QUISPIAM

Cuando llegué al bar me encontré a Carlos ya medio borracho. Hacía un par de horas que me había llamado para verme, para hablar conmigo, que era urgente pero por motivos laborales no había podido hacerlo hasta ese momento. Y ahí estaba el resultado de mi demora, un tío que apenas se sostenía en pie y que apestaba a alcohol barato.

-Joder, Carlos –dije nada más verlo -¿pero se puede saber qué has hecho?

Estábamos a miércoles, apenas eran las ocho de la tarde y no era normal su estado, que se encontrara en esas condiciones.

-Me ha dejado –chapurreó o eso me pareció entender ya que sus condiciones no eran las mejores para saber de qué hablaba.

-Anda, será mejor que nos vayamos –le dije tratando de alzarlo de la silla donde estaba sentado para alivio del personal del local, deseosos de perder de vista a mi amigo -¡menudo pedal que llevas, tío! ¡Cuando te vea tu parienta ya verás!

Balbuceó algo que no conseguí entender y que desistí de adivinar, cargando su peso muerto fuera de aquel garito de mala muerte donde mi amigo había ido a tratar de olvidar sus penas. Me costó alcanzar el coche, mucho más meterlo dentro y, cuando lo hice, noté como vaciaba su estómago sobre los asientos de él.

-¡La madre que te parió! –blasfemé viendo el desastre que me había liado y jurándome que la factura de la limpieza me la iba a pagar sí o sí.

Me monté y conduje hasta la otra punta de la ciudad todo lo rápido que pude y el tráfico me permitió, tratando de llegar cuanto antes y deshacerme de aquel paquete cada vez más incómodo y apestoso.

Al fin llegué a mi destino y se repitió el proceso de cargar el peso muerto en que se había convertido mi amigo, casi arrastrarlo hasta el interior del ascensor donde tuve que aguantar la respiración a causa del fétido olor que desprendía y maldiciendo el momento en que había aceptado quedar con él.

Toqué el timbre repetidas veces sin que nadie respondiera, sin que nadie abriera y, como pude, extraje la llave del bolsillo de su pantalón con la que poder abrir la maldita puerta y acabar con aquello, entregar al borracho de mi amigo a su esposa y que ella se espabilara con él.

Cuando entré, el silencio me embargó. Estaba claro que allí no había nadie, lo que no sabía si era bueno o malo. Bueno, porque me iba a librar de la bronca más que segura de su mujer por devolverlo de aquella guisa aunque yo no tuviera culpa alguna. Malo, porque eso significaba que aquello se iba a alargar más de lo que deseaba.

Sosteniendo su cuerpo contra el mío, viendo con asco como mis ropas también se manchaban con su vómito, cargué con él hasta el dormitorio con la intención de abandonarlo allí, sobre su cama y largarme cuanto antes. Que durmiera la mona y, si antes de hacerlo llegaba su mujer, pues mala suerte. Que no hubiera bebido tanto.

Nada más entrar en el dormitorio, ya me di cuenta que algo pasaba, acordándome de aquellas palabras que me había parecido escuchar de sus labios y que me había parecido entender mal. Pero, visto lo visto, quizás no era así.

La cama estaba desecha, el armario y los cajones de la cómoda abiertos y prácticamente vacíos. Prendas de ropa que intuí eran de mi amigo, desperdigadas por el suelo. El panorama era desolador y si a eso le sumábamos el silencio que reinaba en el piso, diría que hasta casi funesto.

-Joder, joder, joder –maldije viendo todo aquello -¡Carlos! ¡Carlos!

Pero Carlos no reaccionaba, estaba más para allá que para acá y, con desesperación, volví a cargar con su cuerpo esta vez hacia el baño donde pensaba darle una buena ducha fría para que se le pasaran todos los males. Al menos, los provocados por el alcohol. Los otros, si lo que intuía era cierto, ahí poco podía hacer yo ya.

El grito que pegó Carlos cuando el agua helada golpeó su cuerpo resonó por todo el piso y allí, pese a sus esfuerzos por escapar de aquel calvario, lo mantuve hasta que creí conveniente. Necesitaba hablar con él, saber qué había pasado, qué le había llevado a pillar semejante cogorza y si algo había tenido que ver la ausencia de su mujer y el estado en que se hallaba su dormitorio.

Lo saqué como pude de la ducha, quitándole sus ropas mojadas y secándole un poco, viendo que en cierto modo aquello había ayudado a mejorar su estado físico, su anímico ya era otra cosa, dejándole ropa seca para que se cambiara.

