TANATOS12

CAPÍTULO 2
Llegué a casa y el silencio de nuestro apartamento me acusó con una intensidad asfixiante. Sentía que cada pared, cada mueble, me señalaba. Y seguían sin salirme las lágrimas. Quizás sentía más miedo incluso que pena. Ni siquiera odiaba a Edu por delatarme, pues tenía muchos sentimientos en cola antes que el odio, de hecho, seguramente el odio a mí mismo estuviera mejor clasificado.
No tenía hambre y vi en la cocina unas patatas de bolsa. Recordé cómo María se reía incrédula cuando me veía comer aquellas patatas fritas con pan. Una manía. Me gustaba. Y ella no lo podía entender, como yo no podía entender que le gustase la comida del avión o del tren. Siempre que se metía conmigo por aquello yo le respondía con la misma réplica.
No podría vivir sin ella. No podría vivir si me dejase. No podría vivir sin aquellas banalidades. Sin verla hablar con su madre por teléfono cada domingo por la noche; de un lado para otro, como flotando por la casa.
Pensé que quizás fuera cierto eso de que quieres cuando la tienes, pero amas cuando ya no está. Y yo ya sentía que la amaba, como en un presagio de lo que podría venir.
No la quise llamar. Y sabía que ella no lo haría. Sabía que tenía que dejar un tiempo. Que atosigarla solo empeoraría las cosas. Todos los absurdos y manidos “déjame que te explique” ya los había usado en persona con nulo resultado.
Me senté en nuestro sofá. Completamente hundido. Preocupado también por dónde dormiría María aquella noche. Qué haría. Tenía un par de amigas en Madrid. Era lo que se me ocurría. Que quedara con Roberto, por ganas o despecho, en seguida lo descarté. Lo descarté al recordar su cara al irse. Estaba rota. No era decepción, era mucho más, era desgarro puro.
Me quedaba dormido en nuestro salón mientras recordaba aquel mensaje de Celia, aquel de “Yo solo te digo que vas bien”, y recordé que aquella fue la primera vez en la que pensé que quizás sí. Fue la vez en la que el “y si” se hizo gigantesco. Pensé que sí, que podría ser. Que podría salir con ella. Que podría besarla. Que podría ser mi novia.
Sin embargo había algo que no acababa de encajar, como si todo obedeciera a una especie de mascarada en la que todos confabulaban, haciéndome creer lo imposible, para después fustigarme con la crudeza de la realidad. No obedecía a una particular inseguridad por mi parte, sino a que hablábamos de María.
Cumpliéndose mis malos augurios María comenzó a comportarse con mayor aspereza. Apenas respondía a mis mensajes y me daba largas para vernos. Pensar en que todo quedase en un par de cafés, unos vinos y una cerveza, me producía una amargura inenarrable. Y la cosa no mejoró cuando un viernes, ya de junio, le insistí en tomar algo y ella respondió: “Voy a estar en una terraza con unas amigas, pásate si quieres”.
“Pásate, si quieres”. Como uno más. Como un desconocido. Como nadie. Al menos así lo sentí.
Me saqué el puñal del pecho y, ya cada vez con menos temor a descubrir mis cartas, conseguí convocar a un par de amigos para coincidir en la misma terraza, poniendo en preaviso a María de que hacía tiempo que no iba a aquella plaza y de que yo también estaría con unos amigos.
La sensación era de última oportunidad. Cuando llegué con ellos nos sentamos en una mesa cercana a María y a sus amigas. La busqué con la mirada, y, una vez la encontré, ella me saludó en la distancia y siguió hablando, como si tal cosa. Ni ademán de levantarse. Quizás me la devolvía por no haber ido a saludarla. Quizás pasaba ya totalmente de mí.
Con el tiempo te das cuenta de que la incertidumbre es lo bonito. Que antes de que te remate la rutina te mata la certeza. En aquel momento, en aquella plaza, con los rayos del sol bajos y diagonales iluminándonos por entre los edificios, yo estaba en la incerteza más absoluta.
Lo de María en aquel atardecer cálido y bullicioso no era normal. Ya estaba morena, con un color en su piel que ni el mejor filtro ha conseguido lograr. Su vestido suelto y anaranjado parecía captar la atención del sol y de la luz, dejando a sus amigas y a todo lo demás difuminado. Sonreía mostrando unos dientes blanquísimos a cualquier ocurrencia de sus compañeras y después bebía de su cerveza. Siempre sin mirarme.
Tenerla allí era como una especie de lo que podría ser y no podía ser. “Será para alguien y no para mí”. Me llegué a culpar de haber creído que podría haber pasado algo entre nosotros.
