TANATOS12

CAPÍTULO 1
Antes de los treinta cualquier excusa es buena para quedar, después sucede todo lo contrario; por eso allí estaba yo, en aquella inauguración de piso, rodeado de un par de amigos, algunos conocidos y muchos extraños. La noche ni prometía ni dejaba de prometer, seguramente antes le daba menos vueltas a todo, y a nada, que ahora.
Recuerdo haberla visto de espaldas por primera vez, pero me bastó para saber que estaba buena; quizás, más que por intuición, lo supe por miles de años de evolución. Lo que está claro es que cuando sabes que una chica está buena de espaldas, no ansías que se voltee para confirmarlo, sino para deleitarte.
Recuerdo haber hecho un test en los lejanos tiempos universitarios; en una de las cuestiones se preguntaba en qué época pensaba ser o haber sido más feliz: en la infancia, a los veintitantos, a los treinta y tantos o más allá. Respondí convencido la opción treinta y tantos: “A ver quién me para a esa edad”, exclamé, errado, sin saber que crecer y madurar no aporta seguridad, sino todo lo contrario, te hace acumular miedos y traumas, y desorbitar las consecuencias de tus actos. La juventud no es solo un tesoro porque el tiempo pasa más despacio, sino porque el fracaso apenas tiene peso.
No es que mi lozanía me hiciera abordarla, nunca he sido de esos, pero al menos me hizo no alterarme, que parece poco, pero es mucho.
No se dilató demasiado la presentación, y sucedió como el acto más banal del mundo, aunque, estando María de por medio, nunca hay nada banal. Su mera presencia era un impacto. Su olor al darnos dos besos, su silueta al separarnos, su feminidad embaucadora… Aportaba una calma extraña, como si ella misma fuera no una persona sino un espacio, un habitáculo, que, por belleza y armonía, te hicieran sentir en orden y en paz.
Llevaba una camisa estampada, de flores, en tonos verdes y rosáceos, de manga corta, fingiendo estar desfasada para conseguir todo lo contrario, y unos vaqueros intencionadamente desgastados. Iba de moderna, como solo las muy pijas pueden ir, cuando casi nadie había empezado a atreverse.
Era una chica imposible, tanto que uno ni se ponía nervioso, pues las que estresan son las factibles. Hablamos en una especie de small talk sorprendentemente ameno, pues se interesaba y preguntaba, en su sitio, sin desidia, pero sin fascinación fingida. Por aquel entonces yo tenía un trabajo bastante mejor que el actual, y es que uno había creído que la vida laboral consiste en escalar una montaña en línea recta, y después descubrí que hay valles y hasta aguas subterráneas. Y, de mi trabajo y del suyo saltamos a amigos comunes, y a una anécdota graciosa que le había sucedido llegando a aquel piso, hasta que los silencios nos fueron separando.
Entonces yo no lo sabía, pero ella tenía novio en aquel momento, si bien en el fondo era irrelevante, pues mi realismo me impediría cualquier tipo de ataque o escaramuza indirecta a través de nuestra amiga común, la nueva propietaria. No la busqué durante el resto de la fiesta. Tampoco la busqué en redes sociales después. Quizás fuera más puro antes que ahora. Quizás, con los años, uno se vuelve más sucio, o es que se va liberando y recompensando a sí mismo, sin sentimiento de culpa. Seguramente ahora retendría su cuerpo y su rostro para la intimidad; de aquella ni se me pasaba por la cabeza.
No la volví a ver hasta dos años después. Fue en otra primavera y en una librería que no tenía nada de especial, más cerca de una franquicia que de un recoveco bohemio. Esta vez no la vislumbré de espaldas, sino de lado. Sostenía dos libros, uno con cada mano, como sopesando cual comprar. Me subió algo por el cuerpo al verla, así, de golpe; quizás yo ya había cambiado, me había enturbiado, o había descubierto, a golpe de ver hombre mediocre con pibón y viceversa, que lo del guapísimo con la guapísima se acababa sobre los veinticinco. El caso es que sí me puse nervioso y sí supe que tenía que forzar el encuentro.
Vestía un pantalón oscuro y un jersey azulado, ceñido al torso, como si estuviese en contacto directo con el sujetador. Vi la prominencia de sus pechos como no había visto la primera vez. Me fijé en su culo levantado como no había hecho la primera vez. Otra vez, lo turbio, la viabilidad y el nerviosismo siendo todo uno.
Me coloqué cerca de ella, cara a la misma estantería. Dejó un libro en su sitio y se fue. Y de mi boca salió un “¡Espera!” totalmente fuera de contexto, desesperado, como el que se le grita a la chica de la película al final de la misma, pero nosotros no teníamos ni película ni medio fotograma. Ella se volteó, por acto reflejo, sin tiempo siquiera a extrañarse, y conseguí que un “te conozco de algo” no sonara demasiado intimidante.
Me sentí ridículo y culpable, fingiendo no saber de qué nos conocíamos, mientras ella hacía memoria. Años más tarde hemos recordado juntos aquel momento, varias veces, y ella se reía siempre, diciendo no saber por qué le hacía gracia; conseguí que verbalizara algo entre lo actoral y lo ridículo de un stalker de poca monta. No sé en qué momento exacto, pero me acabó queriendo, por lo que todo lo maquiavélico le parecía gracioso, picaresco y no turbio. Hasta ahora.
Hasta ahora.
María no cogió el tren de vuelta a Madrid después de aquel mensaje de Edu. Lo cogí yo solo. Tan abrumado por el odio de sus últimas miradas que no era ni capaz de llorar. Ni yo, ni ella.
