TANATOS12

CAPÍTULO 5
Cerró la puerta tras de sí. No traía nada más que el traje oscuro y camisa blanca con el que la había visto con Edu, y un rictus tremendamente serio.
No decía nada. Yo tampoco. Posé el teléfono, ni sé en donde, y me acerqué.
Su seriedad dio paso a una emoción súbita. Pero contenida. Sus ojos comenzaron a brillar, por la humedad. Pero las lágrimas no desbordaban sus párpados, se quedaban allí, retenidas, en un equilibrio imposible.
Me acerqué. La abracé. Y se dejó abrazar, pero de una manera algo distante, no correspondida del todo. Me separé… la miré… No dejaba de estar guapísima ni a punto de llorar, no dejaba de estar increíble ni a punto de dejarme. Y es que aquella era la sensación que yo tenía, que en cualquier momento daría su estocada, en forma de frase: “Pablo, no quiero seguir contigo”.
Aquella frase, en mi cabeza, me hizo volver a abrazarla, y mi abrazo, de nuevo, fue sutilmente rechazado, por lo que fui reptando hacia abajo. Entregado. Ridículo.
Hasta que, ya arrodillado, abracé sus piernas. Y entonces sí que hablé en voz alta, y de mí salió un desesperadísimo “María, lo siento mucho, no me dejes, por favor”.
Arrodillado, abrazado a sus piernas envueltas en aquel fino pantalón oscuro, esperaba su primera frase, pero no habló, lo que hizo fue bajar sus manos a mi cabeza y enredar sus dedos en mi pelo. Durante unos segundos eternos yo no alzaba la mirada y ella no hablaba, solo jugaba con mi pelo, los dos al borde del llanto.
Hasta que le volví a insistir en que no me dejara, y poco a poco me fui poniendo en pie, y fue entonces cuando me dijo:
—¿Cómo te voy a dejar? Si te quiero. No sé por qué. Pero te quiero.
María me salvaba, como siempre, y no sentí alegría, sino más bien culpa y, sobre todo, alivio.
Me volví a entregar a ella, en forma de abrazo, y entonces sí que una lágrima desbordó su párpado inferior, corriendo, a toda velocidad, mejilla abajo. María se llevó la mano a la cara, matando aquella gota, como no queriendo mostrar tanta emoción.
—Pablo, déjame hablar a mí. ¿Vale? Hay muchas cosas que te tengo que decir antes de que me cuentes todo. Porque me vas a contar todo de una vez —dijo, seria, apartándome un poco.
—Vale, está bien —dije, dándole su espacio. Los dos, de pie, en el medio del salón.
—Lo primero que te quiero decir es que quiero posponer la boda.
—Vale —le interrumpí aliviado por haber escuchado posponer y no suspender.
—Déjame hablar, Pablo, por favor —dijo y yo asentí— La quiero posponer porque esto es una locura y no nos podemos casar así. Edu se va. Se va en un mes, definitivamente, y, ya hablaremos de Edu después, pero te lo digo porque su puesto seguramente vaya a ser para mí, así que le diremos a todo el mundo que me viene fatal la boda, y el viaje y el permiso por matrimonio y todo el rollo. Y si alguien no se lo cree me da lo mismo.
—Vale. ¿Quieres agua o algo? —pregunté.
—¿Me estás invitando a agua en mi propia casa? —preguntó, regalándome una pequeña sonrisa que me abrió el corazón incluso más que el tácito perdón que estaba exponiendo.
—En fin, he hablado con Edu —prosiguió— He esperado unos días para aclararme un poco y hoy he quedado con él y lo hemos hablado. Le pedí que me lo contara todo y, de una manera bastante extraña, ha pretendido defenderte, queriendo quitarle hierro a todo; me ha dicho que contactaste con él el año pasado, que le dijiste que querías que se acostara conmigo… y que solo le mandaste aquella foto… y que se arrepintió al momento de enviármela y que no la tiene nadie más. Yo no me creo nada. Se quiso como… quiso como cargar él con la culpa… Pero mira, su rollito ese que se trae o que se trajo me da igual, porque nunca sé de qué va. Pero mira, en tres cuatro semanas se va a un despacho de Madrid y no lo volveré a ver nunca más en mi vida.
