TANATOS12

CAPÍTULO 8
Casi cuarenta y ocho horas después me encontraba en un restaurante, con unos amigos, recientemente aficionados a las comidas, en este caso cenas, de menú degustación. Habría preferido cualquier otro viernes para aquello, pues era la noche de la cita de María con el tal Carlos, pero también era cierto que aquella cena con viejos amigos me ayudaba a desconectar y a desestresarme un poco.
Simultáneamente, María cenaba con Amparo, ya que Paula sí había ido a la despedida de Edu, por lo que había tenido que tirar de la segunda opción. Así que, en su último día, los tres integrantes de aquel juego nos encontrábamos en puntos dispersos de la ciudad.
Allí, con mis amigos, me preguntaba cómo habría sido la despedida entre ellos dos, en el despacho. ¿Dos besos? ¿Alguna frase? ¿María incómoda? También era posible que no hubiera pasado absolutamente nada, que ni se hubieran despedido. Sin duda era algo que tenía pendiente de preguntar.
No la quise atosigar por mensajes de móvil. Sabía lo justo. Sabía que, tras cenar con su amiga, llamaría a un taxi e iría a uno de los restaurantes de Carlos, propuesto por él y, en favor de María, algo apartado, donde era menos probable encontrarse con gente conocida; si bien ese riesgo, y por qué no decirlo, algo de morbo, también radicaba ahí. También jugaba a favor de María que no pasaría por casa, que iría vestida como había ido al trabajo, por lo que la imagen de “copa de negocios” podría ser creíble, tanto desde fuera, como, sobre todo, desde dentro.
Sin duda me daba morbo la situación: ella, dejándose querer por aquel señor, llamando la atención con su belleza joven en contraste con la decrepitud desesperada de aquel hombre. Y no solo el contraste físico, sino el sospechoso interés, el despertar en los voyeurs improvisados que el dinero y el poder tenían algo que ver en que aquella mujer aceptase aquel encuentro.
Pero, a la vez, la marcha de Edu y todo lo vivido… lo de Álvaro y Guille… la absoluta locura con Roberto… me hacían sentir que dábamos un paso atrás… Entendía que sí, que lo adecuado era aquella cita y aquel morbo contenido, pero a la vez me fustigaba pensar que había estado muy cerca de haberlo conseguido todo, de conseguir la locura, el morbo máximo, y de no perderla a ella. Pues, al fin y al cabo, lo que más nos había puesto en peligro habían sido mis mentiras, no las locuras sexuales en sí mismas.
Llegué a casa pasadas las once y media. Ella ya llevaría por tanto un rato con él y, si todo iba según lo acordado, no tardaría mucho en llegar.
Apenas me dio tiempo a ponerme cómodo en el sofá y alguien me llamó por teléfono, un número desconocido.
—¿Sí? —pregunté sorprendido, y hasta casi asustado, con un pálpito extraño.
—¿Eres Pablo, no? —escuché una voz de mujer al otro lado del teléfono.
—Sí… Em… Sí, soy yo.
—Vale, escucha, soy Begoña, no sé si te das cuenta. Coincidimos… una vez, creo, tomando algo.
Me levanté del sofá de un salto. Nervioso. Mientras ella proseguía:
—Es que igual no te acuerdas. Estabas tú, María, Eduardo… una señora extranjera…
—Sí… sí… Me doy cuenta. Sí —respondí, sintiendo que me sudaban las manos e intentando averiguar el motivo de aquella llamada y el por qué de que la novia de Edu tuviera mi número.
—Pues… ¿No estás con María, no? Está en la despedida de Eduardo.
—Mmm… No, o sea no está allí…
—¿Pero está ahí? ¿Contigo? Es que no te oigo bien.
—No, no. A ver. No está en la fiesta esa, pero tampoco está conmigo. ¿Por qué? ¿Me oyes bien? Es que no sé por…
—Vale, vale —me interrumpía seria, aunque algo acelerada— ¿Estás en casa? ¿Estás solo en casa? ¿Puedo ir a tu casa?
—Mmm… sí… No sé. ¿Pero para qué? ¿Por qué? —preguntaba, cada vez más nervioso y siendo consciente de la inconsistencia de mi voz.
—Vale, escucha, estoy ahí en quince o veinte minutos, ¿te parece? ¿ella no aparecerá no?
—No… No… Pero… dime para qué vienes ¿Sabes donde es? —pregunté y escuché un sonido de intermitente de coche al otro lado del teléfono.
—Sí. Sí. Sé donde es. Escucha. Es sobre María y Eduardo, ¿vale? Ahora hablamos. Chao.
Las manos pasaron de sudar a temblar. Dejé caer el teléfono sobre el sofá.
No me lo podía creer. No entendía nada.
