TANATOS12

CAPÍTULO 4
No tuve tiempo a reaccionar. Ni a alegrarme por su llegada, ni a asustarme por las posibles consecuencias de la misma. Irrumpió, sin miramientos, sin reparo.
La decepción me golpeó cuando vi que la propietaria de aquellos tacones era Paula, la cual apareció con una maleta roja, bastante grande.
Su pelo negro y rizado, su boca grande, su altura destacada, su delgadez. Me desagradó su presencia y más me desagradarían sus intenciones.
—Voy a la habitación de María. Sé perfectamente donde está, gracias —dijo, tremendamente arisca.
Me puse en pie.
—A nuestra habitación, quieres decir —repliqué.
Antes de que me pudiera dar cuenta ella embocaba el pasillo.
—No hace falta que me sigas, eh —quiso zanjar, sin girarse, caminando delante de mi.
—¿Vienes a por ropa suya?
—Obviamente —dijo deteniéndose—. Que ya le dije que eres tú quién tendría que irse.
—¿Está durmiendo en tu casa? —pregunté, sin dejar que acabara su frase del todo.
—¿No crees que deberías preguntar, lo primero, qué tal está? —dijo, quizás con razón, y con tremendo despotismo, antes de cerrar la puerta del dormitorio, dejándome fuera.
Desde el pasillo, a oscuras, escuchaba como Paula revolvía en su armario y metía ropa de María en aquella maleta. Era desolador.
Yo tenía la tentación de entrar… y, sobre todo, de hacer la pregunta que me mataba… de preguntarle si María pretendía dejarme. Pero no me atrevía.
Miré mi teléfono móvil. María había leído mi mensaje, pero no había respondido.
Volví al salón y Paula no tardó en aparecer. Y se fue sin decir absolutamente nada. Y recordé entonces que nos habíamos besado, mientras Edu se follaba a María, tras aquella boda. Y me parecía otra vida, aunque tan solo habían pasado seis meses. Y llegué a temer que, en un arrebato de confesión mutua, Paula le contara sobre aquel beso.
Fui a nuestro dormitorio. Abrí el armario de María. Todo perfectamente colocado. Intentaba adivinar cuanta ropa se había llevado, para cuantos días… pero era imposible de saber.
A veces tenía la sensación de que la ruptura era inevitable, pero a veces pensaba que el tiempo corría a mi favor. Que si no me había llamado o no se había presentado para dejarme durante las primeras horas, sería más extraño que lo hiciera a los tres o cuatro días. Quizás no tenía demasiado sentido, pero era lo que sentía.
Aquella noche me acosté mirando lo que le había escrito y no me había respondido. Y le volví a escribir, con sinceridad, si bien sabiendo que aquella frase no me beneficiaba: “Tendría que ser yo el que me fuera de casa, no tú. Te quiero mucho”.
No obtuve respuesta y al día siguiente no decayó mi sensación de alma en pena. Y acabé por convencerme de que tenía que verla. Hablar con ella. Así que, sin darle más vueltas, salí de mi trabajo y fui hacia la calle de su despacho, a última hora de la tarde, para verla salir.
Me coloqué en una esquina, nervioso, como una especie de detective privado en su primera misión. No sabía ni qué decirle, ni cómo abordarla… Temía que se violentase y me rechazase. Discreta, nunca montaría un número en público, por lo que sabía que su rechazo, de producirse, sería seco e inclemente como ninguno.
Vi salir a Edu, y me puse nervioso. Me preguntaba cómo habría salido él de perjudicado de todo aquello, o si habría salido indemne, si habrían hablado, si María le habría pedido explicaciones. Vi que él salía con Begoña, que no me pareció tan menuda como la primera vez, sino más mujer.
No me vieron, ni tampoco otra gente que me sonaba de la boda o de otras veces que la había ido a recoger. Hasta que salió ella, María, con Paula. Mi corazón se aceleró, di un paso, y me detuve, y ellas comenzaron a caminar en sentido opuesto. Iba a reiniciar la marcha, a caminar rápido hacia ella, pero no lo hice. Algo dentro de mí susurraba un “déjala”, extraño, y yo no sabía si era sentido común o cobardía.
Efectivamente, la dejé ir.
Esa noche le volví a escribir, diciéndole que la quería, y ella volvió a leerlo, y a no responderlo, en una conversación que era un monólogo, como una piedra Rosetta que iba quedando para la posteridad, alternando declaraciones de amor con peticiones de perdón.
Y al día siguiente me volví a convencer de que no podía seguir así, de que tenía que hablar con ella. Que tenía que saber si quería volver a casa… si aquello solo era una crisis de unos días… Pero sobre todo tenía que saber si aún me quería.
Otra vez en aquella esquina, agazapado, disimulando, seguramente mal, cuando, antes de lo previsto, algo antes realmente de la hora a la que solía salir, la vi, a María, en traje oscuro y camisa blanca, la vi abandonar el edificio y girar en dirección opuesta a mí. No salía sola… pero no salía con Paula. Salía con Edu.
Me quedé sin aire. La sangre recorría mis venas a una velocidad infinita. Y un millón de preguntas me asaltaban, la mayoría de ellas sádicas, sin compasión. Al contrario que el día anterior no llegué a dar ni un paso. Les veía alejarse, caminando uno al lado del otro… y una de las preguntas apartaba a todas las demás y se hacía casi tangible… “¿Y si fuera posible…?”
Me fui hacia casa, en una nube, sin saber siquiera por donde estaba yendo y, una vez allí, de nuevo, como tres días antes, el impacto me impedía llorar.
Pronto un sin fin de hipótesis me volvían literalmente loco. Quizás no fuera nada. Quizás quedaban para que él se explicase… o… quizás quedaban porque él realmente le gustaba… quizás todo había sido parte de un plan de Edu para que yo quedase como el culpable y él como el salvador que finalmente confesaba la verdad. Quizás… quedaban para… para que ella se vengase… de mí… Quizás se la estaba follando en aquel preciso momento en el que yo estaba allí plantado, en nuestro salón, con el móvil en la mano.
Miré precisamente mi teléfono. No podía más. No lo soportaba más.
La llamé.
Uno, dos, tres, cuatro… todos los tonos posibles hasta que saltó el contestador.
Pensé entonces hasta en llamar a Paula… pero no tenía su número.
Tan desesperado estaba… que llamé a Víctor.
Uno, dos… tres tonos… y rechazó mi llamada.
Caí desplomado en el sofá. Desquiciado.
Apenas pude cenar. Aquella tortura era superior a que me dejase directamente. Pensé en llamar a Germán, pero qué me podría solucionar él, ya a aquellas alturas.
Me imaginaba metiéndome en la cama, sabiendo que María se había ido con Edu, y me faltaba el aire. Pero seguían sin salirme las lágrimas.
Volví a llamar a Víctor… Y uno, dos… tres tonos… y escuché su voz, cuando, a mi espalda, escuchaba el sonido de la puerta abrirse.
Me giré. Era María. Colgué el teléfono.

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