GABRIEL B

VII

Ayer fuimos al supermercado. Llevando cubrebocas, obvio, y manteniendo la distancia social.

Me doy cuenta de que dije que “fuimos al supermercado” sin haber aclarado quiénes lo hicimos. Tanto pensar en mí y en Lelu me hacen incurrir en el error de creer que el lector sabrá de antemano que estoy hablando de nosotros, y no de mi mujer y yo.

Habíamos decidido, para evitar concurrir al supermercado más de lo necesario, hacer las compras semanalmente, asegurándonos de no olvidarnos nada. Carmen era la encargada de hacer la rigurosa lista de compras, y por esta vez, mientras ella dormía, Lelu y yo nos encargamos de hacer el trabajo pesado.

Por una vez, Lelu vistió de manera que cubrió la mayor parte de su cuerpo, aunque eso no hiso que dejara de verse sexy. El pantalón de jean azul le calzaba como guante, y el top que cubría su torso, si bien era de mangas largas, tenía varios botones delanteros desabrochados, dejando ver parte de los pechos de mi hijastra.

Lelu se miró, embriagada de vanidad, en el espejo, y me pidió que le saque una foto para subirla después a su cuenta.

Si bien no era algo que me molestara hacer —más bien al contrario—, sí me generaba cierta incomodidad.

Realmente no alcanzaba a comprender cómo alguien podía ser tan hermoso. ¿Había conocido a alguna chica así de bella en toda mi vida? Creo que sólo algunas mujeres que salían en revistas y en televisión igualaban a Lelu en belleza, y muy pocas de ellas rivalizaban con mi hijastra en cuanto a sensualidad.

Lo que siguió fue algo a lo que todavía no me terminaba de acostumbrar. Una vez que bajamos del auto y caminamos media cuadra para llegar al supermercado, cada hombre que pasaba a nuestro lado, sin importar su edad, se quedaba idiotizado viendo a Lelu.

Muchos se daban vuelta a mirarla descaradamente. Concentrando su mirada en el culo de Lelu. Varios automovilistas tocaron bocina. Los imbéciles ni siquiera reparaban en que estaba con su padre.

—Qué idiotas —susurré.

—No seas tonto, no te podés enojar con cada uno que me toque bocina, sino, no deberías salir a la calle conmigo.

Lelu me lo decía con total seriedad. Por lo visto, ella estaba mucho más acostumbrada que yo a lidiar con ese tipo de acoso callejero.

Los empleados del supermercado tampoco eran ajenos a los encantos de Lelu. Incluso una repositora quedó embobada al verla.

—Andá juntando las cosas mientras voy a la carnicería —dijo Lelu—. Sé que no te gusta hacer fila.

Fui recorriendo los pasillos, con el carrito. Pero no la perdí de vista. Uno de los repositores, un pendejo de la edad de Lelu, petiso y desgarbado, estaba arrodillado, acomodando la góndola de las galletitas. Lelu estaba parada muy cerca suyo. El pendejo tenía el monumental culo de mi hijastra a la altura de la cara, y no podía evitar mirar de reojo, esas redondeces cubiertas por la tela azul. “Pendejo pajero” pensé para mí, mientras el pibe abría los ojos como plato.

Lelu fingía no verlo, como así tampoco parecía notar cómo varios hombres de aproximadamente de mi misma edad la desnudaban con la mirada. ¿No se daban cuenta de que era casi una nena? Malditos hijos de puta.

Cuando llegó el turno de Lelu en la carnicería, noté el cambio en la actitud del carnicero. No necesitaba ningún doctorado en lenguaje corporal para notar cuando un hombre estaba entusiasmado con la mujer que tenía en frente. El tipo era un gordito de treinta y tantos años. Tenía puesto el cubrebocas, pero en sus ojos se notaba que sonreía estúpidamente, y sacaba pecho. Lelu hablaba con su voz melosa. El tipo le dijo algo que no alcancé a oír, y entonces escuché una corta pero estridente carcajada de Lelu.

“Ni lo sueñes”, pensé para mí. Fui hasta donde estaba mi chica.

—¿Todo bien Lelu? —pregunté.

—Sí Eze, todo bien. ¿Ya cargaste toda la mercadería? —preguntó, viendo el carrito cargado por la mitad.

—No te olvides del bife de cuadril, sino tu mamá nos mata —dije, sin contestar.

El carnicero se quiso hacer el simpático conmigo, pero no le di cabida. Cargamos la carne en el carrito.

—Bueno, vamos a la caja —dijo Lelu.

