ANDER MAIS

Prólogo

Recuerdos

Los siguientes cuatro meses pasaron rápidos, volviendo todo a la normalidad. Continuamos nuestra vida, reincorporándonos a nuestros respectivos trabajos, y nuestra relación parecía no haberse resentido nada por lo ocurrido durante el verano. O eso creía yo.

Durante los primeros meses, me pareció bien haber dejado todo aquel tema de ver a Natalia con otros, pero, a medida que pasaba el tiempo, una extraña sensación me empezó a recorrer por dentro, afectando a mi relación con mi chica.

Yo la seguía amando y deseando igual, incluso nuestros polvos seguían siendo geniales. Pero sentía que me faltaba algo. Cada vez echaba más de menos mis juegos y conversaciones con Víctor, los escotes vertiginosos de mi chica que provocaban tantas miradas, su actitud atrevida y desvergonzada, pero, sobre todo, los polvos de aquellos días recreando lo que pudiese hacer Natalia con otros. En definitiva, descubrí que me ponía más la Natalia cachonda y desinhibida de aquellos días de verano que la Natalia sincera, recatada y amorosa de los últimos meses.

Intenté varias veces, en días que salimos por la noche, que se pusiese la ropa más provocativa que tuviese. Algún escote muy pronunciado o falditas cortas, que utilizara medias o ligueros, pero no estuvo muy por la labor. Sinceramente, me preocupaba aquel cambio hacia atrás en su actitud. Fue casi como retroceder al principio de nuestra relación, cuando los estragos de su relación con Kike convirtieron a Natalia en una mujer insegura y apocada, avergonzada de su cuerpo.

Un día de entre semana, estando solo en casa porque tenía el día libre por unas obras en el trabajo y la empresa estaba cerrada, decidí que debía contactar de nuevo con Víctor. Necesitaba hablar con alguien de lo que estaba sintiendo, y él era el único capaz de comprenderme, el único con el que podía hablar de aquel tema. Le escribí un correo electrónico:

“Hola Víctor. ¿Cómo va todo? Sé que llevamos muchos meses sin contacto pero necesito hablar contigo. Te dije que quería dejar todo aquel tema de lado pero últimamente siento que algo falta en mi relación. Me he dado cuenta que sin esos juegos ya no disfruto igual con mi pareja. No me malinterpretes, sigo queriendo a Natalia y ella a mí también, pero hay algo que nos falta. Solo quería saber si aún te apetece seguir con nuestros juegos como hicimos el verano pasado y, de paso, pedirte consejos sobre cómo animar a Natalia con este tema. Saludos.”

Honestamente, no tenía muchas esperanzas puestas en que Víctor me contestara. Después de tantos meses sin dar señales de vida, supuse que debía haberse olvidado de nosotros y centrado en otras cosas. Al fin y al cabo, él quizá solo deseaba follarse a mi chica aquel verano y, al ver que la cosa no iba a más, lo normal era que ahora pasara de mí.

Después de eso, abrí el Facebook y me encontré con la sorpresa, en forma de notificación, que ese día era el cumpleaños de Erika. Desde el día que nos fuimos de su casa de aquella forma tan precipitada, no había vuelto a saber nada de ella. Natalia la había bloqueado en todas sus redes sociales y era como si nunca hubiera existido en nuestras vidas. Y yo, a pesar de decirle a mi chica que también lo había hecho; pues le mentí. En cierto modo, sentía algo de culpabilidad por lo ocurrido.

Pensé en llamarla para felicitarla y, de paso, intentar averiguar algo de lo ocurrido aquellos días, así como también del pasado turbulento de las dos en relación a Alberto, Juanjo y Kike. La verdad es que no pensé que me cogería el teléfono; pero tras cuatro tonos, la voz de Erika sonó al otro lado de la línea:

—¿Sí? ¿Diga?

—Hola, soy Luis —le dije de forma tímida.

—Hola, Luis. ¿Pasa algo? —me preguntó extrañada.

—Nada, Erika. Solo llamaba para felicitarte el cumpleaños —dije algo dubitativo.

Sinceramente, esperaba que en cualquier momento me echara en cara lo sucedido la noche de nuestra despedida; pero no fue el caso, cosa que me sorprendió gratamente.

—Gracias, Luis. No esperaba que me llamaras, la verdad, pero te lo agradezco de corazón. ¿Está Natalia ahí contigo?

—No, está trabajando. Ella no sabe que te estoy llamando. Sigue todavía muy enfadada contigo.

—Ya… —fue su respuesta, algo seca y áspera.

—Bueno Erika… ¿Cómo te va todo?

—Bien… ¿y a vosotros?

En ese momento, viendo lo parca de nuestra conversación y la poca predisposición de Erika a hablar, me inventé una pequeña disputa con Natalia para conseguir ganarme su confianza y que se abriera a mí:

—La verdad es que, desde que pasó lo que pasó el verano pasado, no veo a Natalia igual. Estoy algo preocupado. La noto algo distante y fría conmigo… y me gustaría saber si puedo contar con tu ayuda para tratar de comprender qué le pasa. ¿Estás muy ocupada ahora? ¿Puedes hablar?

—Sí, puedo hablar. Ahora mismo estoy sola en casa. ¿Y qué es lo que quieres saber, Luis?

—No mucho, creo. Solo tu versión de lo que dijiste la noche que nos fuimos de tu casa… ya sabes, todo aquello de Juanjo y Kike. Natalia me ha contado más bien poco de ese tema y quiero saber si lo que me contó es cierto o no. Puede que así pueda entender que es lo que está pasando.

—Jajaja… lo sabía… ya te dije que te iba a engañar… ¿es eso, no? ¿Sospechas que te pone los cuernos, verdad? ¿Pero no decías que eso te gustaba?

—No, no es eso. Realmente, no sospecho nada. Y lo del tema de los cuernos, no era cierto; solo lo dije para que me dejases en paz; pero si no quieres contármelo, no pasa nada. Lo entiendo. Olvida todo el tema —dije ya arrepintiéndome de haberla llamado.

—Vale, tranquilo. ¿Qué quieres saber? —contestó Erika algo más conciliadora.

—Bueno, especialmente lo que pasó entre Juanjo y Natalia. Por cierto, ¿aún sigues viéndote con él?

—No. Después de lo de la fiesta, no he querido saber nada más de él. Además, ya te dije quién me gusta ahora… jajaja…

—Erika, por favor… no sigas por ahí…

—Vale, “Luisín”. Si lo quieres saber, no tengo ningún problema en contártelo pero, te aviso, es algo muy fuerte, eh… ¿Seguro qué quieres saberlo?

—Sí, claro. Tampoco creo que sea para tanto… —dije tratando de mostrarme seguro pero, viendo todo lo que había ido descubriendo del pasado de mi chica, empezaba a temerme lo peor.

—Como quieras pero yo ya te he avisado. Por esa época, Natalia tenía veinte años y no veas lo sueltita que era tu chica… jajaja… ahora va de niña buena pero menuda golfa era entonces. Aquí en el pueblo tenía un mote, Natalia “la melones” la llamaban… ¿Sabes que le gustaba que la llamaran así?

—Al grano, Erika…

—Vale, vale. Pues esto ocurrió el último verano que vino sola Natalia. Ese verano recuerdo que estuvo un mes entero y, de lejos, fue el verano que más suelta y zorrón la vi. Se pasó el verano calentando a todo el que podía. Ese mes, se lo pasó follando casi a diario con Alberto. Tampoco es de extrañar, estaba espectacular; con esas tetas, esa cara de no haber roto nunca un plato, ese bronceado que lucía y los piercings que adornaban su ombligo y su lengua… estaba súper sexy…

—Erika…

—Joder, mira que eres impaciente. La cosa es que Juanjo celebró ese año una despedida de soltero en un hotel rural del pueblo para unos amigos de fuera. Esa tarde, en lugar de quedar con Alberto que, por cierto, no estaba invitado, se presentó allí sin avisar. ¿Me sigues?

—De momento sí, Erika.

—La cosa es que Juanjo, viéndola allí, la invitó a tomarse algo pero también le dijo que luego debía irse ya que era una fiesta solo para chicos. Por lo visto, los chicos estaban entretenidos jugando al billar y y tu chica, con varias cervezas encima, se dedicó a calentar al personal, Juanjo incluido, exhibiéndose de mala manera. Por lo que sé, Juanjo intentó que ella se fuera; pero ya sabes cómo van estas cosas… un roce aquí, un roce allá y acabaron los dos en una habitación follando y con los amigos fuera escuchándolo todo.

—Anda ya… —dije riendo y no acabando de creerme algo así—, te estás quedando conmigo…

—Tú ríete, pero la cosa no acabó ahí…

—¿No?

—Después, cuando acabó de tirarse a Juanjo, se subió a una mesa e hizo un striptease para el resto de los chicos allí presentes. ¿Qué te parece?

—Pues que no me lo creo, Erika. Eso lo has sacado de alguna peli porno ¿no? jajaja…

—Eres libre de creerme o no, pero es lo que pasó. Yo me enteré después, porque el pueblo iba lleno con los rumores de lo que había pasado en aquella fiesta… hasta Sergio, mi ex, lo sabe… él te lo puede confirmar… Llámalo y pregúntale…

—Vale, vale… si tú lo dices, me lo creeré —dije no muy convencido-, pero me parece increíble que Natalia hiciera algo así, la verdad.

