ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Esta mañana dos mariposas blancas, de las que habitan el patio en primavera, me han dado los buenos días revoloteando frente a mi, jugando a cogerse de la mano sin tocarse, abriendo en mi mente el camino hacia la nueva estación: una prematura primavera que llega sin ti, como otras que ya terminaron en que estabas presente con tu ausencia.

Con la llegada de la primavera, tu recuerdo, perenne e inamovible, se vuelve además sangrante. Cuando la naturaleza florece y sonríe a la vida bajo el canto de los pájaros, alegres por la desaparición del frío y por la abundancia de hojas protectoras en las ramas de los árboles que los cobijan, que despiertan de su letargo invernal y se abren de nuevo a la vida, entonces es cuando el recuerdo de las noches eternas en el patio, con mis dedos enredados en tu cabello negro, rebelde, indómito, atraviesa mi cuerpo de abajo arriba como una estaca hundiéndose en mi ser, volviendo más metálica la soledad y más lodosa la melancolía.

Me siento bajo el nogal, atrapado ya por tu ausencia, y fantaseo con el recuerdo de tus ojos negros, brillantes, acuciantes, abriendo apetitos, invitando a la ebriedad, al insomnio y a la lujuria. Me mantengo petrificado durante instantes eternos, con los ojos entrecerrados y la vista en el pasado. Solo el olor del campo a la mañana, con esa mezcla fresca y dulzona, es capaz de sacarme, poco a poco, como quien arrastra lentamente hacia sí una red de pescar, de mi ensoñamiento. Ese olor, que desde que el mundo existe para mi, me ha acompañado cada primavera, despertando mis instintos más ancestrales, obligándome a prestarle atención a mi entorno, al mundo que, como cada año, renace en marzo. Ese olor que me obliga a bajar al huerto, a descalzarme y sentir bajo mis pies la maleabilidad de la tierra, que me provoca y me invita a recorrerla, a hundir mis manos en ella, que me insta a cuidarla, que me suplica semillas y agua, labranza y riego, esfuerzo y tiempo. Solo en el momento en que cedo a esos instintos tu recuerdo se aparta un poco, dejando espacio y perspectiva para ver todo lo que hay aún sin ti. Y respiro, y miro a mi alrededor, y tomo conciencia de todo lo que hay por hacer, y empiezo a imaginar surcos y plantones, a soñar con hortalizas creciendo entre cañas. Y mis ojos, sin olvidarse del todo de los tuyos, pasean la mirada por las aberturas que el invierno y el abandono han hecho en la valla, y miro, preocupado, como las zarzas, que no renuncian a su espacio en el huerto no se cansan de crecer, tratando de comerse el camino que tantas veces nos vio pasar cogidos de la mano. Y con tu recuerdo a mi lado me preparo para trabajar la tierra, para moldearla, para preñarla de semillas y proteger sus frutos.

Entonces comprendo que es tu recuerdo el que me va a empujar al huerto cada mañana en esta incipiente primavera, pues solo siguiendo el camino de la labranza y atendiendo al cuidado de las plantas conseguiré atenuar tu ausencia, solo en la primavera encontraré descanso para el pasado, para ese pasado que es todo tuyo y es todo mío.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

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