TANATOS12

CAPÍTULO 3
Quizás por el sonido de la calle, o por el nivel de oscuridad, pero sabía que era la hora de salir de aquel sofá, ducharme, desayunar e ir al trabajo y afrontar aquel lunes, que se presagiaba desgarrador… sin María.
Pero me quedé unos instantes más, allí tumbado, sin prisa por mirar el móvil, pues sabía que María no me había escrito, y recordando lo que acababa de soñar, o de imaginar, pues no estaba seguro de si las imágenes que habían bombardeado mi mente justo antes de abrir los ojos obedecían a una cosa u a otra: En mi ensoñación María había pasado la noche con Roberto en Madrid, en su casa. Yo estaba allí, con ellos, pero como un fantasma, como aquella vez, la primera, en la que había soñado con ella y con Edu; yo no era visible, estaba allí, pero para ellos no existía. Roberto estaba tumbado sobre su cama, boca arriba, desnudo, y María, también desnuda, le montaba, parsimoniosa, sin prisa. Yo caminaba, bordeando la cama, de un lado al otro. Nervioso, pero también despacio. Me acercaba y me alejaba. Ellos jadeaban y suspiraban, contenidos, dándose un placer sentido y suave. Los movimientos de cadera de María eran rítmicos, sosegados, hasta amables.
Ella le confesaba entonces, feliz, y con una extraña conexión y complicidad, que se sentía liberada. Que en un principio había sido impactante y desagradable haber descubierto mi confabulación con Edu, pero que después había descubierto que había sido lo mejor que le podría haber pasado. Confesaba, con sus brazos en jarra, moviendo su cadera adelante y atrás, degustando la polla de Roberto con su sexo abiertísimo, que hacía tiempo que ya no me quería, y que por fin podría follar, de verdad, sin tener que estar yo delante. “Qué gusto… qué paz que me folles así… sin estar él presente…”, gimoteaba de puro placer, mientras le caía parte de la melena por la cara. “El mensaje de Edu no habría podido ser más oportuno… me he ahorrado años de estar con él sin quererle…” decía.
Miré mi teléfono y, efectivamente, María no me había escrito. Me fui a la ducha y allí me sentí tan consternado por mi sueño como por la realidad. El sueño era cruel hasta morir y temía que pudiera tener algo de cierto… y la realidad era que María estaba desaparecida, que en teoría nos casábamos en dos meses y que, lo más probable, pensé, era que la próxima vez que hablásemos, sería para dejarme.
Ya en el trabajo yo era una auténtica alma en pena. Dudaba en llamarla. Pero no me atrevía… Sentía que, en caliente, todo explotaría… y que aquello no me beneficiaba. Habían pasado unas veinte horas, pero sentía que la intensidad de su enfado y del drama en el que nos movíamos aún no había descendido.
En el aseo del trabajo metía mi miembro en mis pantalones, tras orinar, y me vi, reflejado en el espejo, guardándomela. Me vi, a mi pequeña polla y a mí mismo. Y no sabía quién había sido más culpable. Sabía que si mi mente retorcida no hubiera inventado el juego María seguiría conmigo, pero también sabía que, de tener un miembro normal, de ser un amante normal, de haber sido María una mujer plenamente satisfecha, no habría caído nunca, en mis trampas, en las de Edu, y en las de los demás.
Recordé aquel temor a que María descubriese mi pequeño, o incluso minúsculo… secreto. Recordé aquella noche, después de habernos besado por primera vez, volviendo feliz a mi casa, aunque siempre con el trasfondo de saber que existía una contrariedad oculta.
Durante las siguientes semanas estuvimos quedando, cenando, paseando… Fueron unas semanas maravillosas. El verano comenzaba. Yo estaba en una nube. Nos besábamos en cualquier parte. En cualquier momento. Y sus besos me llenaban tanto que no necesitaba nada más. Yo tenía treinta y un años y ella treinta, pero a veces parecíamos vivir una tardo adolescencia extraña, y es que… no teníamos sexo, ni nos tocábamos partes demasiado íntimas; ella por conservadora y yo por mi inconveniente escondido.
Pero, acabó sucediendo, de la forma más inesperada.
Fue una noche de viernes del mes de julio. María había ido a cenar con unas amigas directamente desde el trabajo, y yo, en mi casa, sin plan, comencé a sentir una imperiosa necesidad de verla, como solo se tiene en las primeras semanas de relación. No me valía con verla al día siguiente. En aquellos momentos de máximo enamoramiento a veces sentía una especie de necesidad de ella, que me oprimía, como algo más que un capricho, como una necesidad vital.
