ELEACHEGE

Desde la madrugada el sol lame las serpentinas cristalinas dejada por la pertinaz lluvia de la noche anterior. Es temprana la mañana cuando el móvil franquea sus sueños. Despierta, va a la ducha por costumbre y se prepara un ligero desayuno. No usa el ascensor y baja las escaleras del portal para hacer uso del Kia.

El Paseo marítimo luce desolado de tráfico peatonal, aunque los parkings están abarrotados con coches de residentes y veraneantes. El tráfico vial descansado, pero tuvo dificultades para estacionar. Lo logra después de varios intentos. Tránsfuga de la realidad ahora se dirige rauda en dirección a la playa. Es una cita a ciegas y esta sobresaltada.  A espaldas lleva la vieja mochila de la facultad con los aperos para un día de sol. La misma que  tiempo atrás  también le servía para hacer autostop. Mientras camina, una ligera brisa trata de arrebatar su sombrero.

Deja el encerado de cemento y toma el sendero de tablas que conduce a un chiringuito. Sus ojos enamorados vagan por el contorno. Otra vez mira hacia atrás a la espera de verlo. Pero no está, no lo distingue o no existe.

Ya en el cobertizo del kiosko, cancela la estadía. El ticket incluye una bebida para refrescar o quizás para entonar recuerdos porque al hielo lo merienda un poco de alcohol. Desde lo alto de la casilla salvavidas, el viejo Pedro la distingue y baja a saludar. Por muchos años y en tiempos de su niñez fueron vecinos. Ella le pide estar pendiente porque se siente agotada y es posible que duerma.

Desmonta su vestido playero y deja a la vista su bien timbrado cuerpo, que queda colgado  de las dos piezas que forman su traje de baño. Colinda a un lado con una pareja joven que solo tienen ojos para mirarse entre sí. Al otro lado un matrimonio con una preciosa pareja de chicos.

Se mira, «Si me busca me encuentra. Debo estar fichada en su mente».

Tiende la toalla, toma un largo trago y atornilla el vaso en la arena para volcarse boca abajo con dirección al mar. Mira a los lados y desabrocha el sujetador liberando sus lolas que saben dónde están y piden clemencia. En casa lo hace y las pasea libremente sin ataduras, aunque siempre recubiertas por una prenda oscura o pesada para evitar las curiosas y ocasionadas miradas GPS. Es una costumbre desde jovencita.

Ya, bajo la esmirriada sombrilla y con el cuerpo en abandono, sus pensamientos se balancean entre sueños, recuerdos y realidades.

Anoche de nuevo estuvo de visita. De nuevo porque lleva días, semanas o quizás meses que sus escritos le perturban los sueños, las vigilias. Fue cuando se citaron. Eso lo recuerda bien. Una pertinaz lluvia arañaba el ventanal y ella dormía con placidez. Hacía algo de frío y sintió que la arropan hasta los hombros para cubrir su desnudez. ¿O era Mario? No, porque tocó sus manos. Eran cálidas con dedos finos de artista. Recuerda haberlas tanteado al igual que a su rostro de ojos azules con ribetes grises y el ensortijado cabello castaño. Era muy joven o parecía serlo. Al tomarlo de un brazo lo sienta a su lado al borde de la cama, mientras Mario se voltea y les da la espalda.

¿Pero, por qué Mario, si hace diez años que se marchó?

Con altibajos hicieron una corta vida de pareja juntos. Un accidente lo dejó paralítico. La herencia de su padre la rescató. Él lo perdió todo y ella casi todo porque ahora a los treinta y seis parece crujir por carencias afectivas. Lo valora porque guardó y paseó hasta sus últimos días en aquella  silla de ruedas ese íntimo secreto. Pocas horas antes de morir, pidió lo introdujera bajo su cuerpo amortajado «seguirá siendo nuestro secreto», eso dijo y rogó por un beso de despedida. Ahora esa carga ha resultado pesada, se siente más culpable. Desde hace mucho, piensa que fue un error no haber compartido con sus protagonistas la verdad. Su hija ha marcado distancia. A los dieciocho años quiere continuar su existencia sin controles. Apenas visita o llama por teléfono. Siempre tiene cosas que atender y se le agota el tiempo. Simples excusas. Él, él sólo bohemia entre escritos mendigando cariño. Entretanto, ella lo piensa en sus recuerdos, en sus reflexiones. Está segura de su existencia. Lo presiente muy cerca. Tan cerca como en aquellos lejanos veranos de vecindad.     

Hay letras fijadas en su mente “En las mañanas vivimos nuestras realidades cotidianas. En las tardes nos vestimos pensando desde lejos agradarse el uno al otro, y es cuando al margen de los demás, nos encontramos en nuestros pensamientos”

Eso se lo mostró  siendo niños. Curioseaban en aquella endeble casita edificada en ramas de un olmo circundante a sus casas. Hizo una copia que ella recibió junto con una caja de música en prueba de amistad. Fue su primer cumpleaños feliz. Ambas prendas permanecen bajo su custodia.

La mañana se enrumba hacia el atardecer.

 Un pájaro playero picotea la arena y la despierta. Se miran. Como siempre algo intranquilo. Picotea en la arena, gorjea y la mira. El plumaje castaño se eriza y sus ojos azules orlado de grises es mucho lo que parpadean. Pero aquel beso para tocar el cielo se lo lleva la brisa al tomar vuelo y alejarse mar adentro con rumbo desconocido.

Desde la distancia lo ve sentado en la proa. De pronto, hurta su mano derecha del timón y saluda para un pronto regreso. Ese gesto la conduce a conjugar su anterior sueño playero con recuerdos de la niñez, Gilbert encendiendo el motor de la lancha y luego saludando con rumbo a las islas y ella descalza sobre el muelle de tablas del embarcadero, escudándose tras Marie Anne con el corazón volcado hacia su próximo e inmediato regreso.

Pero un día muy lejano, recuerda, no regresó. De esos espacios amorosos solo queda un papel envejecido y lastimado por el tiempo, que conserva colgado en su corazón. Fue su adiós que aún subsiste y lo recibió sin despedida, sin besos, sin presencia.

“El doblar de las campanas de esa Iglesia resuena en la oscuridad de mis pensamientos, dando presencia a tu altivez y pesadumbre a mi razón. Fue allí, en ese recinto donde un domingo avivaste la llama incontinente de mi amor por ti. Fue allí también, el día de tu boda, donde me ahogué en el océano infinito de la desventura y murieron las ilusiones de mi lastimado corazón”

De nuevo a la espera, después de un día con presuntas esperanzas. El ave fue sólo una sed de amor.

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