LOLA BARNON

Eduardo y yo

1

Pocos días después de que Tania me dijera que Nico y Patricia estuvieran juntos, o de alguna forma mantuvieran una cierta relación, tomé la decisión de que no podía continuar así, esperando continuamente a que Nico tomara partido por ella o por mí.

Y a eso me ayudo Tania, por supuesto. Salimos a cenar y de copas algunas noches. Nos reímos, ella ligó todo lo que quiso y yo, aun pudiendo, noté que no estaba todavía por la labor. No me importó demasiado. O más en concreto, no le di mayor importancia. Sencillamente, mi proceso era más lento.

Pero hubo un día en que algo hizo clic en mi cabeza. No puedo decir el momento, ni la razón. Pero ese día había salido a tomar una cerveza con Eduardo que continuaba constante, y de forma simpática, su acercamiento hacia mí.  

Ya he dicho que me parecía mono, agradable. Y que en otras circunstancias, hubiéramos terminado en la cama sin problemas, pero yo no estaba en ese estadio. O por lo menos, no había alcanzado ese momento. Todavía…

Lo cierto es que todo resultó muy sencillo. Me trajo a casa, como otras veces y veníamos charlando, riéndome de un comentario suyo. Yo ya no estaba viviendo con Tania y me había alquilado un estudio muy cerca de ella, porque decidí que lo más adecuado era dejar tranquila a mi amiga. Bastante había hecho por mí.

Llegamos al portal y me dispuse a abrir la puerta de mi casa. Cuando lo hice, miré a Eduardo. Me contemplaba con esa media sonrisa, algo burlona y simpática que casi siempre tenía. Sonreí a su vez y me quedé contemplándole. Quizá fue en ese momento cuando en mi cabeza surgió el clic que me despegó de Nico. O ya lo tenía de antes, fruto de algún momento indeterminado. No lo sé, pero el hecho es que nos dimos un ligero piquito. Luego un segundo y finalmente abrimos los labios ambos. Me besó con tranquilidad, pero firme. Y me gustó.

Luego nos quedamos ambos mirándonos. Supongo que dudando del paso siguiente a dar. Ahora, cuando lo pienso, creo que hicimos bien en no continuar y dejarlo ahí. En un beso bonito, esperanzador.

Eduardo me miró, sonrió y fue quien se contuvo. Me cogió una mano y carraspeó ligeramente.

—Creo que voy a volver a invitarte a cenar.

—¿Y eso? —pregunté.

—Pues porque este beso lo merece. —Me seguía mirando—. ¿Quieres?

Asentí.

—¿Te recojo mañana? ¿A las nueve y media?

—Vale —respondí sonriente.

—Ponte guapa.

Y se fue caminando hacia su coche, volviendo su rostro cada poco hacia mí.

Subí a mi casa y me quedé pensativa. Estaba relajada, como si me hubiera quitado un peso de encima. Tranquila y de forma incierta, pero sosegada, contenta. Me dije a mí misma que era una oportunidad que debía coger. Nico hacía un par de días me había llamado y estuvimos hablando por teléfono. Quedamos al día siguiente y nos abrazamos. Incluso me besó ligeramente en los labios. Pero, por extraño que pareciera, no sentí esa punzada de deseo o de necesidad que hasta pocos días antes, me empujaba a él.

Exactamente no puedo decir que no me gustara, que no me apeteciera. Pero ahora, pasado algo de tiempo, entiendo que se me fue agotando mi espera. No es que me enfadara o me hartara. No, sencillamente, se fue apagando como cuando se consume una vela despacio pero sin remedio.

No tengo claro si eso significaba exactamente que quisiera a Eduardo o que hubiera dejado de amar a Nico. Posiblemente, las cosas no se dan a la vez y van tomando curso a medida que los acontecimientos se van sucediendo. El hecho fue que, al día siguiente, Eduardo vino a buscarme para ir a cenar.