María acabó accediendo a salir del local en el que se encontraba para verse conmigo. No debería de ser más tarde de la una de la madrugada y corría un aire hasta fresco, para una noche de verano. Nos encontramos, por la calle, mientras hablábamos el uno con el otro por teléfono. Colgamos. Nos abrazamos. Nos besamos. Como si una guerra hubiera comenzado y yo tuviera que partir al día siguiente. Yo, seguramente despeinado, me había puesto casi lo primero que había encontrado por casa. Ella, sin embargo, iba de traje de chaqueta y falda gris y camisa azul. El contraste debía de ser brutal, pero yo de aquella no reparaba en aquella desigualdad o, al menos, no hasta lo enfermizo.
Sin querer, o queriendo, o por instinto nocturno… íbamos caminando y besándonos, alejándonos del gentío de la noche. María estaba algo borracha. No lo notaba en su voz, ni en su aliento, sino en el brillo de sus ojos y en el ímpetu de su lengua al jugar con la mía.
Acabamos en una especie de aparcamiento pequeño, encajonado entre dos calles desiertas y allí los besos se hicieron tórridos, hasta el punto que no pude evitar tocar lo que no había tocado en semanas; en acariciar sus pechos sobre la camisa, en acariciar su culo sobre la falda y en palpar sus muslos desnudos con tremenda excitación. La saliva fluía por nuestras lenguas y nuestros labios cuando un “¡Para…! Aquí no…” fue suspirado en mi oreja, entre cortado, al tiempo que una de mis manos subía por el interior de sus muslos.
María, apoyada contra un coche, me decía de palabra que nos podían ver, pero me decía con los ojos que sí, que era el momento de dar un paso más. Yo sabía que, si llegaba a allí, si alcanzaba a acariciar el coño de María en aquel callejón, su respuesta podría ser contraatacar y descubrir mi fraude. Pero sentí que ya era inevitable, que no podía seguir arrastrando aquella materia, que tenía que afrontar aquel examen, que era mejor suspender que seguir sin presentarme.
Todo comenzó a suceder muy deprisa. Mis manos, una vez liberadas de mi mente, se movían con inusitada pericia… tanto arriba, desabrochando los botones de su camisa, como abajo, subiendo su falda. Ella llevaba sus manos a mi culo y lo apretaba y me besaba, aunque más contenida que yo. Acaricié entonces sus pechos sobre su sujetador, y su coño sobre sus bragas… Durante unos instantes la tocaba, pero no la tocaba… y ella comenzó a abrirme el cinturón. La suerte estaba echada… María palpó mi miembro, sobre el pantalón y suspiró un “cómo alguien nos vea, me muero” revelándome que aún no se había dado cuenta del exiguo tamaño que yo contenía.
Sabía que en cualquier momento se desvelaría el secreto, pero aquello no impedía que mis manos siguieran tocándola, sobándola, con tremenda excitación y que… con la yema de mis dedos palpase la seda de sus bragas… Pulsé entonces, con cuidado… notando como dos de mis dedos se hundían, en una blandura exquisita, que me dejó sin aire… y ella jadeó en mi oído, con nuestras caras pegadas… E intenté apartar un poco sus bragas, para sentir su vello rizado… sus labios húmedos… pero sin conseguirlo, y nuestras bocas se encontraron y ella… ella sacó mi miembro, con una habilidad pasmosa, liberándolo de mis pantalones y mis calzoncillos… No tuve tiempo a nada… y pude sentir, en el beso… en su lengua, la sorpresa… el sobresalto…
Nos seguimos besando, pero podía sentir su fiasco en aquel beso, en su propia lengua, incluso más que en su mano, pues no me masturbaba, solo la agarraba, pero lo suficiente como para saber que apenas había nada que masturbar. Si su movimiento había sido rápido, más lo fue su abrupta separación una vez dio por zanjado el beso: se retiró, y yo me eché hacia atrás, la miré, con la falda algo subida, con la camisa abierta y con sus tetas llenando con elegancia y a la vez potencia su sujetador. Y no me cubrí. Mi examen estaba entregado. Ella me miraba la polla… y yo la miraba a ella. No vi nada en su cara. Mantenía un rictus serio. Cuando, bajándose la falda, dijo:
—Creo que vamos demasiado rápido.
