SILVIA ZALER

No me gustan los yogurines

Pues eso. Que no me gusta follar con un yogurín. Una vez, un fin de semana de un mes de mayo, Menchu, Marta y yo nos fuimos a Ibiza, y puestas bien de éxtasis, nos tiramos a uno cada una. El mío fue un polvo malo. La verdad. Ni me acuerdo del nombre del chico.

Eso de que aguantan más y que son como máquinas. en mi caso, fue falso. No me duró ni medio asalto. Es verdad que iba tan colocado como yo y quizá eso le afectó. Pero en donde esté gente de algo más de treinta, experimentada, y sabiendo follar, que se me quiten todos los yogurines. No tengo duda de mis preferencias, y los muy jovencitos, para vosotras si os gustan.

De todas formas, dentro de los numerosos errores que he cometido, uno fue chupársela a otro de estos en mi coche. Fue no hace mucho, en el mes de noviembre, pero a principios. En una fiesta que no sé por qué terminó con unos chavales de veintipocos entrando en ella. Deban ser amigos de hijo de la dueña que invitó a Menchu. Una señora que me cayó fatal y que era más puta que las gallinas, pero se las daba de señora.

El caso es que yo, un poco aburrida, me aparté de todo el ambiente. Me estaba liando un buen porro de maría en un lugar algo escondido del jardín, cuando se me acercó este chico. Era mono, la verdad, y su chulería me hizo gracia. No sé si se sorprendió por ver a una señora de treinta y muchos haciéndose un peta con destreza o qué, pero el caso es que se puso a hablar conmigo.

La verdad, fue muy soso intentando ligar. Patoso y poco creativo. Pero el hecho es que el efecto de la maría —el porro iba cargadito— me hizo ser más risueña y habladora. Lo entendió mal, porque en un momento dado acerco su cara sobre mí para darme un beso. Yo al principio me descojoné y le hice la cobra. Pero ya iba puesta, con lo que no detuve e segundo intento. Quedé sorprendida, pero luego abrí la boca y dejé que me la comiera. Total, la fiesta era un coñazo, mis hijos estaban con sus primos y mi marido en casa durmiendo. No podía tardar mucho ni llevarme a alguien a mi cama. Había salido porque estaba muy aburrida y me había enfadado con mi marido por una tontería de la casa. Otra más y que ya se sumaba al enfriamiento general que nos acosaba

Estábamos en un rincón del jardín besándonos como dos adolescentes, cuando me llevó la mano a su polla. La verdad, me volví a reír.

—Joder, tía, es que estás muy buena… —se disculpó, no sabiendo qué reacción elegir ante mi risa y desconcierto.

El efecto del porro hizo que no pudiera parar de reírme de él. Su gesto había sido como si yo no me atreviera a tocarlo o algo así. Joder, menudo gilipollas me ha tocado, pensé.

Vi que un grupo de tres personas que nos estaba tirando miradas de refilón. No quería dar un espectáculo.

—Vámonos de aquí —le dije.

Él dudó.

—A mi coche, no te voy a secuestrar.

Empecé a andar sin mirar atrás. Si no venía, pues tampoco me iba a importar. Vi a Marta de lejos y a Menchu. Estaban con dos señores de unos cuarenta años. Saludé de lejos despidiéndome. El chico iba a unos cinco o seis metros detrás de mí, como un perrillo faldero.

Con el mando a distancia, abrí mi coche y me introduje directamente en el asiento de atrás. Al poco, abrió la puerta y se sentó a mi lado, en silencio. Expectante, dubitativo, pero excitado. Me quedé mirándole con cierta guasa. Meneé la cabeza me quité los zapatos y el pantalón vaquero ceñido y con rasgaduras. Le di mis bragas.

—¿Sabes comer un coño?

El chaval asintió con una mirada entre fascinada por lo sencillo que le había resultado ligar conmigo y la incredulidad de lo que estaba viendo.

Me acerqué a él, lo besé con lengua y me recosté apoyando mi cabeza en la puerta. Con la mano derecha le fui guiando hasta la entrada de mi coño, y me abrí los labios vaginales para hacérselo más fácil.