—No, todavía nos falta los fideos y los artículos de limpieza.

Lelu me miró, indignada. Cuando nos fuimos al fondo, y viendo que no había nadie a nuestro alrededor, me dijo:

—¿Por qué fuiste a buscarme a la carnicería si no habías terminado de comprar?

—¿Perdón? —retruqué, fingiendo estar también indignado—. No te olvides que yo soy el adulto, no tengo que darte explicaciones de lo que hago.

—¿Vos me hiciste una escena de papá celoso recién? —Preguntó ella, sin hacer el menor caso a lo que le acababa de decir.

—Tomalo como una escena de papá cuida —contesté.

—Sos un boludo —dijo, y me dejó con la palabra en la boca.

No volvimos a hablar hasta que entramos al auto.

—¿Te pensás que no me puedo defender de los hombres sola? Aprendí mucho en muy poco tiempo.

—No lo dudo, pero mientras yo esté cerca, te voy a cuidar.

—Sos un exagerado —dijo, con tono de reproche, aunque por su gesto parecía algo enternecida por mis palabras—. Quizás deberías ser así de intenso cuidando a mamá.

—¿A qué te referís?

—A nada…

—El otro día dijiste que Carmen estaba rara.

—Vos también estás raro.

—¿Cómo es eso? Yo sigo siendo el mismo tonto de siempre —me defendí.

Lelu rió. No había nada más lindo que la risa espontánea de Lelu.

—De eso no tengo dudas… pero en parte estás diferente, supongo que todos lo estamos.

—Ya lo creo, mírate a vos misma si no. —Me arrepentí inmediatamente de decir esas palabras.

—¿Es por eso entonces? Ya no soy más la chiquilla rechoncha que se sentaba en tu regazo para que le cuentes historias.

—No seas tonta, podés sentarte en mi regazo cuando quieras.

—Qué bobo.

—En serio —dije—. ¿Tenés algo que decirme? Creo que hay algo que te incomoda, algo relacionado con tu mamá.

—Es sólo lo que ya te había dicho. No me gusta cómo te trata a veces —contestó, desviando la mirada— Además ya se lo dije a ella.

—¿Le dijiste a Carmen que no te gusta cómo me trata?

—Sí ¿está mal?

—¿Qué te dijo ella?

—Que su relación con vos no es di mi incumbencia.

En un gesto instintivo, acaricié su cabello con ternura.

—No te preocupes, está todo bien con tu mamá.

—¿Y vos… Tenés algo que decirme? —Preguntó Lelu cuando ya estábamos llegando a casa.

—No, nada. Aunque para serte sincero… Es cierto que ya no sos la nena que conocí. —Por una vez estaba hablando con total sinceridad, aunque no le iba a decir todas las cosas que pasaban por mi cabeza, por supuesto—. Verte crecer tan rápido es extraño, y esto de Instagram… Todas esas fotos sugerentes, con tantos desconocidos que van a pretender de vos sólo una cosa…

—Ya te dije que no te preocupes por eso. —Lelu apoyó la mano en mi pierna—. Además con esta locura de cuarentena no voy a ir a ningún lado. No me puedo encontrar con ninguno de mis acosadores —bromeó.

Acomodamos la mercadería en las respectivas alacenas y en la heladera. En un momento nos inclinamos para agarrar la misma bolsa. Como en una berreta película romántica, nuestros labios quedaron más cerca de lo habitual.

—A la noche cocino algo para los dos —dijo Lelu.

—¿En serio? — me sorprendí.

—Sí, pero no esperes nada demasiado elaborado eh.

Se fue corriendo a su habitación. Parecía una nena feliz por estar a punto de jugar a su juego favorito.

VIII

—¿Salchichas con puré? —Pregunté, fingiéndome horrorizado al ver la mesa servida—. Es cierto que me dijiste que no ibas a hacer nada elaborado, pero esto…

Lelu rió.

—No te quejes, mamá no te cocina hace años, así que agradecé.

Nos sentamos en la mesa. Yo estuve las últimas horas cortando el pasto de la vereda y del patio del fondo, sólo para hacer tiempo. Luego me di una ducha. Me puse un pantalón y una camisa cómodos. Cuando Lelu fue a avisarme que la comida estaba servida, fingí que apenas me acordaba de que me había prometido cocinar.

—¿Y esto? —pregunté, señalando una botella de vino tinto que estaba en medio de la mesa.

—Eso es una botella de vino, por si no lo notaste —contestó ella con ironía.

