JUAN LUIS HENARES

Los barbijos adornan los rostros que, desde la ventanilla del colectivo, observo en las calles de Rosario. Resulta increíble el miedo que ha causado en la gente; se habla de que mañana el gobierno decretará el inicio del aislamiento obligatorio de los ciudadanos en sus domicilios. Me queda el consuelo de que en tres horas estaré de regreso en Paraná; allí la situación es distinta, el temor no ha invadido a la población. Intentaré descansar. Reclino la butaca y me acomodo, cierro los ojos y acude el recuerdo de mi hija; ayer al volver de la escuela entró a las corridas a prender el televisor. Rauda me llamó alarmada: miraba canales de noticias, no los infantiles. Un cartel con fondo rojo y letras amarillas anunciaba Coronavirus, casi cinco mil muertos. Navegué en Google y le mostré que en el mundo fallecen seiscientas cincuenta mil personas por la gripe al año. Se calmó. Ocurre que, al igual que ella, millones han caído en una psicosis que los lleva a imaginar el fin de la humanidad; debemos tranquilizarnos y no entrar en pánico, al menos los que nos consideramos seres reflexivos.

Me desvelo, no logro dormir. En la pantalla proyectan una aburrida comedia. El aire acondicionado obliga a ponerme la campera; no vaya a ser que me resfríe y piensen que tengo el virus en mi cuerpo. En la parte baja del micro somos cinco, la mayoría viaja arriba; estamos separados, a varios asientos de distancia, a metros —¿serán los tres recomendados?— de esa mujer ubicada al fondo que ha tosido en dos oportunidades. Me pongo a pensar en el video que miramos anoche con mi esposa: tomar agua hace que las bacterias del virus alojadas en nuestra faringe ingresen al organismo y sean atacadas por los jugos gástricos que las eliminan. Saco de mi mochila el pequeño termo y bebo unos sorbos, acción que repito al escucharla de nuevo toser.

En charla con amigos coincidíamos en que detrás de la pandemia se encuentran los laboratorios estadounidenses: crean la enfermedad, causan terror, controlan a los países y luego les venden la vacuna. Negocio redondo, no hay nada que temer. Otra vez esa tos de la doña; se vació el termo, mejor lo relleno. Me tambaleo, aunque el pasillo es tan angosto que no permite caer hacia los laterales. Llego al dispenser que se encuentra al frente, abro la perilla y no sale ni una gota de agua. Ofuscado me doy vuelta, y un solitario pasajero que viaja en la primera fila me indica que en la canilla roja hay café. ¿Para qué lo quiero? Lo pienso pero no se lo digo, entretanto le agradezco con una falsa sonrisa. Vuelvo a mi lugar. No debo preocuparme: el Coronavirus es la táctica del gobierno de Estados Unidos en esta moderna guerra contra China por el control financiero y tecnológico del planeta.

De inmediato llega de la sección trasera ese espantoso sonido a tos seca. ¿Por qué no se tapa la boca? Me asalta un momento de lucidez, ¡el café! Debido a que la bacteria muere a los 30 grados, tomar bebidas calientes es el modo de terminar con estos intrusos. Me levanto, voy a la máquina y me sirvo uno en un vaso plástico; listo, solucionado el problema. Los individuos se sugestionan, acostumbran a sobredimensionar lo que sucede y asustan a los demás. Terminó el film; ojalá a continuación pasen algo que me entretenga en las dos horas que restan de viaje. A ver… dan una de la Warner Bros. ¡No puede ser! Soy leyenda, un futuro en el que un terrible virus de creación humana acaba con la población mundial. De muy mal gusto, mirá si esto se convirtiera en realidad.

Y dale con tu tos, ¡bajate del colectivo vieja! Reitero el traslado hasta la cafetera, segundo café en pocos minutos. Cof, cof… pronto el tercero y el cuarto. La garganta me arde, debe ser la temperatura del brebaje, deberían impedir que llegue al punto de ebullición. ¿O será que me agarré anginas? ¿Y si me arde por tener la bacteria? En la película el actor principal —único protagonista— llena diferentes tubos con el suero que salvará a un inexistente sobreviviente ya que, salvo su perro y los mutantes, nadie habita la ciudad.

Llegamos. Sereno espero a que desciendan los que están en la parte alta del micro, después los de la baja. Me contemplan de la misma forma que lo hicieron cada vez que me dirigí al dispenser: como si fuese un lunático. La señora del último asiento se acerca, confío en que no toserá en mi cara; al pasar a mi lado hace un gesto y de manera instintiva me doy vuelta para evitar la saliva que saldrá disparada de su boca. Pero nada acontece, solo me dice —ante mi reacción— que soy un maleducado. La ignoro. Cuando no queda nadie me sirvo otro café; no sea que subsista alguna bacteria de las tantas que escupió esta mujer. En el andén me coloco el barbijo sobre el rostro; mientras camino bajo la lluvia rumbo a casa, tal Will Smith en las desiertas calles de Nueva York, pienso en todos los que han entrado en pánico por una simple gripe.

Un comentario sobre “Una simple gripe

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