LOLA BARNON

-¿Y Luis?

—Luis… —resopló—. Con Luis hace tiempo que no hablo de casi nada. Está en su trabajo, en sus cosas, llega cansado, está un poco con los niños… Ve el fútbol o una película… De vez en cuando cambiamos un par de impresiones, casi más por compromiso que por otra cosa… Y a dormir.

—Y no… —carraspeé—, ¿no folláis?

—Sí… alguna vez. Pero es que hasta eso se ha convertido en algo mecánico. No es que rechace a Luis. Es que me cuesta continuar con mi vida. Y Luis está en esa vida. Mamen, no sé si soy capaz de explicártelo —se me acercó un poco bajando la voz—, necesito volver a emocionarme, a sentirme mujer, a… a vivir.

—Tú necesitas un amante, bonita. —Y me eché a reír, sin sospechar lo que aquella frase, dicha sin ninguna intención ni segundas, iba a desencadenar en Isabel una tormenta perfecta.

Y si lo llego a sospechar, nunca la hubiera propuesto salir con nosotras a cenar o a tomar unas copas. Pero lo hicimos. Tania y yo, sin la más mínima intención. Nunca pensamos que un buen día, a tenor de lo divertidas que fueron algunas noches, en donde es cierto que la cortejaron, piropearon y le echaron la caña, Isabel tomó los derroteros de serle infiel a su marido de forma, a mi entender, cruel y despiadada. Ni Tania ni yo le presentamos a ningún amigo. En esas tres o cuatro noches que salimos con ella, por sí sola y sin que mediáramos en ello, conoció a gente. Por otra parte, no era nada complicado, la verdad.

Perdió la razón. Se dejó llevar por una especie de utopía irreal y fantasmal. Algo que, por desgracia, estuvo a punto de costarla, su matrimonio, su salud y su dignidad.

Hablamos más veces, incluso cuando ya me confesó que se había acostado con alguno. Y recuerdo, con especial crudeza, un día en su casa, un par de días antes de que la violaran, cuando me explicaba que follar como lo estaba haciendo, era una especie de droga.

Y se lo dije. En al menos, un par de ocasiones. Le referí mi vida sexual con Nico, mi libertad y mi malentendida posibilidad de liarme con quien quisiera. Y también le señalé que, aunque pareciese algo divertido y atrayente, en realidad terminaba convirtiéndose en una sucesión de reproches, celos y discusiones. De hecho, le dije, «aquella fantasía o perversión, como lo queramos llamar, terminó con nuestra relación, Isabel».

Pero, por desgracia, no me hizo caso. Ni a mí, ni a Tania. Hoy, pasado el tiempo, recuerdo con verdadero horror el día que, con algunas copas de más y demasiada inmadurez, escribí un mensaje a Adrián desde el móvil de Isabel. ¿En qué estaría yo pensando, me pregunto ahora?

Claro que vi a Isabel sonreír a chicos cuando salíamos a cenar o a tomar alguna copa. Y por supuesto que observé cómo disfrutaba de esa especie de libertad o de atrevimiento sin importancia. Vi cómo hombres de todas las edades le sonreían, invitaban o adulaban… Y ella se dejaba hacer. Pero no pensé que iba a dar el paso y que se iría con alguno de ellos.

—Me quiero follar a otro…

Recuerdo esa frase como si me la estuviera diciendo ahora mismo y la tuviera enfrente de mí. Me la dijo en un tono ausente, como si estuviera pensando en voz alta. Fue en otra tarde de café y confidencias.

—Eso es una locura… —le contesté con serenidad—. Cometerías un error. —Añadí negando con la cabeza.

No sé si entendió mis razones, pero previne a Isabel. Yo le expliqué entonces lo de Adrián, que me había acostado con él a espaldas de Nico. Entonces, me miró y me cogió la mano.

—Lo voy a hacer Mamen. Lo necesito…

Me expliqué de nuevo todo lo que ya me había dicho. Su sensación de ahogo, de vacío, de rutina fatal. Su miedo a que un día se levantara y decidiera seguir un camino diferente, y sin Luis.

—Habla con tu marido, arregladlo… —insistí convencida de que aquello que me decía, era un error.

Y debo decir que me sorprendí al escucharme. A mí, a quien había follado con otros casi con libertad, para complacer a Nico. Bueno, a estas alturas no me voy a mentir: a Nico y a mí.

—Dar el paso para estar con otro parece fácil. Y joder, Isabel —continué—, mentiría si dijera que no es estimulante. Pero también, peligroso… Habla con Luis. No cometas mi error. Pero, sobre todo, replantéatelo. Piensa en todo lo que expones…

Ella calló, me asintió y volvió a quedarse en silencio, quizá rumiando mis palabras. No quise preguntar más ni ese día, ni el resto de los que quedamos a tomar un café. Pero es cierto que sospeché que lo había hecho, porque vi en ella otra luz, un brillo diferente. Una mirada mucho más segura y consecuente. Algo parecido a una especie de sintonía con ella misma, con su decisión. Pero, insisto, salvo el día que, borracha o perjudicada, cogí su móvil y puse un mensaje a Adrián, no hice ni quise hacer nada más en ese sentido. Y me arrepiento de haber contribuido a esa locura suya, aunque fuese de forma colateral.

