SILVIA ZALER

Tríos

Curiosamente, no tengo grandes experiencias con tríos, salvo alguna excepción. Pienso que hay mucho cuento con este tema y mi experiencia me avala. No es nada fácil hacer un trío. ¿No os lo creéis? Probad. El primer problema viene ya en el momento del planteamiento. ¿Con quién? ¿Cómo? Esto viene a cuento, porque cada uno somos muy diferente en el sexo. Hay quien es más activo, menos, o que en determinado momento se excita o modera. Quiero decir, que no porque una sea una puta loba en la cama, necesito complicidad para un trío. Los he hecho, sí. Y disfrutado. Pero no son fáciles.

Por ejemplo, la fantasía de dos hombres y una mujer. No solo ya les suele costar empalmarse con un hombre delante, sino que no todos se muestran receptivos a que tú, en un momento dado, estés dando placer a uno, pero no al otro. ¿Pensáis que es sencillo que te follen y chuparla a la vez al otro? No tanto. El ritmo de la embestida, si el que te está empalando es agresivo, condiciona la mamada al otro que puedo, o no, gustarle una mayor fogosidad o rudeza.

Comerte dos pollas a la vez es más fácil. En esencia, porque dominas la situación. Mamas esta, ahora la otra… Pero ¿y si no consigues empalmarlas a la vez? ¿Qué haces, te aplicas en una y dejas a la otra? Corres el riesgo de que decaiga, ¿no? Y si me contestáis que con viagra se soluciona, vale. Sí, aunque no todos los hombres responden en el mismo tiempo al efecto de la pastillita azul, ni a la duración del empalme. Pero sobre todo, diles a dos tíos que se la tomen a la vez y que esperen a que a los dos les haga el efecto de idéntica forma y en el mismo tiempo. No os penséis que eso es magia, bonitas.

Y luego está el ego de los hombres. Si te metes con dos en la cama, lo más posible es que ellos terminen compitiendo para ver quién es el campeón de los pollazos que te van a meter.

Entre las mujeres es más simple la complicidad. Gaby y yo, sin ir más lejos, la tenemos. Con Menchu es complicado porque entre que folla muy colocada y que se ha convertido en una máquina en la cama, no es sencillo combinarse con ella. Y con Martita, pues casi lo mismo. Su idea del sexo es la de ser ciclones y follar a tope. Un trío requiere, además de una mínima compenetración, una atención añadida por el tercero en cuestión.

Y luego, aunque no lo admitamos, si estamos con dos personas, siempre hay un preferido o preferida. En mi caso, siempre son los hombres. Y de hecho, en el fantástico trío que nos marcamos en mi casa Gabriela, Jaime y yo, mi intención, a pesar de comerle el culo a mi amiga, en esa imagen que no se me irá de la cabeza nunca, estaba dar placer y morbo a Jaime.

¿Esto significa que no he hecho tríos? No, los he hecho. No es lo que más me gusta, pero han sido varios con diferente resultado y suerte. El que más me ha gustado fue este al que me estoy refiriendo ahora: Gabriela, Jaime y yo en mi casa, hinchándonos a follar y a fumar maría.

En noviembre, a finales, hice un trío con dos tíos. Me lo propuso un chico con el que había follado un par de veces. Le conocí a través de una aplicación, y me propuso si me apetecía hacérmelo con él y con un amigo. Aquel día yo no tenía mi casa libre y tampoco estaba tan segura de hacerlo. Pero, por otra parte, estaba necesitada de polla. Llevaba desde la noche de Julián, sin catar ninguna que no fuera la de mi marido, y una quedada con Jaime, además, se había fastidiado a última hora. 

Llamé a Menchu, que para eso tiene siempre soluciones. Por supuesto, me dijo que podía ir a su casa y follármelos allí. Que ella, además, había quedado con ese mulato al que yo tenía echado el ojo y que todavía no me había llevado a la cama.

Me dije a mí misma que no había nada que perder. Que lo intentaría y vería qué pasaba. Estaba cachonda y me excitaba pensar en comerme dos pollas a la vez.

—Me voy a cenar con unas amigas —le dije a mi marido.

No me hizo mucho caso. Llevábamos unos días malos, con apenas comunicación. Lo notaba apático conmigo, con gestos de hastío y desencanto. No quería profundizar en ello, pero empezaba a intuir que las cosas entre él y yo no iban demasiado bien.

Se me ocurrió ponerle un mensaje a Gabriela. No para que se viniera, porque el trío estaba cerrado. Sino para saber de ella. Hacía tiempo que no coincidíamos en la cama ni compartiendo salidos o folladas. Su distanciamiento de nosotras era claro, sobre todo desde antes de verano, pero tras el mes de septiembre, casi total.

Qué haces, perra, que no sabemos nada de ti

Tardó en contestarme.

Todo normal, pero es q ahora salgo

mucho a correr y hacer deporte.

Te corres? jajajaja

Hice la broma consabida y de tan poca gracia.

Hago running. Me mola. Me quedo tranquila

 y le voy dando a mis paranoias

Tenemos que quedar, zorra.

Últimamente me rayo mucho.

Necesito pensar y tener las cosas claras

El misterioso ese que me gusta tanto, cacho perraca? jajajaja

Ya no me contestó.

