ELIZABETH GARCÉS FERRER

          Acababa de cumplir cincuenta y cinco años, sin fiesta y sin regalos, solo un impersonal: “ Feliz cumpleaños ” de parte de su madre. Nada especial ocurrió en ese día tan señalado lo cual le hacía sentir el peso de alguien que ha fracasado en todo, no por el hecho de que su cumpleaños pasara de manera desastrosa sino porque cada día era muy duro de sobrellevar, una especie de freno en la vida.

Clarisa era enfermera de esas que siempre están dispuestas a ayudar a sus pacientes, se encontraba ahí para todos sin demostrar cansancio. Era apreciada  por su humanidad y profesionalismo. Un trabajo duro al que se unía una situación bastante tensa con su madre, en efecto, Clarisa tenía que lidiar con la personalidad un tanto desequilibrada de aquella que la trajo al mundo.

Rebeca era una mujer de muchos traumas que la llevaron a tener dos personalidades muy bien definidas. Siendo una niña se enfrentó al hecho de ser obligada a besar el cadáver de un tio materno, lo hizo entre gritos de pánico y siendo encaminada hacia el lecho mortuorio por sus propios padres. La llevaban en andas ante la negativa de la pequeña. No quería enfrentarse al horror, los adultos violaron su decisión. Un instante, unos minutos que cambiaron su vida para siempre. Rebeca, con el tiempo, adquirió dos personalidades: en una era buena y en la otra muy mala. Al parecer luchaba contra esa maldad que la invadía, no quería ser así pero era una sacudida demasiado fuerte que la agotaba por completo, siempre claudicaba.

Clarisa comprendía toda la situación pero pensaba en la propia. Su vida personal era salpicada constantemente por todo esto y adquiría colores muy negros.

Se sentó ante el espejo, se miró detenidamente algo que no hacía con frecuencia, lo más probable es que no pudiera llevarlo a cabo  porque lo suyo era la prisa, siempre la prisa. Pudo observarse y se dio cuenta de un detalle: no estaba tan mal, dos o tres arrugas asomaban pero solo eso, el tiempo había causado poco estrago en su piel pero en su mirada actuó como ese huracán que desbasta todo a su paso. Sus ojos de un verde esmeralda, se mostraban muertos, sin un ápice de vida. Clarisa sintió miedo, un pánico la sacudió de golpe: no había alma detrás de su mirada, descubrió el vacío total.

Comprendió que los años se fueron en una lucha estéril, en medio de las crisis y los conflictos de su madre porque, objetivamente, los problemas eran de su madre y no propios. Comprendió que su vida quedó en un rincón tan olvidada como la hoja que cae de un árbol.  

Se ocupaba de todo lo referente a Rebeca: le llevaba los papeles administrativos, le hacia las compras, la acompañaba a los médicos y hasta tenía la tarea de resolver los desperfectos que acaecían en su casa por lo que Rebeca estaba tranquila. Su apartamento no era demasiado grande así que se empleaba poco en la limpieza, lo único que le quedaba por hacer era la comida y ante estas dos acciones se sentía desbordada, se ahogaba hasta estallar. Quería no levantarse de la cama, deseaba por encima de todo quedarse acostada en una habitación oscura y unir así un día con otro hasta llegar a la muerte.

A Rebeca le pesaba la vida, era un fardo que llevaba encima y del cual quería deshacerse pero no era de las que se suicidaba, Clarisa ignoraba si la idea le vino alguna vez a la cabeza pero lo que si tenía claro la cansada hija era que no pasaría directamente al acto pero que el cerebro de su madre estaba en posición destructor desde siempre, que nunca lo utilizaba para lo positivo ya que se veía claramente que se autodestruía. Definitivamente aquello era una especie de suicidio aunque más lento.

Si Rebeca quería terminar con su existencia daba la impresión de que también intentaba llevarse, en el intento, a su hija. Una lucha titánica se impuso entre ambas mujeres porque Clarisa era positiva, de los problemas intentaba hacer un triunfo y levantaba la cabeza siempre, contra cualquier adversidad ella alzaba las agallas

 Una personalidad repudiada por Rebeca, derrotista nata que jamás encontraba el rayito de luz en el túnel, solo deseaba que su hija fuera como ella para poder, quizás, tranquilizarse ante el hecho de no estar sola en sus problemas psicológicos.

Los ojos en el espejos continuaban “hablando”, Clarisa leía lo que le transmitían como si, de un libro abierto se tratase. Se sentía solidaria con esa mirada que le ofrecía una cierta tristeza debido a la batalla pasada y a los años perdidos. La comprendía, quería mimarla como nunca antes lo hizo. Recordó muchas cosas, suspiró cansada, los músculos de su cuerpo le pesaban enormemente. Un peso del que ha fracasado puesto que, aún teniendo un buen trabajo ella, personalmente, no tenía nada.

Ayudaba a su madre, intentaba que estuviera contenta pero el infierno no cesaba. Rebeca, durante sus crisis, la acusaba de ser una mala hija, la insultaba y heria con frases terribles que destruían inmediatamente su autoestima. Todo eran críticas, las vecinas siempre serían mejor que su hija lo cual se lo hacia saber sin remordimientos, a pesar de todo Clarisa no paraba en su afán de ayudarla.

En el espejo no sabía si tenía la vida de su madre o la suya puesto que Rebeca siempre le repetía que acabaría igual que ella. Todo se mezcló entre ambas, se volvieron fusional en un mismo torbellino. Clarisa cerró los ojos.

Un drama para aquella mujer que aún era joven y que ignoraba por dónde empezar para cambiar radicalmente la situación. Quería a su madre pero era necesario que se salvase a si misma, olvidó amar a una persona; a la propia Clarisa. De esa ni se acordaba ya.

Todo es difícil al hacer frente a una situación psicológica, para los allegados es una guerra contra un sinfín de demonios que muchas veces desconocen por lo que quedan atrapados. Rebeca controlaba a su hija desde lejos, la llamaba al móvil para saber si ya había entrado a casa y también  cuando era invitada por alguien, entonces solía llamarla tres o cuatro veces para preguntar si todo iba bien. Clarisa tenía llamadas mientras trabajaba, si se encontraba en el cine.., a la vez que la interrogaba sobre todo lo que le acontecía porque tenía que saber cada paso dado por su hija. El control era atroz y Clarisa vivía el cotidiano en una ansiedad extrema, no conocía un momento de respiro ni siquiera en lo agradable ya que temía a que sonara el teléfono.

Frente al espejo se tocó el rostro: “Tienes que vivir la vida” se dijo varias veces. Todavía se veía joven, no quería que los años siguieran pasando porque no le quedaban demasiados por delante. El momento tuvo que haber sido antes, no lo fue, ahora era preciso tener valor para lo siguiente.

Quería viajar, conocer gente que valiera la pena, impregnarse de historias diferentes. Tenía que parar eso de vivir por vivir porque estaba harta de esas migajas. Se merecía más.

Clarisa había abierto los ojos, rompería las cadenas. Deseaba vivir la vida que va mucho más allá de vivir su vida.

https://cubafranciaemigrar.wordpress.com/

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