MOISÉS ESTÉVEZ

Ahora ya vestido miró el reloj – las cinco – Solía dormir poco, lo que le
permitía aprovechar un silencio que no encontraría después. Volcó La Melita
sobre una taza, encendió un cigarrillo, cogió un clásico policíaco de su exigua
biblioteca, tenía por costumbre desprenderse de los libros que leía, de ahí que
conservara pocos – si hubiese tenido chimenea probablemente haría como
Pepe Carvalho – pensó. Se sentó en su viejo sillón y empezó a disfrutar de tres
de los pocos vicios que tenía: leer, café, fumar… antes de enfrentarse a lo que
sería un duro día de trabajo, porque los asesinos no solían tomarse
vacaciones…

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