SILVIA ZALER

Después de Navidades

Aquello desato de nuevo la fiera que llevaba dentro. Durante algunos días, pensé en hablar con mi marido. Solucionar aquello. Pero volví a ver señales de su infidelidad. E incluso le descubrí cuchicheando con el móvil a escondidas de mí. Aquello terminó por desencadenar una tormenta realmente brutal. Por eso, a los pocos días, yo regresé a mis folladas. Recuperé mi móvil y contactos, y desengañada, me abandoné de nuevo a mis excesos.

Aquello, además, provocó que yo estuviera hosca con mi marido. Displicente, ausente o directamente cabreada. Él, al principio, no lo entendió. Luego, quizá intuyendo que yo sabía algo, se dejó llevar y me obvió. Trato un par de días de preguntarme qué me pasaba, pero yo, ahora veo que equivocadamente, pasé directamente de él.

Mis sospechas de que me engañaba, además, ya eran completas. Me hice una experta en este tema, sabía dónde buscar. Vi más pelos rubios en sus ropas. Un olor en su piel a un gel diferente del de nuestra casa, y de nuevo trazas de ese perfume escondido. También hizo un par de salidas sin programar que, incluso, llegaron a descolocarme mi primer plan de vuelta a mis andadas. De hecho, el chico nuevo que contacté en la aplicación tuvo que conformarse con una mamada en su coche cuando vino a buscarme, y yo una comida rápida. Tuvo la decencia y educación de no enfadarse por no poder quedar conmigo, pero no me volvió a contactar, como era lógico. Mi marido se había ido sin apenas avisar y yo estaba sola con los niños

Entenderéis que no podía quejarme dadas mis circunstancias. En mi cabeza bullían dos ideas. La de cabrearme y montar un circo, aún a sabiendas de que eso era comportarme como una cínica e hipócrita. O aguantar y usarlo para acallar mi conciencia y seguir follando todo lo que pudiera.

Pensé en mis hijos. Jovencitos todavía, con once y doce años. Y una noche que los vi jugando con su padre en el salón a algo referente a una película que acababan de ver con él, opté por dejar que la situación siguiera su curso. No estaba segura de la decisión a tomar o cómo encarar este tema. Elegí divertirme al máximo, pero con todas las precauciones posibles. Eso me hizo ver que, en vez de cantidad, debería centrarme en calidad. Me hice a la idea de reducir mis salidas con Las Guarris y centrarme en los conocidos. Aunque ya no tuviese a Arturo, recompuse la relación con Julián y llamé a Jaime para saber su disponibilidad. En ambos casos, fue afirmativa.

No soy tonta y me hice varias composiciones de lugar. Una de ella era, obviamente, la separación. La otra, tener una conversación con él. Pero no termine de decidirme. Mis hijos, que pudieran enterarse o provocarles un tremendo disgusto, me frenaban

Y en estás estábamos. A remolque de las salidas de mi marido o las mías. Durante un mes, más o menos, ambos nos inventábamos eventos, firmas, presentaciones, reuniones o cenas. Y lo que fue peor, visto que él lo hacía, empecé a no tener decencia y llegar a las cuatro de la mañana todavía colocada de porros, coca o éxtasis, que era lo que Menchu ahora prefería. Decía que se follaba mucho mejor y que a ella le provocaba aguantar las sesiones de sexo de manera más activa y desfasando a tope. La verdad es que la coca nunca la había dejado y raro era el día que no se metía para salir. Aunque fuera a cenar con alguno de los que conocía en las webs de citas.

No sé si era el éxtasis o que ella estaba traspasando bastantes límites. Hasta yo, que empezaba a pensar que las drogas empezaban a afectarme en serio, lo pensaba. Marta, de la misma forma que Menchu, también había subido un peldaño en la escala de descontroles y se propasaba mucho. De hecho, me contó que un día tuvieron que llevarla al hospital por una taquicardia severa. No me extraña. Se había metido la misma coca esa noche que yo en un mes.

Gabriela seguía ausente. De hecho, hacía ya algún tiempo que apenas venía con el grupo que se había reducido a dos fijas y a mi presencia más esporádica. Gabriela, por lo que me dijo uno de los escasos días que hablábamos, de la misma forma que yo, también estaba pasando por algunos problemas en su matrimonio. Al menos, eso me dejó caer el par de conversaciones que mantuvimos. Pero sin profundizar. Me dijo, eso sí, que había rebasado todos los límites. No me especifico nada más. Pero entendí que era lo de siempre.

Mi marido, al verme en un par de ocasiones en el estado que llegaba, pensaba que llegaba borracha de beber. Que me empezaba a pasar con la bebida. Él, como muchos empresarios de la hostelería, apenas probaba el alcohol. Un poco de vino y, quizás, una copa en momentos determinados como Navidad, cumpleaños o alguna fiesta especial.