—Te sorprendería de lo que es capaz mi prima, Luis. Si yo hablara… ¿Algo más que quieras saber?

—Sí, algo más. ¿Es cierto que en su día ya hiciste con Kike lo mismo que conmigo? ¿Te insinuaste a él?

—Sí… pero no fue por lo mismo que lo hice contigo. Con Kike fue para vengarme de Natalia por lo de Juanjo y, de paso, abrirle los ojos para que cortase con él. Era un auténtico imbécil, un cabrón; y al final se demostró que yo tenía razón.

—Sí, algo he oído…

—Bueno, Luis… sabes que mi oferta sigue en pie y… que si quieres probar lo que te ofrecí… ya sabes…

—No, Erika. A pesar de todo, yo estoy bien con Natalia y la quiero un montón; así que, no, gracias.

—Ya, ya… Por cierto, ¿Todavía seguís con la idea de buscar un piso nuevo?

—Bueno, quizás algo más adelante —respondí sin saber muy bien a qué venía aquello ahora.

—Pues te aconsejo que busques uno con unas puertas bien altas, sino no podrás pasar por la puerta… jajaja…

—Joder, Erika… ya te vale… no quiero discutir contigo…

—No, no… si yo tampoco quiero hacerlo… solo te aviso para cuando te crezcan más los cuernos…

—No sigas por ahí, Erika —dije tratando de cortar el rumbo que había tomado la conversación.

—Mira, te voy a dar dos noticias: una buena y otra mala…

—A ver, sorpréndeme…

—La buena es que le pregunté a Alberto por lo ocurrido en el cuarto de la lavadora con Natalia y me negó que hubiera estado allí con ella…

—Vale… ¿y la mala? —dije riéndome.

—Pues que eso quiere decir que se la folló allí. Los dos sabemos que sí estuvo allí, o sea que, si miente, es porque oculta algo ¿no crees?

—Bueno, creo que será mejor que dejemos la conversación aquí. No me gusta lo que estás insinuando —dije serio y distante.

—Vale, “Luisín”. Me ha alegrado escuchar de nuevo tu voz. Cuando quieras, ya sabes dónde estoy… para llamarme o para algo más… ya sabes lo que tengo para ti… solo debes venir a buscarlo, guapo…

—Como tú digas, Erika. Hasta otra. Cuídate.

—Lo mismo te digo, guapetón. Chao.

Toda aquella conversación volvió a sumergirme en aquel mar de sentimientos encontrados en que siempre me sumía cada vez que llegaba a descubrir cosas de mí chica. Sorpresa, celos; pero sobre todo excitación. De nuevo, volví a sentir la imperiosa necesidad de reanudar los juegos morbosos que habíamos iniciado en verano y que había dejado aparcados.

Y, aunque me costaba creer que Natalia hubiera sido capaz de hacer lo que su prima acababa de contarme, no pude evitar irme a la habitación para masturbarme mientras por mi mente pasaban las imágenes de Natalia calentando a aquellos chicos; Natalia yendo a la habitación con Juanjo y dejándose follar por él; Natalia desnudándose delante de un grupo de desconocidos…. La corrida fue apoteósica. No tenía elección. Todo aquello me gustaba demasiado y necesitaba volver a sentirlo, volver a vivirlo.

Capítulo 1

Se busca camarera

Al poco rato, me llegó un whatsapp de Natalia.

—Cariño, he tenido un problema gordo en el trabajo. Enseguida voy para casa y te cuento. Estoy fatal.

—¿Qué ha pasado, amor? Dime algo, me has dejado preocupado —le respondí.

—He dejado el trabajo. No aguanto más a esa bruja que tengo por jefa. Lo siento, ahora te explico.

Como media hora después apareció mi chica por casa, medio llorando y bastante nerviosa. Me contó que había discutido con su jefa; una señora que llevaba una gestoría donde Natalia trabajaba de secretaria y donde yo la había conocido varios años atrás.

Llevaba tres años allí pero nunca había estado del todo a gusto. Siempre decía que la jefa era una amargada y una explotadora, que siempre le metía a ella todos los marrones de los demás y, además, cobraba una mierda para lo que hacía en relación con sus compañeros. Me explicó todo lo que había pasado, tranquilizándola y apoyándola yo; diciéndole que era lo mejor que podía haber hecho y que le saldría algo nuevo; algo mucho mejor y donde se sintiera mejor valorada y tratada.

Después de este suceso, los días pasaron y cada vez se incrementaba más mi preocupación con toda aquella situación. Natalia estaba cada vez más desanimada; no conseguía encontrar trabajo de lo suyo y, si ya antes estaba la cosa complicada en el tema de nuestros juegos, el quedarse sin trabajo aún empeoró todavía más las cosas.

Y a todo esto, Víctor seguía sin responder a mi mensaje. Supuse que, al haberle dado el desplante de no querer seguir con lo que habíamos empezado en verano y no haber dado señales de vida durante los meses posteriores, debía haberse enfadado y no querer saber nada más de mí. O peor aún, que hubiera encontrado a otra pareja más dispuesta que nosotros; otros más propensos a dejarse llevar por las situaciones morbosas que tan bien se le daban a Víctor.

Pero, todo empezó a cambiar un día que fui con unos compañeros de trabajo a tomarnos unas cervezas a un local al lado de unas oficinas, a donde acudimos a una reunión con unos clientes de la empresa. El bar estaba en una zona de oficinas, dentro de la parte más moderna y comercial de la ciudad, y a unos pocos kilómetros de la empresa donde yo trabajaba. Pero aun así jamás en mi vida había entrado allí. Era de esos sitios donde suelen reunirse a tomar algo los tíos al salir de la oficina y antes de volver a casa. Nada más entrar, me fijé en dos cosas: la primera, en las dos camareras; bastante llamativas ambas. Y la segunda, en el cartel que había junto a la puerta:

“Se necesita camarera”

Leí el cartel de refilón y, claro, lo primero que se me vino a la mente fue si sería un trabajo ideal para que Natalia volviese a verse de nuevo con ganas de exhibirse, de sentirse deseada; que se soltase como lo hizo durante el verano.

Volví a fijarme en las dos chicas de la barra. Una, era más bien bajita, con unas morbosas gafas de negras de pasta y una cara muy atractiva y sensual. Morena y con buenos pechos; algo más pequeños de los de mi chica, pero los sabía lucir bien mostrando un buen escote con la camisa entallada que tenían como uniforme. La otra, era rubia, alta, 1,78 o así; delgada y bastante altiva; pechos no muy grandes pero lucía un tipo muy cuidado de gimnasio, marcando un tremendo culazo con unos leggins, que por lo que puede apreciar también debían formar parte del uniforme.

Nos llamó mucho la atención al grupo de compañeros que estábamos allí, pues no perdimos detalle de su culo mientras nos tomábamos dos rondas de cervezas. Esta segunda chica, parecía la más distante de las dos camareras, ya que la morena era más charlatana y sociable con los clientes. La rubia parecía más creída, como si le gustase mostrarse sexy y que la mirasen pero manteniendo aquella pose fría y sosa con el cliente. No parecía gustarle mucho el trabajo, la verdad.

Nos fuimos de allí y pasé todo el camino de vuelta pensando en comentarle lo del trabajo a Natalia. Imaginaba que, de entrada, no le entusiasmaría demasiado la idea, pero a mí, solo de pensar verla trabajar con aquel uniforme entallado y bajo el escrutinio de un mar de hombres devorándola con la mirada, me producía un escalofrío que me recorría el cuerpo entero.

No pude apartar de mi mente, ya en mi coche y conduciendo de vuelta a casa, imágenes de mi chica trabajando en aquel bar; con clientes mirando sus grandes pechos e intentando tontear con ella, como había visto hacer a algunos antes con la camarera morena del bar.

Me dio un morbo terrible visualizar aquello y me empalmé con esas imágenes. Me pareció una fantástica idea para intentar que Natalia se volviese a soltar y volviese a sentirse sexy y deseada. Llegué a casa convencido de comentarle lo del trabajo y pensando en cómo convencerla para que lo aceptara.

Pero, cuando llegué, ella no estaba. Eso era algo muy raro últimamente, ya que se pasaba casi todo el día en casa y, cuando iba a salir, solía avisarme con un mensaje. Me pareció extraño, pero no le di mayor importancia. Nunca había sido un novio controlador y en esos momentos, aun menos, estando ella como estaba de bajón después de dejar el trabajo. Supuse que debía haber quedado con alguna amiga y habría salido a tomar algo con ella.

Entré en el salón y cogí el portátil de Natalia que estaba encima del sofá. Mi novia debió estar con él hasta justo antes de salir, intuí que algo apurada, pues usualmente no lo dejaba tirado así en cualquier lado. Lo encendí y me dispuse a abrir el correo. Llevaba ya varios días sin mirarlo, pero aún conservaba la vaga esperanza que Víctor se pusiera en contacto conmigo y me aconsejara sobre cómo animar a mi chica y que volviera a ser la del verano pasado.

