GABRIEL B

Capítulo 1

El visitante nocturno

Una de la madrugada. En el barrio impera un silencio casi unánime. Sólo lo rompe algunos gatos alzados que maúllan y ronronean sobre los tejados de algún chalét de este rincón de Buenos Aires, y algún que otro vehículo que se desliza suave por la calle.

                El intruso abre la puerta trasera de mi casa. Lo hace lentamente, intentando que la cerradura, al girar, no haga más ruido del estrictamente necesario. Se encuentra con la cocina a oscuras. Saca de su mochila una pequeña linterna y la enciende. Aguza los oídos. No oye nada, salvo el motor de la heladera vieja que vibra en una esquina.

                Guiándose por el delgado pero potente haz de luz, atraviesa la cocina y se mete en la sala de estar. No ve nada que le llame la atención. Más adelante hay una escalera de madera. Sube por ella. Los escalones, inevitablemente, emiten un murmullo quebradizo cuando reciben su peso. Aun así, el intruso hace lo posible para disminuir esos sonidos. El corazón le palpita aceleradamente, y siente una gota de transpiración que nace de su frente, y se desliza unos centímetros para terminar mojando la tela del antifaz negro que lleva puesto.

                Sí, el intruso usa un antifaz, al mejor estilo de el zorro. Nada de capuchas ni pasamontañas. Es de color negro, al igual que toda su ropa —Pantalón chupín elastizado, remera mangas largas ajustada, zapatillas deportivas—, y le cubre desde unos centímetros por encima de las cejas, hasta la nariz, la cual queda sólo con las ventanillas a la vista.

El intruso vislumbra la puerta de la habitación principal. Apoya la cabeza sobre ella. Intenta percibir si del interior sale el más mínimo ruido. Nada.

                Abre la puerta. Es una puerta nueva que fue colocada hace poco tiempo, por lo que sus bisagras apenas chirrían. El intruso apunta la linterna y enseguida encuentra la cama. En ella duerme mi mujer, Alexia, apacible y solitaria.

                El visitante nocturno se queda observándola largos segundos. Los labios finos de Alexia se abren y cierran levemente al ritmo de su respiración. Sus pómulos afilados brillan. Es un rostro bello y joven. La piel clara, heredada de sus ancestros suecos, pero las facciones más parecidas a la de su abuela del sur de Italia. Debajo de esos párpados cerrados, el intruso adivina grandes y expresivos ojos. Las pestañas largas arqueadas anuncian una mirada sensual y provocadora.

                El intruso se acerca. Se pregunta si de verdad está durmiendo. Agarra el acolchado y la sábana que la cubren. Tira de ellos, lentamente, y los hace a un lado. Ahora puede ver mejor a mi mujer. Su pijama es un sexy camisón blanco, con un escote incitante. El cuerpo es delgado. Sus curvas están entre la sutileza y la voluptuosidad.  El visitante nocturno huele el aire que rodea el cuerpo dormido de Alexia. Siente el rico perfume que se pone debajo de las orejas, el olor fresco de la crema que le da un aspecto luminoso a su rostro, y percibe el dulce perfume de ropa del camisón.

                Ella aspira y exhala, y su torso se infla y desinfla al hacerlo. Sus pechos, firmes y lo suficientemente grandes como para ser admirados, se encuentran sin corpiño. Al intruso se le hace agua la boca, cuando nota el pezón puntiagudo marcarse sobre la fina tela del camisón. La prenda es además muy corta. Los muslos están a la vista. Las piernas torneadas son ejercitadas todos los días con cuarenta y cinco minutos de trote, y ahora el intruso se deleita observando el exquisito resultado de la férrea disciplina de mi mujer.

                No puede evitar hacerse una pregunta. Si no lleva corpiño ¿Llevará bombacha?

                El sensual pijama sólo deja ver oscuridad entre las piernas de Alexia. Pero si la tela se corriera apenas unos centímetros hacia arriba, la pregunta del intruso quedaría respondida.

                El hombre, sin pensárselo mucho, estira la mano. Agarra la tela, asegurándose de no tocar su piel mientras lo hace. No saca la vista del rostro de mi mujer. Debe estar preparado si ella se despierta de improviso.

