LOLA BARNON

Vi mi móvil encima de la mesa y un par de mensajes de una red social. Curioseé un par de minutos por ellas y me detuve en uno que me sacó una ligera sonrisa. Me imaginé que la vida fuera como los tweets y followers, mensajes y contestaciones. Todo muy simple y sencillo.

En ese momento, no sé si al leer ese mensaje que incitaba al optimismo con cierta gracia, tomé dos decisiones. No cerraría la puerta a Nico. Pero tampoco lo haría conmigo. Leí ese mensaje de nuevo. Era una frase ingeniosa, a medio camino entre la gracia y la reflexión. Sonreí de nuevo y busqué en mi agenda del móvil. Marqué y no tardó en responderme.

—Esto es un milagro. Dios ha escuchado mis plegarias… —me contestó con una voz cordial y simpática.

—Hola Eduardo. ¿Qué tal estás?

—Bien. Pero desde hace unos segundos, mucho mejor. ¿Qué es de tu vida?

—Bueno… sigo casi igual.

—¿Casi…?

—Casi… Supongo que sabrás que mi novio y yo lo hemos dejado.

—¿Y por qué lo iba a saber?

—Por Patricia, que para eso la conoces. Seguro que los has visto juntos —dije con toda la intención.

Eduardo no contestó nada. Se quedó callado un momento y un corto silencio se extendió entre ambos. Di por hecho que sí, que en efecto, conocía que ya no estábamos juntos Nico y yo.

—¿Te puedo invitar a cenar o a tomar una copa, entonces? Recuerdo que te dije que si un día me llamabas, acudiría enseguida.

—Yo también me acuerdo… —dije.

—Pues entonces, al haberme llamado, debo cumplir con esa promesa. Iré donde me digas. Te invito a cenar o a una copa. Lo que sea…

—¿Cuándo?

De nuevo un pequeño silencio.

—Yo no he cenado aún. Me iba a preparar un triste sándwich… ¿Tú?

—Tampoco he cenado… Pero… es muy precipitado hoy, ¿no crees?

—No, las ocasiones hay que aprovecharlas. Creo que ahora es perfecto, y me encantan las sorpresas… —Recordé de nuevo ese tono simpático y burlón del día que nos fuimos a tomar una copa dejando a Nico con Patricia en su aburrida fiesta.

—No sé… ¿Hoy?, ¿En serio? ¿Ahora?

—Sí… ¿por qué no?

—Porque entre que te vistes, duchas, voy o vienes… se hace tarde. Lo mismo hasta cierran las cocinas… Es mejor que…

—Si el premio es verte Mamen —me cortó con suave seguridad—, a mí eso me da igual. Dame media hora y te recojo. Conozco un sitio de un amigo que nos dará de cenar sea la hora que sea. Y si no, se expone a que lo asesine, por lo que no tengo duda de que nos acogerá. Además de buen cocinero, tiene sentido común y aprecio por su vida.

Ahora fui yo la que se quedó callada. Me mordí el labio inferior pensando en que podía tener la oportunidad de empezar a salir del agujero en el que estaba. No es que me fuera a enrollar con Eduardo. Posiblemente no sucedería nunca, me dije. Pero era un chico simpático, amable y con una conversación inteligente. ¿Por qué no salir a cenar o a tomar una copa? Al menos, me convencí, me ayudaría a despejarme, a tener algo en qué pensar y que no fuera el eterno tema de Nico y de nuestra relación. O de Patricia y su presencia en la sombra.

—Media hora… Si no, me iré a dormir, ¿vale? —le dije con una sonrisa.

—Allí estaré. Te doy un toque para que bajes.

Luego llamé a Tania que empezó a reírse como una loca en cuanto se lo dije.

—Claro que sí, mi niña. Sal y diviértete. No piensas en nada. Ponte cañón y se la envidia de todas las que estén cenando o tomando algo —me decía mientras se escuchaba de fondo una especie de radio o de comunicaciones, supongo de la policía—. Lúcete y saca a esa mujer tan bestialmente atractiva que eres.

—Lo voy a intentar. Voy a ver si consigo despejarme y reírme un rato.