El sol caía y no me había mirado ni una sola vez. La luz aclaraba sus ojos, cristalizándolos, haciéndolos casi transparentes, como transparente me sentía yo, que me encontraba cada vez más cerca de abandonar.
No me fijé en si los chicos la miraban con deseo o si sus amigas la miraban con envidia. Yo aún no era así.
Mis amigos y yo habíamos pedido la cuenta cuando María se levantó. Pude verlo por el rabillo del ojo, ya que una cosa era perder y otra ser humillado, y mirarla directamente sin recibir respuesta no sería derrota sino escarnio. Se levantó, para ir al baño del local, y para ello tenía que pasar cerca de nuestra mesa. María me superó, sin decir nada, y bajé la cabeza. Hundido… Pero, de golpe, sentí algo en mi hombro; más que un pellizco, menos que un agarrón, un toque sutil. Tocado… Aquel toque me había hecho renacer. Quizás fuera absurdo, pero aquel toque era la certeza de que sí.
Tan obnubilado me quedé por aquel roce buscado que ni me percaté de que había vuelto y se había sentado de nuevo en su silla. Cogió el móvil y entonces yo decidí atacar:
—Tenemos las tardes gastadas. Deberíamos quedar tú y yo mañana. Por la noche —le escribí.
Ella miraba su teléfono y la espera hasta que me leyera y reaccionara me tenía sin aire. Yo ya no me cortaba en mirar hacia una cara que no se levantaba. Su melena espesa cayendo sobre su escote tostado le tapaba parte de la cara, y yo necesitaba saber cuanto antes.
—Me sobran la mitad de estas —respondió, desesperándome, refiriéndose a sus amigas.
—A mi me sobra toda la plaza menos tú —me inmolé.
—Vale, podemos quedar mañana. Así me cuentas sobre tu amigo morenazo que tienes al lado. El de la camisa azul. Es guapísimo.
El tiempo se detuvo. Sentí que se hacía un silencio, como si todos los allí presentes supieran que me acababa de asesinar. Mi corazón dejó de bombear sangre.
Sentí rabia, pero no la odié. Me odié a mí mismo por ingenuo.
Me rompí en mil pedazos en lo que se tarda en leer una frase. Y qué responder a eso… Si ya me había matado.
Alcé mi vista del teléfono y la miré. Seria. Guapa hasta el sadismo. Y de golpe movió sus labios, como pronunciando algo, pero sin emitir sonido alguno, como queriendo que yo leyera sus labios entre el gentío. Pude leer perfectamente, por la exageración voluntaria de sus carnosos labios un: “Es broma, tonto”.
No tengo absolutamente ninguna duda de que María me gustó desde el momento en el que la vi. Pero enamorarme… me enamoré en aquel momento. Dulzura, gracia, flirteo, sadismo y erotismo en una frase, en un vestido naranja, en una terraza del mes de junio. María me enterraba y me desenterraba a su antojo. El poder debe de ser eso.
—Vale, quedamos mañana. Pero tengo una cena a las nueve. Si quieres quedamos aquí mismo a las once —escribió, enfrascada en su teléfono, entre el barullo de su mesa.
No nos despedimos. Lo quise dejar así, quizás ella también. Pero, una vez en casa no me pude resistir a escribirle diciéndole que me gustaba su vestido naranja.
—Es más bien coral, jeje. Buenas noches —respondió, sin posibilidad de réplica, desquebrajándome palabra a palabra.
Veinticuatro horas más tarde, a las once de la noche en punto, yo estaba sentado en aquella terraza y vi llegar aquel vestido coral en la distancia. Siempre dijo, después, que fue su primer regalo y que, de habérselo pedido directamente, habría ido de negro.
Nos saludamos. La olí. Me trastocó aquel olor. Y, durante las horas siguientes hablamos, bebimos y reímos como si el mundo se fuera a acabar al salir el sol. Yo ya estaba enamorado hasta las trancas y sentía que algo le tenía que gustar. Cuando se hacía algún silencio y nos mirábamos, mi parte timorata me decía a mí mismo que estaba demasiado lejos, mientras que mi parte entregada me pedía a gritos que la besara.
Planteé tomar la última en su casa, pues con cinco cervezas y dos copas es fácil hasta plantear el atraco a un banco. Y, cuando subíamos en su ascensor, le dije que ojalá se parara otra vez.
—¿Para qué? —preguntó.
—Para besarte —respondí, no dando crédito a mi estupidez de película de media tarde.
