Mª DEL CARMEN MÚRTULA

En la Iglesia de San Esteban situada en la ciudad vieja de Jerusalén, fuera de las murallas, desde el siglo XIX los dominicos franceses tiene una escuela bíblica donde imparten clases de exégesis y arqueología bíblica. Desde su fundación, la escuela ha conducido investigaciones de sus dos frentes complementarias: de las búsquedas arqueológicas en Israel y en territorios adyacentes y de la exégesis de los textos bíblicos. Las clases se imparten en francés, aunque sus estudiantes suelen ser de varias nacionalidades y está abierta tanto a religiosos como a seglares.

En los años en que yo viví en esas tierras, estudiaban allí varios españoles, entre ellos una religiosa que se hizo muy amiga nuestra y por ella tuvimos la ocasión de participar en un viaje de estudio por el desierto del Sinaí durante casi una semana.

Fue una ocasión única para vivir la cuaresma de una manera diferente. Me propuse ir al desierto a encontrarme con Dios, puesto que no iba con espíritu de estudiante, y menos en francés, aprovecharía los tiempos de estudio para la búsqueda de Dios, en el sabor de los acontecimientos bíblicos; recoger las huellas de su presencia, y encontrarme con el fuego de mis propios deseos, mi la energía interna, la atención a mi momento presente…

Comenzamos el viaje en dos jeeps militares de una agencia judía, llevábamos provisiones para dos semanas previniendo la fatalidad de un posible retraso y por supuesto con más de un arma por si fuéramos atacados, además de estar en continua comunicación con la civilización por medio de la radio de los vehículos.

Pasamos la primera noche en la playa de Eilat arropados en nuestros sacos, lecho que nos acompañaría toda la travesía. La primera sorpresa fue despertarnos con el gruñido de unos camellos. Aquí tocaba vivir la experiencia de montarlos y hacerse la foto correspondiente. Después del desayuno, nos pusimos en marcha hacia el desierto, donde tuvimos que adaptar las ruedas de los jeeps para que pudieran rodar fácilmente por la arena.

¡Fue una experiencia increíble!

¿Qué salisteis a ver al desierto? (Lc 7,24).

El desierto es un paisaje árido, con sol deslumbrante y sombrías noches, con calor y frío, con paisajes siniestros, llenos de empinados ascensos y peligrosas pendientes, pero también lleno de extensiones desoladoras, largas y desesperantes llanuras que no conocen contornos ni orientación, y en las que todo está nivelado, aplanado.

Yo aprovechaba las horas del día para leer en la Biblia los pasajes del Éxodo y poder así, adentrarme en la experiencia de los propios israelitas.

Pero no me desentendía del todo de la expedición porque aprendí mucho sobre la civilización de los pueblos nabateos un antiguo pueblo ismaelita que en su período comerciante y nómada cruzaban esta zona y dejaron su huella con monumentos y sepulturas. Su capital, la mayor parte del tiempo, fue Petra, que está situada al sudeste del mar Muerto. Ciudad almacén de las mercancías procedentes de Arabia, India y del mar Rojo, y que ellos trasladaban en largas caravanas por las rutas comerciales de la época.

Nuestras comidas eran todas de latas de conservas que calentábamos en unos pequeños hornillos de gas, abundante fruta, pan y agua.

Por las noches, después de las Eucaristía en francés, concelebrada por todos los sacerdotes estudiantes, cenábamos y teníamos un buen rato de convivencia.   

¡Que hermoso el disfrutar de la experiencia del cielo nocturno en el desierto!

La observación asombrosa del firmamento cuajado de estrellas, y la constelación de Orión, mientras disfrutas del silencio, de la absorbente serenidad del mutismo nocturno, ¡es algo indescriptible! Y ¿qué decir de la experiencia de dormir en sacos, en la entrada de los valles, entre dos cerros, protegidos como puertas por los dos jeeps? ¡Increíble, pero cierto!

La llevaré al desierto y hablaré a su corazón (Os 2,16).

