ISA HDEZ

Salían cada mañana a dar el paseo por la alameda cercana a su morada. Ella no lo soltaba de la mano, a veces le apretaba tan fuerte que le dejaba las marcas, como si tuviera miedo de que se le escapara. Él le decía que no tuviera miedo, que siempre estaría a su lado porque era lo más importante de su existencia, y su vida no tendría sentido sin ella. El recorrido abarcaba poca longitud, pero era especial para ellos. Sara eligió ese lugar en su día como el rincón de luz, paz y sosiego de su amor, donde se declamaban poemas y expresaban sentimientos que solo ellos compartían, entendían y guardaban para sí. Ahora Ramón se lo contaba para que lo recodara, o eso creía él, y le describía la cadencia de las ramas de los sauces como si fuera una reverencia, y los aromas de las flores a su paso como si Sara fuera la princesa del bosque de su pensamiento. Ella no entendía nada de lo que Ramón le narraba, pero él creía que sí y nada ni nadie le refutaba su evocación. Los que pasean por el lugar aún lo ven deambular hablando solo y, murmuran de que le hablaba a su princesa. Ramón relata que a veces la ve entre las ramas de los sauces, y le sonríe agradecido en el silencio, con lágrimas de tiempo. Sus almas se añoran, aunque él sabe que ella está vigilante, y en silencio, él le susurra poemas de amor a través del viento. ©

Un comentario sobre “El paseo

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