Antes siquiera de poder abrirlo, me picó la curiosidad por ver qué habría estado mirando mi chica antes de salir precipitadamente. Abrí el historial del navegador y, a simple vista, no encontré nada raro. Facebook y varias páginas de búsqueda de empleo. «Vamos, lo normal», me dije interiormente.

Estaba a punto de cerrarlo, cuando vi un par de páginas que me llamaron la atención. Eran sobre turismo, y en ellas se hacía publicidad de la playa donde habíamos ido durante el verano; playa en la que mi chica había hecho topless y conocido a Víctor haciendo nudismo y donde había descubierto por primera lo bien dotado que estaba. La gente hacía comentarios sobre la playa, casi todos buenos. El más reciente de ellos, de una tal “Nat100”:

“Genial playa, ideal para las que hacemos topless y espectacular paisaje y vistas. Deseando volver.”

El mensaje era de esa misma mañana y, por el nombre de usuario y el comentario, no me quedaron muchas dudas que había sido Natalia quien lo había escrito.

Seguí revisando las páginas y vi que otra de las que había estado mirando era una que mostraba fotos de la fiesta y del pueblo donde habíamos estado; del lugar donde mi chica se había enrollado con Riqui en aquel aparcamiento.

Eso me dejó intrigado. ¿A qué venía ahora, meses después, mirar y comentar cosas del verano y de ese pueblo? No quise hacer una montaña de algo que, probablemente, no tuviera la mayor importancia. Quizás solo tenía nostalgia de lo vivido y le apeteció recordarlo a través de aquellas fotos.

De nuevo iba a salir cuando otra web llamó mi atención: una web de un pub. Mi primer pensamiento fue que era la del pub donde nos encontramos con Víctor, Sandra, Riqui y Andrés. “La otra noche” creí recordar que se llamaba. Pero no, no era aquel. Era la web del “New Age”, el pub donde trabajaba Riqui.

Natalia había estado mirando las fotos que había colgadas del local. En varias de ellas salía Riqui. Bailando, posando con clientas, sirviendo en la barra o charlando con la gente. Ahí sí que me empecé a preocupar un poco. Sentí celos al recordar lo ocurrido y, sobre todo, lo que había estado a punto de ocurrir. Y como casi siempre me solía suceder, los celos dejaron paso a una sibilina excitación y sentí un cosquilleo en mi entrepierna mientras recordaba a mi chica chupándole la polla al camarero.

La última vez que había hablado con Víctor, meses atrás y justo al volver de las vacaciones, este me había dicho que Natalia y Riqui no habían vuelto a tener contacto. Le creí pero, lo recién descubierto me demostraba que, al menos por parte de mi chica, recordaba lo sucedido y había querido revivir aquellos recuerdos hurgando a través de internet. Un poso de preocupación se adueñó de mí, consciente del extraño enganche que mi chica sentía por el camarero.

Descubrir aquello, me hizo ser más consciente que necesitaba imperiosamente contactar con Víctor. Era el único que me podía ayudar y el que me podía informar si habían seguido manteniendo el contacto a mis espaldas. Abrí el correo para escribirle nuevamente, pero no llegué a hacerlo.

No sabía cómo enfocar aquel tema. Después de tantos meses sin contacto, habíamos perdido aquella complicidad que compartimos durante nuestras vacaciones. Y tampoco quería suplicarle, como si fuese un novio inseguro, si Natalia me la estaba pegando en la distancia con Riqui. Al fin y al cabo, solo tenía como prueba cuatro fotos de una web que había estado ella mirando.

Me auto convencí que todo eran alucinaciones mías y que no había nada raro en ello, solo tratando de recordar buenos tiempos ahora que estaba algo de bajón. Decidí dejar lo del correo para otro momento y apagué el ordenador. Si le escribía, tenía que hacerlo con algo claro y firme, bien pensado, no con desvaríos de un novio inseguro. Además, en aquel momento, mi prioridad era hablarle a mi chica del trabajo de camarera y ver como reaccionaba.

—Hola, cariño. Ya estoy en casa —la voz de Natalia entrando por la puerta me sacó de mis pensamientos, y me hizo ser consciente que había estado en un tris de ser pillado husmeando en su ordenador. Debía ser más cuidadoso si realmente quería averiguar si Natalia me ocultaba algo más.

—Hola, cielo. ¿Qué tal? ¿A dónde has ido? —pregunté saliendo a la puerta del salón y viendo como colgaba su abrigo en la percha del recibidor, descubriendo debajo un vestido algo corto y bastante escotado, unos leotardos negros y, como colofón, unos botines de tacón.

—Nada, que había quedado con Andrea —me dijo Natalia, refiriéndose a una amiga suya de su época universitaria—, hemos ido a tomar un café, ya que me quería comentar algo sobre un trabajo en la empresa donde ella trabaja.

—¿Pero ella no se dedicaba a vender seguros? —pregunté extrañado-, ¿no decías que odiabas eso de andar por ahí dando el coñazo a la gente para venderles algo? Sinceramente, no te veo en eso. Andrea tiene más labia y menos vergüenza que tú… no estoy seguro que eso vaya contigo… ¿Estás segura? ¿No prefieres buscar otra cosa?

—No es para vender, cariño —me respondió—, es para la oficina. Si quiero vender, me ha dicho que luego podría probar. Dice que vendiendo se gana más pero que puedo empezar en la oficina y luego, si me gusta, pues probar lo otro. Así empezó ella. Y ahora gana bastante pasta -dijo sonriente.

La observé y noté que parecía más animada que últimamente, incluso se había puesto un vestido la mar de sexy y, desde el verano, que no recordaba haberla visto con algo tan sensual encima.

—Te has puesto muy guapa para ir a ver a tu amiga —dije con una sonrisa y repasando su figura de arriba abajo.

—¿No te gusta? ¿No me queda bien? —dijo mientras se acercaba a mí y me besaba, colocando su cuerpo sensualmente hacía atrás, remarcando así el profundo escote donde se perdieron irremediablemente mis ojos.

—Cómo no va a gustarme. Me encanta que vuelvas a ponerte estos vestidos. Si te soy sincero, este no lo recordaba.

—Claro, porque es nuevo. Lo pedí por internet y me llegó ayer. ¿Entonces te gusta? —me dijo mientras su mano bajaba un poco el escote, dejando casi al descubierto uno de sus pechos y la otra subía el bajo del vestido, enseñándome su culito que no pude evitar palmear.

—Me encanta, cielo. ¿Cuándo pensabas decirme que lo habías comprado?

—Era una sorpresa —me dijo mientras se iba al dormitorio para cambiarse.

Yo fui detrás y me quedé mirando cómo se lo quitaba y se ponía ropa cómoda para estar por casa.

—Supongo entonces… que vas a mandar un currículum a ese sitio ¿no? —le pregunté.

—Ya lo ha hecho Andrea —me informó mientras me sonreía pícaramente—, hoy he ido ya a una entrevista con su jefe.

—¿Cómo? ¿Y por qué no me has dicho nada? —pregunté contrariado y sorprendido—. ¿Pero no decías que venías de tomarte algo con tu amiga?

—Sí. Vengo de tomarme un café con ella; pero antes he tenido la entrevista. Hemos quedado luego para comentar cómo me había ido. Siento haberme retrasado. Quería llegar antes que tú y sorprenderte con la noticia del trabajo nuevo —me contestó poniendo cara de niña buena.

—¿Eso quiere decir que te han cogido?

—No lo sé todavía. Su jefe debe llamarme para decirme algo. Hay más candidatas, pero confío en que sí.

—Vale ¿y el sueldo?

—Bueno, más o menos sería lo mismo que en la gestoría. Pero, como ya te he dicho, hay posibilidad de ganar más. ¡Mira lo bien que le va a Andrea!

—Ya… pero es que ella es vendedora y, no sé, no te acabo de ver haciendo a ti eso…

—Bueno. Lo primero es que me cojan ¿no?

Con esta noticia, se me había fastidiado la opción de proponerle lo del trabajo de camarera; pero, no sabía por qué, había algo en todo aquello que no acababa de gustarme. Me parecía todo muy extraño. La aparición de Andrea después de meses sin apenas contacto, su oferta de trabajo, la entrevista sorpresiva y, todo, para colmo, sin decirme nada. Lo único que tenía claro de todo aquello era que, si de verdad había ido a una entrevista, había querido entrarle por los ojos a su futuro jefe, pues el escote de aquel vestido era toda una provocación.

No me quedaba más remedio que esperar a ver qué pasaba los próximos días. De momento, iba a intentar contactar de nuevo con Víctor y regresar a aquel bar. Teníamos allí cerca otra reunión, un compañero y yo, y tenía intención de volver a entrar para disfrutar de aquel local tan peculiar a la vez que morboso.

Pasamos la tarde/noche cenando y viendo una serie en la televisión. Esa noche no hubo sexo ni nada, ella me dijo que estaba cansada y yo tampoco hice mucho por querer hacerlo. Mientras ella se dormía, yo meditaba sobre lo ocurrido durante aquel día y, no sabía por qué, pero tuve la certeza que había supuesto un antes y un después en nuestra vida.

