TANATOS12

CAPÍTULO 6
Pasaron unas semanas que constituyeron un oasis necesario. No pasaba nada y aquella nada era vida. Además, tuve la sensación de que nuestra casa se había convertido en nuestra guarida. Un refugio en el que estábamos a salvo, pues era donde había pasado todo lo controlado de nuestro juego. Todo lo inofensivo y también positivo. Las locuras habían sucedido fuera. Además, aquella sensación de abrigo venía acentuada porque era donde yo había llorado, solo, y donde María había llorado cuando había venido, sola, aquel lunes por la mañana, y donde habíamos llorado juntos el día del perdón.
Las noches correspondientes de aquellas semanas dormimos abrazados. Supongo que ella me abrazaba por amor. Yo la abrazaba incluso más por alivio. Había una latente voluntad mutua, no solo de salir adelante, sino de llegar a un punto superior que recordase al pasado.
No es que el sexo fuera un tema tabú, pero tampoco surgía, ni hablar de él, ni tenerlo. Sí, semanas sin sexo. Siendo inevitable que, cuando María estaba fuera o cuando yo quedaba con amigos y me quedaba algo absorto, o cuando ella ya dormía, mi imaginación volase. Me culpaba un poco por ello, pero era inevitable recordar lo sucedido, sobre todo, en el hotel con Roberto. Las vivencias con Edu, Álvaro o Guille resultaban ya difuminadas y sabía que estaban aderezadas ya por elementos quizás imaginados, pero la noche con Roberto era aún nitidez pura.
Una tarde, unos veinte días tras la reconciliación, recordé que había guardado los calzoncillos de Roberto en el cajón de mi propia ropa interior. Los había guardado allí, en su momento, apesadumbrado, como una reliquia culpable de un juego que iba a hacer que María me dejase. Tras su perdón, aquella reliquia ya no era responsable, sino únicamente morbosa. Aquella misma noche, sin saber a ciencia cierta si María dormía o no, no pude evitar excitarme al recordar como la había follado, cómo le había hecho el amor en la ducha, con más dulzura, y cómo la había enculado… con aquellos pantalones de cuero agujereados; recordé cómo gemía y gritaba… ida… y aquella cara de placer puro, de aquella otra María.
No quise buscarla en aquel momento, y me contuve de masturbarme. En cierto modo, aparte de morbo, también me sentía culpable, pues el cadáver de la casiruptura estaba aún caliente.
Durante esos días María ni fue al juzgado en falda ni fue al despacho vestida como le gustaba a Víctor. Sin duda para ella todo había terminado. Tampoco su teléfono tenía ningún movimiento y yo no descartaba que hubiera bloqueado absolutamente a todos sus posibles… a todos los que seguro guardaban ansias de repetir.
El miércoles siguiente le dijeron a María, ya oficialmente, que se quedaba como jefa del departamento, en el puesto de Edu. Quiso salir a cenar, algo rápido, aquella misma noche, a un restaurante al que solíamos ir los fines de semana. Allí primero quiso que yo le contase sobre mi trabajo, pues se abría una ranura por la que yo podría colarme; un puesto de una responsabilidad más parecida a la que había tenido en mi empresa anterior. María siempre quería que hablase más sobre mí, que me pusiera más en valor, incluso el día que habíamos quedado para celebrar un éxito suyo.
Finalmente su avance laboral se puso sobre la mesa y María dijo:
—No te lo pierdas. Es que odio hablar de él. El innombrable…Y gracias a dios se va en dos días. Pero, en fin. Que hoy vino a mi despacho… como a venderme que me había recomendado para su puesto… Vamos… me quedé… ¿Te parece normal?
Yo no supe muy bien qué decirle, y ella prosiguió:
—O sea… llevo allí más años que él… Era obvio que ya hacía tiempo que eso era para mí… y me lo viene a vender como favor.
Ella hablaba, indignada, y yo recordaba aquellas primeras veces, en las que me ponía nervioso la mera idea de que Edu y ella estuvieran a solas. Lo cierto era que no había dejado de tensarme, si bien era una tensión ya más dominada. Además, al estar él a punto de irse, sentía un no-sé-qué nostálgico extraño.
María seguía hablando. Elegante. Delicada. Con aquel traje gris… y yo me preguntaba cómo era que Edu, una vez había conseguido que cayera… no se había vuelto loco intentando que volviera a suceder.
A la salida del restaurante pasé la mano por su cintura y acabé haciendo que se detuviera. Nos dimos un beso, que yo quise hacer algo largo, pero que ella cortó disimuladamente.
—¿En qué punto estás? —le pregunté.
—¿Qué?
—Eso… ya sabes… —le dije, refiriéndome a aquello de sus niveles de excitación, aquello de que cuando estaba tranquila le bastaba con disfrutar conmigo, pero si estaba muy excitada yo no le bastaba hasta el punto de que yo le podría llegar a producir rechazo.
—Pues, tú qué crees… Estoy muy bien, y tranquilísima. En el punto en el que tenemos que estar. Y si subiera de punto… todo lo que fuera… sería… ya sabes… de puertas para dentro… A mí ya no me toca nadie más que tú —dijo besándome en la mejilla, pícara, pero a la vez algo seria.
Aquello de “puertas para dentro” y “nadie me toca más que tú” se había convertido en dos mantras absolutos.
Ya entrando en casa me dijo que había pensado en algo, “una chorrada”, pero me pidió que nos fuéramos al dormitorio, “a hacer una cosa”.
—¿Qué cosa? —pregunté sonriendo.
María, algo cohibida, me pedía que me desnudara, que me tumbase sobre la cama y que cerrase los ojos.
—¿Te vendo los ojos o me fío?
—No, no. Fíate. No los abro.