—Es verdad, María, fue una chorrada. Fue todo una estupidez —le dije al tiempo que intentaba entender por qué Edu no había optado por venderme.
—No, una chorrada no, Pablo. Contactaste con un compañero mío de trabajo. Actualmente mi jefe… para… para que… eso. Y, para colmo, le envías una foto, que era para ti, con una pinta de guarra… en fin… con una pinta de guarra increíble… ¿Para qué? ¿Para motivarle? —preguntó, calentándose— Pues sí, voy a por agua —dijo, yendo hacia la cocina.
Ya de nuevo los dos en el salón fui requerido para contarle todo, todo lo que tuviera que ver con Edu. Hablé sobre cómo contacté con él, cómo incluso había llegado a quedar con él, cosa que a María no le gustó oír. Le conté hasta cuando me decía qué bikinis llevaría ella a su casa de la playa… lo que hizo que María se llevara las manos a la cara… Conté todo o casi todo, pues no le conté que había estado en su casa, que había escuchado cómo se follaba a Alicia. Y no le conté nada de Víctor.
—En serio, Pablo. No sé cómo has podido…
—Ya… No sé ni qué decir… —respondía, los dos sentados en el sofá— pero bueno, se va en un mes… y ya está— dije, sabiendo del pragmatismo de María y queriendo tirar hacia él.
—Es que de verdad… y yo escribiéndome guarradas con él el sábado… Se me fue totalmente la cabeza… y eso… ya… En fin. Que eso ya va con otro tema… Del que también voy a hablar yo primero.
—¿Qué tema?
—Pues el tema de la locura en la que nos hemos metido. Es que… de verdad… No me reconozco, Pablo.
Se hizo un silencio. Bebíamos agua. María se quitó la chaqueta. Acalorada. Sonrojada. Como si estuviera repasando mentalmente todas las locuras sexuales de los últimos meses. Cogió un poco de aire, de forma sonora, y dijo:
—Mira… yo no soy una ingenua ni soy una cría… sé lo que ha pasado y por qué ha pasado… y no te voy a culpar ahora a ti de todo, y, mira, si esto pasó pasó seguramente porque algo no iba bien. Igual sí que estábamos algo estancados en… en el sexo… no sé. Y hay cosas que, controladas, pues han estado bien… pero se nos fue completamente, Pablo.
—Ya…
—Y es que te lo dije muchas veces… Nunca debió salir de nuestra habitación. Los juegos… lo de fantasear… incluso los… juguetes sexuales, o cómo se llamen… están bien. Pero de puertas para dentro, Pablo. Se nos ha ido completamente de las manos. Qué locura… de verdad… lo de Álvaro y el otro… aquellos críos… ¿A qué fuimos allí? Y la locura de Roberto… Ir a… Ir no. Llamarle para… para que viniera a… a follarme… Es que no me lo puedo ni creer. Y lo de Marcos, en un portal de mierda, es que te juro que si llego a haber…. Es que dios… —hablaba María, nerviosa, casi temblando, sin querer si quiera verbalizar que Marcos no la había follado de milagro.
—Mira —incidió en su muletilla— como decía no soy tan tonta como para no saber que no podemos volver a un año atrás. Porque no. Porque sería engañarnos. Pero hay cosas intermedias. Siempre de puertas para dentro. Yo qué sé… por ejemplo… gracias a esto… pues hemos descubierto otras cosas… digamos, eso, intermedias… más normales… como cuando estaba con Marcos, en aquel pub… y tú me mirabas… y la gente me miraba… rollo… qué hace ese… con esa.
—Qué hace ese feo con ese pibón —interrumpí.
