LOLA BARNON

Los mensajes

       Cuando leí los mensajes del móvil, supe de inmediato la razón de que Nico me dijera aquello. La mentira, el engaño, la ocultación de esa segunda noche con Adrián en Ibiza latía allí, en esas letras casi como un letrero de neón.

       Intenté hablar, pensar alguna excusa, algo que me diera la oportunidad de que Nico se quedara, me perdonara y no se fuera todo al garete. Fue imposible. Absolutamente. No es que no me diera opción a que me explicara, es que sencillamente, me dijo una y otra vez que quería que me fuera. Le rogué que me perdonara, que había sido un tremendo error, que estaba sola, confundida… No sirvió de nada.

       Media hora más tarde, me quedé sola en aquella casa. Ahogada en un mar de lágrimas y sin saber muy bien qué podía hacer. De forma casi autómata, empecé a recoger mi ropa en un par de maletas. Mientras empacaba, me daba la sensación de que cerraba un capítulo de mi vida, aunque mentalmente, me hacía a la idea de que Nico de alguna forma, recapacitaría.

       Mil ideas inconexas, absurdas, sin sentido, empezaron a rebotar en mi cabeza. La primera, mi estupidez en escribir a Adrián. La segunda, en que no era justo aquello. Es verdad que había mentido a Nico, que oculté esa segunda noche de sexo en Ibiza, de la misma forma que los pormenores con Sergio la noche que estuve con él y con Javier. Sí, todo aquello, me señalaba como culpable. Pero no era menos cierto que Nico, en ese afán de verme con otros, me había empujado a ello. O, como en el caso de Adrián en Ibiza, esa primera noche con él, no me lo impidió. Y que la segunda, no fue otra cosa que el fruto de mi frustración, de mi sensación de soledad, de mi rabia contra Nico y contra el mundo.

       Me descomponía por dentro al pensar que todo aquello se había roto el día que me trajo a Jorge, y que me lo puso tan fácil, como que yo entré en ese juego son medir consecuencias ni riesgos.

       Nos habíamos sumergido en un juego muy arriesgado, muy complicado de mantener, incluso con reglas. Solo gente como Tania, con esa fortaleza de ideas y claridad de deseos, era capaz de jugar bien a aquello.

       Cuando terminé de hacer las dos primeras maletas y una bolsa de viaje, la llamé por teléfono. No se me ocurrió otra persona…

SEGUNDA PARTE

1

Nico y yo nos vemos a la salida de su trabajo

La ruptura con Nico, para mí, fue traumática. Y gracias a Tania no caí en un estado de desesperanza y abatimiento total. Si alguien me hubiera dicho unos meses atrás que Nico y yo terminaríamos rompiendo, en medio de una relación de infidelidades consentidas o consensuadas, y yo ayudada por una mujer policía tremendamente sensual, me hubiera reído.

Debo decir que Tania, si en algún momento sintió ganas o deseos de acostarse conmigo, como me había confesado en alguna ocasión, no demostró nada de todo aquello, una vez que yo me refugié en su casa. Jamás me insinuó la más mínimo ni hizo amago alguno por un acercamiento de ese tipo. Yo creo, sinceramente, que habíamos pasado de nivel y ahora estábamos en la de amigas de verdad, que además compartían confidencias. Sinceramente, debo agradecerle esa actitud y forma de comportarse conmigo.

Había pasado un mes. Un mes de lloros, de desidia por la vida, de inapetencia por todo. Una abulia que debía hartar a Tania, aunque no me dijera nunca lo más mínimo. Por estar conmigo, o pendiente de mí, detuvo por este mes esa vida loca y llena de sexo a la que estaba acostumbrada. Hasta en ese aspecto me sentía culpable.

De Nico no sabía nada. Absolutamente nada. Me tenía bloqueada en el móvil y cualquier intento de comunicarme con él, fue en vano y un fracaso por mi parte.

Durante días hice todo por contactar con él. Necesitaba explicarle, hablarle o simplemente decirle que no quería perderlo. Que sí, que había mentido y ocultado esa segunda noche con Adrián. Y que, a pesar de sentirme sola, abandonada y muy confundida cuando él se fue de Ibiza, tenía razón.

Yo había tomado unas libertades que no estaban en esa especie de reglas no escritas y que debían marcar un límite entre lo permitido y lo arriesgado o peligroso. Él, con seguridad, no marcó límites ni me habló con claridad. Y yo, absurdamente, me dejé llevar por una sensación de sexo fácil, divertido y sin complicaciones. Pero era irreal. Como cuando te imaginas algo y luego, una vez que lo tienes en la mano, te defrauda. Eso había sido mi experiencia con el sexo que me permitió Nico. Me arrepentía totalmente.