-Ponte esto mientras preparo café –le dije –tú y yo tenemos que hablar.

Lo dejé solo y me fui a la cocina donde preparé los cafés, busqué un ibuprofeno para su más que seguro dolor de cabeza y me senté a la espera de su llegada. No tardó en hacerlo, con el chándal y la sudadera que le había dejado, arrastrando los pies y cabizbajo.

-Tómate esto –le dije señalando el café y la pastilla y él, como un zombi, obedeció ante mi mirada escrutadora.

No dijimos nada durante un buen rato, dándole tiempo a que se recuperara, aprovechando yo para seguir haciendo un vistazo ocular a la cocina y al salón, viendo pruebas evidentes que allí algo pasaba y que, fuera lo que fuera, tenía muy mala pinta para mi amigo.

-¿Me vas a contar qué coño ha pasado aquí? –le pregunté al cabo de un rato, viendo que ya había terminado con su café y parecía algo más entero.

-Me ha dejado –volvió a repetir como un autómata –que me ha dejado, eso pasa.

-¿Laura? ¿Pero por qué? –pregunté sin comprender, sin tener ni idea que entre ellos había problemas.

No contestó. Su mirada se dirigió hacia el portátil que yacía sobre la mesa baja que había delante del sofá y sin mediar palabra, me levanté y fui hacia él. Lo abrí y enseguida me apareció una página web que nunca había visitado y que estaba dedicada a los relatos eróticos.

-¿Y esto que es? –le pregunté sin comprender, no teniendo ni idea de que a mi amigo le fueran ese tipo de cosas.

-Lee –me dijo él a modo de respuesta y yo, queriendo saber de qué iba todo aquello, empecé a hacerlo.

El relato iba sobre las andanzas de un hombre casado que tenía un lío con una ex amante a los pocos meses de haberse casado. Seguía con las mismas dudas de antes, leer aquello no me había aclarado nada.

-Es mío –me respondió ante mi mirada interrogativa haciendo que mis ojos se abrieran como platos –lo he escrito yo y es real.

-Hostia puta, Carlos –dije levantándome del sofá, mirando de forma alternativa a mi amigo y al portátil.

Así que eso era. Su mujer había descubierto aquello y por eso se había largado. Pero había algo que no encajaba, que no comprendía. ¿Por qué ahora? El relato, por lo que había visto, llevaba meses colgado en esa web.

-Fui un gilipollas –me confesó viendo mi desconcierto –Escribí el relato casi como una broma, más por presumir que otra cosa pero gustó y me dejé llevar por las alabanzas, los halagos, las peticiones de más historias.

Asustado, busqué en el perfil y comprobé que bajo el seudónimo de casadomorboso había más historias, más relatos. Miré a mi amigo y, por su expresión, confirmé mis sospechas. Todas eran reales, todas eran ciertas.

-¿En serio? –le recriminé no dando crédito a aquello.

Sabía que en la universidad mi amigo había sido un crápula, un amante de la fiesta y de las mujeres pero ¿quién no lo era en aquella época? Éramos jóvenes, solteros y teníamos toda la vida por delante. Pero se había echado novia, se había casado y siempre había creído que había sentado la cabeza. Estaba claro que me había equivocado. La gente no cambia, eso siempre me decía mi padre y cuánta razón tenía.

-No me puedo creer que le hayas hecho algo así a Laura –dije señalando hacia el portátil, prueba fehaciente de sus múltiples infidelidades.

-¿Qué quieres que te diga? –Se excusó –se suponía que no se iba a enterar. Siempre he sido muy cauteloso. Joder, llevo años poniéndole los cuernos y nunca se había enterado de nada.

-La verdad siempre acaba saliendo a la luz –le dije negando con la cabeza, incapaz de comprender como había podido engañar a una mujer como Laura y, encima, publicarlo en internet como una gracieta –de verdad Carlos, no sé si eres gilipollas o te lo haces.

-¡Claro! –me recriminó –como que tú nunca has engañado a tu novia. ¡Venga ya!

-Pues no, nunca lo he hecho –le respondí reprimiendo mis ganas de partirle la cara al imbécil de mi amigo que, a medida que pasaba el tiempo, lo consideraba menos.

Un resoplido salió de sus labios, como dudando de lo que acababa de decirle. Volví a sacudir la cabeza, esta vez más pensando en Laura que en él, quién se merecía más mi lástima y mi amistad que aquel hombre con el que había desperdiciado media vida. No podía ni imaginarme la cara que se le debía haber quedado al descubrir todas las infidelidades de su marido que, a tenor de lo que reflejaban sus relatos, ya se remontaban a su época de novios.