                Comienza a correr la tela. Los muslos quedan cada vez más expuestos. Mi mujer se remueve en la cama. El visitante nocturno frena su acto impúdico. Espera la reacción de alexia.  Pero se trataba de una falsa alarma, un simple cambio de posición. Así que sigue. Ve un lunar delicioso en una zona muy cercana al sexo. Sólo un poco más. El camisón sube lo suficiente como para comprobar qué hay en la pelvis de mi esposa. El intruso descubre que sí llevaba prenda interior, pero lejos de decepcionarse, se regocija al ver la hermosa tanga blanca de encaje que la cubre. Puede notar también, entre los tejidos de la prenda, que Alexia se encuentra completamente depilada. 

                El intruso la observa durante un rato. Recorre el haz de luz a lo largo del cuerpo de Alexia, evitando apuntar a sus ojos, para que no despierte. Ahora apoya una mano en el muslo derecho de mi mujer. Ella ni se inmuta, aún aferrada a los brazos de Morfeo. Los dedos se deslizan sobre la piel tersa. El visitante nocturno se encuentra erecto. El ceñido pantalón que viste expone su miembro erguido y duro. Siente un dolor placentero debido a esa presión.

                Deja la linterna sobre la cama, de manera que ilumine el cuerpo de mi esposa.

                Con la mano ahora libre, va a sus pechos. Más concretamente a uno de los pezones. Hace movimientos circulares sobre ellos. Le da la sensación de que se endurecen aún más y que los senos se hinchan mientras los toca. La otra mano sube, despacito, pero sin pausa. Se encuentra con la tela triangular de la tanga. La toca apenas. Los dedos bajan, acarician los labios vaginales por encima de la tela. El intruso cree notar que mi mujer se encuentra húmeda. La idea lo excita sobremanera. Sin darse cuenta, presiona más de la cuenta el pezón.

                Entonces Alexia abre los ojos.

                Primero se la ve confundida. Luego una expresión de miedo atraviesa su cara. El intruso apoya su mano sobre el rostro de mi mujer. La palma cubre la boca y los dedos se cierran como garras.

— Si llegás a gritar, te mato —amenaza el intruso, aunque no tiene arma a la vista. No obstante, su atuendo oscuro, su voz rasposa, y su determinación, parecieron suficientes para que Alexia obedeciera.

— Por favor, no me lastime, hago lo que quiera, pero no me lastime —suplica mi esposa.

— Perfecto, me gusta su actitud señorita. Por ahora lo único que quiero es que se mantenga en silencio y sin moverse. No hable ni haga nada, salvo que yo se lo diga. 

                Mi mujer asiente con la cabeza. Sus ojos verdes están desmesuradamente abiertos, pero no reflejan el pavor que debería tener.

                El intruso se deshace de la mochila que colgaba de su hombro. Se quita las zapatillas y se baja el pantalón. La erección es total, la verga esta firme como un soldado, colorada y venosa. Aprieta el interruptor de la luz, y la habitación de ilumina.

— ¿Qué me va a hacer? —pregunta Alexia—. Puede llevarse lo que quiera, no es necesario que me haga nada.

— ¿Por quién me tona? No soy un ladrón —dice el visitante nocturno. Se sube a la cama. Extiende su cuerpo encima del de mi mujer—. Tranquila, si se comporta obedientemente, no sufrirá ningún daño.

— ¿Me lo promete?

— Se lo aseguro. Ahora, silencio.

                El intruso sube un poco más el camisón de Alexia, y ahora ella queda desde la cintura hacia abajo, sólo cubierta con la tanguita blanca. Él agarra de la tela que está en contacto con la vulva y tironea de ella. La pelvis suave, completamente libre de vello va quedando a la vista. El intruso disfruta del silencio de mi mujer. Del silencio y de su sumisión. Ahora el sexo va asomando. Los labios vaginales tienen mucha piel, y el orificio tiene un color entre rojizo y rosado, que resulta hermoso. El visitante nocturno arrima su rostro entre las piernas de Alexia, y huele como si fuera un perro. Satisfecho al descubrir el aroma a sexo, lo lame. Alexia gime. Sus manos están aferradas a la sábana que cubre el colchón, y cuando siente la lengua frotarse con el clítoris, los dedos se cierras como tenazas. Alexia gime.