Al día siguiente, un compañero y yo salimos en dirección hacia las oficinas de la empresa donde habíamos ido el día anterior a una reunión. Debíamos entregar el presupuesto final de un trabajo que nos habían encargado. Íbamos cortos de tiempo; la reunión la teníamos a primera hora de la tarde y nos quedaba poco tiempo para comer.

Tuvimos suerte y pudimos aparcar el coche justo enfrente del bar donde habíamos estado el día anterior. Me fijé en el ambiente al pasar por delante y parecía que había bastante gente y tener cierto ajetreo. Era la hora de comer y el local estaba casi lleno. Miré hacia la barra y comprobé que estaba la chica morena de las gafas de pasta, pero su compañera de ayer, la rubia, no. En su lugar había una mujer madura pero atractiva, también luciendo sus encantos como “reclamo” para los clientes. Tenía mucho pecho, puede que incluso más que mi chica. Las otras, las que atendían las mesas, no llegué a poder fijarme mucho en ellas.

—¿Qué te parece si entramos aquí a comer? —pregunté a mi compañero.

—Bufff… está muy lleno. Tenemos poco tiempo y, como se retrasen un poco con la comida, no vamos a llegar para la reunión. Mejor no correr riesgos porque, como encima nos desestimen el presupuesto por llegar tarde, el jefe nos mata —me respondió mi compañero mientras mirábamos hacia el interior del local y nuestros ojos contemplaban a las dos mujeres de la barra.

—No, si tienes razón… —dije resignado.

—Mejor comemos en aquel McDonald’s y luego, si nos va bien en la reunión, paramos aquí y nos tomamos unas cervezas para celebrarlo —me dijo señalando al restaurante de comida rápida que había un poco más adelante.

—Me parece bien —respondí sin quitar ojo de la camarera morena.

—Está buena la jodida, ¿eh…? Después entramos, hombre, y así podrás mirarla de más cerca jajaja… Ya te vale, Luis… ¡Anda que como te pille tu chica mirando a otra así…! —dijo mi compañero Eduardo con tono pícaro.

—Ya… bueno… no la miraba solo porque esté buena… —dije sin poder confesarle que lo que estaba haciendo era imaginar a mi chica en aquella barra y mostrando sus encantos a toda la clientela.

—Claro, claro… ya veo que hay algunos que no se conforman con lo que tienen en casa —dijo Eduardo palmeando mi hombro de forma amistosa.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué quieres decir? —pregunté intentando averiguar el motivo de ese comentario.

—¡Solo era una broma, hombre! Mira, no quiero ofenderte ni nada, eh… pero he de decirte que tu novia está un rato más buena que esa camarera.

—Lo sé. No me hagas caso, Eduardo. Son cosas mías —le dije a mi compañero mientras reanudábamos la marcha e íbamos a buscar nuestras hamburguesas para comer algo.

Las pedimos y subimos al piso superior para comérnoslas. Desde allí se podía ver perfectamente el bar de enfrente. Cervecería Las Oficinas. Estaba claro que el local, ya en el mismo nombre, estaba centrado en atraer a la gente que trabajaba por aquella zona, casi toda llena de oficinas y gente de paso. No pude evitar fijarme en la puerta y comprobar que el cartel seguía allí colgado, aun buscando camarera.

Pese a que Natalia había ido el día anterior a una entrevista de trabajo, aún tenía la esperanza de ver a mi chica trabajando allí. Me parecía el sitio idóneo para que se soltase y volviese a ser la chica desinhibida y lanzada que a mí me volvía loco. Un sitio, donde utilizaban a las camareras como claro reclamo para atraer clientes, pero sin caer en la vulgaridad ni tener una clientela llena de babosos. Aunque visto de este modo pudiese sonar machista, la verdad es que daba toda la impresión de un sitio elegante y con cierta clase; con gente educada que únicamente buscaba disfrutar sanamente, tomándose algo mientras se alegraba la vista. El sitio perfecto. O al menos visto desde el prisma de mis ojos.

Ya me imaginaba a oficinistas y ejecutivos, saliendo al terminar una reunión o negocio, y yendo camino a aquel bar a tomar algo: «Os invito a tomar algo en la cervecería de aquí al lado. Así vemos un rato a la camarera. ¡Menudos tetones tiene la niña!». Puede que me estuviera obsesionando e idealizando en demasía aquel lugar, pero era superior a mí y fui incapaz de apartar la mirada de los ventanales de ese bar mientras comía mi hamburguesa.

—Luis, Luis. ¡Menuda empanada llevas encima, macho! ¿Tanto te ponen las camareras? Jajaja… que luego vamos allí, hombre… —exclamó mi compañero Eduardo, sorprendiéndome en babia mientras miraba aquel bar y con la cabeza llena de imágenes obscenas de mi chica allí dentro.

—Perdona. Ya te he dicho que no me hagas caso… es que estos días tengo varias cosas en la cabeza y ando algo preocupado —contesté buscando excusarme.

—Ya, ya… jajaja…

—Lo digo en serio. Es que ando algo preocupado por mi chica. Se ha quedado sin trabajo hace unas semanas y sigue buscando algo pero, como está el patio… —le dije serio.

—Vale, tío. Pero ¿en qué estás pensando? ¿En que trabaje ahí? —dijo sorprendido y apuntando hacia el bar.

—No… no sé… no estoy seguro que sea un trabajo para ella… no sé si le gustará algo así, trabajar de camarera… —respondí buscando disimular mis intenciones reales.

—Hombre, la verdad es que si yo fuera tú, no me haría mucha gracia ver a mi novia trabajando en un sitio así, en un sitio donde sé que van a ir los tíos a mirarle las tetas —comentó Eduardo mientras nos deshacíamos de los cartones de la comida en las papeleras.

No respondí a su comentario y nos fuimos a la reunión. Con sus últimas palabras, Eduardo me había dado entender que se había fijado en los pechos de mi chica, y eso, a pesar de que solo debía haberla visto en un par de ocasiones. Solo de pensar en los comentarios que debían hacer mis compañeros, a mis espaldas, sobre los melones de mi novia me provocaban un estremecimiento en mi entrepierna.

La reunión duró un par de horas y, a pesar de los apuros por llegar tarde, al final fuimos nosotros los que tuvimos que esperar al jefe de aquella empresa donde íbamos a entregar el presupuesto. Por suerte todo salió como la seda y aceptaron nuestra propuesta, encargándonos el trabajo. Al salir, Eduardo y yo nos encaminamos al bar a tomarnos algo y celebrar que todo había salido a la perfección.

Entré el primero y fui a pedir las cervezas, mientras Eduardo llamaba a nuestro jefe para contarle los detalles de la reunión y el resultado satisfactorio de ella. Entré allí algo cohibido y nervioso, mirando con curiosidad alrededor y grabando a fuego en mi mente todo el local. A aquella hora había poca gente. Eran poco más de las cinco de la tarde y era un momento de transición entre el fin de las comidas y la hora en que comenzase a salir en bloque la gente de trabajar. A esa hora supuse debía estar el local a rebosar. Pero, en aquel momento, solo éramos cinco y todos hombres.

Se me acercó la camarera madura que había visto antes y le pedí las dos cervezas. Se dirigió a mí con una sonrisa simpática, se agachó a cogerlas de una nevera, justo enfrente de mí, y me quedé embobado mirando su escote. ¡Menudos pechotes tenía la madura! Con tres botones desabrochados de la camisa, en aquella posición, dejaba asomar parte de su sujetador. Rojo, con encaje, resaltado con aquella camisa entallada negra que llevaba. Camisa que era parecida a la de las otras camareras pero de distinto color, haciéndome suponer que quizás pudiera ser algún tipo de encargada o algo así.

Era una mujer madura pero tremendamente sexy, con apretadas carnes y cuerpo de mil batallas. Parecía ser la típica que te la imaginas en su juventud y debía ir rompiendo cuellos a su paso. Tendría unos cuarentaycinco o cuarentayseis años, puede que alguno más, pero a mí me producía un morbo tremendo. Me sirvió las cervezas, se lo agradecí con una sonrisa y un gracias sincero, mientras iba lanzando miradas furtivas, o no tanto, a su escotazo.

Se marchó en dirección a la otra punta de la barra y no pude evitar seguirla con mis ojos, fijándome en sus nalgas al caminar. Si tenía una delantera de campeonato, su trasero no se quedaba atrás. Un culazo ancho y generoso de mujer madura, pero bien puesto y la mar de apetecible.

Mientras seguía devorándola con la mirada, llegó a mi lado Eduardo que, viendo mi mirada fija en el culo de la camarera madura, me dio un golpe en la espalda sin avisar, que por poco me saca el corazón por la boca.

—¿Disfrutando del paisaje? Jajaja… ¡Menudo estás tú hecho!

—Anda, idiota… jajaja… —dije haciéndome el loco, pues me había pillado de pleno devorando aquel trasero.

Nos comenzamos a tomar las cervezas y él me iba contando lo que había hablado con el jefe. Mientras él hablaba yo me fijé, procurando disimular, en la otra camarera que ahora estaba sola, ya que la madura se había ido a la parte de atrás del bar, supuse a algún tipo de almacén.