—Seguro que sí, mi niña.

—¿Tania…?

—¿Sí…?

—Gracias… En serio, muchas gracias.

3

Era inevitable

(Nico)

Desde que Mamen salió de mi casa, me costó mucho rehacer una mínima vida normal. Los primeros días la echaba de menos en cualquier momento. Todo me recordaba a ella; los muebles, vasos, vajilla, armarios, alfombras, cojines… Era como vivir con un fantasma a mi lado. Algo que nunca termina de irse ni de dejarte por completo. Fue muy duro.

Pero también, necesario. Mi confianza en ella se había desplomado. Aquellos mensajes de ese chico, un tal Adrián, el de Ibiza, me dejaron muerto durante unos segundos. Descubrir que me había mentido y que tuvo sexo con él la noche siguiente a que yo me fuera, me descorazonó por completo. Me había sido infiel, aunque eso, en nuestro mundo sonara extraño

Porque ante mis ojos, aquello definía perfectamente lo que yo sentía. Para mí aquello era una infidelidad mayúscula, y sé que esto es complicado de entender por los que conocieran nuestra relación permisiva a que Mamen tuviera sexo con otros. Me dolía mucho más la mentira que el sexo. O eso me decía yo.

Durante días recordé la noche en casa de Javier, y reflexioné sobre ello. Había una parte en que la culpabilidad recaía solo y exclusivamente en mí. Yo le abrí la puerta a Javier y permití que Mamen estuviera con él. Sí, eso era incuestionable. Pero había algo más y que, en soledad, terminé de comprender. Mamen había roto el equilibrio. Puede parecer egoísta por mi parte llamar a esto juego de dos cuando el incitador era yo. Pero lo entendía así. Mamen disfrutaba también de ese sexo. Eso estaba absolutamente claro. Ella misma lo reconocía. Y pensando en que debido a ese disfrute por su parte, esto se había convertido en algo de la pareja, sobrepasando mi mera incitación, Mamen había tomado un camino individual. Donde solo ella era la protagonista, la que decidía con quién se acostaba, cuándo y en qué circunstancias.

Y sí, sé que podía haber funcionado esta forma de vida. Ella no quería verme con otras. Y yo, la verdad, podría haber pasado de ellos. O reducirlo a la mínima expresión hasta que ella lo fuera tolerando.

Pero como me dijo Jorge, el hecho de que Mamen sintiera celos, era un parapeto, un escudo para ella y para mí. Yo, inocentemente, pensaba que todo estaba claro y diáfano entre nosotros. Que, a pesar de lo extraño y falto de convencionalismo que es abrir la pareja a otras personas, podía verse como algo manejable y cercano a nuestra sexualidad.

Pero yo entendía, y lo sigo haciendo, que si uno de nosotros tomaba un camino demasiado individualizado, ajeno a unas reglas básicas o cercano a la apetencia particular sin contar con la otra parte, nos adentraríamos en una senda peligrosa. Mamen, la tomó. Y empezó en casa de Javier, al quedarse toda la noche follando. Primero con Javier, luego con el tal Sergio. Y lo remató con Adrián en Ibiza. La primera vez, ya me pareció excesivo dentro de esa norma no escrita, pero que yo suponía que ambos debíamos cumplirla: yo permitía, pero siempre que mi opinión fuera tomada en cuenta. Insisto, era un juego de dos. De pareja. Desde mi punto de vista, Mamen, la incumplió. Y yo no supe atajar aquello de forma contundente en la misma discoteca. Sí, eso es culpa mía por no haber impuesto mi opinión en ese sentido.

La segunda noche con él, fue el colmo. Verlo en aquellos mensajes tan claro, tan nítido, destruyó la confianza en ella. Todavía recuerdo con claridad meridiana aquellos mensajes… Y sobre todo, la expresión «par de polvazos». Vulgar, directa; en plural. Yo quería creer y confiar en Mamen, pero me era imposible.

Estaba en ese momento pensando en si el tiempo sería capaz de restaurar nuestra relación, la confianza en ambos y si podríamos ser capaces de volvernos a querer como lo habíamos hecho.