— Es toda una puta señorita; su marido debe ser un verdadero cornudo.

                Mi esposa no se molesta en defenderme. El intruso sigue comiéndole la entrepierna. Alexia gime, y su cara refleja el gozo que le genera esa situación humillante. El intruso frena su labor lingual. Ahora acaricia a Alexia, desde la cintura, y va subiendo, lenta y sensualmente. Las manos llegan a sus pechos, y ahí se detienen. Los masajea con fruición. Aprieta sus pezones, y mi mujer se muerde los labios al sentir la presión.

                El visitante nocturno se dispone a penetrarla. No se molesta en usar preservativo. Su miembro no es ni grande ni chico. Su tamaño es suficiente como para no sucumbir ante la inseguridad, como lo hacen tantos hombres. La penetra. Alexia cierra la boca, aprieta los dientes. Aunque quizás ya es tarde, parece querer reprimir los gemidos. Pero ante la segunda penetración, más profunda y contundente, ya no puede seguir con su mentira. Sus labios se abren, sus ojos destellan lujuria, la garganta suelta el gemido, y es mucho más fuerte que los anteriores.

— Te gusta ¿Eh putita? —dice el intruso. Mi mujer asiente con la cabeza al tiempo que suelta más y más gemidos a medida que ese hombre oscuro la penetra.

                Alexia se aferra a los hombros de su violador. Se abraza a él, y besa con pasión su cuello. Él larga un aullido de placer. Su orgasmo es inminente. Sin embargo, Alexia le gana de mano. Mi mujer se retuerce en los brazos del visitante nocturno. Larga un grito de satisfacción, y los gatos de los tejados le responden con maullidos. Sus piernas se cierran alrededor del intruso al tiempo que ella hace sensuales movimientos pélvicos mientras su sexo mana fluidos que van a impregnarse a la verga invasora.

                Quedan abrazados, agitados, la respiración entrecortada es un susurro en los oídos del otro. La verga ya fláccida sigue adentro de Alexia. Ambos sexos empapados de los fluidos del otro.

                El intruso se hace a un costado. Agarra varios papeles de cocina que están sobre la mesa de luz, y le entrega otros tantos a mi mujer.

                Se quita el antifaz. Miro a Alexia. Parece contrariada, tiene una sonrisa traviesa que sin embargo parece forzada.

— Estuvo bien ¿No? — dije, rompiendo el hielo.

— Sí, a mí me gustó —contestó ella.

                Desde hacía cinco años que éramos marido y mujer; desde hacía ocho que habíamos comenzado nuestra relación amorosa; y desde hacía diez que nos conocíamos. En su momento nos jactábamos de saber exactamente lo que el otro pensaba, como si fuésemos prácticamente la misma persona. Esa conexión sobrenatural se fue perdiendo de a poco, víctima de la madurez y la necesidad de un espacio propio, absolutamente necesarias en una relación duradera. Pero no necesitaba leer su mente para saber que su respuesta no era del todo sincera.

— Qué fue lo que no te gustó —pregunté sin dar más vueltas.

— Nada… bueno… quizás algunas palabras fueron innecesarias —dijo al fin.

                Pensé unos segundos, tratando de descifrar a qué se refería.

— ¿Lo decís porque te traté de puta, o porque dije que soy un cornudo? Era parte del juego…

                Alexia me miró con el ceño fruncido.

— “Si llegás a gritar, te mato” —dijo, imitando la voz exageradamente ronca que yo había puesto hacía un rato—. ¿Era necesario que digas eso?

                Me sentí indignado. La idea del visitante nocturno había sido suya ¿Por qué me echaba en cara que me haya compenetrado con el personaje de esa manera? De todas formas, decidí no decir nada.

— Vos actuaste muy bien. Hasta parecías asustada de verdad al principio —dije.

— ¡Me asusté de verdad! —dijo Alexia, soltando una risa—. ¿No te diste cuenta de que estaba dormida en serio? Cuando me desperté, hasta que me avivé de los que pasaba, tardé bastante en darme cuenta.