Charlaba con tres hombres que estaban tomando unos cafés al fondo de la barra. Parecía una chica simpática y extrovertida, una de esas camareras que saben atraer clientes solo con su presencia. Estaba bastante buena. Era muy guapa y tenía un morbo especial, que sabía resaltar con aquellas gafas de pasta que le daban un aire dulce pero sensual a la vez. También llevaba la camisa un poco abierta, dejando entrever un bonito escote aunque no de forma tan tremendamente descarada como su compañera cuarentona. Sexy pero elegante al mismo tiempo. Tuve la sensación que, Natalia y ella, juntas, harían estragos allí. Las compañeras perfectas.

—Venga, Luis. Será mejor que te cuente en el coche lo que me ha dicho el jefe, que ya veo que no me haces ni caso jajaja… —dijo Eduardo dándose cuenta de mi ensimismamiento mirando la camarera morena.

—Sí, claro… perdona. Mejor nos tomamos la cerveza tranquilamente y olvidamos un rato el trabajo. Luego me cuentas.

Eduardo era un tipo un poco mayor que yo, llevaba más tiempo en la empresa y era una especie casi de segundo encargado. Era un tío tirando a regordete y no muy agraciado, pero muy gracioso y decidido con las tías. No tenía vergüenza alguna y sí bastante labia.

—Porque sé que tienes novia que sino, creería que estás loco por tirarte a la morena. Joder, no le quitas el ojo de encima —me comentó en voz baja mientras la mirábamos los dos.

Esbocé una sonrisa y di otro trago a la cerveza. Si el supiera lo que pasaba por mi mente en esos momentos.

—¿La llamamos? Si quieres, la llamo y así la conoces —dijo mi compañero haciendo un gesto que llamó la atención de la chica, que giró su rostro hacia nosotros y nos miró con detenimiento. Sonrió abiertamente y se aproximó hasta nosotros…

—Hola. ¿Otra ronda? —nos preguntó con una amable sonrisa en la cara.

—Por supuesto, mi niña —contestó Eduardo mirándole sin cortarse el escote, y sin parecer que a ella le importara demasiado. Debía estar acostumbrada a ello, porque ni se inmutó.

—Pues no anda nada mal de delantera tampoco, eh… —me susurró mientras ella iba en busca de los botellines.

De nuevo sonreí sin contestar nada. Estaba nervioso, cortado, pero plenamente convencido que este era el sitio idóneo para mi chica. Me iba a hartar de disfrutar de situaciones morbosas con los vistazos de los clientes al escote de Natalia.

—Bueno chicos dijo la camarera al regresar con nuestras consumiciones—, ¿estuvisteis ayer aquí, verdad? Me suena haberos visto…

—Sí, estuvimos ayer. Y hoy hemos vuelto porque éste —dijo refiriéndose a mí—, no quería irse sin volver aquí…

—Joder, Eduardo… —protesté azorado.

—¿Trabajáis por aquí? —volvió a preguntar ella sin borrar su sonrisa.

—No, estamos de paso —dije tratando de aparentar ser un tío normal y no el gilipollas en que me había hecho parecer mi compañero.

—No trabajamos aquí, pero vamos a hacerlo durante una temporada —comentó Eduardo.

—¿Ah sí? —preguntó con interés ella.

—Sí, una semanita o así en una oficina de aquí al lado. Supongo que nos verás durante una temporada —comenté yo.

—Genial. Os espero por aquí para tomaros algo, eh… Si no, me voy a enfadar… —dijo ella claramente intentando captarnos como clientes.

—Eso está hecho —respondió Eduardo.

En ese momento empezó a sonar mi teléfono, lo miré y era Natalia. Salí fuera a contestar y hablar tranquilamente. Eduardo y la camarera se quedaron allí charlando animadamente mientras yo hacía lo propio con mi chica.

—Dime, cariño.

—Hola, amor. Mira, voy a salir un rato. He quedado otra vez con Andrea.

—Vale. ¿Sabes algo del trabajo?

—Todavía no. Voy a ver si ella sabe algo, a ver qué me comenta.

—De acuerdo -respondí.

—¿A qué hora llegarás hoy?

—Supongo que como ayer o puede que algo antes. Ya hemos terminado la reunión y regresamos a la empresa —le dije.

—Vale. Es solo porque, quizás, no esté en casa cuando vuelvas —me dijo Natalia—, al final, Andrea me ha convencido y me voy a apuntar con ella al gimnasio.

—Vale… —contesté extrañado.

—Bueno, te dejo que aún tengo que ducharme. Te quiero. Muacks.

—Yo también te quiero.

Colgué y me quedé pensativo junto a la puerta del bar. Mi chica se había apuntado al gimnasio junto a su amiga Andrea. Yo mismo llevaba semanas insistiéndole para que lo hiciese y así tener un motivo para salir de casa y distraerse. Desde que había dejado el trabajo, se pasaba demasiadas horas en casa y sola, sin hacer nada, y no creía que eso fuera bueno para ella. Aparte del hecho, que su presencia en un gimnasio con ropas ajustadas y rodeada de tíos que no la iban a quitar el ojo de encima, añadiría más sustancia a mis pervertidas fantasías, a la par de contribuir a mejorar su figura. Pero al final había sido su amiga la que la había convencido de dar aquel paso.

Regresé con Eduardo, y la camarera ya se había ido a atender a otros clientes.

—Las novias tienen un sexto sentido, tío —me dijo nada más llegar a su lado.

—¿Qué?

—Huelen desde la distancia cuando estás ligando con otra ¿Ves qué oportuna ha sido la llamada de tu chica?

—Estás fatal, tío. Que yo estoy bien con ella y no quiero nada con nadie.

—Mejor para mí. Menuda cachonda es esta tía. Alicia se llama, me lo acaba de decir.

—Muy bonito —contesté mientras mi mente ya volaba al gimnasio donde mi chica y su amiga iban a pasar la tarde.

—Voy al baño —dijo Eduardo dejándome solo, sumido en mis fantasías.

Al instante me sonó el whatsapp. Era un mensaje de mi chica que abrí tranquilamente sin sospechar cuál era su contenido. Cuando lo hice, me encontré con una foto de sus tetas en primerísimo plano y recién sacada.

Otra cosa extraña. Aunque antes solíamos hacer cosas así, en los últimos meses había sido muy reacia a hacer este tipo de gestos. Me quedé embobado mirándolas. Las tetazas de mi novia lucían redondas y rotundas. Me recreé en ellas, ensimismado y preguntándome la razón de haberme enviado aquella foto.

Tenía que salir de dudas y le mandé un mensaje:

—Qué tetas, cariño! Que conste que me encanta que lo hayas hecho, pero ¿se puede saber porque me la has enviado precisamente hoy?

Mientras escribía, estaba tan concentrado que no me di cuenta que mi compañero había regresado del baño y se había situado a mi espalda, desde donde estaba mirando la foto de los pechos de mi chica, disimulando enseguida en cuanto me percaté de su presencia.

—¿Otra? —dijo señalando las cervezas.

—No, mejor nos vamos que quiero llegar pronto a casa —dije deseando irme de allí.

-Claro, claro… jajaja… —contestó con una sonrisa socarrona, delatando que sí había visto la foto y seguramente pensando que mis prisas eran por ir a follarme a mi novia.

—Hasta luego, Alicia —se despidió Eduardo de la camarera.

—Adiós, chicos. Espero volver a veros pronto —contestó ella siempre sonriente.

Mientras regresábamos a la empresa, miré la respuesta de Natalia a mi mensaje con algo de disimulo ya que Eduardo, de manera furtiva, trataba de volver a ver las tetas de mi chica.

—Es para que sepas lo que te espera cuando llegues a casa —fue su contestación.

Durante el trayecto, Eduardo me puso al día con lo hablado con nuestro jefe pero, de nuevo, me abstraje y no le presté demasiada atención. ¿A qué había venido lo de la foto, a enviármela hoy, así, de sopetón y sabiendo que aún estaba en el trabajo? Era algo que nunca había hecho. Entonces, otra posibilidad pasó por mi mente, una que no me hizo ni pizca de gracia: ¿y si la foto no era para mí y se había equivocado enviándomela?

Capítulo 2

Víctor

Otra vez las neuras tomaron el control de mi mente, acrecentadas con los descubrimientos del día anterior, donde ella había estado buscando fotos de Riqui y del pueblo donde se había enrollado con él. El resto de la jornada se me hizo eterno y solo deseaba salir para, ahora sí, ponerme en contacto con Víctor y que resolviera mis dudas.

En mi coche y con el correo abierto dispuesto a enviarle un nuevo email, me lo repensé y creí conveniente mandarle mejor un mensaje por whatsapp. Él me había dicho que le contactara por email pero preferí arriesgarme, ya que necesitaba una respuesta con urgencia y no podía estar esperando indefinidamente a que él me contestara. Así, al menos, sabría si había leído mi mensaje.

—Hola, Víctor. Soy Luis. Siento molestarte pero necesito hablar contigo. ¿Estás ocupado?

Para mi sorpresa, Víctor me contestó al momento:

—¿No leíste el mail que te envié hace tres días?

