MANGER

I. Hombres solteros

Tan mezquino en el tratar,

tan enrollado en su alma,

tan barato de comprar;

encorvado, corto o sobrado,

se niega siempre en entrar…

¡Cuántos ojos ya cansados

temen su complejo atar…!

Tan ralo, tan hosco,

tan torcido y deleznable,

tan esquivo e intratable,

tan odiado por las manos

cuando sufren no acertar…

¡Pardiez! ¡Qué pegas pone el mal hilo

cuando a la aguja le niega

entrarle por el ojillo!

II. Hombres casados

Me levanto entre dormido, trastrabillo

y con cierto miedo espero

que por mi bien no me coja

ensuciando el cenicero

mi bella dama en la alcoba.

Me tiene dicho que evite mi fumadero

a horas tan tempraneras,

que el tabaco mata el doble

si lo fumas de primeras en ayunas…

¡Y mucho más cerca de ella!

Después del primer café,

bien duchado, perfumado y pulcramente afeitado,

repeinado mi tupé a mi estilo campechano,

dispongo de mi corbata

y una camisa planchada de elegante cuello inglés.

Tomo aire, tranquilizo, pienso en filosofía,

alzo el cuello y comienzo a maniobrar;

doy un suspiro, me sonrío frente al espejo

y esta vez sí que confío en esa victoria final

que en el arte de esta guerra nunca llegué a alcanzar.

Ante el cristal me prometo ser más fuerte yo que él

y acometo el trabajillo con cara de circunspecto;

me acerco hasta mi reflejo para atacarlo bien recto,

por arriba, desde abajo, por los lados… Pero…

¡jo…pé…, el muy pelmazo se calza en el lugar que no es!

¡Maldito artilugio! ¡Insurgente! ¡Estúpido botarate!

Le doy la vuelta, lo tiento, lo agarro por el gaznate,

atolondra a mi pulgar por encontrarle el lugar…

pero, por más que insisto y lo intento,

una vez más se resiste a aparcarse en su local.

¡Caray… qué fobias más raras, qué guisas

le tiene el botón a la entrada de su pareja el ojal…!

¡Ay, Dios! ¡Nada…! ¡Que no quiere entrar

el puñetero botón de la maldita camisa…!

¡La madre que parió al botón, y para qué las prisas…!

¡Chatiiiii…!

III. Sólo hombres (u hombres solos)

Se ha comprado unos zapatos

en el centro comercial,

de esos que son baratos

y de un número normal,

con un precio fabuloso

que no se suele encontrar.

Cree que ése es su número y no se los va a probar…

¡Eso es…! ¡Sin parárselo a pensar!

Vuelta de nuevo a su osera contento llega el chaval,

entusiasmado en su compra,

con prisa tan visceral de quitarse las babuchas

y calzarse sus “hush puppies”

en esos pies tan cuadrados

que nunca llegó a domar.

Abre la caja y entre sus manos los toma

para intentarlos cuadrar.

¡De cordones…! ¡Sorpresa…! ¡En eso no cayó el chaval!

Creyó que era un mocasín sin necesidad de nudos;

pero es lo que pasa al comprar sin pararse a remirar

qué es lo que se lleva al morral el comprador desnudo,

si un chorizo, un salchichón, una morcilla de Burgos,

si un jamón de buen jabugo o un tarugo de jabón…

Se apacigua, se contenta… Un error es de cualquiera

que no tiene la experiencia de comprar sin influencias…

Va… Lo intenta… Se calza del lado izquierdo

procurando no apretarse su delicado tobillo…

¡Y entra…! ¡Albricias, es su número!

Y ahora llega el momento de cantar el alirón

haciendo el nudo correcto

y no hacer casi un ovillo con el maldito cordón.

La ciencia dice que un nudo es cosa que ha de ligar…

¿Acaso lo logrará? Esto es simple cosa de un poco más esperar.

¿Del lado izquierdo…? ¿O del derecho…?

¿A cuál mano someter y ponerla en posición?

En esas dudas le asalta una de mayor enjundia:

Él sabe si es diestro o es zurdo cuando se mira al espejo, pero…

cuando está detrás de un zapato cordelero…

¿él es el yo principal o tan sólo su reflejo…?

Ha pensado en devolverlos a su centro comercial…

Pero la cajera dijo que son pares de no devolver jamás.

Usa la mano izquierda haciendo un lazo simplón

apretando con dureza el nudo que le ha salido

de últimas y de primeras… Y clama: ¡Victoria…!

¡Pero el cordón se libera de esa grotesca presión

para soltarse al instante, apagándole la euforia

de creerle ya vencido con ese nudito inhibido y lleno de sinrazón.

Ya le cansa tanta maña que aprenderla aún no sabe,

por saber que el nudo aprieta pero que nunca le sale.

De nuevo acomete sobre la marrón trencilla

y de derecha la toma para gestionar ese lazo

que le impida liberarse del deseado apretón…

Pero de nuevo le vence, y observa con estupor

que el dedo gordo ha quedado, dolorido y apresado,

enredado entre ese lazo del despiadado cordón.

Por fin se libera el dedo; deja esa triste lucha

y alza sus pies desnudos al calzarse las babuchas.

Ni con maña ni con fuerza,

ni siquiera con tejer, pues la experiencia enseña

que un hombrón sin influencia

es un hombre sin mujer…

y lo mismo come un pavo

que el pavo le ha de comer.

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