—No sé… dilo como quieras. Pues eso. Por ejemplo. Sé que a ti eso te gusta… y mira… pues tiene su punto. Yo qué sé. Quedar con alguien, no hacer nada. No hacer nada. Pero después contártelo y de puertas para dentro usar eso. Yo qué sé. Algo así. O… mira… si a ti te gusta que me miren… pues yo qué sé… pues un día… en una playa… dejar que me mire un chico, yo qué sé… Insinuarme o algo, que el chico crea que puede tener algo conmigo… y yo le corte… pues eso… algo así… algo… light… no sé. Algo que nos guste a los dos, pero que sea inofensivo. No estas locuras Pablo, y todo de puertas para dentro, no estas locuras… ¿Tú crees que…? ¿Tú crees que… no sé cómo decirlo… que lo del sexo… con Roberto… fue normal? ¿Tú crees que es normal que se nos vaya así la cabeza? Que creí que… creí que se la acababas… pues eso… y a mí casi… eso… ya lo viste… me da vergüenza hasta decirlo… que casi me rompe el culo, Pablo… un tío que no conocemos de nada… Por no hablar de que con ese tío pasamos miedo, Pablo. Después lo negamos, pero pasamos miedo.
A María le temblaban las manos y aquello era más visible aun cuando se las llevaba a la cara. Continuó:
—Mira, para mí es muy fácil decir que se acabó y que a partir de ahora solo tendremos sexo normal. Pero no me voy a engañar. Y tú sabes que tengo razón. Por eso te digo que, de vez en cuando, podemos hacer algo… no sé cómo llamarlo, como un algo intermedio.
En ese momento, mi móvil, situado sobre la mesita de centro, se iluminó, y un enorme “Víctor” fue visto por los dos.
—Es del trabajo —dije, medio trabándome, cogiendo el móvil y rechazando la llamada. Ella no dijo nada.
—Ahora quiero que hables tú —prosiguió— que me digas qué opinas, y una cosa está clara. Nunca. Jamás. Voy a tocar a nadie que no seas tú. Te planteo esos juegos, pero que entiendas que son para nosotros, para nuestro dormitorio. Nunca voy a tocar nadie. Esa locura se acabó.
Tras un breve silencio comencé a contestarle, primero pidiéndole perdón, una vez más, y después lo que hice fue darle la razón, reconocerle que se nos había ido de las manos y aceptando completamente esa especie de propuesta intermedia. No me detuve a pensar en si en uno o en seis meses iba a querer más e iba a volver a querer caer en aquella bendita locura. No. No después de llevar tres días aterrorizado porque me dejara.
Y, finalmente, acabamos llorando. Acabamos riendo y llorando, allí, en el sofá. Y nos dijimos que nos queríamos más veces de las que nos lo habíamos dicho en el último año.
Y la conversación no quedó allí, pues seguimos hablando, hasta la madrugada, en unos bucles en los que ella acababa culpándose y avergonzándose de todo lo sucedido. Se avergonzaba de sus mensajes con Edu… de Marcos… de todo. Y después volvía a culparme por lo de la foto, por la traición y por no haber querido dejar nuestros juegos para la intimidad de nuestra cama. Y yo volvía a pedirle perdón y de nuevo volvía a salir el tema de aquella huída hacia adelante de buscar el morbo de forma más controlada.
Me contó que el domingo pasado se había quedado a dormir en Madrid, en casa de una amiga, a la que simplemente le había dicho que había discutido conmigo y que al día siguiente había llegado a media mañana al trabajo, que había pasado por casa a por cosas y algo de ropa y que había llorado.
Hablamos también de llevar la boda a junio del año siguiente y repasamos la gente que sabía de nuestro juego. Ella decía confiar en Paula, si bien tampoco le había contado todo. Sobre Edu decía que suponía un enorme alivio que se fuera. Y, sobre Víctor, dijo: “Ese es un friki, todos se ríen de él, nadie le va a creer nada aunque se vaya de la lengua”.
Ya en nuestra cama, con la luz pagada, con los ojos hinchados de llorar, y el estómago alterado por habernos reído y por haberla recuperado, sentía que me quedaba dormido, abrazado a ella, pero alcancé a decir, en voz baja:
—Estos días he estado pensando en cuando nos conocimos, en aquellas semanas.
—Es curioso. Yo también —respondió.
—En el vestido amarillo —dije.
—Mostaza.
—Y en el naranja.
—Coral —rio.
—Y en…
—Y en el camisón crema, ¿no?
—Sí. ¿Aún lo tienes?
—Pues sí, por ahí andará.
Tras un silencio, ella dijo:
—Yo sigo siendo la misma, Pablo. ¿Y tú?
—Yo también— Mentí.

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