En aquel tren pensaba en por qué María se había enamorado de mí. Buscaba datos, hechos, vivencias, virtudes, valores… a los que agarrarme, para intentar tranquilizarme y decirme que el amarnos era inexpugnable, que era demasiado fuerte, que ni una traición como la revelada podría destruirnos.
Tuve que salvar a María del apuro y decirle de qué nos conocíamos. Fue la única vez que la salvé; durante los cuatro años siguientes siempre me salvó ella a mí. Y mi vez ni siquiera fue pura.
Nos pusimos al día frente aquella estantería. Nos costó, pues no había base para tal actualización. Compró su libro y surgió un café, pues los cafés surgen solos. Y, sin tiempo ni lucidez como para volver a sentir los nervios del primer encontronazo, me encontraba acompañándola a su casa, cayendo la tarde.
Entonces el azar hizo que una chica se cruzase con nosotros y de alguna parte de su bolso o cintura cayera un jersey o un pañuelo, no lo recuerdo bien. Eso me hizo pararme, recogerlo, llamarla y retroceder, y eso hizo que María se detuviera frente a un bar. De nuevo, muchas veces hemos hablado de qué hubiera sucedido si a aquella chica no se le hubiera caído nada, pues estábamos a dos manzanas de la casa de María y yo no habría tenido la valentía, ya no de plantear nada parecido a subir, sino de pedirle su número, y ella tampoco, y no por valentía, sino por falta de interés. Pero aquella parada hizo que María viera aquel bar y que un chico le ofreciera una extraña invitación, una cata de vinos, que por improvisada resultó atrayente.
Apenas recuerdo nada de aquella cata. Solo la recuerdo a ella. Libre. Jovial. Pura. Como yo nunca había visto a nadie. Cada vez que se reía yo sentía júbilo, como un gol en el descuento, y es que había un trasfondo de oportunidad única; era como un amor de verano, pero sin amor y sin verano. Recuerdo felicidad, pero a la vez un sentimiento de efimeridad asfixiante. Yo ya sentía nostalgia de lo que estaba viviendo, en una especie de nostalgia del presente.
Le gusté allí. En aquel momento. Aunque solo fuera un poco. Me lo reconoció meses después. Si bien yo ni me lo podía plantear. Tuve suerte, yo qué sé. Creo que siempre me he sentido culpable por ello. Es difícil de explicar.
Me ofreció un café en su casa. Era la hora de cenar de un domingo, pero no teníamos hambre del todo, ni estábamos borrachos del todo.
Subimos en su ascensor y, nada más arrancar, este se detuvo. Yo me quedé inmóvil, algo asustado. Pero ella ni se inmutó.
—Tranquilo, sale alguien.
—¿Qué? —pregunté sin entender nada.
—Que oigo que alguien está saliendo. Deben de ser los del segundo. A veces este ascensor se atasca, pero, cuando alguien llama, se… activa otra vez, o lo que sea.
—Ah, ¿que pasa mucho entonces? —dije ya más sorprendido que asustado.
—Bueno, no sé. De vez en cuando. Tenemos los teléfonos de todos los vecinos por si acaso.
Yo puse la cara que se pone cuando uno ve algo extrañísimo, pero comprueba que está controlado. Asentí con la cabeza, mientras María se miraba en el espejo del ascensor, como si yo no existiera, cosa que le acabaría viendo hacer un millón de veces.
Y entonces sentí miedo. Pues tuve tiempo para pensar. “Y si…” “Y si fuera posible que en su casa pasase algo…” Y lo que era mucho peor: “¿Qué pasaría… cómo reaccionaría… al verme… desnudo…? Al ver mi miembro mínimo…” El lastre solo es lastre cuando aceleras.
En su casa, hablamos. Yo la hacía reír y ella me hacía sentir que si me enamoraba era hombre muerto. Acabó por salir el tema de que ninguno de los dos tenía pareja, y se hizo un silencio. La recuerdo, perfectamente, como si fuera ayer, en aquel sofá, descalza, con aquel jersey azul, alzando las cejas, graciosa, ante aquel silencio, que no era una insinuación, ni mucho menos, sino su reacción ante un silencio incómodo.
Me fui de allí casi de madrugada, sin cenar. Creo que tardé cuatro días en tener hambre. La despedida fueron dos besos castísimos y un “dame tu móvil” dicho por mí, desordenado y abrupto. Al llegar a casa le escribí. Algo cutre. Algo banal. Que lo había pasado bien, supongo. Y un escueto “yo también” cayó sobre mí haciéndome sentir más que ningún “te quiero” de nadie.
Quedamos otra vez. Y otra. Yo intentaba por mensaje de móvil descubrir si había algo o no había absolutamente nada, pero su parquedad me exasperaba.
Un café. Una cerveza. Su negativa a un cine. Podría decir los días exactos. Frases exactas. La ropa que llevaba tal o cual día. Si recuerdas esas cosas, es que es ella.
Curiosamente el primer halo de esperanza no vino por ella, sino por Celia, la nueva propietaria de aquel piso. Tras meses sin contacto se comunicó conmigo. Yo estaba en casa y, tras devolverle el saludo, me escribió:
“Me ha dicho María que le gusta tu pelo, cómo hueles y que tienes conversación”.
Aquella frase era extrañísima. Me preguntaba cómo y en qué momento una chica le dice eso a una amiga. Le pregunté si aquello significaba que yo le gustaba. Necesitaba confirmación absoluta. Celia respondió: “No lo sé. Yo solo digo que vas bien”.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 4 (1)

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