Pasó el tiempo, no demasiado realmente, pero sí en lo que se refiere a intensidad. En esas semanas no nos vimos mucho, salvo ese día en su casa, en el gimnasio y algún café. Pero dejamos de salir juntas a cenar o a tomar una copa. Quizá, pensé, se había acostado con alguien y entonces, toda su sensación de vida rutinaria y falta de incentivos se había olvidado. Estaba muy equivocada. Mucho, por desgracia.

Una mañana de domingo, creo recordar, me llamó entre sollozos, hipidos y absolutamente descompuesta. Y fue entonces cuando me confesó la violación y sus peripecias hasta llegar a ella. Me llamó envuelta en un mar de lágrimas y de desesperación. Posiblemente arrepentida, plena de miedo y de ese estupor con el que te golpea la realidad cuando te despiertas de un sueño tan falso y decrépito como había sido el suyo. Y en buena parte, fue durante un tiempo, también el mío.

Nunca olvidaré su expresión cuando llegué a su casa y me abrió la puerta. Una mezcla de miedo, de culpabilidad y de desesperación. Y me hizo a mí también sentirme culpable. Quizá, con razón. Aunque no imaginase que un día se iría a pasar un fin de semana entero con un chico —no recuerdo el nombre— a Altea, creo recordar que me confesó entre lágrimas y reniegos. O el resto con los que estuvo y que tampoco recuerdo sus nombres. Me sorprendió y me sentí casi golpeada por lo que me refería. Le abracé mientras me lo contaba entre sollozos, lágrimas y desgarradura interior.

Sufrí mucho por ella. Por Luis, al que no conocía, pero se me hacía imposible no sentir pena y lástima por él. Yo quizás no era aun totalmente consciente, pero en esos días, y sobre todo desde que hablé con ella en su salón, confesándole que la que más había perdido en ese estilo de vida liberal con Nico era yo, se iniciaba una nueva vida para mí.

Porque, en esos momentos, en ese preciso instante en que vi que la vida de mi amiga se había derrumbado con total estrépito, creo que me terminé de decidir, aunque fuera de forma inconsciente.

2

Tania. Mi siempre amiga Tania. Ella también contribuyó a que decidiera que no podía seguir por el camino que Nico me marcaba con quedadas a tomar un café, sonrisas, caricias en la mejilla, besos castos en los labios y palabras de incertidumbre. Y confieso que nunca he pensado que me engañara y me diera falsas esperanzas. Simplemente, él no podía o le costaba volver a confiar en mí. Era, hasta cierto punto, razonable. No le culpo, de verdad. Tan solo puedo decir que él llegó a un punto en que quizá no sabía continuar. O que la idea de hacerlo se veía emborronada con mis mentiras.

Una tarde, pocos días antes de que Isabel sufriera la violación, Tania, viéndome de nuevo triste y melancólica me sacó a dar un paseo. Terminamos, ya casi a la hora de cenar, tomando unas tapas en una taberna cercana a su casa.

—Mi niña, no puedes seguir así.

—Lo sé, Tania.

—Yo pensaba que el día que saliste a cenar y a tomar una copa con Eduardo, estabas cambiando el chip, corazón —me dijo mientras daba un sorbo a su cerveza.

—Y yo, Tania… Y yo —asumí con un punto de resignación.

—¿Entonces qué ha pasado?

—Nada, Tania. No ha pasado nada. Eso es lo malo. Que Nico y yo no avanzamos, que sigue diciéndome que no está seguro. Se muestra cariñoso, incluso me ha dado un par de besos y… Y no sé, parece que sí, que arrancamos, pero al final, vuelve a pasar otra semana entre que me llama, quedamos, volvemos a hablar de lo mismo… Yo ya no sé si me queda esperanza, Tania.

Me miró con dulzura. Luego me abrazó. Bebió un nuevo sorbo de su cerveza, me acarició la mano y, entonces, me lo dijo.

—Lo siento Mamen —respiró profundamente—. Nico está con la tal Patricia.

El corazón se me paró. Noté como se detenía y un sofoco o una especie de ansiedad me empezó a ascender desde el pecho. Intenté incluso llorar, pero me fue imposible. No reaccionaba.

—¿Cómo… cómo… lo sabes? Me dijiste que…

—Lo sé desde hace un par de semanas, mi niña. Sé que se ven, que salen a cenar, que se divierten… No te puedo asegurar que tengan una relación completa. Quiero decir, de pareja. Pero se ve asiduamente con ella.

—Pero… —No quería creer, o asumir más bien, lo que me decía Tania.

—Mi niña, es así.

Ahí me derrumbé. Dejé que dos gruesas lágrimas salieran de mis ojos mientras miraba por el ventanal de la taberna. Dejé que todos mis músculos se relajaran, que por fin, dieran rienda suelta a la rigidez que desde que había salido de casa de Nico, tras aquellos mensajes de Adrián.

Habían sido, hasta ese momento, cuatro meses.

—Vamos a hacer una cosa, Mamen… —Me cogió de la mano y un segundo después me secó dos lágrimas que rodaron por mis mejillas con su pulgar—. Vamos a ir poco a poco. Pero debes ir asumiendo que es muy posible que no vuelvas con Nico, mi niña. Vamos a salir a cenar, a quedar con gente… Que te distraigas. Y verás —me besó en la frente— como todo vuelve a la normalidad.

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