Llenó dos copas con la sangre de cristo. No podía decirle nada, Lelu ya contaba con la mayoría de edad. Además, desde hace rato que tomaba alcohol, aunque por lo que sabía, lo hacía de manera consciente. Nunca llegó a casa borracha.

—Está bueno el puré —dije, probando la primera cucharada—. Se nota que te esmeraste mucho en aplastar las papas.

—No seas así de maldito… Poner la cantidad justa de leche y elegir la manteca indicada es muy difícil también.

—Ya lo creo. Igual que hacer hervir las salchichas ¿No?

Ambos reímos de nuestras ocurrencias. Era muy lindo estar en sintonía con Lelu, como si en ese momento tuviésemos una complicidad única.

Estuvimos un rato diciendo esa clase de tonterías, hasta que nuestras copas de vino se vaciaron. Lelu las llenó de nuevo.

—Bueno, una copita más no nos va a hacer nada —dije yo.

—¿Pensás que algo va a cambiar después de esta pandemia Eze? —Preguntó ella. De repente se había puesto seria.

—Creo que vamos a ser los mismos pendejos de siempre, sólo que ahora vamos a tener más cuidado a la hora de estornudar.

—Pienso lo mismo. No cambiamos más.

—¿Estás bien?

—¿Y por qué no iba a estarlo? Sólo me pongo pensativa a veces.

—Me parece muy bien. No basta con ser bonita para salir adelante en este mundo.

—Ya lo sé Eze…

Terminamos de comer, y nos sentamos en el living a ver la tele. Lelu trajo otra botella de vino.

—¿No será mucho? —dije. A mí apenas me habían hecho efecto las copas que tomamos, pero a Lelu ya se la notaba muy alegre.

—No pasa nada Eze. Sólo una copita más. Además, estamos en casa. No tenés que preocuparte porque me vaya a cruzar con algún degenerado que se aproveche de mí.

—No, claro.

Lelu llenó las copas.

—Eze vos te casaste con mamá apenas te separaste de tu mujer ¿no?

—Sí, de hecho, conocí a Carmen cuando todavía estaba casado.

—Qué pillín… ¿Y antes tuviste muchas novias?

Estábamos sentados uno al lado del otro. Cuando me preguntó esto, Lelu golpeó mi pierna con su rodilla.

—No tanto, me junté con Marta a los veinte años. Antes había conocido a unas cuantas mujeres, pero nada importante.

—Marta… que nombre de vieja agreta. —Se burló Lelu.

—Al principio era una mina copada. Pero de a poco se fue transformando. Era paranoica, me celaba mucho, no me dejaba respirar.

—¿Era paranoica? —Lelu rio mientras tomaba otro largo trago de vino—. ¿O era perceptiva? Al final algo de razón tenía, vos ya estabas con mamá.

—No estaba con tu mamá, te dije que sólo la conocía

—Es lo mismo, ya te la estabas chamuyando ¡Sos un viejo tramposo! —pareció enojada cuando dijo esto, pero enseguida su gesto se suavizó—. Mentira, cuando el amor surge no hay nada que se pueda hacer —dijo, mirándome a los ojos.

—Exacto —afirmé —. ¿Y vos? ¿Estás enamorada?

—No, por suerte ese virus no se me pegó. Pero hay muchos que aseguran estar enamorados de mí.

—Ya lo creo —susurré.

—Voy a poner música. No sé cómo no te cansas de ver el noticiero.

—Los viejos amamos ver el noticiero.

—Que tonto, te dije viejo en broma. Todavía sos joven.

Lelu puso a todo volumen un reggaetón escandaloso.

Se paró, con la copa de vino todavía en la mano. Comenzó a bailar frente al televisor. Llevaba el mismo pantalón de jean que se había puesto para salir al supermercado. Sus caderas se movían sensuales al ritmo de la música.

No prestaba atención a mi persona. Sólo se dejaba llevar por la inercia del ritmo, y por el alcohol que corría por sus venas. No pude evitar mirarla, con regocijo. La costura de la parte trasera del pantalón se perdía entre sus nalgas. Sus pechos se mantenían firmes a pesar del continuo movimiento. Las piernas torneadas se desplazaban con agilidad. Lelu tomó otro trago de vino, y un poco del líquido se resbaló por su barbilla. Rió, un tanto avergonzada. Sus mejillas ya estaban rojas, pero ahora tenían un color más intenso.

Dejó el vaso vacío en la mesa ratona, y se sentó en mi regazo.

Las nalgas duras y pulposas se sentían exquisitas en mis piernas.