Obedecí sin miramientos y en seguida me encontraba cómo me había pedido mientras la escuchaba trastear en el armario. Mi miembro ya estaba erecto pues mi imaginación volaba a posibles situaciones y, además, llevábamos casi un mes sin hacerlo, desde la locura de la noche con Roberto.
Pronto sentí movimiento en la cama. María se sentaba a horcajadas sobre mí. Abrí un poco los ojos y comprobé que estábamos iluminados por la luz de la mesilla.
—Está bien. Ya está. Es que es una chorrada. Abre los ojos.
Hice lo que me ordenó y la vi, allí, sobre mí, con aquel camisón color crema. El de nuestra primera vez.
—Me dijiste la noche que… volví… que… habías estado pensando en nuestras primeras veces, ¿no? —dijo, algo ruborizada.
Estaba guapísima. Increíble. Con una timidez coqueta, ya difícil incluso de creer después de todo lo vivido, con parte de su pelo cayendo por delante de su cara. Sentía una tremenda conexión y también un extraño bienestar, pues pensaba que yo era la única parte de la pareja que se acordaba de todo. La parte candorosa. Pero ella me demostraba con su ocurrencia que no se quedaba atrás.
—Lo lavé el otro día —continuó— mira que amarillento está.
—Eres increíble, María —dije, al tiempo que ella se inclinaba para besarme.
Nos besamos en los labios, nos acariciamos la cara… Su melena caía por mi pecho, haciéndome estremecer. Nuestras lenguas jugaban… mis manos iban a su culo y yo sentía como ella iba rozando su sexo contra mi miembro… aplastándolo… como si quisiera montarme, metérsela… por mero roce, buscando que fuera sorpresivo.
Noté entonces el impacto de su lengua húmeda contactar la mía y presentí como bajaba su mano hacia mi polla… para lo obvio… para metérsela… y aquello producía en mí un ansia y un deseo que casi superaba el placer y el calor del momento en el que finalmente se enterraba en mí, y su coño envolvía mi miembro por completo.
Una vez plena, resopló en mi oído, un “Mmmm…” tranquilo, conocido, inofensivo.
Echó entonces su torso hacia atrás, posó sus manos en mi pecho, cerró, los ojos, y comenzó a mover su cadera, adelante y atrás. Dejaba caer su melena por sus espalda y sus pechos se bamboleaban mínimamente por el vaivén; yo llevé una de mis manos allí, a una de sus tetas, y mi mano fue sutilmente apartada.
—Qué rara eres…
—¿Qué…? —preguntó María, manteniendo el mismo ritmo, con aquel lento movimiento, pero abriendo un poco los ojos.
—Lo de tus tetas.
—¿Qué les pasa?
—Que… a veces… hasta te da reparo que te las toque.
—¿Qué? Qué chorrada.
—Si me acabas de apartar la mano.
—¿Sí? No sé… Sería sin querer —respondió, con una respiración algo agitada.
—¿Recuerdas cuanto tardé en vértelas? En verte totalmente desnuda.
—No sé de que hablas… Te lo estas inventando —sonrió.
—Eso y… lo de la postura… a cuatro patas… son dos cosas raras tuyas. ¿Cuanto tardamos en hacerlo en esa postura…?
—Hombre… es que es una postura un poco guarra… para hacerla con alguien con el que llevas saliendo unas semanas…
—Meses —dije, y ella sonrió.
Lo hacíamos. Me follaba. Lentamente. Respirábamos… Se movía adelante y atrás, pues arriba y abajo se saldría, por el pequeño tamaño de mi miembro. Yo estaba excitadísimo. Pero la enormidad de su sexo apenas proporcionaba roce, por lo que conseguía aguantar sin correrme.
Al poco tiempo, y aun a riesgo de ser recriminado, no pude evitar decir:
—Hablando de esa postura… No me has contado nada… de lo de Roberto… De que te lo hiciera por ahí.
—Bueno, Pablo… Me he puesto esto para… recordar… cosas nuestras, no para hablar de ese tío ahora.
—¿Otro día?
—Otro día —respondió.
María volvió a cerrar los ojos… y, con ellos cerrados, buscó una de mis manos, y la llevó a una de sus tetas. Yo acaricié un poco allí, sobre la seda del camisón y ella comenzó a dejar caer uno de sus tirantes.
—No… no te desnudes del todo —dije.
—¿Y eso…?
—Pues… Es que no me quiero correr aún.
—Me mareas… —dijo sonriendo, al tiempo que yo retiraba mi mano, embobado por cómo se le marcaban los pezones a través del camisón.
—Tienes unos pezones increíbles, María… Se te marcan… que es para morirse…
María se quedó callada, y después habló, pero como habiendo dudado en si decirlo o no:
—El otro día…
—¿Qué?
—Nada, una chorrada —dijo.
—No, dime.
—Pues… que el otro día… Iba a ir al despacho con un jersey, algo fino, sí, pero tuve que cambiarme porque se marcaba.
—¿Con sujetador y jersey?
—Sí…
—Joder… —suspiré.
—Ya…. —dijo ella justo antes de llevar una de sus manos hacia su sexo. Anunciándome que no tardaría en buscar su orgasmo.
Entonces algo nos sobresaltó, un sonido desagradabilísimo, que lo sentí como si saliera de mi propio oído. Miré a mi lado y descubrí al culpable de aquel estruendo: el teléfono móvil de María, vibrando con fuerza sobre la mesilla.
—Déjalo… —resopló, pero no pude evitar mirar de reojo a aquella pantalla y descubrir que, quién fuera que le escribía, no le tenía en la agenda. Además, pude leer algo sobre que le pedía comer con ella, y le preguntaba por unas tarifas.

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