— Sos una boluda —dije, y los dos explotamos en carcajadas.

                Fui al baño a limpiarme los genitales. Alexia fue después, para darse una ducha.

                Me quedé meditando sobre lo que acababa de pasar. Me asaltó una pregunta que me había atravesado desde la primera vez que Alexia me había sugerido comenzar a hacer algo diferente en la cama: ¿No éramos demasiado jóvenes para empezar a recurrir a estas cosas? Si seguíamos así ¿Qué nos esperaba cuando tuviésemos cuarenta años? ¿Qué deberíamos hacer para seguir sintiéndonos excitados con el otro? La respuesta me daba miedo.

                Hasta hacía no mucho tiempo hacíamos el amor casi todos los días. Pero de a poco, casi sin que nos diéramos cuenta, el espacio entre un encuentro sexual y otro se fue agrandando. Aún lo hacíamos dos veces por semana masomenos, pero si seguíamos así, pasaría lo que sucede en muchas parejas conocidas: el sexo sería una situación excepcional.

                Escuchaba el agua de la ducha caer sobre el cuerpo de Alexia. Hasta hacía dos o tres años, esa ducha sería una invitación para que yo entre a jugar con su cuerpo mojado. Pero la última vez que lo hice me pidió que por favor me fuera porque no tenía ganas de hacerlo, y desde ahí que me cuesta mucho tomar la iniciativa.

                La llama de la pasión no se estaba apagando, pero no era ni la mitad de abrasadora de lo que era antes, y eso me asustaba.

                Un zumbido me sacó de mi ensimismamiento. Seguí el sonido, el cual se escuchó tres veces. Debajo de la almohada estaba el celular de alexia ¿quién le escribía a las dos de la madrugada?

                El celular no estaba bloqueado. Si quisiera leer el mensaje podría hacerlo sin problemas. Sin embargo, nosotros no éramos así. Solíamos contestar los llamados y los mensajes del otro, pero siempre con previo permiso del otro. Los celulares siempre estaban a la vista y nunca encontré a Alexia enviando un mensaje a mis espaldas, ni yo me sentí en la necesidad de hacerlo. Una de las cosas que nos enorgullecía como pareja era la confianza que depositábamos en el otro. Hasta veíamos con lástima a los amigos que teníamos en común, que fisgoneaban en la privacidad de sus parejas, con la excusa de que, si el otro no tuviese nada que ocultar, no era necesario que los celulares fueran de uso privado.

                Así que ni se me cruzó por la cabeza leer el mensaje. Es más, ni siquiera me molesté en ver quién se lo había enviado. No obstante, me quedó la duda.

                Alexia salió del baño, con el cuerpo húmedo envuelto en una toalla que apenas le cubría sus partes íntimas.

— Qué sexy, bebé —dije.

                De su cabello mojado caían algunas gotas que se deslizaban por el cuello de cisne de mi mujer. Me sentí excitado de nuevo. Hice a un lado el cubrecama y mostré mi semierección.

— Todavía querés guerra —ronroneó Alexia—. Está bien, te voy a hacer el favor para que duermas como un bebito.

                Sin despojarse de la toalla, seguramente sabiendo que me encantaba cómo le quedaba alrededor de su cuerpo desnudo, gateó sobre la cama y fue al encuentro de mi miembro. Lo agarró con delicadeza, apenas con dos dedos. Una de las cosas que más me calentaban desde la primera vez que tuvimos relaciones, es ver su hermoso rostro, con una sonrisa juguetona, a apenas unos centímetros de mi verga.

                Alexia movió mi miembro como si fuese una palanca. El tronco tocó sus labios. Su sonrisa se agrandó, ahora mostrando sus dientes. Me miró a los ojos, abrió la boca y comenzó a chupármela, sin desviar los ojos de mí.

