JUAN CARLOS LÓPEZ BRAVO

El tráfico ese día en Madrid era imposible. Por mucho que iba haciendo caso al navegador de Google Maps, todo lo que veía en la pantalla eran rutas en rojo, y las nuevas sugerencias eran aún peor que las anteriores. Clara sentada a mi lado iba callada, yo veía salir humo de su cabeza que estaba a punto de explotar en un ataque de ira dirigido hacía mi por haber llegado a recogerla una hora tarde. Hoy se casaba una de sus mejores amigas, Sara, y además no le gustaba llegar tarde ni a su propio nacimiento. La iglesia estaba al otro lado de la ciudad, muy cerca de la Plaza de España, y ahí andaba yo, varado, como una ballena herida en la playa, en la Gran Vía. No es que hubiera mucho tráfico esa tarde, ni que fuéramos lentos, es que llevábamos parados sin movernos, justo enfrente del teatro Lope de Vega, treinta minutos. El silencio dentro del coche, que se podía cortar con un cuchillo, solo se interrumpía externamente por el estruendo de miles de cláxones sonando desesperadamente —para nada— intentando ser la voz de la queja de ese tremendo atasco.

— No sé qué habrá pasado —me atreví a decir, para romper ese silencio que me estaba matando poco a poco.
No contestó, era su forma de torturarme. Se había puesto guapísima para la ocasión, con un vestido de gasa rojo, palabra de honor, unos preciosos zapatos de tacón de aguja, también rojos y un recogido que dejaba al aire su maravilloso cuello, una obra de arte que Dios había puesto ahí para que le sujetara la cabeza.
— Estás guapísima —dije, intentándolo de nuevo.
— Estoy a punto de bajarme del coche —dijo—, como eso ocurra, no me vuelves a ver el pelo en tu vida.
— Hombre, Clara —dije con confianza—, no me puedes echar la culpa de este atasco.
Giró lentamente la cabeza hacía mí con cara de odio. Me acordé de la película del exorcista cuando la niña empezaba a girar la cabeza, pero inmediatamente saqué esa imagen de mi cabeza. Afortunadamente el tráfico comenzó a moverse en ese momento.
— No ves, ya se mueve —dije. Y metí primera… «cállate», pensé para mí mismo, «no abras la boca».
Pasados otros treinta minutos, conseguimos llegar a la iglesia, y después de un tortuoso cuarto de hora dando vueltas buscando aparcamiento, dejé el coche tirado en una esquina.
Entramos en la iglesia, no me quiso dar la mano, ni me miraba, aguanté el chaparrón de su indiferencia como pude, pero sufriendo mucho, ella sabía cómo machacarme.
La iglesia de Santa Teresa y San José (que así es como se llamaba el templo, que por cierto a mí me encantaba su preciosa cúpula bizantina de colores) estaba completamente llena, así que nos pusimos en la última fila en un lateral que quedaba libre. Al fondo se veía el altar y los novios que estaban de espaldas. Miré a nuestro alrededor y no conocía a nadie, pero es normal, pensé, habían invitado a trescientas personas y nuestros amigos estarían más adelante. Intenté descubrir por dónde iba el ritual.
Era una lectura, escuché atentamente … «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros como yo os he amado…», si todavía está en las lecturas, pensé muy contento, aún no les ha casado. Miré a Clara, pero solo de ver su cara se me quitaron las ganas de decir nada.
Siguió el ritual con un salmo responsorial y una segunda lectura de Tobías, que hablaba de su boda con Sara. Entonces comenzó la celebración del matrimonio…, el cura comenzó con el consabido… «Queridos hermanos, estamos aquí, junto al altar, para que Dios garantice con su gracia vuestra voluntad de contraer Matrimonio ante el ministro de la Iglesia y la comunidad cristiana ahora reunida…», afortunadamente habíamos llegado a tiempo para ver casarse a Sara y Juan, me había salvado por la campana.

El cura siguió hablando…
— Isabel y Pedro —dijo—. ¿Venís a contraer Matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente?
¡¿Isabel y Pedro?!, se ha confundido, pensé, vaya fallo del cura. Miré a Clara, pero ya no estaba, se había ido y salía disparada por la puerta de la iglesia, me quedé allí clavado viendo cómo se casaban los tales Isabel y Pedro.

El resultado final de todo este embrollo que os estoy contando fue que Sara y Juan se habían casado en la anterior boda que había sido una hora antes, había dos ese día, que mi coche se lo llevó la grúa, que Clara me abandonó y que conocí en la iglesia a otra chica, Laura, amiga de la tal Isabel, la contrayente, y que ahora es mi mujer. Además, y esto me lo han contado, Sara y Juan se divorciaron al año, ya que ella descubrió que mi ex, Clara, estaba liada con él, Juan, desde antes del matrimonio…

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