-¿Dónde está Laura? –le pregunté decidido a dejarlo e irme en su busca, consciente que ella me necesitaba más que él.

-¿Te crees que si lo supiera estaría aquí? ¿O me habría ido a un bar a beber como un cosaco? –estaba claro que se encontraba mejor de su borrachera y que su humor no era muy bueno que digamos –estaría con ella, tratando de convencerla para que volviera.

-¿Lo dices en serio? –Dije estupefacto -¿Crees que después de leer todo esto ella va a volver contigo? Estás fatal, tío.

-Lo hará –respondió con convencimiento –solo tengo que convencerla que nada de todo esto es cierto, que solo son fantasías, cosas inventadas. Pero antes, debo saber cómo lo ha sabido, cómo se ha enterado de todo esto.

-¿Qué quieres decir?

-Que alguien me la ha jugado –me confesó –no sé quién ni cómo pero alguien me ha traicionado.

-Ya –dije escéptico  -pues buena suerte con ello.

-¿Dónde vas? –Me dijo viendo mi intención de largarme -¿no pensarás dejarme solo?

-Pues sí –le respondí –la verdad es que es lo que pensaba hacer. La has cagado y a base de bien y, si te soy sincero, ahora mismo creo que me necesita más Laura que tú.

-¿Es una broma, no? –Me soltó con sarcasmo –soy tu amigo, joder. Tienes que ayudarme a recuperar a Laura. Ayúdame a encontrar a quién me ha jodido.

-Hazlo tú mismo –dije señalando hacía el ordenador –busca entre tus fans. ¿Sabes quiénes son? ¿Quién se esconde detrás de sus nicks? ¡No los conoces de nada y les has contado todas tus intimidades! ¡Dios, no me puedo creer que seas tan gilipollas! ¿No te das cuenta que podía ser cualquiera? Un amigo, un compañero de trabajo, un vecino, alguien del gimnasio. ¡Cualquiera!

A medida que hablaba, veía como su rostro se desfiguraba, cómo empezaba a darse cuenta de su cagada aunque realmente lo estaba haciendo tarde, muy tarde. Aun así, a pesar de saber que la había jodido a base de bien, aun consiguió recuperarse levemente, para mirarme acusatoriamente y lanzar el dardo que iba a fulminar nuestra amistad.

-¿Cómo tú, por ejemplo? –me acusó.

-¿Qué? –Dije sorprendido -¿lo estás diciendo en serio? ¿Me estás acusando a mí?

-¿Por qué no? –Insistió –has dicho que podía ser cualquiera, eso te incluye a ti. Además, siempre me has tenido envidia. Y seguro que estás deseando romper lo nuestro, joderme, para intentar tirarte a Laura.

-Vete a la mierda –le escupí dispuesto a irme para siempre, no dispuesto a seguir aguantando sus viles acusaciones sin fundamento.

Caminé hacia la salida y ya con mi mano sobre el pomo de la puerta, me giré y lo vi, sentado en el sofá, derrotado y, en un último ramalazo de lástima, regresé y me senté a su lado.

-Soy un imbécil –dijo asumiendo, por fin, lo que era una verdad como un templo.

No iba a ser yo quien lo sacara de su error. Después de todo lo que había ocurrido aquella tarde, de todo lo que había descubierto, de sus acusaciones hacia mí, era consciente que nuestra amistad estaba rota, muerta. Allí sentados, con la pantalla abierta ante nosotros con la prueba de sus múltiples faltas ante nuestros ojos, me percaté que en su perfil tenía una notificación de un mensaje privado.

-¿Eso qué es? –le pregunté.

-Alguien que me habrá escrito por privado –me dijo sin darle importancia, sin ninguna intención de abrir el mensaje.

Lo hice yo. No sabía por qué pero algo me decía que era importante y que de allí iban a salir muchas respuestas a las muchas preguntas que mi amigo se hacía. Y vaya si así fue.

-¿Quién es ese? –dije haciendo referencia al remitente del mensaje, un tal empotrador22.

-Un seguidor –me dijo mirando lo mismo que yo –hablamos muchas veces sobre mis relatos y, bueno, de las mujeres…

-Vale –le dije no queriendo saber más y sintiendo cada vez más asco hacia él -¿y esto? –dije haciendo referencia a un enlace que acompañaba al mensaje.