                Acaricié su pelo con ternura. Ya a los veinte años hacía felaciones de manera tan hábil. Jamás me animé a preguntarle cómo es que había alcanzado tal expertiz. Ahora había llegado a un nivel de perfección tal, que en cinco minutos ya estaba a punto de hacerme estallar. Si ella quisiese podría mamarla durante veinte minutos seguidos, pero supuse que quería dormir enseguida, por lo que no le recriminé cuando sus masajes linguales se centraron en el glande, mientras me masturbaba y acariciaba los testículos con delicadeza. Mi eyaculación salió con debilidad, a causa del corto tiempo que transcurrió. Cuando iba a sacar el miembro de su boca, ella apretó más con los labios, indicándome que no lo haga. Succionó de la verga hasta que las gotitas rezagadas salieron al encuentro de su lengua. Abrió la boca y me mostró el semen que tenía adentro, para después tragárselo.

                Una señora en la vida, y una puta en la cama. Así debían comportarse todas las mujeres. Lo habíamos hablado muchas veces cuando la idea de una relación entre nosotros era algo tan absurdo, que no descostillábamos de risa cuando alguien lo sugería. Y desde que empezamos a salir llevó a cabo esa filosofía, a sabiendas de que yo la apoyaba. Aunque he de reconocer que muchas veces afloraron sentimientos oscuros cuando la notaba tan desinhibida en la cama. No soy perfecto, residuos del machismo de otras generaciones conviven con mi personalidad, en general liberal.

— Juraría que esta vez tuvo un gusto dulzón —dijo, colocándose el camisón con el que había sido ultrajada por el visitante nocturno.

— Pero ¿estaba rica? —pregunté.

— Sí —contestó Alexia. Se acomodó a mi lado.

— Creo que te llegó un mensaje —comenté.

— Ah ¿sí?

                Alexia agarró el celular. Fingí no prestar atención, pero, con esfuerzo, la observé de reojo. Una sonrisa afloró en su semblante.

— Estas chicas… —dijo, y luego soltó una carcajada.

— ¿Qué pasó? —pregunté.

— Nada… me preguntan cómo me fue con nuestro jueguito.

— ¿Les contaste lo que íbamos a hacer?

— Ay mi amor, me vas a decir que vos no le decís a tus mejores amigos lo que hacés conmigo. — Cosas tan íntimas no…

— Bueno, pero yo les cuento todo a Prici y a Eri, y a nadie más. Ellas son íntimas ¿Te molesta?

— No, me imagino que es normal. Quizá sería mejor que no me lo dijeras.

— Es verdad, ojos que no ven, corazón que no siente —dijo Alexia. Noté en su tono de voz cierto aire de misterio y de introspección—. Voy a dormir gordito. Buenas noches.

— Buenas noches.

                Me quedé despierto un rato más. No tenía motivos para creer que el mensaje no fuera de su grupo de amigas. Sin embargo, la primera duda había surgido por algo. Nunca me detuve a pensar en la posibilidad de que Alexia me fuera infiel. Siempre di por sentado que éramos felices. Pero conocía a muchas parejas que eran felices y de todas formas se traicionaban vilmente. Si revisara el celular de mi mujer, sobre todo los mensajes y las redes sociales ¿Me encontraría con alguna sorpresa?

                Y sin ir demasiado lejos. Aunque no me fuera infiel de hecho, si descubriera que tontea con algún hombre ¿Cómo me lo tomaría? ¿No era esa en sí mismo una infidelidad? Yo mismo había seducido a alguna que otra chica, sin concretar nada, por lo que me constaba que esas cosas eran de lo más normales, y muchas veces terminaban antes de empezar.

Pero no sabía si toleraría ver que Alexia hiciera lo mismo. La hipocresía y la doble vara para medir un mismo acto eran otros de mis defectos, por lo visto. Tal vez era eso, y no la confianza, lo que me instaba a no invadir la privacidad de Alexia. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, había dicho ella. Creo que nunca la había oído decir tales palabras, y más aún, no sabía que se regía por la filosofía que había detrás de esa frase. En realidad, estaba seguro de que no avalaba la mentira. Y más de una vez, en largas conversaciones nocturnas, habíamos concluido que ocultar ciertas cosas es equivalente a mentir.

                Por primera vez sentí que, tal vez, no conocía a mi pareja tanto como creía.

                El celular vibró de nuevo. Alexia murmuró algo entre sueños. Yo cerré los ojos e intenté conciliar el sueño, cosa que logré, con mucha dificultad.

Continuará

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