ELEACHEGE

Fue aquella noche, una de las tantas veces que coincidimos. Pero la primera sombreada por una oscuridad sin testigos. Casualidad que me hallaba solo. Ese día había terminado con un fuerte trabajo de jardinería. Cansado estaba cuando me senté en la acera a la espera de mis amigos de tertulias. No la sentí llegar.  Tuve un  pequeño sobresalto y me levanté cuando preguntó por la hora. Al responder, presté atención a sus ojos y así cayó  la capa inicial. Las manecillas marcaban las 8 p.m. El sonido sordo y lejano de la octava campanada de la iglesia confirmó la hora. Cargaba un bebé colgado de su hombro y sostenido con el brazo izquierdo. Llevaba blusa blanca ajustada, cubierta de una ligera chaqueta de mezclilla. Bajo una falda ligera y floreada, ocultaba toda la parte baja de su cuerpo. El corto y brillante cabello negro servía para resaltar el grisáceo de sus ojos de perro azul. Pero vi la melancolía  escondida tras su rostro. No sé por qué recordé algo que es común en la mujer casada. El deseo de amor, comprensión, protección, sexo y felicidad. A veces por el incumplimiento varonil, ese deseo pierde sentido. Muchas se resignan y son pocas quienes buscan soluciones drásticas. Eran memorias de lectura, más no de experiencia.

También recuerdo que esa noche estaba sorprendido de haber retenido por mucho tiempo, mis ojos en su figura. Algo que antes no me ocurría. Ahora imaginaba su cuerpo parecido al de mi madre de hace diez años atrás. Ana canturreaba al bebé y yo no hablaba, pero pensaba. Tenía formas más redondeadas y mejor distribuidas que mi novia y otras chicas que me gustaban. Además tenía cadencia en las poses y en el balanceo de su cuerpo al entrar en movimiento. Me empezó a atraer desde ese momento. Pero no era una atracción producto de la turgencia de sus pechos, sus caderas o su trasero. Era algo más espiritual, más místico, más emocional y sentimental. Tenía ganas de abrazarla. Pero recordé a la madre de José, cuando me advirtió que era mujer ajena.

Habitaba al lado de mi amigo de liceo y de juegos. Casi siempre la encontraba al ir de visita junto a otros compañeros, a casa de José.  Ella regaba su jardín y saludaba. También frecuentaba  la casa y se entretenía al vernos jugar a las cartas o al ajedrez o ensayar canciones donde a veces hacía parte del coro. Estudió música y tocaba el piano, me dijeron. Ella me ofrecía la poesía de mujer apasionada reflejada sus ojos. Pero yo aún ignoraba esas conexiones. Desconocía de los atractivos permanentes que puede generar una mujer casada. Debía fidelidad a mi novia. Un día corté una rosa blanca y se la regalé. La mamá de José vio el gesto y la acción de ella al sonreír y colgarla de su blusa. Entonces me dijo aparte y al oído «Hijo, no juegues con candela, Ella es la esposa del vecino Longoría, alguien mayor».

No entendí el mensaje. Mantenía las hormonas alborotadas por la edad, pero calibraba y cobraba de momento otras opciones. Eso sí… ¡Se parecía tanto a mi madre en fotos de cuando era joven!  Y yo amaba a mi madre. Era el amor de mi vida.