María no dijo absolutamente nada, ni emitió señal alguna. Como si hubiera escuchado un idioma de una tribu por descubrir.
Recuerdo verla pelearse con la cerradura de la puerta de su piso; con aquel vestido, aquellas sandalias, aquella melena que le llegaba hasta la parte baja de la espalda, y con su olor, mezclado con el de aquel edificio. Aquel olor que es nostalgia pura. Quizás nostalgia incluso de aquel yo.
Una vez en su apartamento tenía dos problemas: que no pasase nada y que pasase algo. Y no sabía qué era más grave. Si su rechazo o mi desnudo.
María sacó dos cervezas de su nevera y se hizo un silencio atroz. Me dio una y le pregunté por los imanes que había allí, escrupulosamente ordenados. Tras explicarme el origen de cada uno nos envolvió otro silencio sepulcral. La miré. Me miró. Estábamos casi pegados. Yo no tenía más excusas ni más cosas de decir. Acerqué mi cara a la suya.
Allí de pie. En la cocina. Frente a la nevera. En el más absoluto mutismo de todo el edificio. Mis labios entraron en contacto con los suyos. Cerré los ojos. Recordaré aquel olor y aquella boca húmeda de la primera vez toda la vida. Y cómo yo convertí aquel pico en beso. Y cómo me dije: ”estoy besando a María”, como si mi cuerpo necesitara confirmación oficial de mi mente. Recuerdo temblar y posar mi mano en su cintura, el tacto finísimo de su vestido, que casi me hacía sentir su piel. Su lengua en contacto con la mía y algo que me subía por dentro como si no hubiera besado nunca. Y ella cortó el beso, y yo la besé en la mejilla, buscando repetir, pero ella no quiso, o al menos se apartó lo suficiente como para darme a entender que no quería seguir.
Nos fuimos al sofá y la conversación ya no fue tan fluida. Por primera vez, desde que la conocía, cuando ella hablaba yo pensaba en otra cosa; pensaba en si habría algo que le impedía repetir aquel beso conmigo… Un ex… Que yo no le gustase realmente… Que besase mal… Se me ocurrían más y más motivos mientras ella me hablaba, también por primera vez, sin demasiadas ganas.
Ya en el umbral de la puerta nos despedimos con dos besos que no me dieron pie a intentar nada. Llamé al ascensor y me dijo entonces que esperara un instante, y entró de nuevo en su apartamento y salió con una bolsa de plástico en la que había un par de cartones.
—Bajo contigo y de paso tiro esto —dijo.
—No, no deja. Te lo bajo yo —respondí mientras ella cerraba la puerta y entraba conmigo en el ascensor, haciendo caso omiso a mi propuesta.
Mientras el ascensor descendía yo no sabía si estaba mejor o peor que antes. Y, otra vez, la incertidumbre me tenía arrodillado ante ella… Cuando, de golpe, María pulsó dos botones del ascensor a la vez y éste se detuvo. Posó la bolsa en el suelo y me miró. Y de mí salió un “¿Qué haces? ¿Y ahora?”.
—Querías el beso aquí, ¿no? —dijo, rematándome, fulminándome, enamorándome aún más.
Nos besamos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, como si el tiempo se hubiera detenido. Nos besábamos, nos separábamos… Nos besábamos en las mejillas, despacio, en el cuello… Nuestros labios se restregaban húmedos… se acariciaban… con una ternura absolutamente inusual para apenas conocernos. Nuestras manos sostenían nuestras caras y acariciaban nuestro pelo y nuestros cuellos. Allí, en aquel ascensor, con una bolsa llena de cartones en el suelo, con aquel vestido naranja, o coral. Nos besamos apasionadamente, pero contenidos. Aún con miedo. Sin saber a qué. Ni me planteaba tocar nada. Como si pudiera romperla, a ella y el momento. Me excité, pero sabía que no sería descubierto, pues ella no tocaría nada, no por romperme, sino por rectitud. Hasta que alguien llamó al ascensor y acabamos en el sexto.
Me despedí de ella, en el portal, con un largo y sentido beso, y una caricia involuntaria, de su mano en la mía, o de la mía en la suya, en un azar maravilloso que nos hizo sonreír.
Y entonces, recordándolo, en aquel sofá, en nuestro sofá, en nuestra casa, sí lloré. Lloré a mares y me odié a mí mismo, y odié a Edu, y odié mi estúpido juego, y odié haberla empujado a ser follada por Edu, por Álvaro, por Guille, por Roberto… Me odié como nunca y lloré hasta quedarme dormido.

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