LOLA BARNON

No duró apenas dos o tres segundos. Él no abrió sus labios más de los que ya tenía, ni correspondió a mi beso. No se retiró tampoco y permitió que yo acabara.

Cuando finalicé, fue a decirme algo, pero le puse un dedo en su boca. Sonreí. Quizá algo triste, o simplemente sabiendo que el resultado era el que tenía que ser. El día que Jorge apareció en nuestro salón, lo hizo también nuestro propio terremoto. Esa tarde, lejos de promover la complicidad, la libertad sexual y el afloramiento de nuevas experiencias que nos enriquecieran o divirtieran, empezó a resquebrajarse la relación entre Nico y yo.

Yo lo rematé, con posterioridad. Aquella noche con Adrián, sobre todo la segunda, ocultada y descubierta por esos mensajes que me envió la mañana después de la fiesta de Patricia. Sí, yo fue quien detonó todo, pero los cimientos ya estaban resquebrajados. Desde el momento en que me dejé llevar por esos ojos azules de Jorge, esa caballerosidad y aquella manera de follar que me llevaba al cielo, la costuras entre Nico y yo fueron deshaciéndose.

En esos dos segundos que me quedé mirándolo con mi dedo índice de la mano derecha ligeramente apoyado en sus labios, pasaron por mi cabeza todos los instantes que estuve con él. El sexo tan compenetrado y fantástico, la complicidad, mi cuelgue, el asomo al abismo. Me vi de nuevo en nuestra terraza, aquella noche que estaba con la vista perdida en la oscuridad lejana de Madrid. Sentí de nuevo esa mirada algo entristecida, oculta en pliegues de un pasado o de una vida que a Jorge no parecía hacerle feliz.

—Mamen… —pudo decir en cuanto la presión de mi dedo se hizo un poco menor.

—No digas nada… —susurré con una sonrisa triste, mientras continuaba mirándole a ese azul precioso que imantaba—. No digas nada… —repetí suavemente. Me quedé en silencio un par de segundos—. Gracias…

Quité el dedo, pero él ya no volvió a intentar hablar. Solo me miraba con cierta expresión de extrañeza y cariño. Pasé mis dedos por su mejilla izquierda y lo besé una segunda vez muy ligeramente en los labios.

—Gracias por todo, Jorge. Nunca te olvidaré.

Le acaricié de nuevo la cara notando esa barba de tres días. Puse una mano en su pecho, amplio, trabajado. Y componiendo una nueva sonrisa que mezclaba un toque triste y otro de salvación, me retiré. Antes de salir al comedor, le lancé un beso con la mano, lo miré un segundo más, y regresé a mi mesa.

Me senté a su lado, y mientras lo miraba sonriente, le cogí una mano a Eduardo.

Ya no vi a Jorge regresar a su vez a la mesa con aquella mujer. Ni siquiera volví a girar mis ojos hacia él. Sonreí a Eduardo y le dije con la mirada que estaba dispuesta a darnos una oportunidad.

4

Aquella noche nos acostamos. Fue algo bonito, tranquilo. De dos personas que quieren quererse. Que se buscan en una espiral de dudas y temores, pero que han decidido traspasarlas juntas, de la mano.

Me hizo el amor de forma serena, firme, con cariño, ternura, pero no exento de pasión y, sorprendentemente, de complicidad. Nos ayudó su buen humor, sus ganas de estar conmigo y, aunque él no lo supiera, también sentí que Jorge nos asistía.

¿Por qué? Pues, simplemente, porque percibí que de alguna forma, se cerraba un círculo, una fase en mi vida. Jorge inició, de una forma indirecta y carente de culpa, la separación de Nico y mía. Como siempre diré, yo terminé de demoler aquello. Mis mentiras, mi falta de sentido al propasarme en algún momento, la incomunicación entre ambos, la diferente evolución que Nico y yo tuvimos en este aspecto… El resultado final era, que al ver a Jorge, me di cuenta de que Nico, de alguna forma, se desvanecía. Que, aunque sonara extraño, empezaba a pertenecer a mi pasado.

Recuerdo una cena con Tania y con Isabel, el día que nos llamó y que había sido violada. Y una frase que me taladró en ese momento:

«—Esta preciosidad —decía Tania refiriéndose a mí—, que puede tener al tío que quiera, todavía pertenece a Nico. Y es así, porque ella lo perdió…»

Recuerdo sus palabras mientras Isabel lloraba en silencio, recién violada. Y la veíamos afligida porque iba a perder a su marido después de haberse comportado como una cretina.

Sí, era cierto. Yo, en esos días, pertenecía a Nico. Nico era mi vida, mi razón de ser. Solo deseaba volver con él. Y también, me fui dando cuenta de que ese sentimiento era, en parte, alimentado por mi sensación de culpa. Por la necesidad de recomponer nuestra relación y no tirarla por la borda.

