Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Estaba yo tranquilamente disfrutando de una tarde soleada, cuando decidí sentarme en un banco a contemplar ese bello crepúsculo. Y así estaba cuando se me sentó al lado otro caminante.

– ¿Qué haces aquí?

-Nada, sólo disfruto de la belleza de la naturaleza. ¿Verdad que es hermoso saborear este momento y dar gracias a Dios por tanta hermosura? Es un auténtico regalo.

– ¿Tú lo crees así?

– ¿Por qué dice eso? ¿A caso es tan raro valorar con gratitud los dones que gratis hemos recibido?

– Por supuesto que no. Pero para que no te lleve a confusión este encuentro, comenzaré presentándome. Soy Jesús llamado también Cristo, y estoy aquí descansando del recorrido diario. Vengo de echar por la ciudad semillas de amor y esperanza.

– ¿Y son muchos los que te siguen?

-Pues sí, hay mucha gente con un corazón lleno de gratitud y confianza. Que reconocen su vida como don del amor de Dios. Pero bien quisiera yo que fueran todos.

– Y ¿Cuál es el problema? ¿Por qué nos cuesta tanto ser buenos y amar la bondad que hay a nuestro alrededor?

-Si te parece voy a empezar por el principio. Dios tuvo un buen plan. Su proyecto era compartir el amor con seres inteligentes, capaces de entender la grandeza de amar y ser amado. Pero en su primer intento el ser humano le falló. No supo apreciar el honor de ese don, y fue entonces cuando tuvo que intentarlo de nuevo.

– Ah, por eso tú te hiciste uno de nosotros para enseñarnos a amar ¿verdad?

– Cierto, mi paso por la historia no fue sino un intento de descubrir a los seres humanos el misterio del amor. A enseñarle la intervención del cielo en los asuntos de la tierra y rescatarlos así de su fracaso para darles una plenitud insospechada.

– Según eso, me atrevo a decir que el amor es una semilla de eternidad.

– Así es. El ser humano no es puro resultado de combinaciones bioquímicas, ni responde sencillamente a estímulos e instintos como simples animales. Hay en su esencia una semilla de eternidad que va creciendo en la medida que es consciente de su capacidad de amar.

– Si esto es así, ¿podrías explicarme por qué nos cuesta tanto amar?

– Porque es una tarea que se desarrolla con la vida. Recibimos la capacidad de amar, pero esta crece en la medida en que vamos siendo conscientes de hasta qué punto somos amados. Nacemos y nos desarrollamos en los primeros años con un potencial muy fuerte de egocentrismo; el niño se sabe impotente, inseguro, necesitado, vulnerable y se acoge egoístamente a los cuidados y atenciones de los que están a su alcance y que supuestamente le acogen, se interesan por él, le protegen, le aman. En la medida en que vaya descubriendo su capacidad de ser amado, aprenderá a amar. Pero al mismo tiempo en estos primeros años también tiene que ir descubriendo que no es el centro del universo, que hay seres como él con los que ha de aprender a relacionarse, a compartir, cooperar, amar, sencillamente aprender a convivir con sus semejantes en un clima de respeto y armonía. A medida que va creciendo descubre su autonomía y se va haciendo independiente, adquiere libertad, se va emancipando, se siente seguro, libre para tomar decisiones, para asumir responsabilidades, hasta llegar a adquirir la madurez suficiente de poder entregarse con generosidad al amor, al don de sí.

– Un buen programa.

-Cierto, el amor es la única posibilidad de realizarse como persona. Pero hay que tener en cuenta que el amor es de otro orden ontológico que el de la física, lo contable, lo medible… e incluso de otro orden que el psicológico o simplemente anímico. El amor verdadero pide una aceptación del otro en su única y genuina personalidad, una fidelidad por encima de cualquier prueba, una entrega absoluta que no se puede mantener sólo con recursos humanos. El amor pide eternidad.

– Si esto es cierto, amar es muy difícil.

-Ya sabes que “para Dios nada es imposible” Si él ha dispuesto que améis hasta conquistar esa meta, el otro, cuya personalidad os interpela, es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que comienza por ser la liberación de todo egoísmo. El amor supone diversas actitudes que se conjugan para movilizar una entrega generosa y llena de ternura. En primer lugar, implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del amor de Dios, que provoca una respuesta entrega y correspondencia.

– ¿Este es tu proyecto en el aquí y ahora?

– Así es. Y como ves, no me canso de buscar gente que me ayuden a convencer a otros de que sólo el amor verdadero construirá un mundo más humano donde todos disfruten de amar y ser amados.

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