ISA HDEZ

El crepúsculo

Traspuesta en la mecedora ante el ventanal la envolvió el rescoldo del atardecer,

sentía como si una mirada etérea le traspasara la cara,

pero no se atrevía a cerciorarse si era realidad o solo una fantasía,

y permaneció quieta, muda y esperanzada.

En su interior deseaba que él la estuviera mirando,

con esos enormes luceros color cerveza que la turbaba,

su sonrisa ilusoria que se adivinaba bajo sus labios carnosos,

y su piel suave y delicada como la seda que la acariciaba.

Ansiaba besarlo, abrazarlo y amarlo,

pero persistía en la mecedora con los ojos cerrados,

sonriendo a las musas que bailaban en su recuerdo,

por temor a que todo fuera una triste fábula de su imaginación.

Sus mejillas arreboladas rezumaban emoción,

su boca color rubí temblorosa lo deseaba,

el mutismo presidía la estancia en el crepúsculo y se perdía en las sombras,

él, sigiloso se acercaba a su boca, y sus labios se unían en una dulce pasión.

Y, cuando abrió los ojos para asirlo contra su cuerpo,

se encontró con la oscuridad frente a la ventana,

sus manos trémulas lo buscaban arañando los cristales,

pero se perdían entrelazadas con el llanto, el duelo y el silencio.

Por las paredes de su alma trepaban los sentimientos,

quería gritar, pero no salían las palabras de sus adentros,

los ecos se quedaron mudos y, ella regresó de nuevo a su lugar,

al mundo de la soledad, la tristeza y el recuerdo.

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