—Bueno, acá me tenés, para que recordemos viejos tiempos. Contame una historia tío Eze. ¿Te acordás que te decía tío? —preguntó, largándome el aliento a alcohol a la cara.

—Claro que me acuerdo. Carmen pensaba que nunca ibas a poder llamarme papá, así que te inculcó que me digas tío.

Aproveché para apoyar mi mano en su cintura. Unos centímetros arriba estaba la piel desnuda. Mis dedos, sigilosos, se desplazaban lentamente hacia ahí.

—Qué señora metiche —dijo Lelu, con sorna. Aunque en su tono pude adivinar que había un verdadero reproche en sus palabras.

—¿Te gustaría decirme papá? —le pregunté, con cierto temor.

Lelu se inclinó hacia mí. Sus pechos se apretaron en mi cuerpo.

—No… creo que “Carmen” tiene razón. No podría considerarte un verdadero padre. Llegó muy tarde a mi vida señor Ezequiel.

—Pero en parte es mejor así —sugerí.

—¿Mejor?

—Sí… porque si fuera tu padre, no podría ser tu amigo.

—¡Un brindis por la amistad! —dijo Lelu, y sirvió el poco vino que quedaba.

Cuando se paró y dejó de hacer presión en mi pierna, noté que mi sexo ya se estaba despertando.

Por suerte ahora se sentó a mi lado. Si sentía esas nalgas dignas de un monumento, una vez más, sobre mis piernas, no podría evitar una erección, y mucho peor, sería difícil evitar que ella la notara.

Nos quedamos un rato más, conversando de cualquier cosa. Luego Lelu se sintió muy cansada y lentamente, se durmió en mi hombro.

Tenía su boca muy cerca de la mía. Se la acaricié, con suavidad. Lelu balbuceó algo entre sueños. Los labios rosados se movieron. Un hilo fino de baba salió de ellos, impregnándose en su mentón. Se lo limpié con el pulgar. La boca quedó un poco abierta, dejando a la vista sus perfectos dientes. Acerqué mi rostro y uní mis labios a los suyos, sólo por un instante. La humedad de Lelu se adhirió a mí.

La cargué en mis brazos y la llevé hasta su habitación. Deposité su cuerpo sobre el colchón. Lelu abrió los ojos.

—Gracias Eze. Te quiero mucho —dijo, e inmediatamente después se quedó dormida nuevamente.

IX

Desperté bañado en transpiración. Había escuchado un ruido que me llamó la atención. Un sonido corto y seco ¿Fue la puerta delantera al cerrarse? Carmen no había vuelto. Eran las dos de la madrugada, no había motivos para que alguien entrara o saliera de la casa. ¿Lelu estaría bien?

Salí de mi cuarto, y bajé las escaleras, sigiloso. Había un profundo silencio, sólo el motor de la heladera emitía un débil sonido. Pensé que quizá fue mi imaginación. Había tenido una pesadilla y el ruido fue en el sueño y no en la realidad. O quizá algún auto se comió la lomada que estaba a dos cuadras.

La cena con Lelu me había dejado descolocado. Estuve así de cerca de decirle lo que me pasaba con ella.

¿Y qué era lo que me pasaba con mi hijastra? Ni siquiera tenía en claro eso. Al principio sólo despertaba en mí una lujuria incontenible. Pero esa lujuria se estaba mezclando con otros sentimientos. Era muy pronto para hablar de amor. Quizás el cariño fraternal que siento desde que la conozco, se mezclaba con el deseo sexual, dejándome completamente azorado.

Estuve a punto de volver a mi habitación cuando escuché un murmullo. No entendía cuáles eran las palabras que habían pronunciado, pero de lo que sí estaba seguro era que no era Lelu la que había hablado.

Se trataba de una voz masculina.

Ahora sí, me dirigí al cuarto de Lelu. Mi cuerpo temblaba involuntariamente. Sentía frío. Escuché el murmullo nuevamente. ¿Sería un audio que algún amigo le había enviado por Whatsapp? Sin embargo, la voz parecía pertenecer a un adulto. Lelu no tenía amigos de esa edad, que yo supiera.

Encendí la linterna de mi celular para guiarme. Llegué hasta la puerta de su cuarto, seguro de no haber hecho ruido que me pusiera en evidencia.

Me sorprendió notar que la luz de la habitación estaba encendida.

Me puse en cuclillas. Acerqué mi ojo a la ranura de la puerta. El resquicio, a diferencia de el del baño, apenas me permitía ver una parte del cuarto. Pero era suficiente. Lelu estaba sentada en el borde de la cama. Llevaba un conjunto de ropa interior negro, muy sensual. Agarraba las tiras de la tanga, como insinuando que estaba a punto de sacársela.