Son muchos los que han ido a lo largo de la historia y aun hoy van al desierto para encontrarse con lo Transcendente. Porque sin duda, es una buena oportunidad para encontrarse con una misma, para experimentar la soledad, el silencio, el alejamiento de la vida cotidiana, e incluso una buena ocasión para la reorientación de nuevas decisiones vitales. Ante la desnudez del paisaje que nos envuelve, quizás miremos en nuestro interior y tratemos de descubrir lo que verdaderamente es importante en nuestra vida.   

. El desierto nos refleja el alma débil, arrugada, desarraigada, apática, pero también palpitante, atenta, llena de color, de ímpetu, de luz. Ambas facetas se necesitan mutuamente para valorar la vida espiritual que encuentra allí sus formas de expresión: vacío, caos, aflicción, pobreza, despojo, serenidad, frugalidad, silencio, libertad…  En resumidas cuentas, es un espacio que nos puede proporcionar hermosas y profundas experiencias espirituales.

En esto estaba cuando me sorprendió la llegada a las faldas de la montaña del Sinaí. Habíamos recorrido 147,6 km hacia el sur de la península desde que salimos de Eilat. Llegamos por la tarde y ya no pudimos visitar el monasterio de Sta. Catalina, que está a los pies de la montaña. Como teníamos poco margen para dormir pues el plan era subir al monte en plena noche para ver amanecer en la cima, aquella cena fue rápida, y sin sobremesa, nos retiramos a descansar y sin casi cerrar los ojos ya sentí el movimiento de los demás y nos apresuramos para animarnos a subir 2.285 metros de una tirada.

El monte Sinaí, es una montaña situada al sur de la península, los oriundos del lugar le llaman Jabal Musa, nombre árabe que significa monte de Moisés. En él se recuerda el lugar donde, según el Antiguo Testamento, Dios entregó a Moisés los Diez Mandamientos. Es también llamado monte Horeb, porque con este nombre es citado en libro de Reyes, donde el profeta Elías se refugió en su huida (I Reyes 19, 1-18). Aunque la ubicación exacta del monte bíblico sigue siendo objeto de debate, este lugar ha recibido durante muchos siglos la visita de peregrinos que lo consideraban la famosa montaña. Ya en el siglo III de nuestra era llegaron ascetas con la intención de vivir aislados y dedicados a la contemplación religiosa. En el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano I ordenó construir ahí un monasterio fortificado para proteger a los ascetas y al mismo tiempo garantizar la presencia romana en la región. Aquel monasterio, al pie del monte Sinaí, se conoce por el nombre de Santa Catalina.

Subimos al monte. ¡Qué mal lo pase! Me faltaba la respiración, no me dejaban pararme. Me así a uno de los estudiantes franceses y este me arrastraba sin compasión. Yo me empeñaba en que aflojara la marcha y le invitaba a recrearnos en el paisaje, que sin duda era hermoso, pero él insistía en que si frenamos el paso sería peor.

Es necesario subir, dejar lo llano, lo seguro, lo conocido e ir hacia arriba. Toda subida implica esfuerzo, pero al mismo tiempo nos posibilita tener una mejor visibilidad y ser más libres.

Y así, casi sin aliento llegamos a la cima tras casi tres horas de ascenso. Allí encontramos una pequeña iglesia que, según afirman los monjes, fue edificada en el preciso lugar donde Moisés recibió la Ley. Junto a la iglesia hay una hendidura en la roca donde, según dicen también, Moisés se ocultó mientras Dios pasaba ante él (Éxodo 33, 18-23). A pesar del supercansancio, por fin pudimos disfrutar de un amanecer espectacular. Vimos hilera tras hilera de montañas graníticas rojizas que se perdían en la distancia, tras la llanura sembrada de rocas que yacían a nuestros pies. Y al sudoeste el (Jebel Katherina) monte Catalina, de 2.637 metros de altura, el punto más elevado de la región. El Sol comenzaba a asomarse por el horizonte y agradeciendo el merecido reposo mientras alguien leía los pasajes de Éxodo que narran las experiencias de Moisés en este lugar,

Después de aquel breve descanso, por lo menos a mí me pareció muy corto, nos decidimos a descender. La bajada fue más liviana. Durante veinte minutos bajamos, no sin esfuerzo los 750 escalones de piedra que conducen a la cuenca de Elías, una cañada estrecha que divide en dos el macizo del monte, de unos tres kilómetros de longitud. Según la tradición, Elías oyó la voz de Dios cuando se encontraba en una cueva de las inmediaciones. Nos detuvimos a tomar un respiro bajo un ciprés de 500 años junto al cual hay un pozo muy antiguo. ¡Cuánto agradecimos el agua fresca y clara, que nos ofrecía un acogedor beduino! Seguimos bajando hasta llegar a la puerta del monasterio de Santa Catalina, satisfechos de nuestra agotadora subida y convencidos de que había valido la pena.