Extrañado, recordé que con todo lo descubierto en el ordenador de Natalia, había olvidado de revisar mi correo.

—No. Te mandé un correo hace semanas y no me contestaste y, la verdad, últimamente no lo he abierto muy a menudo.

—Pues te puse que iba a estar unos días por tu ciudad. Llegué ayer y voy a quedarme hoy y mañana —me respondió.

Eso me sorprendió y un cosquilleo, mezcla de nerviosismo y expectación, me recorrió por dentro. De nuevo Víctor aparecía en mi vida. Y en el mejor momento posible. Lo necesitaba, echaba de menos nuestras charlas, nuestros juegos y, además, así podría aclarar todas aquellas dudas que me corroían por dentro sobre Riqui y mi chica.

—¿Y qué me decías en ese correo?

—Pues lo que te he dicho: que venía a tu ciudad y que me gustaría verte pero, como no me contestaste, creí que te volviste a echar atrás.

—Lo siento. Es que últimamente he estado un poco liado pero tengo muchas ganas de hablar contigo.

—Mira, ahora estoy terminando con un tema que tenía hoy pero, en cinco minutos, estoy libre. Si quieres, te llamo y hablamos…

—Me parece bien —le contesté.

Me quedé en el coche esperando. Tenía muchas ganas de hablar con él, saber qué planes tenía y los motivos de su viaje. A los diez minutos sonaba de nuevo mi teléfono. Descolgué rápidamente, algo ansioso y nervioso a la vez.

—Dime, Víctor.

—¿Cómo te va, tío? ¿Qué tal todo con tu chica? —preguntó directamente. Al fin y al cabo, lo que nos unía eran nuestros juegos y fantasías con Natalia.

—Bien, se podría decir. Lo que pasa es que, desde que volvimos de las vacaciones, ha ido todo atrás y la cosa no avanza. Además, ahora Natalia está sin trabajo y menos animada. Y por si todo esto no fuera suficiente, luego están mis paranoias con Riqui y su ex, Alberto. A ver si tú puedes ayudarme y me centro algo —le dije preocupado.

—Vaya. Veo que estás un poco descolocado. Es algo normal. Aunque te guste y te de morbo ver a tu chica con otros, siempre es difícil al principio. Los miedos e inseguridades siempre están ahí. Por eso es bueno que te guíe alguien como yo, con experiencia en el tema. No debiste romper el contacto conmigo, Luis. Te podía haber ayudado. Tengo que reconocer que me fastidió que no quisieses seguir con ello después del verano pero lo respeté. Como siempre te he dicho, quiero ser vuestro cómplice, no un estorbo.

—No, si tienes razón. Yo mismo me di cuenta, hace unas semanas, que no debí hacerlo. Pero me agobié con lo que ocurrió al final de las vacaciones y me dio miedo seguir con esto. Creí que podía peligrar mi relación con Natalia.

—Tranquilo, no pasa nada y lo entiendo. Por cierto, ¿has salido de trabajar? ¿Qué te parece si quedamos y nos tomamos algo? Así, de paso, hablamos de todo esto y nos ponemos al día.

—Sí… —le contesté con algo de nerviosismo y dudas, pero sabiendo que no debía desaprovechar esta oportunidad de verle—, hace un momento que acabo de salir y aún estoy dentro del coche, delante de mi empresa. ¿Tú dónde estás?

—En la calle Adolfo Bécquer, ¿la conoces?

—Sí, sé dónde es.

—Justo delante hay una cervecería llamada Los Porches. Te espero ahí. ¿Cuánto tardarás?

—Me queda un poco lejos. Calculo unos veinte minutos; treinta si pillo tráfico.

—Te espero entonces, ¿no?

—Sí. Natalia no llegará a casa hasta dentro de un buen rato, ya que se ha ido al gimnasio con una amiga, así que supongo que tendremos tiempo para hablar tranquilamente.

—Mmmm… genial… ¡qué ganas tengo de hablar de tu chica! Solo de imaginármela haciendo ejercicio, en mallas y sudadita, meneando esas tetazas…

—Jajaja… —Emití una risa forzada, mezcla de nervios y excitación-. Veo que sigues igual… ahora vengo.

—Hasta ahora.

Arranqué el coche y veintidos minutos después aparcaba cerca de la zona donde había quedado con Víctor. No me costó encontrar la cervecería; estaba en una zona de edificios con soportales y supuse que de ahí vendría su nombre.

Entré en el local con el corazón en un puño. Aunque estaba deseando volver a hablar con él, y esta vez encima iba a ser en persona, era consciente que iba a volver a entrar en una espiral de morbosidad que no sabía muy bien dónde me podría llevar. Pero bueno, ya no había marcha atrás ni quería que la hubiese. Sin aquellos juegos, ya había descubierto que a mi relación con Natalia le faltaba algo.

El local estaba bastante lleno. La barra repleta de gente y, al fondo, se veían mesas también ocupadas. Busqué a Víctor con la mirada pero no lo veía, hasta que me percaté que desde una de las mesas un hombre me hacía gestos con la mano. Era él, Víctor. Estaba algo cambiado. No tenía el pelo tan corto como en el verano y se había dejado una arreglada barba que le daba un aspecto más varonil si cabe. Llevaba un traje y parecía venir de trabajar o hacer alguna gestión.

—Hola, amigo —me dijo amable, sonriente y alargándome su mano mientras me acercaba a él nervioso pero decidido.

—Bien. ¿Nos tomamos unas? —dije señalando el vaso de cerveza ya vacío que tenía sobre la mesa.

—Claro, pero invito yo. ¿Una cerveza tostada? —preguntó amablemente y encaminándose a la barra a pedir las consumiciones.

Nos sentamos en la mesa, ya con nuestras cervezas en nuestro poder, y nos pusimos a conversar como si no hubiera pasado el tiempo y con total confianza, aprovechando la intimidad del lugar, ya que Víctor, de forma previsora, había elegido una mesa algo apartada y discreta.

—Entonces, dime. ¿Cómo te va con Natalia? ¿Qué ha pasado? —dijo Víctor yendo al grano, sin rodeos.

—Como te comenté, acabamos mal las vacaciones. La última noche hubo una bronca entre Natalia y su prima Erika y nos fuimos de allí a la carrera, casi como escapando.

—Pero… ¿no me habías dicho que tu chica se había enrollado con un ex suyo o algo así? ¿No habíais hablado que ella lo calentaría delante de ti?

—Sí y todo parecía ir bien. Pero luego todo se lió. Su prima se emborrachó de mala manera y yo no me quedé atrás, con lo cual nos tuvimos que venir para casa antes de hora. Tenía pensado follarme a Natalia después de pasarse toda la noche calentando a saco a su ex, Alberto, pero no pude, no conseguí empalmarme y quedé como un idiota.

Se hizo un silencio entre los dos que rompió enseguida Víctor.

—Vale, tranquilo. Explícamelo todo y luego te doy mi opinión. Confía en mí —me dijo Víctor viendo mi nerviosismo y que me costaba explicarle según qué cosas.

—La cosa es que, mientras yo dormía la borrachera, Natalia aprovechó para salir de la casa hasta un cuarto junto al garaje y allí… pues… se enrolló con su ex…

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿La viste entrar allí con él? —preguntó curioso.

—La seguí. Bajé a escondidas y pude verlos enrollándose… —le respondí nervioso.

—¿Y qué hacían? No te cortes hombre, cuéntamelo… —me animó viendo el temblor de mi voz.

—Él le comió el coño a Natalia y ella luego a él la polla. Después se pusieron a hacer un 69… Yo no pude aguantar más allí… entre el mareo por la borrachera y el miedo a que me descubrieran… no pude seguir espiándoles… No llegué a ver que hiciesen nada más.

—¡Seguro que se la folló! No creo que se quedara la cosa solo en un 69, teniendo a tu chica allí, ya toda caliente… no creo que la dejase escapar sin follársela bien… —exclamó Víctor con una sonrisa, como creyendo que aquello que me decía me fuese a excitar.

—No sé, tengo mis dudas. Pero al final eso no fue lo peor. Después, al subir a la habitación, Erika me esperaba en la cama medio desnuda y se me insinuó descaradamente. Quería que me la follara allí mismo y que dejase a Natalia. Mi chica nos pilló y fue todo muy embarazoso. Salimos de allí pitando. Mi novia y su prima se dejaron de hablar. Estuvo a un tris de irse nuestra relación de pareja al carajo…

—La verdad es que veo que se te fue un poco todo de las manos. Yo creo que no debes tener cerca a gente de la familia o a conocidos en estas cosas. Creo que te equivocaste al querer seguir con todo esto en el pueblo de su prima.

—Ya, si tienes razón, pero venía tan caliente de todo lo que pasó contigo y con Riqui, que me dejé llevar. Y luego, me vi en medio de un enredo amoroso de Erika y con rollos que iba descubriendo que se habían traído las dos con tíos del pueblo y no pude parar.