Dijo aquello cómo podría haber dicho cualquier otra cosa. Lo que ella quería era escapar de allí. Desaparecer. Se cerraba la camisa, con prisa, y yo me cubría… en un malestar inenarrable.
Aquello fue terrible. La despedida fue horrible y llegué a casa destrozado. Hasta me llegaba a culpar por haber pensado que una chica como María se fuera a conformar con aquello.
En mi cama le daba vueltas a qué escribirle. Y no se me ocurría qué decir.
Lo cierto era que sentía que la había engañado, así que opté por enfocarlo de aquella manera: le acabé escribiendo, diciéndole que lo sentía, que tendría que haberla avisado, que era todo culpa mía.
Aquella fue la primera vez que estuve a punto de llorar por ella. Pero, cómo ya había dicho, ella me salvaba siempre.
No tardó demasiado en contestar:
—¿Estás loco? Es todo culpa mía. Pero ya te digo que no voy a buscar un problema donde no lo hay.
De nuevo me enterraba y me desenterraba a su antojo. Y me llevaba de la amargura al éxtasis en tan pocas palabras que me sentía totalmente en sus manos.
Durante las siguientes semanas volvimos a centrarnos en los besos, pero el elefante en la habitación era gigantesco. Sobre todo cuando nos besábamos en su sofá o en el mío, y cuando las despedidas se nos alargaban bajo el marco de su puerta.
Hasta que un día recibí un enlace en mi móvil. María me proponía pasar una noche de hotel en un pueblo costero cercano. Era obvio que ella había decidido probar, afrontarlo… pero su determinación no hacía que yo me tranquilizase.
Recuerdo pasear por aquel pueblo, por su paseo marítimo, llevando ella un vestido amarillo, mostaza según ella, de botones por delante. Yo estaba hecho un manojo de nervios. Sabía que de aquella noche saldría el todo o la nada.
Ya en la habitación del hotel María entró en el cuarto de baño y cerró la puerta, con un extraño pudor que después llegas a echar de menos, y yo me tumbé sobre la cama y dejé encendida tan solo la amarillenta y, para mi desgracia, excesivamente potente luz de la lámpara de la mesilla. Estaba tan nervioso que llegaba a hartarme de mi propio nerviosismo y hasta de mí mismo.
María salió vestida con un camisón claro, como color blanco desgastado, o crema. Sus pechos se le marcaban de una manera tremenda, y sus pezones, atravesando la seda, me dejaron sin aire por primera vez. Su melena parecía aún más espesa, y sus piernas más delgadas, y comenzó a acercarse, de manera indirecta, pues, antes de aterrizar conmigo, recolocaba cosas aquí y allá, retrasando lo inevitable.
Y lo inevitable fue que ella acabó en la cama, conmigo, y que nos besamos y nos mordimos en los labios y en el cuello, cómo las habitaciones de hotel piden a gritos… Hasta que, estando ya solo vestido con mis calzoncillos, acabó por sentarse a horcajadas, con sus piernas a ambos lados de mi cuerpo, y llevó sus manos ALLÍ… Primero sobó un poco sobre la tela… y después tiró de la goma… decidida… y descubrió, con calma, aquella pequeña polla que ya había tocado una vez.
Yo, totalmente desnudo, a su merced… y ella ante aquel pequeño miembro que brotaba, ansioso, ajeno a todo. Y no se demoró en acariciármela, con mimo, de una forma extrañamente afable… Hasta que sí, comenzó a masturbarme, con dos dedos, cómo tantas veces haría después. Me pajeaba, me miraba, y hacía un pequeño gesto, una caída de ojos, morbosísima, que yo vislumbraba por entre su flequillo, dándome a entender que disfrutaba ella también de darme placer así.
—¿Todo bien? —preguntó, al cabo de un maravilloso minuto, en tono bajo.
—Sí… ¿Tú?
—Yo muy bien. —respondió.
María asumía mi defecto, con entereza, con pragmatismo. Y yo la amé aún más.
Se deshizo entonces de sus bragas y se dispuso a montarme… A follarme… Con aquel camisón blanco que, cómo su vestido naranja, no olvidaré nunca.