De repente un brazo entró en el cuadro. Un brazo oscuro que se estiraba para acariciar el rostro de Lelu y después su cabello.

Moví mi cabeza unos milímetros, para que mis ojos pudieran captar otra parte de la imagen, como si estuviese armando un rompecabezas. Yo conocía a aquel hijo de puta ¡Era el carnicero!

Ya sabía yo que mi instinto no me fallaba. Ese sorete se quería coger a mi hijastra y lo estaba consiguiendo.

Estuve a punto de tirar la puerta abajo y sacarlo a patadas de casa. Pero entonces fue la mano de Lelu la que entró en escena. Fue directo a la bragueta del sucio carnicero. Él se arrimó, y mientras ella le bajaba el cierre, su pelvis quedó casi pegada a la cara de Lelu.

No sabía si iba a haber otro momento en mi vida donde pudiese ver a Lelu en una situación tan íntima. El morbo que me generaba la escena se oponía a la inefable indignación que había aparecido al principio.

Quedé petrificado, incapaz de reaccionar.

La verga de piel marrón y venas marcadas quedó a la vista. Era chiquita y cabezona, como un hongo. Su pelvis estaba cubierta de un enmarañado y abundante vello oscuro.

Lelu pareció fascinada ante la repulsiva imagen. Masajeó los testículos del carnicero. Él le susurró algo, ella sonrió. Miraba hacia arriba, probablemente a la cara del tipo, cuando el sexo babeante de este comenzó a meterse entre los carnosos labios de la que hasta hace poco era una tierna niña.

Era una representación moderna de la bella y la bestia. El perfecto rostro de Lelu al encuentro del asimétrico y pequeño miembro del carnicero.

No le fue difícil metérselo entero en la boca. Lo que me sorprendió es que parecía saber muy bien lo que hacía. Masajeaba el tronco mientras le daba placer al glande con su lengua. Un hilo de baba se caía de la boca de Lelu mientras mamaba con más y más vehemencia.

El pelo le cubrió el rostro, así que el carnicero se lo recogió con sus propias manos para que ella pudiera seguir chupándola cómodamente. Yo estaba completamente inmerso en esa escena que parecía sacada de una película porno amateur. Mi verga estaba dura como el hierro. Empecé a acariciarme por encima del Pijama. El carnicero empezó a hacer movimientos pélvicos, dando cortas estocadas. Se estaba cogiendo a Lelu por la boca. ¡El hijo de puta se había escabullido en medio de la noche y había entrado en mi casa para cogerse a Lelu mientras yo dormía!

No pasó mucho tiempo hasta que el tipo comenzó a masturbarse frente al rostro de Lelu. Ella abría la boca esperando que la lluvia blanca cayera adentro. El carnicero no pudo contener el gemido cuando tres chorros abundantes se eyectaron hacia el rostro de mi hijastra.

Lelu se tragó todo, y cuando terminó de hacerlo, tomó la verga fláccida y succionó el semen que había quedado chorreando en el prepucio y el glande. ¡Toda una guarra mi chiquilla!

Mis calzoncillos estaban manchados con un líquido tibio y pegajoso. Yo también había acabado mientras miraba a Lelu mamársela al carnicero.

Se dijeron algo que no oí. El carnicero se desnudó. Se acostaron en la cama. Él encima de ella. Ya no pude ver más que las piernas de ambos mientras él la penetraba. Lelu gemía. Era un gemido largo que intentaba ahogar.

Y luego pasó algo inesperado. Mi celular sonó. El ringtone estaba a todo volumen. Las piernas quedaron quietas. Los resortes del colchón dejaron de chirriar. El celular sonó de nuevo.

Me dolía la cabeza, y sentí que nuevamente empezaba a transpirar profusamente. Otra vez el celular. Lelu abrió la puerta. Estaba completamente desnuda. La sorpresa y la indignación luchaban en un gesto confuso en su rostro. El ringstone me taladró la cabeza por cuarta vez. Me removí en mi cama. Mis ojos se sentían pesados. La imagen de Lelu se tornaba cada vez más borrosa. Hasta que por fin desperté, agitado y sudoroso.

Ya había amanecido hacía rato. Miré el celular. Las nueve de la mañana. Habían llegado cuatro mensajes cortos de Carmen. Mi esposa, sin saberlo, me había sacado de esa pesadilla. Me avisaba que iba a llegar tarde, que no me moleste en hacerle el desayuno.

Continuará

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