Una noche, me vio llegar colocada, aunque él pensaba que era por el alcohol, y yo disimulaba para que lo siguiera pensando, le reproché que era un cínico y que no se preocupara tanto de mí.

—Lo hago porque eres mi esposa, Elsa.

—Ya… —decía yo entrando en la ducha colocada y recién follada. Ese día había sido una cena en casa de Menchu que entre tiros, éxtasis líquido, maría y polvos, yo ya no tenía vergüenza y le contestaba a mi marido—. No vayas de bueno, cielo, que no te pega… —Y me reía yo sola—. Eso se lo dices a la otra…

Sin controlarme, solté por fin la bomba que explotaría mi matrimonio

—Lo mismo me puedes decir tú de dónde vienes. Y con quién…

—Amigos. Ya sabes, una cena…

Él, negando con la cabeza y serio, se fue a dormir a una habitación aparte sin contestarme. Aquello, aunque iba puesta, no me gustó. En ese momento hubiera destapado la caja de Pandora, pero él se contuvo e hizo que yo me viera obligada a hacer lo mismo.

Me extrañaba la actitud de Gabriela. Temí, con algo de pena, que iba a abandonar definitivamente el grupo de Las Guarris. Al menos, por un tiempo. Esa opción, de hecho, la daba casi por segura. En este último año, apenas nos habíamos visto. Yo notaba algo extraño, como queriendo poner tierra de por medio entre ella y yo. Se mostraba, no distante, pero sí alejándose de nuestra amistad. Era una mezcla de vergüenza y culpabilidad. Quizá, como un día me dijo Menchu, mientras se hacía una buena loncha de coca en una de las cenas para follar que organizaba —y a la que por supuesto no vino Gaby— es que esto la supera. Es buena chica, pero no sabe vivir con tanto remordimiento. Y eso, reina, hará que cometa errores —decía mientras aspiraba con fuerza desapareciendo el polvo blanco por su nariz.

Yo hablaba con ella alguna vez por teléfono. Pocas. O bastante menos que antes, para ser más precisa. No sabría decir la causa ni el momento, pero ese distanciamiento se produjo a partir de ese verano. Sobre septiembre.

Con Las Guarris, solo vino en un par de ocasiones. Y en una de ellas, dijo que estaba mal y se fue antes de que empezara el desmadre y el fiestón. A la que organizaba Menchu a final de ese verano, tampoco vino.

Decidí darle tiempo. No es cuestión de forzar nada con nadie. Yo sabía que le gustaba follar tanto como a mí. Lo había visto, sentido y hasta la había comido el culo mientras ella se tragaba la polla de Jaime en mi propia casa. Eso, era así. Cierto como la vida misma.

Debo precisar que el distanciamiento se fue extendiendo al hecho de ser amigas, porque se redujeran también nuestras confidencias. Sí, me contaba sus problemas con el marido y sus dudas sobre si debía seguir buscando placer fuera, o intentar recuperar su matrimonio. Pero de forma muy sucinta y casi despachando el problema.

No me volvió a hablar de ese hombre que le había dejado tocada. La notaba muy dubitativa. Ya no me decía nada de amantes, ni de rollos, ni de que si le gustaba uno u otro. Es decir, la confianza para esas cosas se fue perdiendo poco a poco. Lo que ya tampoco hacíamos era coincidir en cenas, normales, con nuestros maridos. Pero bueno, todos tenemos nuestros tiempos y momentos. Las crisis personales hay que respetarlas.

Volviendo a mí, y a esa época, en un par de ocasiones me había tenido que duchar del colocón que traía de mis salidas, muchas terminadas con folladas. El mismo Arturo, con el que conseguí quedar un día a cenar con él, me vio afectada por el porro de maría que me había fumado en el mismo coche. Denegó acostarse conmigo en esas condiciones y me dijo que mi comportamiento era muy extraño. Cuando nos despedimos yo supe que nunca más nos volveríamos a ver.

Solo recuperaba algo de la cordura con mis hijos y, entonces, me disculpaba con mi marido por haber llegado tarde o con algunas copas de más. Él callaba y no me decía nada. Debo decir que tuve la sensación de que también recapacitó y regresó durante un par de semanas a la normalidad. Es decir, yo dejaba por un tiempo de ver pelos rubios en su ropa y él de tener conversaciones a escondidas de mí. Volvíamos a convivir de forma marital y normal durante esas dos semanas, pero, invariablemente, ambos regresábamos a la oscuridad. Yo a mis folladas y él a los pelos rubios y olores ajenos a sus solapas, camisas y polos.

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