SILVIA ZALER

El arrepentimiento

A la mañana siguiente me desperté decidida a cambiar las cosas. No podíamos seguir así. Ayer había tenido sexo con mi marido y resultó muy gratificante. Debía centrarme en él, en nuestra familia y olvidarme de todos.

Aquel día yo lo tenía libre. Generalmente, me solían sobrar de verano y me obligaban a cogerme esos días. Antes, solía utilizarlos para follar con alguien. Pero ese día, quise comportarme como una ama de casa. Una esposa normal y corriente. Quería iniciar una nueva vida. 

Me fui a hacer la compra mientras Diana, nuestra paraguaya fiel y hacendosa, se quedaba ventilando la casa, ordenando los dormitorios y la cocina. Antes había llevado a mis hijos al colegio, me fui a desayunar un café con leche y una tostada en un bar cercano y con una sonrisa, mientras pagaba la cuenta, me vi a mí misma cambiada.

En ese momento me entró un mensaje en el WhatsApp. Era de Julián y no pude evitar un ligero estremecimiento al pensar en su polla. Era un mensaje de cariño, que inmediatamente, borré. Le contesté con una frase que seguramente, le impactó.

        Julián, voy a centrarme en mi familia.

Lo siento. Eres un encanto y un hombre excelente. Pero estoy casada y voy a apostar por los míos. Un beso muy grande.

Eres un buen tío

No tardó en llamarme. Seguramente cuando lo leyó se debió quedar petrificado. Y en suplicarme que nos siguiéramos viendo. Me dijo que él me podía dar lo que yo echaba de menos. Que podía ser su hombre.

Me dio lástima, la verdad. Pero estaba decidida. Julián no era lo que yo buscaba fuera de un sexo clandestino. Él era uno de mis hombres furtivos. Pero no lo vería nunca como mi pareja. Sé que se quedó chafado. Incluso me colgó con algo de fastidio.

Con Arturo fue más sencillo. A él lo llamé directamente y se lo expliqué. Como un perfecto caballero que era, lo entendió. Me dio las gracias por el tiempo pasado y me deseó toda la suerte del mundo.

Con Jaime no hice nada. Entendía que con no llamarle era suficiente, porque era con quien menos me sentía atada. Un hombre joven, alocado, divertido y sin responsabilidades apenas, lo más normal es que ni no había contacto, terminaría por desaparecer nuestra relación. O como se quisiera llamar.

Así, con ese talante de mujer nueva, comencé mi etapa de esposa abnegada, tranquila y fiel.

Debo reconocer que me gustó esa fase de mi vida. Me borré de todas las aplicaciones en las que estaba metida para relaciones extramaritales o de aquí te pillo y aquí te mató. Solo me quedé con mi móvil furtivo, pero que escondí en mi pequeña guarida secreta. No tenia ni coca ni maría, con lo que me alegré incluso.

Con Las Guarris corté casi toda la comunicación. Me obligue a no mirar ese móvil y a estar ajena a lo que hacían. Pensé que, dando de baja el número, le podía servir a mi hijo mayor y ser un buen regalo de Reyes. Pero cuando le comenté a mi marido que le podíamos regalar un móvil, aunque fuera de segunda mano, me dijo que esperáramos a su cumpleaños, que era aún muy joven. Lo guardé y no me preocupé más de él.

Las risas de mis hijos, jugar con ellos de una forma habitual, así como con mi marido, fue estimulante. Estaba convencida que mi vida, por fin, estaba encarrilada.

Con mi marido empecé a follar con regularidad. Hubo una semana que casi todas las noches, en cuanto nuestros hijos se dormían. Estaba feliz, lo admito, chicas. Y sí, teníais razón. Lo bueno es esto.

Follábamos y nos divertíamos. Nos comportamos con una naturalidad el uno con el otro que no había sido la habitual últimamente. Ambos, apostaría por ello, estábamos muy contentos.

Pasó Navidad. Nos fuimos todos juntos a celebrar la Nochevieja a una estación de esquí. Cenamos, nos comimos las uvas todos juntos y sentí de nuevo que éramos una familia. Llevaba un mes sin serle infiel a mi marido y notaba que era algo como una desintoxicación. Aunque, pensándolo bien, en efecto lo era. El mismo tiempo que llevaba sin meterme nada por la nariz ni fumarme un porro. Me sentía bien y plena. Contenta y relajada.

Sí. Sé que alguna habéis sospechado que ese estado de felicidad no podía durar mucho más. Todo se torció, en efecto. Pero no fui yo la culpable. Lastimosamente, descubrí que mi marido me era infiel.

Recuerdo perfectamente el momento. Fue unos días después de Reyes. Con mis hijos ya en el colegio, mi marido trabajando y yo que fui a comer a casa porque por la tarde tenía una video conferencia que prefería hacerla desde la comodidad de mi hogar y no en la oficina. Me lo podía permitir. El año fue bueno en la editorial y yo había cumplido los objetivos que me habían establecido.

Salí de la ducha una vez que terminé la videoconferencia. Era martes y mi marido había llamado para decirme que estaban empezando a cerrar el año y debía quedarse con el responsable financiero y el fiscal para ver cosas.  Era lo normal y no me sorprendí.

Me fijé que en la parte del armario donde guardaba las chaquetas. Estaba mal colgada una que había llevado unas fechas antes del día de Reyes. Aquella noche cenó con su gente para felicitarles al buen trabajo realizado y las horas de más en plenas Navidades. Es lo que tiene la restauración. Y menos mal que mi marido al ser el dueño se podía permitir estar con la familia los días señalados.

Cuando fui a colgársela bien, lo vi en seguida. Era largo, rubio, con reflejos. Vi un segundo y un tercero. Todos de la misma longitud. Aspiré el aroma de la chaqueta. Había un ligero rastro de perfume de mujer. Lo detecté rápido porque además me era vagamente conocido. Si hubiera sido una rociada, estoy convencida que podría haber detectado la persona, de haber sido cercana a mi marido o a mí. Pero se trataba de un retazo, una muestra que con los días había casi desaparecido. No era de los que yo usaba, de eso estaba completamente segura.

En efecto, para mi sorpresa y desdicha, había tres pelos de mujer rubios en la chaqueta de mi marido y olor a perfume en sus solapas y pechera. Sin ninguna duda, una mujer, que no era yo, apoyaba de forma clara y nítida su cabeza en el pecho de mi marido. De otra forma no se podía quedar impregnado ese rastro de aroma.

Admito que lloré de rabia. Por una parte no podía culparlo. O no podía lamentarme, más bien. Mi marido, quizá desde algún tiempo, me estaba pagando con la misma moneda. Me sentí momentáneamente, estúpida. Había sido tan inocente que llegué a pensar en que mis infidelidades, ya olvidadas o en camino de hacerlo, no iban a ser obstáculo para recuperar a mi familia.

Nunca pensé que mi marido hiciera lo mismo que yo.

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