2

El restaurante era bonito y caro. De esos que estaban de moda y que costaba medio riñón coger mesa. ¿Cómo lo hizo Eduardo? No lo sé. Conocía a mucha gente y era bastante espabilado a la hora de conseguir lo que pretendía. Tampoco indagué mucho más. Mis pensamientos, en el momento de entrar en el restaurante, se centraban en que debía darme una oportunidad con él. No sé si para formar pareja de manera convencional y clara. Pero, desde luego, para empezar a abrir la posibilidad de serlo. Ni podía, ni ya quería, seguir esperando a que Nico se decidiera y tomara una posición conmigo. O con Patricia.

Respiré profundamente, miré a los ojos a Eduardo, y me dije a mí misma que estaba a gusto con él. No me había presionado, conociendo seguro, mi situación. Me pregunté, incluso en ese momento, cuánto sabría de mí y de Nico. Preferí no indagar.

El camarero nos trajo la carta y él pidió un vino blanco de aperitivo. Lo imité y estuvimos unos minutos charlando de cosas insustanciales, creo que evitando referirnos al beso que nos habíamos dado ayer en mi portal. Yo, al menos, prefería que las cosas fueran discurriendo de forma fluida, sin obstáculos.

Entonces, cuando estaba riéndome de una tontería que acaba de decir Eduardo, le vi entrar al comedor. Iba del brazo de una mujer de unos treinta y muchos o cuarenta muy bien cuidados. Observé su mirada azul, su cara de proporciones casi perfectas, su apostura…

Y él, en aquel momento, recayó en mí.   

Nos miramos unos segundos. Eduardo seguía hablando y la mujer con la que él iba, lo mismo. Pero ambos, disimuladamente, mantuvimos la conexión con la mirada.

Pasados unos minutos, y una vez que hubimos pedido, me levanté diciendo a Eduardo que iba al baño. Ese día llevaba un vestido ceñido, de tono crudo, y unos zapatos de salón con tacón bastante alto. Había ido a la peluquería esa mañana y estaba, al menos a los ojos de Eduardo, realmente atractiva.

Mire a Jorge. Un par de segundos. No sé si diciéndole que iba al baño. Quizá retándome a mí misma por si se acercaba. ¿Qué notaba? Era extraño. Evidentemente, una atracción poderosa hacia él. ¿Amor? No. Era diferente. Más cercano a una historia que se había quedado inconclusa, a medias de resolverse y que, en su momento, hice todo por olvidar y sumergirla en las profundidades de mis recuerdos.

Desconocía qué podía causar hoy en él. Pero sé interpretar miradas. La suya no era de deseo, sino más bien de curiosidad. De extrañeza. Era obvio que había visto a Eduardo y que Nico no estaba allí. Quizá se estaba preguntando si se trataba de un ligue mío y que mi novio estaba en casa. No sé, me hice composiciones de lugar bastante extrañas y peregrinas.

Entré en el lavabo, a pesar de no tener apenas ganas. Aproveché para retocarme un poco los labios y salí al cabo de tres o cuatro minutos. El corazón se me detuvo un segundo cuando lo vi allí, al lado de las puertas de los baños de chicos y chicas. Me miraba con una especie de sonrisa escueta, interrogativa.

—Hola Mamen —me dijo.

Me acerqué a él. Lenta y tranquila. Con la mente en blanco, sin saber qué era exactamente lo que hacíamos allí ambos.

—Hola Jorge —contesté.

Nos miramos. En nuestros ojos, miles de palabras y respuestas. Nico, su ausencia, Eduardo, aquella mujer que entendí que era una cliente. Estuvimos unos segundos en silencio, creo que observándonos el alma y las reflexiones.  Gracias a mis tacones, mis ojos estaban casi a la misma altura que los suyos. Me acerqué un nuevo paso y nuestros cuerpos se rozaron levemente. Jorge no se retiró, pero tampoco hizo nada por corresponder a mi acercamiento

Note su extrañeza, sus preguntas en la mirada. Yo, no sé si respondí. O si lo hice, si me entendió. Y entonces, con suavidad, de una forma serena y pausada, le besé suavemente en la boca.

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