¿Y ahora qué? ¿Para qué? ¿Por qué? Intentaba adivinar qué pasaba. Qué sabría. ¿Por qué no estaba ella en la despedida? ¿Cómo sabía donde vivía? Mi número de teléfono… Además me había puesto tan nervioso que le había dicho que María no aparecería, pero podría hacerlo en cualquier momento… ¿Y si llegara María estando ella en casa?
Intenté tranquilizarme. Me senté. Miré el teléfono. María no me había escrito.
Intenté pensar. Algo me hacía sospechar que era la última treta de Edu. Pero Begoña se había referido a algo entre ellos dos, ¿y para qué necesitaba verme en persona?
Antes de que pudiera deducir nada convincente o lógico el sonido del telefonillo me sobresaltó. Tardaba menos de lo anunciado. Y, allí plantado, en el medio del salón, pude escuchar el ascensor subir y mi corazón palpitar.
Abrí la puerta y di un par de pasos atrás. Estaba muy nervioso. ¿Y si hubiera pasado algo entre ellos que yo no sabía? Confiaba en María… pero era todo extrañísimo… Me veía superado.
Escuché unos ruidosos y decididos tacones aproximándose desde el rellano y, antes de que me pudiera dar cuenta, una chica muy guapa, con el pelo recogido, con unos pantalones negros y un jersey negro remangado hasta los codos, y con un cinturón marrón que partía todo por la mitad, entraba en mi casa, en nuestra casa.
No me pareció tan menuda como la primera vez y alargó su mano en una señal de saludo extraño y apresurado. Antes de que pudiera ofrecerle algo de beber comenzó a hablar de manera desordenada.
No perdió el tiempo en más presentaciones ni cosas banales. No tardé por tanto en conocer el origen de todo: le había cogido el móvil a Edu. Y entonces lo soltó:
—No veas las guarradas que se escriben. Están liados. Estaba claro. Siento decírtelo así. Estarás flipando, claro. Como yo.
—Espera, espera. ¿Cuando? —pregunté. Los dos, allí, de pie, sin ganas de sentarnos.
—No sé la fecha, tuve que mirar rápido. Es que ni me lo creía… Joder… qué puto cerdo.
—¿Pero cuando? Más o menos.
—No sé. ¿Qué más da? Lo que leí fue de hace unos fines de semana, tres o cuatro. Sí. De la noche aquella que él estaba en una despedida. Pero vamos, que seguro que sigo para arriba y habría más. ¿Qué? ¿No te lo crees o qué?
Me di la vuelta. Pensativo. Como por un acto reflejo. Si bien confiaba en María, en cierto modo sentí alivio, pues Begoña no venía a desvelarme nada que yo no supiera. Pero aquello también tenía su parte tensa y negativa y es que yo me veía entonces en la obligación de hacer el papel de mi vida, y fingir que no sabía absolutamente nada.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí? Si no me conoces.
—Primero para que sepas lo que tienes en casa. Y segundo por si ya sospechabas… para saber desde cuando.
Me di la vuelta y vi a una chica enfadada, pero orgullosa. No parecía haber llorado.
—No, no sospechaba nada. Y no me lo acabo de creer.
—¿No te lo acabas de creer? Pues lo último que había en la conversación. O sea, lo primero que vi, fue una foto de tu novia… que vamos… Además una foto que él le envió a ella. O sea que seguramente se la sacó él… Dios… Qué hijo de puta… y menuda zorra ella…
Tragué saliva… No pude fingir indiferencia, o incredulidad.
—¿Qué? ¿Qué te parece? —preguntó sospechando que ahí hacía daño.
—No… No sé… Tengo que hablar con ella.
—¿Pero tú qué crees? ¿Están liados o no? Igual esa foto se la había enviado ella en su momento y él se la reenvió otro día… porque estaba como sacada, o sea… enfocada… desde muy abajo… —barruntaba, como queriéndose agarrar a la posibilidad de que sí tuvieran una especie de sexo por mensajes, pero que no había una infidelidad… carnal… explícita.
—No… No lo sé… Estoy… Imagínate… —fingí un poco.
En ese momento miró, por primera vez, un poco a su alrededor, como siendo consciente de estar en el territorio de su enemiga.
—¿Pasó noches fuera?
—¿Qué? —pregunté.
—Que si pasó noches fuera de casa… diciéndote alguna excusa.
—Mmm… No.
—¿Y hace unos sábados dónde estaba? Porque aquello fue un sábado a las tantas.
—No sé… Tendría que pensar. ¿No puedes averiguar algo más? ¿Fechas concretas? —dije, como en una huida hacia adelante, sin estar muy seguro de estar cogiendo el camino correcto.
—Te enteras de menos que yo… Que ya es decir… —dijo, por primera vez, algo más distendida.
