ISA HDEZ

Tenía la costumbre de pasar largo rato alongada en el brocal de madera, contemplando como se reflejaba su cara en el agua del aljibe. Por los lados pasaba la luz y también observaba el cielo anaranjado cuando se reflejaba el sol. La plataforma era de listones de madera y en algunos espacios había grietas, estaban estallados del sol, y por ello su abuela no la dejaba que transitara sobre la base, pero Carmensa lo hacía a escondidas. Se abstraía tanto que pensaba que la figura que se mecía era la de una princesa cabello negro azabache atado con un cordel negro en una coleta, y ojos oscuros achinados de mirada limpia como el agua, boca carmesí y piel blanca como la leche. Escudriñaba en el vaivén del agua como buscando al príncipe de sus sueños que la salvaría si se hundiera en la profundidad. A veces, su tía Delia le tiraba del pelo hacia atrás, temerosa de que resbalara y cayera al pozo, porque ella estaba casi adormecida con la mirada fija en el movimiento del agua, y perdía la noción del tiempo que llevaba asomada en el brocal. Carmensa pasaba días de vacaciones con su abuela María y su tía Delia, y disfrutaba de lleno de la naturaleza del campo. Su abuela la amenazaba con que no la dejaría estar más en la casa si seguía asomándose al aljibe. Carmensa le rogaba y le prometía que no lo haría más, para que no la privaran de ese privilegio. Pero no lo podía evitar, como si una fuerza interior la empujara, cada año cuando retornaba a casa de la abuela, la primera visita era ir al aljibe, asomarse al brocal y mirarse en el agua. ©

Un comentario sobre “El aljibe

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