Pero no. Finalmente, y gracias a Tania, a Eduardo y a en cierta medida, a Jorge, me di cuenta de que yo me pertenecía a mí misma. Ni a Nico, ni a Jorge. Ni siquiera a Eduardo. Era yo quien debía decidir y asumir mis errores. Estos, por desgracia lo sabía igualmente Isabel, no se borraban porque se intente enmendarlos. Siguen allí, para siempre. Y solo se superan cuando tienes alguien con quien hacerlo…

Aquel día que hicimos el amor por primera vez, al sentir que me penetraba con deseo y ternura, me vi de nuevo queriendo a un hombre y desligándome del sexo. Al ritmo de sus caderas, de su lengua en mi pubis, de su miembro entrando en mí y de sus caricias en mis enhiestos pezones, broté, si se puede decir así, en mi nueva vida.

Aquella noche fue definitiva. Aunque yo todavía estaba algo lejos de saberlo, hoy lo tengo claro. Todavía vi a Nico tres o cuatro veces. Y aún intentó abrirse en mí una especie de esperanza. Hubo algunos besos y abrazos. Miradas que intentaban medir una complicidad que se apagaba a pesar de que ninguno éramos conscientes aún.

No sé si empecé a ver a Nico más alejado o a Eduardo más cercano y atractivo. Es posible que todo sucediera de forma lenta, gradual. Pero fue inexorable.

Una tarde que quedé con Eduardo, y que antes de salir a cenar nos acostamos, sucedió algo que quizá significara el definitivo punto de inflexión. Había hablado con Tania sobre él. Acerca de que merecía la pena intentarlo. Darnos de verdad una oportunidad seria para que nos convirtiéramos en pareja.

Esa tarde, recuerdo que no sería más de las ocho, mientras yo sentía sus acometidas firmes y cadenciosas, se iluminó la pantalla de mi móvil que estaba silenciado. Lo vi de refilón, puesto que yo, a gatas encima de la cama, tenía casi todo el tiempo los ojos cerrados, dejando que la polla de Eduardo me penetrara y me hiciera sentirme dichosa y plena.

Me olvidé de la llamada, de la pantalla iluminada y me concentré en disfrutar acompasando mi deseo creciente a sus empellones que se aceleraban. Eduardo era un amante bastante aceptable. Le gustaban los preliminares, y me erizaba la piel con caricias lentas, besos y lenguas que me rozaban el ombligo, el cuello y el pubis. Sabía ponerme a tono, y lo lograba con muy pocas indicaciones mías. Tenía intuición e iniciativa.

Su miembro era normal, circuncidado, de rápida erección. No dudaba y solía tomar la iniciativa. Exploraba con decisión con su lengua y dedos todos mis recovecos, especialmente mi pubis y ano. Supo de inmediato mis zonas erógenas y la velocidad con que yo me electrizaba

Y follaba bien. Con cadencia, ímpetu comedido pero firme, atendiendo a mis reacciones. Me recordó en cierta medida a Sergio, a su atención y caballerosidad. Eduardo era un poco más directo y contundente, pero se asemejaban.

Aquella tarde habíamos empezado con unos besos, sin ni siquiera tener yo claro que en media hora terminaríamos follando. Pero sucedió y ninguno opusimos resistencia. Yo conseguí fácilmente con la boca que su erección fuera dura y constante. Me gustó el primer día, aquel en que me encontré con Jorge, chupársela despacio, inundándolo de placer por oleadas a base de lenguas y succión. Le gustaba que abarcara con mis manos y le acariciara los testículos mientras yo trabajaba su glande con mi boca.

Y Eduardo, en grata compensación, lograba hacerme ascender de forma rápida con su lengua en mi clítoris. Quizá no era el mejor con la boca, pero su atrevimiento, y contagiado de mi excitación, lograba sacarme un placer que terminaba siendo intenso y fluido.

A ambos nos gustaba follar conmigo a gatas en la cama. Yo sentía su polla muy dentro de mí, rozando toda la cavidad vaginal, haciendo que me mojara de forma inmediata y consistente.

Eduardo aguantaba los envites y mi cadencia. No era de orgasmo rápido y eso me agradaba. Mantenía su erección y potencia durante un tiempo apreciable. Y era atento. No se centraba en su pene y en lograr su disfrute. Sus manos continuaban tocándome mientras me follaba. Me hacía cambiar de postura, me acariciaba mis pezones y nos besábamos con una torsión de nuestras cabezas. Las bocas se buscaban con avidez y los dedos exploraban otras cavidades sin dejar de atender el coito.

Esa tarde recuerdo que se corrió de forma explosiva, regándome la espalda y mis glúteos, para inmediatamente hacer que yo alcanzara mi clímax con los dedos, introduciéndolos en mi vagina y en la entrada de mi culo.

Disfruté sin duda. Con mi espalda llena de su semen en su vientre, me besó manteniendo un toque interesante de lascivia. Yo empujaba su nuca con mi mano derecha, mientras mantenía su lengua en mi boca y mi cabeza girada para enfrentarla a la suya.

En ese preciso instante, mi móvil volvió a encenderse con otra llamada entrante, pero seguimos besándonos sin que yo, ni siquiera pensara en atenderlo. Incluso, ambos sonreímos y bromeamos con la inoportunidad de las llamadas que habían entrado mientras follábamos.

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