—Te entiendo. Oye, hablando de Erika… ¡menudo culazo y pinta de lanzada que tiene, eh!… Debió costarte resistirte y no follártela…

—Bufff… la verdad es que tiene un culo que te apetece darle hasta cansarte. Pero, en aquel momento no estaba para eso… Tenía la cabeza hecha un lío; iba mareado y medio borracho…

—Veo que todo lo ocurrido te ha dejado tocado… —comentó Víctor.

—Sí, pero más que nada es por no poder hablarlo con nadie. Ahora me he descargado contigo y creo que ya me encuentro mejor.

—Claro, sabes que soy de fiar, ¿no?

Con la charla de las confesiones de lo que pasó aquella noche, fuimos acabando casi sin darnos cuenta las cervezas. Me liberé un poco de todo lo que pasó y ahora estaba deseando me sacase temas morbosos para hablar de Natalia.

—¿Otras dos? —le sugerí a Víctor levantándome de la mesa.

—Sí —me hizo un gesto con la cabeza mientras comenzaba a mirar su móvil como leyendo algún mensaje.

Pedí otra ronda y, al sentarme, le pregunté directamente:

—Y tú… ¿a qué has venido por aquí? ¿Qué haces por la ciudad?

—Trabajo. Vengo un par de veces al año a visitar clientes que tengo por aquí —dijo agarrándose la corbata y desanudándola—. Me la quito que empiezo a tener calor.

—Antes de seguir, quería preguntarte si sabes algo de Riqui, si ha vuelto a tener contacto con mi novia… —le dije.

—Con Riqui solo tengo trato durante el verano, cuando voy de vacaciones a su pueblo. Como te conté, me dijo al despedirnos que no había vuelto a saber de tu chica. No he vuelto a hablar con él desde entonces. ¿Qué pasa? ¿Has notado o descubierto que pasó algo más entre ellos?

—A ver. No tengo nada concreto, solo indicios, pero Natalia, al dejar el trabajo, se pasa muchas horas sola en casa con el ordenador… Ayer estuve mirando el historial y vi que había estado mirando páginas de la playa donde te vimos y también fotos de la web del pub donde trabaja Riqui. Sé que no es nada muy claro como para sospechar, pero ando algo mosca. Yo quería que Natalia compartiese estas cosas conmigo, no que me engañe a mis espaldas…

—Tranquilo, no creo que haya nada… aún… —dijo Víctor dando un trago a la birra, pero mostrándose algo ambiguo.

—Es que tengo clavadas en la mente unas palabras que me dijo Erika aquella noche de la bronca: «Natalia te va a poner los cuernos… pero nunca lo compartirá contigo… lo hará a tus espaldas y luego se hará la modosita para que nunca sospeches…»

—Bueno… que es capaz de pegártela a tus espaldas, ya lo sabemos por lo que pasó con Riqui… Pero que te quiere, también, por cómo se arrepintió luego. Natalia es un poco sueltita, pero se nota que te ama. Eso es seguro, se nota cuando se os ve juntos. Solo tienes que hacer que pierda el miedo a compartirlo contigo, hacer que le guste sentirse deseada por otros y que sepa que te mueres por ver que así sea. Luego el resto, lo de entrar en el mundillo liberal, ya vendrá solo, poco a poco…

—Sí, pero no sé cómo hacerlo. En las vacaciones era más fácil. Aquí no sé por dónde empezar. Últimamente se ha vuelto algo cerrada otra vez y no se viste muy sexy ni nada. No luce esas tetas como en el verano. Ni nada de nada…

—No te preocupes, que para eso estoy aquí, para ayudarte. Hay que cambiar eso, hay que sacar a la Natalia zorrita que sabemos que existe.

—Ya, claro —dije interesado pero dubitativo al mismo tiempo.

—Lo primero, creo que debe estar bien de ánimo para soltarse y le guste verse sexy y deseada de nuevo. Por lo que me cuentas, anda preocupada por estar sin trabajo, ¿no?

—Sí, eso es algo que le afectó mucho. Mucho más que el enfado con su prima.

—Pues hay que buscarle un trabajo como sea. Si es uno donde se pueda sentir bien y apreciada, mejor. ¿En qué trabajaba hasta ahora? —me preguntó Víctor.

—En una gestoría de secretaria. Fue el primer trabajo medio estable que tuvo después de terminar de estudiar. Llevaba allí un par de meses cuando comenzamos a salir juntos. Fue allí dónde la conocí. Estuvo algo más de tres años trabajando allí.

—Así que secretaria… —comentó Víctor de manera pensativa, como si estuviera dándole vueltas a algo en su cabeza.

De nuevo se hizo el silencio mientras Víctor, otra vez, dedicaba su atención al móvil; escribiendo algo; me pareció que un mensaje en el whatsapp. Mientras lo hacía, seguía pensativo pero con una sonrisa pícara dibujada en su rostro.

—A ver, Luis. Igual puedo saber de un trabajo que podía ser ideal para tu chica —me comentó apartando la mirada del teléfono.

—¿Sí? ¿De qué? ¿Dónde? —pregunté intrigado.

—Solo te digo que voy a hablar con un cliente amigo mío y ya te comento algo. Mañana sin falta. Igual puedo conseguirle algo de secretaria por aquí cerca —volvió a comentar antes de volver a prestar su atención al móvil.

Estuvimos unos instantes en silencio mientras él continuaba con aquella conversación con alguien a través del whatsapp y yo no apartaba mi vista de él. Intuía que aquella conversación tenía algo que ver con mi chica. Su sonrisa lo delataba. La misma sonrisa que tenía cuando, en el pub, me dijo que Riqui se iba a tirar a mi novia.

—Ayer vi en un bar que buscaban camarera y me dio morbo imaginar que Natalia trabajase allí —dije rompiendo el silencio—, es un bar que tiene varias chicas sexys y tetonas como camareras. Me gustaría que ella trabajase allí, aunque no creo que a ella le apetezca. Además, su amiga Andrea le ha metido en la cabeza de trabajar con ella en una empresa de seguros. Pero yo preferiría el bar, creo que allí se soltaría más y volvería a ser como en el verano. Además, allí podría ir yo y ver como la miran…

—No es mala idea, no. ¿Le has preguntado si le gustaría trabajar en ese sitio? —me preguntó mientras se guardaba el móvil.

—No, iba a hacerlo ayer, pero justo nada más llegar a casa me contó lo del trabajo de su amiga. Pero hoy se lo pregunto. Salvo que me diga que la han cogido en esa empresa de seguros. La verdad, no me gustaría nada que fuera a trabajar ahí. No me huele bien, hay algo extraño y secreto.

—¿Y eso? ¿Sospechas algo?

—No, es solo que su amiga Andrea no me da buena espina, se han vuelto a hacer amigas desde que Natalia dejó el trabajo y no me cae muy bien, sinceramente —le expliqué.

—¿Y dónde es ese bar que dices? ¿Queda muy lejos de aquí? ¿Vamos hasta allí a tomarnos otra y me lo enseñas? Así te aconsejo —propuso Víctor animándome a irnos de allí.

—Está como a unos diez minutos en coche. Si es una rápida sí podemos ir. Luego me voy para casa que estará al llegar Natalia —le dije después de mirar la hora y con ciertas ganas de compartir aquel descubrimiento con Víctor. Estaba seguro que aquel sitio le iba a encantar.

—Pues vamos y te digo qué me parece la idea —comentó él que, como yo, parecía algo excitado ante la perspectiva de conocer aquel bar.

—¿Vamos en mi coche? —me propuso nada más salir a la calle—, así me indicas que, sinceramente, no me manejo del todo bien por aquí.

Dudé. Me daba cosa que alguien pudiera verme con él en su coche, concretamente Natalia. A ver cómo se lo explicaba.

—No sé, igual es mejor que vaya cada uno en el suyo. Voy yo delante y tú me sigues.

—Venga, al menos acompáñame hasta el coche, que quiero enseñarte una cosa… —me dijo al verme no muy convencido.

Acepté y lo seguí hasta un aparcamiento donde tenía su coche, un Audi grande, último modelo y de gama alta. Debía tener un buen trabajo para poder disfrutar de un vehículo así.

—Entra. Vamos a ver una cosa juntos… —dijo abriendo el coche con el mando.

—Joder, menudo cochazo tienes… —comenté, admirando el interior del coche.

—Sí, este hará unos seis meses que lo tengo.

—¿Puedo preguntarte en qué trabajas? —pregunté intrigado y dejando entrever que quería saber algo más de su vida, viendo lo mucho que yo estaba compartiendo de la mía. Me preguntaba qué tipo de trabajo tendría para poder gozar del nivel de vida del que parecía disfrutar.

—Trabajo en una empresa del sector del ocio, como comercial. La verdad que no me puedo quejar de cómo me va —fue su escueta respuesta, como no queriendo profundizar más en el asunto. Supuse por discreción.

—Pues ya veo que te va bien sí —le dije, no insistiendo sobre el tema.

—Mira, esto es lo que llevaba tiempo queriendo hacer contigo —me comentó mientras sacaba una tableta de la guantera del coche. Lo miré expectante mientras deslizaba sus dedos por ella, buscando algo. Abrió una carpeta donde todo parecían vídeos porno.

—Joder, ya veo que tienes material ahí eh… —le dije de forma socarrona al ver la cantidad de vídeos “guarros”que ocultaba allí.