No pensé mucho en ello. Quizá estaba de nuevo en una de esas crisis de golfería que le daban de vez en cuando. O ese hombre desconocido y del que no hablaba, y que le había enganchado.

Yo, ya focalizada en lo mío, les di la dirección y quedamos allí. Menchu me tenía preparado mi gramo de coca y la bolsa de maría que yo solía pedirle, y que su camello, obediente, traía. Quería tener algo en mi casa y no ir pidiéndole favores cada dos por tres. Pero Menchu insistía en que el camello era el suyo, y que prefería no darnos señas ni datos. Bueno, casi mejor. Los condones, por si acaso alguno de ellos no traía, los llevaba yo en el bolso.

Empezamos a charlar, a bailar y a tomar una copa. La cosa fue bien. Menchu se fue con su mulato y nosotros empezamos a tocarnos y a besarnos. Todo razonable. A la media hora, nos fuimos al dormitorio y me metí una raya en el baño. Necesitaba estar más cachonda y dispuesta para follarme a esos dos. Uno era mono, el que yo conocía. El otro parecía más callado y simplemente, estaba allí. Hasta ese momento no había hecho otra cosa que hablar conmigo cuando le pregunté a qué se dedicaba —informático— y a mirarme. Era delgado, mucho. Como los atletas de los maratones. Moreno, de ojos oscuros y, como digo, callado. Joder el cabrón cuando se puso a follar…

Parecía el conejo de Duracell. No paraba quieto un instante. Nervioso, excitado, inquieto. No lo hacía mal y cuando se centraba, mantenía un ritmo muy bueno de metidas. Pero, la verdad, me estaba poniendo nerviosa. En un momento dado, metiéndomela, y ya parecía que nos habíamos acoplado, me metí la polla del chico que ya conocía en la boca. Estuvimos así, casi un minuto, pero entonces, sin ningún tipo de aviso, ni de precaución por si yo podía hacerle daño al otro, empezó a acelerar próximo a la corrida. Me tuve que sacar la polla del otro y lo miré extrañada. Me la metía en la cama, yo estando a cuatro patas. Giré a cabeza hacia mi amigo y le hice un gesto de que no podía hacer nada ante la velocidad a la que me estaba follando. Sonrió y me dio a entender que se esperaba.

Termino corriéndose, por supuesto en el condón. Vi sacar su polla y había descargado una buena cantidad. Yo me quedé cerca, la verdad, pero prefiero las cosas más lentas, sin esa velocidad que parece que va a oler a quemado el látex del preservativo.

Continué con mi amigo, y el otro se fue al baño. Le di una buena mamada. En un momento dado, se cambió, se colocó un condón y me folló hasta que yo me corrí. Fue un buen detalle. Le compensé con otra mamada que le encantó. Se corrió con el otro mirándonos y otra vez con ese nerviosismo que me parecía algo entre gracioso y friki. El semen de mi amigo fue a parar a la alfombra del dormitorio y otra parte a la cama. Menchu era consciente de ello y después de los días de folladas traía un batallón de limpieza de una empresa.

—¿Te pasa algo? —le dije al otro, de nombre Antonio, cuando me tumbé en la cama—. Estás, no sé… agitado o nervioso. —Por un momento pensé que tenía necesidad de meterse algo y que la falta de estimulación le producía ese estado. Pero no. O al menos, me dio otra contestación.

—No, no… es que, no estoy acostumbrado a esto. Disculpa si te he molestado.

Su voz era casi de justificación y le acaricié la cara. Le di un poco del porro y aceptó con una calada moderada

—No pasa nada. Si te tranquiliza la maría, me lo dices y nos hacemos otro, campeón.

Mi amigo se rio y le dio una palmada en la espalda. Se conocían de la empresa. No es que trabajaran juntos, pero debían ser, por lo que deduje de una conversación posterior, compañeros pero de distintas delegaciones.

Estuvimos un rato charlando y me contaron que ambos estaban divorciados. Yo me terminé de fumar el peta de maría, para no perder el tono. Quería mi segundo orgasmo.

Lo tuve. Y esta vez con la velocidad del chico este, que me la volvió a meter a un ritmo casi frenético. Pero, a diferencia de la vez anterior, me corrí como una colegiala. Después de todo, pensé, era cuestión de cogerle el punto. Y de no poder satisfacer al otro, que esta vez, tuvo que conformarse con una mamada y medio paja que le hice en medio de la cama. Me salpicó en el brazo y algo en la garganta, pero no estuvo mal.

El resultado fue correcto, me lo pasé bien y ambos eran majetes. No he vuelto a verlos, aunque con el que ya había follado una vez, intentó quedar conmigo poco después, en un par de ocasiones. No le volví a ver, pero no por darle largas, sino que la razón residía en que Julián podía estar ese día en Madrid. Ya no me contactó más, y un día, hace un mes, que me acordé de él y busqué su perfil, había borrado la cuenta. Y del Duracell, no tenía el más mínimo dato, pero no me hubiera importado volver a experimentar esa velocidad de empotre que el chico tenía.

Llegué a mi casa a eso de las dos de la mañana. Mi marido dormía y me duché en bastante silencio con el caudal de agua a menos de la mitad. No quería despertarlo, pero necesitaba que se me fuera el pedo del porro y el olor a sexo y semen que tenía.

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