Pero, esa noche sí que lo entendí y eso me hizo sentir hombre. Fue cuando al abordarme la miré a los ojos y me sostuvo la mirada. Sucedió en momentos que todo alrededor resplandeció y sentí la atracción. Entonces, recordando otras ocasiones, comprendí que siempre me había mirado, mientras yo solo la veía. Testigo sin nombre fue la niña que llevaba en brazos. También la farola que alumbraba las sombras caídas por la oscuridad en aquella parte de la calle 13. Aguas locas embriagaron mi corazón. Ella una mujer de rezo con treinta y dos años y seis de casada, yo de dieciséis rumbeando la adolescencia. Al parecer la conexión sentimental encontró la rosca y nuestros picos sexuales estaban por encontrarse. Ella, con su matrimonio haciendo aguas y otras aguas haciendo desastre en mis estudios liceístas, que necesitaban de un aliciente. Me habló que trataba de dormir a la hija de su hermana que la visitaba. Que le gustaría ser madre, pero no embarazaba. « ¿Y tú?» No entendí y no respondí. No sabía que decir. Solo le pedí acompañarla de regreso a su casa. Pero no tomamos calles. Caminamos tras los patios de las casas. Paseamos por caminos de hierbas y en algún momento la tomé suave de la cintura para sortear baches. Ya no la solté y juntábamos caderas con frecuencia. Eso me producía un soterrado calor pélvico. Para intimar, le recitaba poesías  y tarareaba canciones conocidas. Ella retozaba su cabeza entre mi hombro y cuello riendo feliz. Así,  sin palabras de amor, me poblaba con su aroma de mujer. Era un aroma natural distinto del perfume, de la loción. Lustros más tardes al encontrarnos y comentar, «Aromas de ovulación» me diría José. Pero, mientras tanto, solo vivíamos el momento, no había avidez. No había siembra, ni siquiera surcos. Ella volcaba su frustrada adolescencia y yo empezaba a llenar mi naciente y sentida adultez. Sin proposición alguna estaba armonizando con su simpatía, sus encantos.  Enamoraba su sonrisa y sus hoyuelos en las  mejillas al sonreír. Los cerezos estaban florecidos y tendían una alfombra amarillas sobre la hierba. Eso  confundía el camino. Llegamos a una larga pared que servía de división al solario trasero de su casa y la de José. No muy lejano se oía el rumor de olas del mar. Ya el camino de hierbas se había hecho arena. Es cuando Ella toma con afectos una de mis manos  y susurra:

—Espera, dejo la niña y vuelvo. Mi esposo no regresa aún, está en una reunión. Toma pastillas para dormir toda la noche. Tiene cincuenta y cuatro años y no da más.

No entendí sus últimas palabras. O no me atreví a creer lo que entendía en ese momento y por ello no presté atención. No pregunté nada.

Al regreso hizo una muestra de cómo entrar al patio de su casa. Había una puerta metálica, oculta por altas y desgarbadas matas de flores de embeleso que arropan toda la pared. Pero respetaban el cerco eléctrico. Tenía una llave. Entramos. Vi unos cubículos y muebles de esparcimiento que bordeaban la piscina. Estaba desordenado y descuidado todo el ambiente. Al abrir el garaje me señala un Maserati Ghibli para exhibirse Longoria en ocasiones importantes, un Toyota Corolla que Ella utilizaba y Logoria andaba en la Toyota RAV4 para trabajar. También una Harley Davidson y un velero que hacia escalas entre el garaje, destino y el muelle.

—Envidio a su marido por tener propiedades tan costosas y una bonita esposa. Debe sentirse usted una mujer dichosa y feliz.

—De nada vale tener propiedades costosas y una bonita mujer, sino sabes darle el uso adecuado.  Eso no da dicha ni felicidad.

Vi la tristeza reflejada en su rostro y le sonreí al ofrecerle mis servicios de jardinería para fertilizar el suelo. También, resembrar, cortar el césped, limpiar el estanque, pintar paredes y ayudarla en las tareas que requerían de fuerza.  

—Eres un joven muy guapo y aparentas ser familiar y servicial. Hablaré de esa propuesta con mi  marido y estaremos más cerca.

 No sentamos en un banco de concreto revestido de granito. Miraba al cielo y conversaba sobre ciertas estrellas,  sus señales e  influencia en la personalidad, en el destino.  Nos despedimos con un abrazo que causó pálpitos acelerados en el corazón. Su encanto y sus emociones, me cautivaron. Percibí que por vez primera comprendía los sentimientos de una mujer. La mujer a veces y sin proponérselo, carga la desnudez de su cuerpo y de su espíritu en el rostro. Y así, sin compromisos, trazamos encuentros de mil y un sueños esperanzadores.