El Monasterio de la Transfiguración o Monasterio de Santa Catalina está situado en la boca de un cañón de difícil acceso al pie del monte. Construido donde la tradición supone que Moisés vio la «zarza que ardía sin consumirse». Está atendido por monjes ortodoxos griegos, y es considerado uno de los monumentos más importantes de la cristiandad. No solo es célebre por su ubicación, sino también por los tesoros que guarda. Una de las bibliotecas más antiguas y famosas del mundo, en ella se guarda la segunda colección más extensa de códices y manuscritos del mundo, solo superada en número de ejemplares por la biblioteca Vaticana. En ella se pueden encontrar unos 3.500 volúmenes escritos (en griego, árabe, copto, hebreo, armenio, siriaco, georgiano y egipcio). En un tiempo también albergaba el inestimable Códice Sinaítico, hoy en el Museo Británico. Es notable una copia de un documento en el cual Mahoma concede protección al monasterio.​ También atesoran obras de arte únicas, entre las que se encuentran mosaicos e iconos rusos y griegos, pinturas encáusticas, ornamentos religiosos, cálices y relicarios. Entre los iconos que guarda el monasterio se encuentran algunos de los más antiguos del mundo, datados de los siglos V y VI.

Visitamos la iglesia de la Transfiguración, la iglesia abierta al culto más antigua del mundo; el patio en el que se encuentra el pozo de Moisés donde, según la leyenda, Moisés conoció a la que sería su esposa; la capilla de la Zarza Ardiente que, según los monjes, se encuentra en el lugar preciso donde Moisés percibió por primera vez la presencia de Dios. Dado que para los monjes este es el lugar más santo de la Tierra, se espera que los visitantes se descalcen, como Dios le mandó a Moisés que hiciera (Éxodo 3,5);  y finalmente nos encontramos fuera de los muros del monasterio, en el osario. Allí vemos amontonados los restos de generaciones de monjes y ermitaños, separados en altas pilas de huesos de piernas, huesos de brazos, calaveras y así sucesivamente. Las calaveras casi llegan al techo. ¿Por qué ven necesario disponer de un lugar tan macabro? Como los monjes solo cuentan con un pequeño cementerio, cuando muere uno de ellos, tienen la costumbre de sacar los huesos de la sepultura más antigua para enterrar en ella al difunto. Todos los monjes prevén que sus restos acabarán algún día en el osario, junto a los de sus compañeros. A pesar de esta nota final un tanto lúgubre, no hay duda de que valió la pena el tiempo que nos llevó el recorrer el monasterio, aunque a los visitantes de a pie no nos dejan ver los tesoros más valiosos. Pero a pesar de ello, sin duda se disfruta conociendo tan famoso e interesante monasterio. Una joya en el desierto.

Por la tarde nos acercamos a un vergel, un oasis en pleno desierto. Nos parecía que habíamos llegado al Paraíso Terrenal, después de tanta arenas y peñascos. Un jardín precioso de palmeras con un pozo en el centro. Allí nos encontramos con un campamento de familias beduinas, que haciendo honor a su hospitalidad nos obsequiaron ofreciéndonos té con hojas de menta. Desde eses edén pudimos divisar la otra orilla del golfo de Suez. Habíamos recorrido de parte a parte todo el cono sur de la península.

Y vuelta a casa después de casi seis días.

¡Cómo agradecí el placer de una buena ducha!

La experiencia del desierto me hizo palpar la debilidad e impotencia de mi persona, y me obligó a buscar la fuerza en Dios. Pero, lo que hizo más mella en todos nosotros fue la idea de que tal vez hayamos andado por los mismos caminos que pisaron Moisés y el pueblo de Israel allí, en el desierto de Sinaí, durante cuarenta años.

Un comentario sobre “En el desierto del Sinaí

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