Siempre me ha costado frenar a tiempo. Me he dejado llevar muchas veces por mi deseo de vivir, de ser feliz, de evitar al máximo las preocupaciones e intentar sacar a la vida lo mejor. Y, dicho así, puede parecer hasta loable. Pero no. En mi caso, también consistía en no tener la madurez y sensatez necesaria para plantearme, a mí misma, las fronteras de mi disfrute.

—¿De verdad que nos sabes nada de él?

Encima, atosigaba a Tania. Pero es que no podía evitarlo. No podía acudir a ninguna otra amiga, más que nada, porque me resultaba muy complicado explicar que el motivo de nuestra ruptura era la de que Nico había abierto la relación a que yo pudiera follar con otros hombres sin —aparentemente— problema.

No hay mucha gente que pueda entender esto. Y menos, por ejemplo, mis padres. Veía imposible acudir a una amiga de las llamadas normales para que me diera apoyo. Por eso recalé en Tania. Era la única que podía entenderme…

—No sé nada, más, mi niña. —Me decía mientras me abrazaba con cariño—. No te envenenes…

Lo único que me dijo un día, y tras insistirle mucho, fue que Nico seguía viendo a Patricia. ¿Eso significaba que estaban saliendo? ¿Que tenían una relación? ¿Qué él ya se había olvidado de mí? Sinceramente, no lo sabía. Y, Tania, si me decía la verdad y no me ocultaba nada para no ahondar en mi pena y en la herida, tampoco. No quiso describirme más el tema, pero yo intuí en sus ojos y en su tono, que había algo más que «verse». O así lo creí.

Debo confesar que los primeros días fueron terribles. No salía de una especia de depresión continuada. Una sensación de estupidez, de amargura y de soledad se iban solapando a medida que mis pensamientos y reflexiones me embotaban. Era una especie de bucle diabólico; permanente y tóxico que me hacía caer en un estado de absoluta dejadez y melancolía.

No fue fácil. Ni para Tania. Yo, encima, en mi trabajo empecé a no rendir, a ser mucho menos eficaz y, como era de esperar, se me notó. Incluso me llamaron al despacho de mi jefe. Debo decir que, de forma muy amable, se interesó por si me pasaba algo. Incluso, cuando se dio cuenta de que estaba aguantándome las lágrimas, me dijo que me tomara un par de días libres. Lo agradecí, porque noté que de verdad estaba preocupado. Y no es que esos dos o tres días me fueran a salvar o redimir. Yo era consciente de que no, pero al menos, me permitía despreocuparme de mi entorno laboral y, si acaso, pensar de una forma un poco menos agobiante.

Lo hice. Y tomé una determinación. Necesitaba hablar con Nico. Al menos, hacerle saber que me arrepentía y que nunca debimos abrir esa caja de los truenos de la infidelidad consentida. Me acordé de Jorge, del peligro que supuso y de como dos idiotas, continuamos con aquello. Porque sí, había sido Nico el incitador, pero siendo sincera, hasta el momento en que él propuso estar también con otras chicas y lo vi con Tania, yo estaba más o menos conforme con nuestro acuerdo.

Nico no me cogía el teléfono, por lo que no me quedaba más remedio que ir a buscarlo a la oficina o a nuestra casa… La que había sido nuestra casa, me rectifiqué a mí misma. Sabía que era arriesgado, porque me podía encontrar con una negativa en redondo a siquiera escucharme, pero tenía que intentarlo.

Me vestí y tuve la tentación de ponerme guapa, pero lo deseché más allá de vestirme bien, sin excesos. Me dio por pensar que Nico podría tomarlo mal. Era tal mi inseguridad y desconfianza en todo, que hasta dudaba en esas cosas.

Conduje hasta su trabajo sin dejar de pensar en nosotros. En concreto, en aquella tarde que llegué a casa y vi los vestidos que me había preparado para recibir a Jorge. Quién hubiera pensado que poco tiempo después terminaríamos así, cada uno por su lado. Yo engañándolo con Adrián esa segunda noche y él queriendo acostarse con alguna chica para, quizá, compensar lo mío. Se me escaparon un par de lágrimas.

Dejé el coche en un parking y me dirigí hasta la puerta del edificio en donde Nico tenía el despacho. De pronto me percate de que podía no haber ido a trabajar ese día, o estar de viaje… O que me viera de lejos y se escabullera. Sinceramente, mi plan consistía, únicamente, en que me viera y por educación o antiguo cariño, me dejara hablarle unos minutos. Eso era todo. Estaba nerviosa.