Después de eso la miraba todas las noches en tanto velaba mis sueños. Unas de pie parada junto a la cómoda con piernas largas y bien torneadas. Otras sentada al borde de la cama con glúteos firmes y muslos redondos bien labrados. Pensaba que era demasiado joven para esposa de Longoria. Ella siempre se vestía antes de entrar en mis sueños. Ahora y bajo otras sensaciones yo buscaba las tiernas y firmes carnes de su cuerpo al mirarla. De ser posible, juro que me las llevaría a casa. Mi novia y mi madre encelaron. Por distintos motivos se despidieron y no quisieron ni sonreír, ni aparecer alguna otra vez en mis sueños. Esa indiferente actitud de mi madre me trajo recuerdos de cuando Ella me bañaba en esa etapa de cuatro a seis años.  Aquella sensación de placidez que se producía en mi cuerpo cuando  sus manos me rozaban el vientre al lavarme y al secarme. Entonces, yo la compensaba besando sus labios o su mejilla.

Ahora recuerdo de cuando yo jugaba con sus senos para tratar de quedarme dormido. Después papá me alejó de Ella y no quiso devolvérmela. Sentí alivio cuando Él murió, pero Ella ya no era la misma. El tiempo me ha ayudado al  olvidar sus mimos.  También añoro las veladas vespertinas de merienda con té de mi madre y sus elegantes amigas. Ellas me alzaban en brazos o me sentaban en su regazo. «Éste hijo tuyo es un pícaro, habla sin dejar de mirarnos los senos» Me llenaban de besos y caricias. Al despedirse, Yo apresaba a todas inclusive a la anfitriona.  A la hora de dormir formaban el harén de mujeres maduras de cuarenta. Ellas bailaban para mí la danza árabe. Eso molestaba a mi padre. Se llevaba a mi madre y me obligaba a desbaratar esos sueños.

Algunas veces medito en cómo sería la primera vez con Ana. Los hombres siempre temen a un fallo en ese intento y las  mujeres a veces penan por la vergüenza.  Sin esperarlo, también se exhibieron en mí los celos enfermizos y me encontraron desnudo. Temía, que ante su frágil relación matrimonial se presentaran otros candidatos. Pretendientes con mayor afinidad con su ciclo vital de conocimientos, convivencia, entretenimiento e incluso sexualidad.  Por esos tiempos ya era costumbre en mí, hacer florecer situaciones con personajes, creados por la imaginación y sustentadas en lecturas. Vidas ajenas vivían en mí.

***

Ana María despertó asqueada y con disgusto al sentir la viscosidad de una descarga de escombros. No encontraba otro nombre para algo que ya no tenía ni sentido, ni función desde hacía mucho tiempo. Primero, los torpes intentos por excitarla. Después, tres minutos mal empleados en sofocos y ahogamientos para caer en estado agónico casi necesitado de una mascarilla de oxígeno. ¡Que desperdicio de tiempo y deseos! Estaba ovulando y la tentación brotó cuando se desnudaba para acostarse. Se sintió  a solas con ese Chico guapo que la miraba desde el pensamiento. Por eso lo acusaba del antojo. Tan rápido como pudo, se arañó el cabello, completó los aseos bucal y genital. Se colocó una bata sobre el camisón de dormir Bajó ante la necesidad de hablar con Longoria para la contratación del trabajo de jardinería y refacciones a la casa. Temía que Longoria ya se hubiese marchado al trabajo y no volvería a verlo en todo el día. Tal como sucedió el lunes,  el martes, el miércoles y casi todos los días. También semanas cuando se inventaba viajes de negocios.

—No vendrás a comer, pero si por lo menos a dormir… y entérate que contrataré una persona para limpiar y restaurar el jardín y otras áreas de la casa.