Acabó por sentarse y recordé que Edu le había enviado a María una nota de audio… con sus gemidos… con su orgasmo… Una nota de audio con un polvazo que aquel cabrón le había echado. Obviamente ella no había alcanzado a descubrir aquella parte de la conversación. Tenía, sentada en mi sofá, a la chica propietaria de aquellos jadeos y gritos… que yo había escuchado, en mi teléfono, en los lugares más insospechados, incluso en el trabajo.
—¿Y qué hacemos entonces? —pregunté— ¿Edu se va, no? ¿Vas a seguir con él?
Begoña alzó la mirada:
—Te agradezco tu interés por mi relación… Pero no sé si te estás dando de lo que te acabo de contar…. Vamos… que tu novia es una pe de cuidado. Creo que no te estás dando cuenta.
—Bueno, tranquila —me rebelé, haciéndole un gesto —eso no lo sabemos. Igual se han enviado cosas. No sé… —yo me metía en un lío absurdo, cuando ya casi había salido.
—¿Enviado cosas? En fin. Que no sabes nada. Que no tienes ni puta idea de nada —dijo chulesca, poniéndose en pie, con la intención de marcharse— No sé para que vine —prosiguió.
—Mira… qué quieres que te diga… Es que aún estoy… en shock. No sé nada. Es cierto. Nunca le miro el móvil.
—Pues míraselo… ¿Se lo puedes mirar? Eduardo se va este fin de semana y no creo que pueda volver a tener la oportunidad. Y quiero saber si han quedado. Solo quiero saber si han follado —dijo, algo rabiosa, sorprendiéndome la inquina y la rudeza con la que, a pesar de su femenino timbre de voz, había pronunciado la palabra “follado”.
—Sí… Puede ser que se lo pueda mirar, sí —dije sin ser consciente de donde me estaba metiendo.
—Pues no le digas nada y a ver si ella no ha borrado nada ¿Vale? ¿Serás capaz? Ni le digas que estuve aquí. Nada. Porque lo negará, borrará las conversaciones y no tendríamos nada. ¿Te parece?
—No sé si voy a conseguir que no se me note… —fingí.
—Pues… es… la única forma que tenemos de tirar del hilo, Pablo. —dijo, y mi nombre en su voz me sonó extrañamente bien.
—Ya…
—¿Y esta noche? ¿Donde está María? En fin… Es increíble. No iba a ir a la despedida, porque entendí que debía estar con sus amigos, pero voy a tener que ir aunque solo sea para saber que no acaba… encontrándose a María. Encontrándose entre comillas, claro.
—María está con Amparo. La conoces.
—¿Amparo? A estas horas Amparo debe de llevar dos horas durmiendo. En fin… Que me voy. Mírale el móvil, anda, y me dices —me hablaba simultáneamente a que buscaba dos besos de despedida.
Y se marchó, curiosamente más templada, como si al menos hubiera resuelto que aquella visita sí le había servido de algo.
Apenas había estado quince minutos en casa. Miré el móvil y María seguía sin escribirme, si bien tampoco habíamos quedado en que me fuera narrando lo que fuera sucediendo.
Sabía que se lo contaría a María. Obviamente le diría que Begoña había estado en casa. Le contaría todo. Pero se lo contaría en persona, cuando llegara.
Me senté en el sofá. Intenté ordenar mis ideas. Aún tenía el olor de Begoña, y hasta llegué a temer que María lo notase nada más entrar. Era un olor cálido y juvenil, que había acentuado su potencia cuando nos habíamos despedido con aquellos dos besos.
Sentí envidia de Edu. Por follársela. La imaginé desnuda primero y la imaginé follando después… y me empalmé, en mi sofá… Era, sin duda, muy guapa, algo aniñada en la distancia, pero con más poder en las distancias cortas. Sus ojos grandes y vivos, su pelo castaño perfectamente estudiado y brillante, sus dientes blanquísimos… Su tez joven que desprendía una salubridad inquietante… A punto estuve de revisar aquella nota de audio, pero me contuve.
Miré el reloj y descubrí que ya había pasado la hora pactada para aquella cita de negocios. Y me alegré a la vez que me preocupé. Otra vez con aquellos sentimientos encontrados.
Sin pensarlo demasiado le escribí:
—¿Cómo vais?
Comprobé que llevaba mucho tiempo sin conectarse. Y entonces el ya conocido “¿y si…?” cobró una extraña fuerza.
Me sentía dividido en dos: mi cerebro estaba en cómo enfocar aquella confesión de Begoña, en cómo se lo tomaría María, en si me volvería a llamar preguntando por mis averiguaciones… Y mi morbo… mi inquietud… mi deseo… estaban en una María fingiendo que se dejaba seducir por aquel hombre… quizás ya no con una sino con dos copas encima.
Me tumbé en el sofá a esperarla.
No sabría nada de ella hasta pasada la una de la madrugada.

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