—Sí, aquí guardo los vídeos. Bueno, los trofeos. Que así es como llamo yo a las cosillas que consigo grabar en mis “aventuras” —me dijo con voz pícara.

—¿Grabas a las chicas que te tiras? —dije sorprendido.

—Grabo pocos, la verdad. Hay de todo. Algunos son míos, otros son de amigos que me los envían… En ninguno se ven sus caras, si es lo que te preocupa. Pero lo que te quiero enseñar es esto, es algo que poca gente ha visto…

Abrió uno de ellos. En él salía un tío con el pelo rubio, como teñido, junto a una mujer morena de enormes pechos. Rápidamente me vino a la mente Natalia, ya que se parecía bastante, sobre todo en su figura y en la generosidad de sus tetas.

—Mira bien el vídeo… ¿No te recuerda a alguien? —me dijo con voz intrigante.

—Bueno, la tía tiene un aire a Natalia ¿no? —contesté indeciso pero claramente excitado por la situación.

—No, no, esta vez no me refiero a la chica. Que sí, que se parece a la zorrita de tu novia, pero míralo a él… —comentó mientras se acariciaba la polla por encima del pantalón, notándose ya un enorme bulto debajo.

—Pues no me suena. ¿Quién es? No creo haber visto nunca un vídeo suyo —dije sin apartar la mirada del vídeo y viendo como la chica bajaba el pantalón de él, dejando al descubierto un enorme pollón que se comenzó a comer de inmediato, arrodillada a sus pies.

—¿Y ahora tampoco te suena de nada? —volvió a preguntar un Víctor cada vez más excitado.

—No me jodas que eres tú el del vídeo…

—Jajaja… Sí, soy yo. Poca gente lo sabe. Hace quince años estuve viviendo en Estados Unidos y, por mediación de un amigo que tuve allí, hice dos o tres escenas porno. Solo lo cuento a gente muy determinada, gente de confianza como tú. Sé que, como a mí, te gustan estos juegos excitantes y me he imaginado que te encantaría ver esto… —explicó con una sonrisa y meneándosela mientras seguía viendo el vídeo porno—. Dios… es como si me estuviera tirando a tu chica…

—Nunca lo hubiera dicho… estás diferente; más joven, el pelo teñido… aunque la polla la tienes igual… —dije ya claramente excitado y viendo como la chica que se parecía a Natalia, abierta de piernas, ya recibía los pollazos de un joven Víctor.

—Te gustaría que fuera ella, eh… jajaja… Tranquilo, no creo que falte mucho para que lo veas… jajaja…

Enseguida abrió otro vídeo y mi sorpresa fue enorme cuando vi que era el vídeo que Natalia había grabado para él y Riqui. Era extraño y a la vez excitante ver a mi chica tocándose para otros en aquel vídeo que les había grabado durante nuestras vacaciones.

—¿Aún tienes esto? —le pregunté, no exento de preocupación.

—Sí, joder. La de pajas que me hecho viéndolo en noches solitarias y aburridas. ¡Vaya tetas que tiene tu chica! ¡Mira cómo se las soba para mí! —dijo Víctor sin dejar de pajearse viendo a Natalia tocándose las tetas de forma sugerente y lasciva.

Yo estaba paralizado, sin perder detalle del vídeo y mirando de reojo cómo Víctor no le perdía ojo, evidenciando que, ver ese vídeo de Natalia, delante de su novio, lo excitaba sobre manera.

—¡Joder! ¡Es Natalia! ¡No hagas ruido! —le dije nervioso a Víctor mientras le hacía gestos para que parara el vídeo.

Él sonrió maléficamente y quitó el sonido de la tableta pero no la apagó. Es más, reanudó la reproducción…

—Hola, cariño. Dime… —dije claramente nervioso.

—¿Dónde estás? Acabo de llegar a casa y me ha parecido raro que aún no hubieras llegado.

—Es que… como dijiste que ibas a llegar más tarde, pues he aprovechado para tomarme algo con unos compañeros. Ya estoy en el coche y enseguida llego. ¿Qué tal con Andrea?

—Bueno, por un lado bien, pero por el otro no tanto.

—¿Y eso? —pregunté mientras veía mirarme con cara de excitado, por un momento creí que iría a sacarse la polla incluso.

Estar allí los dos, dentro del coche, viendo el vídeo de Natalia mientras ella estaba al teléfono, estaba claro que lo estaba poniendo a mil. Y yo debía reconocer que, a mi manera, también me estaba gustando.

—Lo del trabajo no sé si saldrá adelante. Andrea me ha dicho que no sabe nada aún y siguen sin llamarme.

—¿Y en el gimnasio? ¿Qué tal te ha ido?

—Ahí bien. Cansada pero bien. ¡Ven pronto, amor, que tengo ganas de ti! —me dijo Natalia con una voz melosa y sexy que hacía meses no le oía.

—¿Sí? ¿Vienes cachonda? —le pregunté en voz alta para que Víctor se diese cuenta.

Él me hizo un gesto para que activara el altavoz y yo, inmerso en aquel juego sumamente perturbador, obedecí de inmediato.

—Sí, Luis. Estoy cachonda. Llevo así toda la tarde. ¿No viste la foto que te envié?

—Sí, joder. ¡Qué bien te salían ahí las tetas! Llevo toda la tarde pensando en ellas…

—Lo sabía —La voz de Natalia sonaba cada vez más melosa—, por eso te la envié… sabía que te gustaría y que luego vendrías a casa como loco por follarme… Pensé que ya estarías aquí esperándome…

—Ya voy para allá, amor; pero antes, dime una cosa —dije mirando hacia Víctor y acercando el móvil a él.

—¿El qué?

—¡Dime qué llevas puesto!

—Un pantalón de licra del gimnasio y un top rosa…

—Ummm… Debes estar para comerte… con esa ropa ajustada marcando tu cuerpazo y sudadita del gimnasio…

—Jejeje… claro…

—¿Te han mirado mucho las tetas los tíos allí? Seguro que se habrán puesto las botas mirándote las tetas…

—Anda, no seas tonto… Déjate de juegos y ven a casa… Quiero que me folles…

—Sí, pero pídemelo… ¡pídeme que vaya a casa a follarte…! —le dije acercando aún más el móvil a Víctor, que seguía en silencio, y no perdiendo detalle de lo que decía Natalia.

—Venga, vente…

—Vamos, amor… —insistí—, ¡dime a qué quieres que vaya!… No voy a arrancar el coche hasta que no me lo digas… —proseguí de forma enérgica.

—Joder, tío… ¡ven a casa y fóllame!… Llevo toda la tarde cachonda perdida y quiero que me folles…

—Así me gusta… jejeje… Ahora salgo… ¿Me la vas a chupar también?

—Sí… te voy a chupar esa polla que tanto me encanta y luego me vas a follar… ¡Pero vente yaaaa….!

—Solo otra cosa, cielo… mándame una foto… una foto de cómo estás ahora… quiero ponerme más cachondo pensando durante el trayecto con lo que me voy a topar en casa cuando llegue…

—Vale, te la mando… ¡Pero te quiero aquí ya!, ¿entendido?

—Sí, amor… hasta ahora… un beso…

—Un beso…

Con esto colgué. Víctor no tardó ni un segundo en tomar la palabra:

—¡Cómo me ha puesto la zorra de tu chica! ¡Ve y fóllatela! ¡O voy yo y lo hago por ti, eh!

—Sí, hasta yo he flipado. Hacía meses que no la veía así. Mejor me voy yendo que hay que aprovechar la ocasión —le dije haciendo ademán de salir del coche.

—¿Mañana volvemos a quedar? —me preguntó él—. Háblale sobre el trabajo del bar ese y yo mañana te cuento sobre el trabajo que creo le podría conseguir. En uno de los dos tenemos que colocarla.

El móvil sonó de nuevo. Era un whatsappde Natalia, con una foto de ella en el baño; con la ropa del gimnasio que me había descrito que llevaba y el top rosa levantado, enseñando sus dos espectaculares tetas.

—¡Dios! ¡Menudo par de melones! Luis, a tu chica hay que conseguir que me la folle —me dijo aun con la polla fuera, dura y erecta.

—Yo mejor me voy… —dije algo turbado ante la imagen de Natalia semi desnuda.

—Pásame la foto, tío… quiero recrearme esta noche con ella… —me pidió.

—Claro. En cuanto llegué al coche te la envío —le prometí.

Me despedí de él y, mientras me dirigía en busca de mi coche, iba pensando en lo sucedido. No entendía muy bien por qué, pero había sido aparecer Víctor de nuevo y reaparecer los juegos y la Natalia lanzada del verano pasado. Dentro del coche, cumplí mi palabra y envié a Víctor la foto de Natalia. Sentí un ramalazo de placer al pensar que esa noche él iba a masturbarse viéndola.

—¡Joder, cómo me pone tu chica! Cuando te la estés follando, imagina que soy yo en que lo hago, que me la follo con mi pollón. —Me escribió nada más recibirla.

—Sí, eso haré… hasta mañana… —le respondí.

—Mañana te voy a traer una cosa que he traído de ella y que aún conservo…

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