Con Patricia, sin embargo, las cosas fueron relativamente bien desde el principio. Y con la calma suficiente como para que, poco a poco, se cimentara una especie de amistad o de querencia mutua. Hablábamos de nuestros problemas, de, cómo no, nuestras respectivas experiencias con exparejas. Ella se interesaba por Mamen. Yo, particularmente, nunca vi la inquina que ella veía en Patricia. Esa especie de manía acerca de que desde el principio ella quiso separarnos a Mamen y a mí. O que se aprovechó de nuestro distanciamiento para colarse entre nosotros. Nunca lo vi así.

En esa fiesta famosa, la antesala de los dichosos mensajes del tal Adrián, donde por cierto, Mamen se fue con un chico a tomar copas y luego con Tania, ella solo me contó su mala experiencia. Un exnovio maltratador sicológico que durante los últimos ocho meses, y con la intención de que ella lo dejara, estuvo haciéndole la vida imposible.

Fue duro oírlo. Y entiendo que para Mamen, si no tuviera esa especie de manía persecutoria sobre Patricia desde que la vio, también le hubiera resultado una historia verdaderamente triste.

El hecho es que Patricia, además de ayudarme a distraerme con el running y en el gimnasio cuando coincidíamos, me ayudó a superar nuestra ruptura. Lo primero que hicimos, y tras comprobar que Mamen intentaba comunicarse conmigo por todos los medios, incluso dejando mensajes en la recepción del gimnasio, fue cambiarnos a otro más cercano a la casa de Patricia y, por lo que pudimos comprobar, de mejores prestaciones. Sobre todo, por tener un club de corredores que nos iba muy bien a ambos.

Lo único que, en principio no le confesé a Patricia, fue la especial vida sexual de Mamen y yo. No comenté nada de Jorge, ni de Javier o las experiencias en casa de Javier. No lo hice, principalmente, por dos razones. La primera, porque no deseaba que su incomprensión hacia ese tipo de relación pudiera afectar nuestra amistad, en el sentido de que me viera como un pervertido. La segunda razón, y aunque sé que Mamen no me creerá, fue para preservar su intimidad, y que no se la tomara por una especie de golfa o ninfómana. Es muy complicado, o así lo entendía, poder transmitir esa forma de tener una relación, por así decirlo, abierta.

La primera vez que me acosté con Patricia, fue un par de días antes de que Mamen me viniera a buscar al trabajo de forma sorpresiva. Por supuesto no le dije nada. La vi muy desmejorada, con la cara demacrada, ojerosa y los ojos hinchados de llorar. Sentí lástima, pero no pude concederle apenas esperanza. Me había hecho mucho daño, la verdad.

Sentí que terminar con Patricia en la cama, era algo inevitable dada la situación de ambos. Tanto ella como yo, necesitábamos tener a alguien cerca con quien poder cambiar impresiones y refugiarnos de los respectivos fracasos. Y, porque tampoco se puede ocultar, el deseo del uno por el otro fue en ascenso a medida que compartíamos charlas, cervezas, reflexiones y risas.

Simplemente sucedió. Y a la primera vez, siguió alguna más. Espaciadas, no fueron muy seguidas ni excesivamente pasionales. Creo que los dos, conocedores de nuestras respectivas rupturas, no queríamos forzar ninguna situación.

Y en medio, volví a ver a Mamen… ¿por qué? No lo sé. Quizá fue esa foto en que los dos estábamos sonriendo y que permanecía entre los cientos que continuaban almacenadas en mi móvil. Puede que fuera su sonrisa, tan espontánea, tan bella. O simplemente, que aquello me recordó que habíamos sido felices. Puede que también, porque luego lo reflexioné en ese sentido, yo tuviera un acceso de culpa por haber sido quien introdujo la variable de los terceros sexuales en nuestra relación de pareja.

Sea como fuere, le puse un día un mensaje y me vi dándole unas esperanzas que yo, quizá no sentía del todo, pero que algo en mi interior deseaba dárselas. ¿Seguía queriendo a Mamen? Es posible. Supongo que los años pasados, la buena relación y sintonía que siempre habíamos mantenido, jugaba a favor de que, aunque me costara, volviera a verla.

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