El chico no tenía ni puta idea de comer un coño. Eso, vaya por delante. Pero le puso interés, o al menos, ganas. Tuve que ayudarle. Entre el colocón de maría, su lengua y nuestros dedos, al final conseguí un orgasmo pequeño, corto, como un ligero calambre.

Me quedé un poco chafada. Yo estaba acostumbrada a los orgasmos que Julián me sacaba. Explosivos, intensos, que me recorrían todo el cuerpo. O los de Jaime o Arturo, todos ellos contundentes, densos. No esta mierda.

A pesar de todo, era su turno. Me senté sobre él, intentando follármelo y ver si arreglaba la noche, pero cuando me la introduje, vi que apenas se movía, que no era capaz de levantar mi peso y darme unas buenas embestidas. Tendría que hacer yo todo el trabajo, y la verdad, no me apetecía. Decidí salirme, ya sin apenas excitación. Le chupé la polla casi por obligación, y tardé menos de dos minutos en hacer que se avecinara su orgasmo.

—Avísame cuando te corras… —le dije cuando noté que su pene se tensaba como un arco.

Lo hizo, obediente y sumiso. Entonces con unos pañuelos de papel, que ya tenía preparados, contuve su corrida, aunque algo se me fue a la mano. No quería que manchara la tapicería del coche. En los asientos de atrás iban mis hijos y me daba cosa que una mamada de su madre terminara en unos goterones de semen allí mismo.

Así que, cuando percibí en mi lengua el primer sabor salado, la saqué de mi boca y mientras le daba un pequeño ritmo de pajeo, le recubrí la polla con los pañuelos. El chico empezó a casi convulsionar y debió soltar una buena cantidad de lefa. Le limpié unas gotas que habían caído sobre su vientre con más pañuelos, y le alcancé un par de toallitas húmedas. Escupí por la ventanilla los restos de semen. No había sido una gran corrida.

Lo miré un momento, y me comencé a vestir. Quería irme de allí cuanto antes. El chico se colocó el pantalón también en silencio, mirándome cada dos segundos de forma furtiva. Preguntándose, quizás, si todo había terminado o habría continuación en un hotel o en mi casa. No sé, creo que se hizo ilusiones.

Cuando los dos estuvimos vestidos, salimos del coche casi a la vez. Yo abrí la puerta del conductor y él se quedó parado, tengo la impresión de que esperando algo, sin hacer nada. Le llamé.

—Ha estado bien. —Acaricié su cara de niño grande—. Me voy, ¿de acuerdo? —Le di un ligero piquito en los labios.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Le sonreí, acaricié otra vez su cara y volví a besarle en los labios ligeramente. Me monté en el coche, arranqué y me fui a mi casa. No le contesté.

Cuando llegué, mi marido estaba viendo la televisión en el salón. No nos dirigimos la palabra. Tanto él como yo tenemos carácter y no nos gusta dar el primer paso para desenfadarnos. Subí a nuestro dormitorio y me desnudé, dejándola en el cesto de la ropa sucia todo lo que llevaba puesto. Olía un poco a hierba, por lo que rocié en ella algo de perfume. Me di cuenta de que faltaban las bragas y recordé que se las había dado en una especie de acto de, no sé, ¿poderío? El cabronazo se las ha quedado de trofeo…

Me lavé los dientes, salí desnuda del cuarto de baño y me dirigí al lado de la cama donde yo duermo, a ponerme el pijama. Entonces vi a mi marido, de pie en la puerta del dormitorio. Desnudo, con la polla empalmada. Me miraba sin decir nada. Nos observamos unos segundos. Yo, en completo silencio me acerqué a él. Mi cara se quedó a apenas dos centímetros de la suya. Ambos esperábamos la reacción del otro.

Fui yo quien dio el paso. Lo besé casi con fiereza, apretando su cara contra la mía desde la nuca. Respondió a mi lengua entrando en su boca. El porro que me había fumado un poco más de media hora atrás seguía colocándome. Le toqué la polla y él respondió con fuerza con un nuevo beso muy intenso. Me lamió el cuello y las tetas, y gruñí de satisfacción. Joder, un hombre…

Me tumbó en la cama, mordiéndome con suavidad los pezones, mientras me introducía un dedo por mi coño. Pensé en el chico que al que acababa de comerle la polla y él me había hecho una paja. No pude evitar una comparación con mi marido. El chico aún estaba verde. Mi marido sabía follarme. Esa era la diferencia.