Lo vi salir. Y él me vio a mí. Se detuvo un momento y se separó del compañero con quien había salido. Inició un paso cansino hacia donde yo estaba sin dejar de mirarme. Cuando lo tuve cerca, vi el reflejo de la pena, de la frustración, de la impotencia…

—Perdóname… —susurré en medio del comienzo de un sollozo que a duras penas logré controlar—. Cinco minutos… solo te pido cinco minutos. Te lo ruego, Nico…

No dijo nada. En sus ojos había tristeza. Se quedó ahí, a medio metro de distancia, sin acercarse más. Esperando lo que tuviera que decirle.

—Perdóname, Nico… —volví a susurrar. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que las lágrimas no se desbocaran desde mis ojos—. Tienes razón, te mentí. Te lo oculté. Tenía miedo de que si lo conocías, todo se fuera… —me restregué mi ojo derecho con la mano y mucha rapidez—… que termináramos así, separados… —Elevé ligeramente los hombros—. Fui tonta, Nico… Y no debí hacerlo. Perdóname, por favor.

Mi voz se había ido hundiendo hasta convertirse en un hilo de voz, apenas audible. Bajé la mirada y luego cerré los ojos. Ya no me pude contener y comencé a llorar.

—Mamen… —su voz era tranquila, incluso de apego. Pero no encerraba cercanía o complicidad—. Es muy complicado para mí. —Lo miré. Estaba con la vista desviada, perdida en algún punto indeterminado—. Me mentiste Mamen… me mentiste… —bajó la voz.

—Lo siento —acerté a decir totalmente compungida.

—…sé que lo sientes. Pero… —se calló un instante y supe en ese momento que mis esperanzas de que ese día pudiéramos iniciar una cercanía e incluso empezar a tener contacto de forma fluida, se iban a garete—… no puedo, Mamen. Me es imposible ahora fiarme de ti…

—Déjame que lo intente, Nico…

No dijo nada. Continuaba con la mirada perdida. Respiró profundamente y cerró los ojos. Abatido, profundamente triste pero también desconsolado. Luego negó ligeramente con la cabeza.

—Mamen… necesitaría tiempo.

—Vale… —contesté de inmediato viendo ahí una pequeña posibilidad.

—No sé si mucho…, o puede que nunca suceda. —Me miraba ahora fijamente, y vi determinación en su mirada. Vi a un Nico que no me iba a conceder más allá de una remota posibilidad—. No sé si volveré a confiar en ti, Mamen. Por ahora… —resopló ligeramente—, por ahora, no puedo… —Su voz también se fue apagando.

—Solo te pido que nos veamos alguna vez… que… que… no cortes totalmente la relación. Nico, por favor… —me acerqué a rozarle una mano. Él no se alejó, pero tampoco hizo además de responder a esa caricia.

—No lo sé Mamen… no lo sé… Dame unos días y… si eso… te llamo. Para mí es muy complicado… Muy, muy complicado —recalcó—. Y no es el hecho de haberte acostado con otro… O sí, no lo sé, ya… Pero el hecho de mentirme, de ocultármelo, de… engañarme —volvió a expulsar con fuerza el aire por la nariz—… Mamen, no me fío de ti. No sé si ha habido más veces, si…

—Te juro que no, Nico… te lo juro…

—… si aquello fue un capricho o un berrinche… No lo sé, Mamen… Y tampoco sé si ya me importa.

—Nico, me equivoqué… Por favor…

—Mamen, no lo sé. He pensado mucho en nosotros. En todo lo que nos ha sucedido. En… cómo lo hemos jodido. Y en este momento… te soy muy sincero. En este momento, no sé si quiero arreglarlo.

—Nico… —di un nuevo paso para acercarme a él.

Me hizo un gesto con la mano deteniéndome y resopló.

—Mamen… lo siento. Es duro también para mí, pero… no puedo por ahora. No sé si… si pasado un tiempo podré.

—Nico, no rompas la relación… tan solo veámonos de vez en cuando —supliqué.

—No lo sé, Mamen. En serio que no lo sé. Tengo que meditarlo.

Me miró, intentó una sonrisa tímida y adelantó su mano para acariciarme la mía, pero se quedó a medias, interrumpiendo ese movimiento. Luego cerró los ojos, negó ligeramente con la cabeza, dio media vuelta, y se fue.

—Nico, por favor.

Se detuvo. Y pasados un par de segundos, se giró.

—Me lo pensaré. No puedo hacer más, por ahora. Pero te prometo que meditaré lo que me dices.

Lo vi irse, sin volver la vista atrás, y me hice a la idea de que, se abría la posibilidad de que nunca más tendría a Nico.

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