—No empieces de nuevo Ninita —responde Longorio con cara de aburrimiento y enfado a la vez—Ve al club con tus amigas y diviértete jugando a las cartas. Bien sabes que lo económico tiene prioridad y haz las contrataciones que quieras. Ah, y olvida el divorcio por si lo has pensado. Empezaré a mover mis activos económicos para tu decepción y del abogado que te asesore y entusiasme.

Las arengas de siempre. A veces le provocaba darle un feroz puntapié a la vida.

—Bien sabes que me fastidias cuando me llamas NInita

Sin despedida alguna, Longoria cerró la puerta al salir. Ella nuevamente se sintió sola, sin hijos y como siempre ignorada por su marido.  No podía hacerse nada respecto a eso. Si se pudiera retroceder el tiempo con seguridad que no cometería ese error en su casamiento. Aunque siempre hay una solución para todo.

Encendió la radio y sintonizó una emisora con música de actualidad. Se dedicó a preparar su desayuno.  Pensaba que con la llegada de Chico guapo se alegrarían sus días y quizás la vida. Lo que se piensa inalcanzable resulta a veces más atractivo para el deseo. Agradecía de Longoria que por lo menos sin exigencias de cama, le había ayudado a moldear su cuerpo y su estima, al considerarse mujer bonita y divina, ante el espejo. Con la edad esa circunstancia le exigía una relación más ligera, más fresca e innovadora.  No era cuestión de fantasía sino de una realidad corporal, sentimental. Por ese vivir sin encontrarse y la pérdida de comunicación, desde hacía algún tiempo, su cuerpo y mente rechazaban a Longoria y sus abusos psicológicos.

Los encuentros de mil y un sueños se darían con la variante de que fueron mil y una veces en proporción al goce y satisfacción.  José ayudó a tender redes y ganchos de agarre entre la vecindad de su casa y la de Ana. Invisibles al día, pero confiables en la noches para Chico guapo. Reprobó tres materias y se fue a vivir a casa de José, quien le auxiliaba de día con los estudios y en las noches a escalar paredes. Decía que no estudiaba mucho porque temía volverse un perfecto idiota. Se esperaba que una vez entrada a la Universidad dejara de hacer novillos, sea cual fuere el motivo. Tenía aún vigente clases en la Escuela de Artes. Asistía en las tardes. No siempre. Una o dos veces a la semana.

Los primeros días fueron únicos para Ana María. Era la tenencia de un hombre en casa para admirar su fortaleza varonil. Verlo descamisado con la vitalidad de sus músculos vibrando. El brillo del sudor goteando por su cuerpo. El gesto de macho cabrío al hacer paradas para despejar la sudoración. Una juvenil y viril presencia que por la asiduidad y cercanía, camina y socaba su fantasía acercándola a una realidad desconocida. A veces resulta más difícil vivir con ideas pecaminosas que vivir en pecado, porque la acción es tan libertaria como lo puede ser el pensamiento y la decisión. Por ello, aprendieron a escapar y fugarse a los ojos de Longoria y la sociedad. El primer día de trabajo conversaron acerca de unas prácticas de canciones en el piano. Son composiciones a las que el joven pretende armonizar el sentido melódico.  Quedaron comprometidos en ensayar unas horas en las tardes. Por cierto, dice Ana que Longoria preguntó acerca de las capacidades y comportamiento de Chico guapo. Por lo  menos le gustó lo realizado hasta ahora. Ni siquiera se molestó en conocerlo, a sabiendas de que era joven. O quizás fue por eso. Tampoco se enteró de que el martes subieron hasta Parque Ávila a patinar sobre hielo. Arribaron por separado y acordaron el encuentro en la Estación para subir en teleférico. Probaron el filo y el equilibrio de las cuchillas. Luego, agarrados de manos empezamos a avanzar ligeros y seguros, volando sobre el hielo y eludiendo a los demás patinadores. En momentos Chico guapo la tomaba de la cintura y daban pasos de bailes tarareando una canción. Finalizaban juntando sus cuerpos. Ana a pesar del frio, sentía un cosquilleo abdominal.