Ese día, la follada que me metió fue más dura de los normal. Me empaló de forma contundente, casi enfadada, algo rudo. Me gustó mucho. Creo que seguía cabreado. Yo, que es posible que siguiera mosqueada con él, estaba también disfrutando también con un hombre que sabía follar. No como el niño con quien acababa de estar.

En unos minutos, de intensas y rápidas acometidas, en medio de un coro de jadeos y gruñidos de ambos, sacó su polla y se corrió en mi tripa. Soltó una buena cantidad de semen. Su primer disparo me alcanzó el canalillo, el resto, cayó principalmente alrededor de mi ombligo. Le vi respirar y mirarme. Yo no me había corrido. Seguíamos en silencio ambos, casi retándonos. Colocó su cara a muy poca distancia de la mía y sacó la lengua invitándome a que jugara con ella. Lo hice. Noté una caricia profunda en mi coño. Primero un dedo, luego otro, introduciéndose con profundidad. Me presionó el clítoris haciéndome gemir de gusto y empezó a masturbarme a una velocidad mayor que la habitual. Me miraba, observaba mis reacciones y cuando vio que llegaba al clímax, ralentizó sus movimientos

—Sigue, joder… —gruñí desenado correrme.

No me hizo caso y casi se detuvo por completo. Seguía mirándome, provocándome. Adelanté mi cara y le mordí el labio inferior. Cogí su nuca y mantuve su cara cerca de la mía. Lo besé con ganas.

—Si paras te mato… —le susurré atisbando una incipiente sonrisa en su rostro tras yo decir aquello.

Mi marido me besó y volvió a masturbarme de forma rítmica, incrementando la velocidad y presión en mi clítoris. No tarde ni dos minutos en correrme como una colegiala. Me dejó exhausta, flácida, con una sensación de laxitud total. Fue un buen orgasmo y los dos disfrutamos. Mi marido empezó a sonreír, mientras seguía con dos dedos en mi coño aun masajeándolo. Los movía espacio, alargando la explosión de placer que me había causado y dejado extenuada.

Cuando por fin terminé de correrme sacó sus dedos de mi vagina y los acercó a la mi boca. Los mantuvo a unos centímetros, muy cerca. Alargué la lengua y los chupé. Me ponía saborearme. Entonces, le cogí de la nuca e hice que me besara. No lo dudó.

—Tenemos que cabrearnos más… —me dijo cuando nos tumbamos uno al lado del otro.

—Quiero que me folles otra vez… —Mi marido había conseguido excitarme mucho.

Me miro un instante. No sé si dudando, pero puede que calibrándome. Me acerqué a su cara y empezamos de nuevo a besarnos.

Una hora después, mi marido dormía. Emitía un ligero ronquido. Soportable y que si las chascaba con la lengua, se quedaba en silencio un rato. Pensé en ese día. En lo absurdo que había sido irme con un jovencito. Sin ni siquiera apetecerme. Me vi en medio de una vorágine de sexo y desmadre en la que me había adentrado yo sola. Sin necesidad de que nadie me empujara. Inmadurez, egoísmo y absurdez. Se podía definir así mi vida.

Me di la vuelta. Vi la espalda de mi marido. Le pasé un dedo por su brazo. Llegué a sus hombros y me apoyé con el codo elevando mi cabeza. No podía apartar mi mirada de su figura durmiente. De esa placidez que me golpeaba mi conciencia con fuerza. Estaba siendo inmoral. O amoral.

Le acaricié con suavidad para no despertarlo. No, no se merecía lo que le estaba haciendo. Mis infidelidades no tenían otro sentido que una extraña sensación de libertinaje que había ido adquiriendo. Ahora me vencía la idea de mi inmoralidad. 

No podía seguir así, me dije. Me prometí a mí misma que cambiaría. ¿Esa noche tan extraña podía ser mi catarsis? Sí, debía serlo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s