-No sé –dijo arqueando sus hombros –me imagino que un enlace al servidor donde cuelga algunos de sus vídeos. Le gusta grabar a las tías que se folla ¿sabes?

-¿Cómo? –Dije estupefacto no dando crédito a semejante estupidez –tú no…

Solo me faltó ver su cara para saber que sí, que el muy gilipollas era igual de estúpido que el otro y había colgado en internet los vídeos de sus infidelidades. ¡Como si colgar los relatos no fuera ya suficiente!

Le di al enlace sin pedirle permiso ni nada, queriendo acabar con aquello cuanto antes y poner tierra de por medio, alejarme de aquel marrón y desaparecer antes que las cosas fueran a peor pero ya era tarde para eso.

En la imagen, apareció el dormitorio que acababa de visitar, el de mi amigo, su cama, su armario, su cómoda y, cómo no, su esposa. Ahora entendía el porqué de la cama deshecha. Laura, tumbada sobre la cama y bien abierta de piernas, recibía las furiosas arremetidas que empotrador22 le daba, haciéndola gritar de placer.

Miré de soslayo a mi amigo quien se había quedado blanco y paralizado al ver aquello, sin poder de reacción, aturdido, estupefacto. Mi mirada regresó a la pantalla del portátil donde los dos amantes seguían a lo suyo, follando como locos, dando rienda suelta a su pasión y algo me decía que a su particular venganza, la de Laura, a las continuas y muchas infidelidades de su marido.

Los gritos, gemidos, alaridos de placer se sucedían mientras las nalgas de aquel chico, a todas luces más joven que ella, no dejaba de percutir contra el sexo de Laura con violencia, con frenesí, haciendo que el somier de la cama chirriara una cosa mala y que el cabecero de la cama no dejara de golpear la pared de forma rítmica y contundente.

No tardaron los cuerpos en rodar, quedando ahora ella a cuatro patas sobre la cama mientras su amante la penetraba desde atrás, con la misma contundencia, con la misma vigorosidad. Desde esa perspectiva, podía apreciar el bello rostro de la mujer de mi amigo disfrutar con aquel polvo, todo lo contrario que Carlos cuya faz estaba demudada por lo que estaba viendo.

En aquella postura, pude contemplar los grandes pechos de Laura que se mecían al compás de las fuertes arremetidas que su amante le proporcionaba, ver cómo sus prietas nalgas se agitaban cada vez que la pelvis de él golpeaba con virulencia contra el culo de ella.

Pero sobre todo, podía ver la cara de satisfacción de los dos, la de ella por estar culminando su venganza contra el infiel de su esposo y la de él por estar follándose a semejante hembra y encima delante de las narices del pobre cornudo quién, a todas luces, parecía a punto de sucumbir viendo aquello.

-Ahí tienes tu respuesta –le dije sin apartar la mirada de la pantalla, grabando a fuego en mi retina aquella imagen que estaba seguro iba a ser motivo de más de una paja en honor a la mujer de Carlos -¿sabes quién es, no?

Carlos me miró y negó con la cabeza, desconociendo la identidad de empotrador22, del hombre que se estaba follando a su mujer.

-Definitivamente, eres gilipollas –le dije a Carlos –si en lugar de dedicarle tanto tiempo a tus conquistas, en poner tanto esmero en ponerle los cuernos a tu mujer y te hubieras dedicado más a ella, le hubieras prestado algo más de atención, en acompañarla a hacer la compra y todas esas cosas que hacen todas las parejas, sabrías que ese tío trabaja en el centro comercial, que está harto de ver a Laura y seguro que alguna vez también a ti y que, al enviarle los vídeos follando con tus amantes, le has puesto en bandeja que él pueda hacer lo mismo con tu mujer. Ahí tienes a tu traidor.

Fue en ese momento cuando se vino abajo definitivamente, cayendo al suelo mientras rompía a llorar, con su cabeza enterrada entre sus brazos, sollozando de forma desconsolada dándose cuenta de sus errores, de su inmensa estupidez y de lo ingenuo que había sido. No me dio ninguna lástima.

Ahí lo dejé, solo, como se merecía estar, llorando sus penas mientras de fondo los gemidos de su mujer se entremezclaban con su llanto, cosa que, por lo que supe tiempo después ya que aquello supuso el final de nuestra amistad, se alargó durante bastante tiempo ya que los vídeos continuaron llegando, uno tras otro, devolviéndole Laura todas y cada una de las infidelidades que Carlos había cometido contra ella.

Un comentario sobre “El gilipollas: un marido infiel

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