ESRUZA

Las paridas duelen, lo sé muy bien, las he vivido,

y más cuando no hay un adiós, una explicación, nada,

sólo un silencio que lastima, una partida

sin volver la vista atrás.

El dolor se clava profundamente, y se tiene que admitir

que no hay otra oportunidad, ya no hay tiempo.

Los sentimientos necios no quieren morir,

pero hay un consuelo, -si es que puede haber uno-

el camino por recorrer es corto.

Ya no hay playas solitarias imaginarias,

con fina arena blanca que brilla a la luz de la luna;

hay estrellas, sí, pero no un lucero,

sólo un par de huellas solitarias que horadan la arena

con rabia, con desesperación, con desilusión.

Yo fui suya, no hay duda, lo fui con toda el alma,

sin embargo, hoy, en esa arena falta un par de huellas.

Soledad, sólo soledad, ¿Acaso todo fue mentira?

No lo sé, debería saberlo, pero no lo sé.

Seguiré caminando sola, dejando mis huellas en esa

arena blanca; esa arena es la vida, en la que dejamos

nuestras huellas, que marcan un destino

que no se supo cambiar.

Sueños que se esfuman a la luz de la luna y las estrellas.

Pero mis versos volarán hasta un lugar lejano

donde habitan mis sentimientos, sentimientos

que no son entendidos ni apreciados, pero

que, tal vez, dejaron alguna huella

que no podrán borrar.

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