MARCELA VARGAS

¿Cómo les ha ido durante la cuarentena? Quiero contarles el ejemplo de una mujer que conozco desde hace años. Se trata de Débora, la vecina de enfrente, con una edad cercana a los 60. Hablo de ella porque siempre fue una mujer trabajadora, incansable, alegre. De esas gentes que uno piensa jamás se va a derrumbar. Qué digo derrumbar, mejor dicho, que uno ni siquiera se le cruza por la cabeza que algún día se van a debilitar, tan de acero se les ve.

Sin embargo, a la vista de que se estaban yendo al cielo los personajes importantes del barrio (prácticamente, los pioneros), por distintas enfermedades y afecciones, es que los conocidos nos empezamos a preocupar por los que quedábamos. Así, a Débora, todos le decíamos: “Para de trabajar tanto, que te puede hacer mal”. “Caminas muy rápido y comes en un minuto”. Pero ella no tenía tiempo para hacer caso. Decía que no era verdad, que no había otra forma de hacer las cosas. Y subía al colectivo, que se había convertido en su segundo hogar. El primero era el trabajo.

Con la llegada de la pandemia y de la consiguiente cuarentena mundial, Débora nos contó que, para ella, fue como caerse del colectivo. Es que ya no pudo ir a trabajar más porque impusieron restricciones para impedir la circulación del virus. Y como ella solo sabía levantarse temprano para ir a la tienda a vender –inclusive en sus francos y los domingos-, en su casa no supo qué más hacer. Por eso le decíamos: “Tienes que ver el lado positivo de esto. Lo que pasa es que, a veces, es mejor hacer una pausa. Te pone en movimiento interior, te hace respetar los tiempos de la vida. ¿Por qué quieres estar tanto tiempo en el colectivo? Te hace llegar a destino más rápido, pero, en exceso, no es bueno. Incluso puedes tener un accidente, acelerar todo”.

Pero ella nunca escuchó, resistió en su convicción hasta lo último, menospreciando todo intento que hicimos por ayudarla a recuperar los ánimos, que ella buscaba subir haciendo mil arreglos en la casa y todos los cursos online del mundo. Luego, nos enteramos de que una vez, el pánico por la incertidumbre laboral se apoderó de ella, por lo que decidió reposar. Y fue cuando se rompió: amaneció con moretones y con el brazo atravesado por manchas rojas indoloras. Así, se detuvo.

Todo le resultó tan doloroso, que se empezó a quedar quieta. A dormir, a haraganear, a dejar todo para después. Y continuó comportándose de esta manera inclusive cuando se flexibilizó la circulación. “¡No, no me molesten! ¡No quiero saber de colectivos!”, vociferaba cuando le proponíamos pasear. “Pero no, vayamos a caminar”, ofrecíamos. “Ustedes van muy rápido. Mejor me quedo acá”, respondía, tirada en su sofá (antes, ella ni siquiera sabía que tenía un sofá). Ahora, apenas se mueve para hacer las compras del hogar.

Así es. Todos colaboramos como podemos para impedir la enfermedad, y esa lucha, Débora la afronta como le sale: quedarse quieta. Lo que ocurre es que la vida es movimiento y, a veces, confundimos las pausas con sedentarismo. En mi humilde opinión, creo que no debemos desesperar ni pasar de un extremo a otro. Este hecho planetario es nuevo; y lo nuevo, abruma. Pero debemos tener presente que nadie nace aprendiendo, y ahora estamos aprendiendo a adaptarnos para hallar la mejor manera de estar bien. Estamos en búsqueda todavía. Y en ese proceso, lo mejor es no dejarnos caer, ver lo positivo que podemos sacar de todo esto.

http://www.relafabula.wordpress.com

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