Es viernes de su primera semana especial de trabajo. Hoy temprano y antes de laborar, Chico guapo preguntó por la Harley-Davidson. Le propuso a Ana escaparse este sábado hasta la Colonia Tovar para hacer parapente. Ya saben volar. Ella  tiene miedo a las alturas, pero se entusiasma con la aventura al contar con el apoyo de Chico guapo. Quedan para el domingo temprano. Longoria se va la noche del sábado a una convención en Madrid y regresa en tres días. Viajaran en moto, pero alquilada.

Cumplida la jornada, el joven se  zambulle en la piscina. Ana le vigila desde la ventana de su cuarto. Se esconde tras los pliegues de la ventana. Aún no le encuentra sentido a esa curiosidad. Le atrae lo de calibrar la fortaleza y dureza de sus músculos y órganos cuando está en traje de baño. Cerca del mediodía la temperatura ambiental y corporal es infernal. El uso de la piscina es una costumbre permitida junto al consumo de uno o dos vasos de limonada casera o jugo natural de frutas. Ana le prepara ese servicio en la cocina antes de marcharse. Lo acompaña con sandía, mango u otra fruta jugosa, que por lo general se lleva en una vianda.

Fue algo inesperado, no calculado. Es costumbre el encuentro en la cocina después de ducharse y antes de marcharse. Pero esta vez, Ana agradecida trata de acercar la bebida al área de la piscina. Se encontraron al tropezar en el portal que comunica la cocina con el área de la piscina. La bandeja volcó con vasos, platos y sus contenidos que rodaron por los adoquines. Ana trastabilló y parecía caer con el choque y el susto. Chico guapo la sostuvo firme entre sus brazos al rodear su cintura y apretarla contra Él. Quedó inclinado hacia Ella.  Sus miradas se encontraron. Se sonrieron.

« ¡Santo Dios, me va a besar!»

Eso pensó justo antes de que sorpresivamente sus bocas accionaran para juntarse.  El beso se hizo erótico y el enredo de las lenguas provocó  una cascada hormonal de  testosteronas. Durante segundos, Ana subió al cielo y bajó. El dolor despertó su cerebro e hizo que abriera los ojos y reaccionara.  « ¡Maldito tobillo! Hacía años que no me besaban y menos con ese sabor a diferencia, a ansiedad» Gimió y se quejó de su pie. Chico guapo la tomó en brazos y la llevó hasta una tumbona en el área de la piscina. Le aplicó un bálsamo, masajeo y vendó el tobillo. Al finalizar se plantó ante Ella.

  —Le traeré un libro para leer. En menos de una hora podrá sostenerse de pie. Y agradezco me disculpe. No, no… puedo explicar que me pasó.

—Está bien. No tiene por qué disculparte. Fue algo inexplicable. Gracias por el vendaje.

  —Entiendo que no quiera volver a verme. Así que queda rescindido el contrato de trabajo y olvidado el viaje a Aragua para volar en parapente. Fue un placer conocerla. Adiós y volteó para salir.

—A las 6 a.m. del domingo estaré lista para partir con o sin ti. Ya sea en moto, en carro, en metro o en bus. Pero iré. Si no te presentas el lunes, para el martes buscaré a otra persona. Allá tú y tus arrepentimientos.

« ¡Esa es mi chica!»

El domingo hicieron parapente y durmieron en la Colonia Tovar. Por mucho más de un año, Ana y Chico guapo disfrutaron de una luna de miel. Tenían la anuencia de Longorio. A ese acuerdo llegaron. Para guardar las apariencias, el matrimonio cambió de residencia dentro de la misma ciudad. Ella fue su institutriz hasta entrar a la Universidad. Se hicieron padres de un precioso niño y  gestores de una niña por nacer.

Así navegando de afuera hacia adentro, Ana María y Chico guapo  llegaron a la  yema, al centro. La parte más sabrosa de la cebolla.

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