexo anal con Sofía. Sus nalgas eran más carnosas, y estaban más separadas. Según creí recordar, su ano parecía haber sido más utilizado que el de Alexia. Podría metérsela hasta el fondo, probablemente.

                La idea me enloqueció. Empecé a hamacarme, atrás adelante, mientras agarraba a Alexia de las caderas, y la penetraba una y otra vez.

                En un momento, Ale se vio obligada a terminar con su postura de perrita. Su cuerpo quedó extendido sobre la cama. Estreché sus manos.

— Te amo —le susurré al oído, con total sinceridad.

— Yo también te amo —me dijo ella—. Sos el amor de mi vida.

                Seguí penetrándola, sintiendo el rico olor de su cuello perfumado. La eyaculación salió increíblemente abundante. Limpié su culo con un papel, pero cuando Ale fue al baño para limpiarse, un hilo de semen salió, y se deslizó lentamente por sus muslos.

                La reconciliación continuó el martes a la mañana. El papel de macho dominante y mujer sumisa y humillada habían quedado inmortalizados en la noche anterior. Ahora procurábamos ser la pareja tierna que siempre fuimos. Alexia bromeó diciendo que ahora no podría sentarse en todo el día, después de lo que le había hecho. Pero lo cierto era que más allá de un leve dolor, no sufría ninguna secuela.

                Desayunamos juntos, leyendo el diario, y decidiendo qué cosas eran necesarias comprar, para llenar la heladera y las alacenas. Nos despedimos con un fuerte abrazo.

— Vamos a estar bien, ya vas a ver —dijo ella.

                A la tarde me encontré en el supermercado con el Negro Rivera. Le hice un breve resumen de las desavenencias que habíamos tenido con mi mujer, y de nuestra reconciliación. Sin embargo, omití lo que había hecho en el baño del café con Sofía, ya que, después de todo, él apreciaba mucho a Alexia, y no estaba del todo seguro de cómo se lo tomaría. Sin embargo pareció intuir algo.

— Mirá que mujeres como Alexia no se encuentran todos los días —dijo, con cierta solemnidad.

— Ya lo sé Negro. ¿Y seguís con Macarena? —pregunté, para cambiar de tema.

                El Negro Rivera acercó sus labios a mis oídos, para evitar que otros clientes lo escuchen.

— Es insaciable Carlitos. Me está esperando en casa.

— ¿Vas a necesitar ayuda? —pregunté, bromeando.

                El Negro Rivera me miró, como sopesando lo que le había dicho. Pero no dijo nada.

— Pasate un rato el domingo, y hablamos más tranquilos —me dijo antes de despedirnos en la puerta del supermercado.

— Dale, de una —le contesté.

                Cuando llegué a casa y acomodé las bolsas en sus respectivos lugares, miré la hora en el celular. Me habían llegado cinco mensajes en dos chats diferentes.

                Dos de ellos eran de Alexia, quien me avisaba que llegaría un poco tarde, y me pedía que pida algo para cenar. “No te preocupes, yo te cocino algo mi amor”, le puse.

                Los otros mensajes me lo habían enviado desde un celular que no tenía agendado. Sin embargo, la foto estaba visible. Se trataba de Sofía.

Continuará

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