ALFONSO DÍAZ DE LA CRUZ

«No tienes que mentirme, papá. Sé que no los ves. Los adultos, cuando se convierten en adultos, dejan de ver las cosas que los niños sí vemos».

No sé si me sorprendió más su conclusión, en definitiva terminante, y que llamaba a una seria reflexión a todos los adultos, o la cara de indignación y de molestia con que me lo dijo. Era evidente que se había sentido ofendida por lo que ella había interpretado como condescendencia de mi parte.

Verán, hace ya algunos años, poco antes de que tuviésemos la gran dicha de que mi hija llegara a nuestras vidas, mi esposa y yo plantamos un brote de jacaranda en el centro de nuestro jardín. No es que la casa o el jardín sean muy grandes, pero la jardinería nos servía para convivir y estrechar lazos, y a ambos nos hacía mucha ilusión tener un árbol en nuestra casa. Sabíamos también que iba a tomar mucho tiempo, años, pero era un acto de fe que nos ayudaría, nos dijimos, para cimentar aún más nuestra relación.

─ Si echamos raíces en nosotros ─comentaba cada día mi esposa mientras regaba el pequeño tallo ─, como esta jacaranda hace en el suelo, nuestra relación se fortalecerá cada vez más y más. Por tanto, el amor y cuidado que le prodiguemos nos ayudará a recordar que ese mismo amor y cuidado debemos de procurarnos a nosotros mismos. Y entonces verás cómo crecerá con raíces fuertes y algún día, estoy segura florecerá.

Y yo no atinaba a saber si esto último lo decía refiriéndose a la jacaranda o a nosotros, pero me parecía un símbolo sumamente acertado. Mi esposa siempre dijo, y lo sigue diciendo, que no se trataba de una jacaranda común, porque era nuestra, y eso la convertía en única y especial; una jacaranda llena de magia.

El tiempo pasó y nuestro árbol creció sano y fuerte. La relación también; al poco tiempo tuvimos a nuestra pequeña hija, y al día de hoy no ha habido semana en que no salgamos los tres a sentarnos bajo la sombra de nuestra jacaranda y compartir tardes en verdad mágicas.

Sin embargo, jamás habíamos tenido un episodio como aquel que compartí al principio de esta narración, hasta aquel martes de principios de verano.

Resulta que por primera vez, en todos los años de vida del árbol y de nuestra pequeña, la jacaranda floreció. Casi en un abrir y cerrar de ojos se llenó de cientos de flores violetas que al momento nos maravillaron; sobre todo a mi hija que, mientras el viento soplaba y hacía que las flores cayeran, gritaba emocionada tratando de atraparlas. «¡Mira, mamá! ¡Mira, papá! ¡Miren cómo vuelan! ¡Parecen vestidos de hadas que vuelan en nuestro jardín!».

Y nosotros asentimos con una amplia sonrisa en nuestros rostros y una mirada compartida de ternura  y alegría. Por un lado, nos regocijamos de verla así de emocionada; por el otro, tenía razón, realmente eso parecían.

Pasaron las semanas y los fuertes vientos que presagiaban el fin de la primavera hicieron lo propio. Al final todas las hojas terminaron cayendo y nuestra jacaranda se preparaba para otro ciclo en su proceso vital. Mi esposa y yo fuimos limpiando el jardín y recogiendo las flores secas hasta que no hubo ni una sola en lo alto ni en la base de nuestro árbol.

Después de varias semanas, nuestra hija entró corriendo muy emocionada a su cuarto, porque había encontrado una flor más, en perfectas condiciones, frente a la entrada de nuestro jardín. Algo muy extraño, pensé, porque ya habían pasado un par de lunas desde que cayera la última flor, aunque a veces la naturaleza da sorpresas como ésa.

Con mucha emoción y cuidado, la flor fue colocada en la mesita de juegos que nuestra hija tiene en su cuarto y, al momento, comenzó a hablarle, para después, terminar cantándole.

Esto no es para nada extraño, puesto que ella siempre ha sido muy delicada cuando de flores se trata, puesto que siempre que las manipula teme que éstas se puedan romper. Tampoco es extraño que les hable o les cante, puesto que su mamá le supo transmitir que ellas nos pueden escuchar y entienden lo que les decimos.

Lo extraño no fue eso, sino el hecho de que después de casi tres horas de haber recogido a la pequeña flor, nuestra niña seguía cantándole, como arrullándola. Como es alguien que, pese a lo emocional que puede ser, tiende a aburrirse con rapidez de realizar una misma actividad, mi esposa y yo entramos a su cuarto para preguntarle por qué le cantaba con tanto cuidado y cariño a la flor y, sobre todo, por qué lo había hecho ya durante tanto tiempo.

Nos respondió que cuando encontró la flor y se agachó para recogerla, pudo ver que en su interior había una especie de personitas pequeñas, aunque un tanto peludas y tímidas, que vivían dentro de la flor, puesto que ésta era su casa. Nos dijo que eran una familia y que se veían asustados. Nos dijo también que, por miedo a que el viento se llevara la flor, y con ello a la familia, decidió ponerla en su mesa y cuidarlos mientras ellos quisieran vivir ahí.

Incluso hasta nos comentó que en ese momento estaban todos reunidos en el comedor esperando que el guiso que tenían en el horno estuviese listo.

Conmovidos y maravillados por su imaginación y narración, mi esposa y yo nos asomamos al interior de la flor para seguirle el juego y ver a tan peculiares inquilinos. Fue entonces cuando lleno de emoción me giré hacia donde estaba ella y le dije que los veía.

Al momento, su cara de emoción se transformó en una de indignación completa.

«No tienes que mentirme, papá. Sé que no los ves. Los adultos, cuando se convierten en adultos, dejan de ver las cosas que los niños sí vemos».

Y dicho esto se fue muy molesta a la cocina, a buscar unas galletitas de postre para la familia que había encontrado.

No sé cómo explicarle que mi esposa y yo realmente vimos a sus inquilinos. Uno de ellos hasta nos saludó con una inclinación de cabeza y quitándose el sombrero.

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