Meses después me confesó, entre risas, que, en aquel momento, justo antes de subirse, de montar mi polla, había estado a punto de decirme “ten cuidado, despacio, no me hagas daño” pero que no tenía confianza para semejante maldad. Y sí, lo que vino después fue que María comenzó a rozar su coño contra mi miembro hasta que prácticamente se deslizó solo, por su interior. Recuerdo perfectamente la primera vez que María, con mi polla dentro, echó su cabeza hacia atrás, exponiendo sus pechos bajo la seda del camisón, emergiendo imponentes de su torso, mientras cerraba los ojos. Movía su cadera con cuidado, para no salirse y a mí me mataba del gusto. Y ya, aquella noche, sentí que mi polla nadaba en la enorme amplitud y humedad del coño de María, que sin duda estaba llamado a retos mayores, pero que se conformaba, porque me quería, con obtener aquel placer aceptable.
No se corrió allí subida, y no me dejó acariciar sus tetas desnudas, no me dejó liberarlas del camisón, siempre con disimulo, y con un extraño pudor que sumó al de no aceptar ser follada a cuatro patas, pudor, éste último que llegó a mantener durante meses. Pero, si no se corrió montándome, sí lo hizo una vez decidí llevar mi boca a entre sus piernas. Allí me afané, cómo nunca antes, y quizás cómo nunca después… hasta conseguir que sus muslos apretaran mi cabeza, y conseguí oír, en la distancia, su clímax, jadeado a lo largo y ancho de aquella habitación de hotel.
Recuerdo separarme, salirme de entre sus piernas, después de que ella se hubiera corrido, se hubiera fundido en mi boca… y sentir que ya me podía morir, que era lo máximo a lo que podría haber estado llamado a alcanzar. Yo y cualquiera.
María quiso zanjar absolutamente todo aquella noche, y, tras su orgasmo, dejó que me tumbara boca arriba y buscó mi final, jugando con mi miembro entre sus labios. Lo lamía y me miraba. Dejándome claro que no había ningún problema ya entre mi polla y ella. Y se la acabó metiendo en la boca, por completo, devorándola, devorándome… y su cuello se movía arriba y abajo y yo ni me atrevía a posar mi mano en su cabeza. Recuerdo perfectamente aquel inmenso calor… por tener mi polla en su boca, y sus golpes firmes con su lengua, atacando mi miembro por todos los flancos y con una humedad que me encharcaba hasta el vello púbico. Y me pidió que la avisara, que le anunciara mi orgasmo, y yo, tan preocupado por no manchar su boca, le pedí que parara, varias veces, en falsas alarmas, lo que hizo que sospechara, graciosa, que yo lo que buscaba era retrasar mi placer… cuando no era así… Hasta que acerté en los tiempos y un “¡ahora, ahora…!” dicho a la velocidad de la luz, hizo que su boca se apartara y su mano siguiera, matándome del gusto en una explosión infinita… que yo sentía y veía, con los ojos entrecerrados… viendo salir, brotar, el líquido blanco de la punta, manchando mi vientre y su mano.
Aquella liberación me hizo incluso más feliz que el primer beso. Pues era una felicidad en la verdad. Ya no había nada que ocultar.
Era indudable que aquello iba a seguir allí, sino cómo problema al menos sí cómo handicap, pero aquello no mermaba mi sentimiento de júbilo absoluto.
Seguramente los siguientes meses fueron los mejores de mi vida.

Como alma en pena, en el trabajo, recordaba todo aquello. Recordaba como María había aceptado mis malas cartas y como yo había roto la baraja.
Al salir de la oficina estuve tentado de muchas cosas. De llamarla. De escribirle… Y hasta de ir a su despacho a ver si la veía salir… aunque, si la viera… no sabría qué hacer.
Ciertamente me extrañaba mucho que se ausentase del despacho, por cómo era ella y por lo estrictos que eran allí.
Finalmente fui directo a casa. A nuestra casa. Y no pude más. Me arriesgaba a una ruptura en caliente. Recordé cómo se había ido el día anterior, con aquel “Y no me llames. Por favor te lo pido”, en un ruego desesperado y sobre todo justo. Pero no pude más.
La llamé.
Los tonos bombardeaban mi oído… pero no obtenía respuesta.
Y la volví a llamar.
Y seguí sin respuesta.
Y decidí que iba a escribirle.
Allí, sentado en el sofá de nuestro salón, me disponía a decirle cuanto la quería y cuanto lo sentía… A decirle que aquello no podía ser el final… Hasta que escuché el ruido de unos tacones… al otro lado de la puerta… Y el sonido de una llave entrando en la cerradura.

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