AURELIO

Hay días en los que me levanto y vienen a memoria recuerdos de mis manos manchadas de
barro, recuerdos en los que estoy corriendo por la casa ensuciando todas las paredes mientras
mi mama furiosa y con una ojota en la mano, grita -¡deja de ensuciar pendejo, acabo de
limpiar toda la casa!-, ni hablar de la trillada frase, -¡Ya vas a ver cuando venga tu padre!- un
clásico de los noventa. Yo, pensando que era un juego seguía el correteo con una enorme
sonrisa que por momentos se transformaba en carcajadas, hasta que el golpe de un ojotazo
resonaba contra mi espalda, y recién ahí, me daba cuenta que era el único que estaba jugando.
También me acuerdo de épocas en las que la tecnología no era tanta o al menos no tan
avanzada y teníamos que esperar para que pasaran aquellos dibujos que nos gustaban por la
programación de la tele, era ese horario o nos perdíamos el capítulo y a veces teníamos que
esperar hasta altas horas de la noche. Todos acuartelados con mis hermanos en la habitación
de nuestros padres como si de un golpe de estado se tratara, tomábamos el poder y no lo
devolvíamos hasta que terminara el último episodio.
Por aquellos tiempos había días y noches en que mi papa llevaba todo el tiempo colgado de
su cinturon un pequeño aparato cuadrado y negro que nosotros, acá la incluyo a mi mamá,
odiabamos, ese pequeño aparato proveniente del infierno emitia un sonido que no solo era
torturante, si no, que sabiamos era la alarma para que mi padre saliera de casa a cumplir con
sus guardias pasivas, no importaba el horario, tres, cuatro o cinco de la mañana.
-¡Bip!,¡Bip!,¡Bip!-
Ahi salia, medio desaliñado con un guardapolvo blanco y un pin prendido al corazon que
decia; “Donar organos es dar vida”. Para mi yo de diez años esto no me entraba en la
cabeza, mis razonamientos a esa edad eran muy limitados o mi imaginación demasiado
grande, como si no fuera poco, un día me contó una historia que me dejó todavía más
asombrado.
Cuando yo tenía tu edad o un poquito más, me dijo, en la televisión pasaban una película que
se llamaba Frankenstein. Se trataba de un científico medio loco que quería revivir a una
persona, para esto, agarraba y cocía partes de varios cuerpos humanos a un torso y por medio
un choque eléctrico esa persona cobraba vida, mientras veía eso yo pensaba, que lejos
estamos de hacer cosas como esas en la vida real, y mirame ahora. No saben lo que fue para
mi escuchar esa historia, ahora veía a mi papá como un científico medio chiflado, pero un
chiflado que quería salvar vidas, no crear monstruos.Ya un poco más venido en años me senté
frente al televisor y mire la película, hasta el día de hoy no entiendo que lo llevó realmente a
hacer esa comparación.
Recuerdo además los días en donde la inocencia nos convertía en indios, en soldados, nos
convertía en corredores de autos en donde los vehículos eran nuestras bicicletas descentradas
y sin un pedal, esas que teníamos que frenar poniendo el pie en la rueda porque el freno
estaba gastado y duro por el óxido, recuerdo los choques y las heridas en la pista de nácar que
era algún que otro palo en medio de la vereda o el asfalto. Como olvidar todas aquellas
cicatrices de juegos inocentes que terminaban en guerras campales.
Se me viene a la memoria aquel amigo de primaria que me invitó a jugar por primera vez al
sega a su casa, -¡WoooW!- me sentía millonario, era la envidia de muchos, sí lo más
cercanos que llegamos a tener en casa era un family chino en el que soplabas el cartucho y
todavia seguia sin andar pero en donde nos pasabamos horas jugando al battle tank y
disparando a unos patos hijos de puta mientras un perro se nos cagaba de risa en la cara.
He vivido tan grandes momentos que hoy sólo parecen suspiros. Cuando era chico decia que
queria ser grande para poder hacer las cosas que hacen los grandes, Que error fatal, las cosas
de grande no son tan divertidas como parecen, pagar impuestos, trabajar horas y horas
sabiendo que las deudas se acumulan debajo de un imán pegado en la heladera que ya no
aguanta el peso de tanto papel, hacer colas para realizar algún trámite, cumplir horarios, pasar
nervios, estres, dejar de volar, dejar de pensar que el mundo es como nosotros queremos que
sea, dejar de inventar nuestra propia realidad y verlo como realmente es, un lugar lleno de
contraproducentes.
Ahora de grande me miro de chico, recordando todos estos suspiros y me digo, que ganas de
ser un niño que tengo -¡la puta madre!-
Hay momentos que en mi cabeza tengo tantas cosas, tantas que cuando las recuerdo quiero
escribirlas en algún texto que no pueda borrarse por nada, por que estas palabras son más que
palabras, son partes de mi como aquellos pedazos de cuerpo formaban a frankenstein, creo
que ya entendí a papá, y quiero que me duren para siempre y así cuando por alguna
circunstancia de la vida no me acuerde de alguno de los trozos que me conforman, pueda
leerlo, pueda leerlo y reconstruirme diciéndome a mí mismo, yo era feliz

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