SILVIA PATRICIA TÓFALO

Y como toda historia real de pueblos que crecieron a la margen del imponente y a veces turbulento río Paraná, en la provincia de Entre Ríos, en la Argentina de antaño, donde el puerto supo cumplir un papel principal en su época más floreciente. Quedan recuerdos de una antigua vida ajetreada, con el desembarco de barcazas que pasaban por allí trayendo frutas, verduras y otros alimentos, desde otros puertos a orillas del Paraná. Así emerge Hernandarias lugar donde Hernando Arias de Saavedra, a fines del siglo XVI puso pie en sus costas. Con fecha de Fundación como Villa Hernandarias casi un siglo después el 28 de mayo de 1872. Durante muchos años el principal medio de comunicación fue su rio, a través de su puerto se producía el ingreso y salida de comestibles y grupos de personas que viajaban a través de las aguas serpenteantes del Paraná. De aquella época data el muelle flotante, desde donde hasta el día de hoy se divisan, la isla, el verde majestuoso de sus árboles que se pierde en la mirada de quienes pueden apreciar tan hermoso paisaje, y prestar el oído al canto de los pájaros, que nos traslada como en un sueño, a vivir un atardecer de ensueño, y a deambular descalzos sobre un manto de arena y piedra china de distintos colores.

Fue un día de tormenta que el cielo se puso oscuro, de tal manera que se asemejaba el cielo a una noche negra e interminable. Todos buscaban refugios en sus hogares o donde pudieran, la zona de la costa quedo desolada, primero vino el viento, que estremecía chilcas y sauces, que parecían por momento besar la arena y el sendero que se había formado de piedra china, brillaban las piedras de color entre marrón y caramelo muy intenso. El rio embravecido parecía desafiar a la naturaleza, comenzó a llover, una cortina de agua que no permitía ver a más de un metro.

Imagino a aquellas mujeres de los pescadores con el corazón encogido, porque sus maridos habían sido tomados por la tormenta y aun no llegaban a su casa, a sus rústicas viviendas, de techo de paja, piso de tierra, donde jugaban los críos, los cuales eran varios y en escalerita por su edad. Fue esa misma gran tormenta que se llevó para siempre la luz de uno de los pescadores. Arreciaban los truenos, la lluvia parecía no terminar más de azotar y castigar toda la costa. Después de un buen tiempo la calma; era de tarde, por momentos pareció querer alumbrar brevemente el sol, después solo sobrevino una llovizna intensa, que duro horas, a lo lejos y aguzando la vista, una canoa vacía que se mecía entre los camalotes y matorrales, bien frente al pueblo, en la zona donde siempre cazaban las rayas los pescadores. La tormenta no solo se llevó arbustos y arraso con las flores de los espinillos de un intenso color entre miel y amarillo intenso, también se llevó la vida de un pescador. Nunca se supo bien que le paso, decían que la canoa se había dado vuelta campana, y que el en un último esfuerzo, bajo la tormenta la había podido enderezar, para luego ser devorado por la tormenta embravecida, en un rio de color entre marrón y en parte ennegrecido, que tantas veces lo cobijo y acuno, en sus faenas de pescador. Aquel día ese amigo donde había surcado una y otra vez su figura le había dado el abrazo final para llevarlo muy lejos a un lugar oscuro y profundo de donde ya no iba a regresar. 

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