Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Estaba yo tranquilamente disfrutando de una tarde soleada cuando decidí sentarme en un banco a contemplar ese bello crepúsculo. Y así estaba cuando se me sentó al lado otro caminante.

– ¿Qué haces aquí?

-Nada, sólo disfruto de la belleza de la naturaleza. ¿Verdad que es hermoso saborear este momento y dar gracias a Dios por tanta hermosura? Es un auténtico regalo.

– ¿Tú lo crees así?

– Bueno. ¿Qué le impide reconocer la belleza de esta gratuidad?

-El desaliento y el desánimo ante tanta necedad social, llena mis expectativas de que pocos saben apreciar lo que tú aprecias.

– ¿Por qué dice eso? ¿A caso es tan raro valorar con gratitud los dones que gratis hemos recibido?

– Bueno, para que no te lleve a confusión este encuentro, comenzaré por presentarme. Soy Satanás o el diablo, como más te guste, y estoy aquí descansando del recorrido diario. Vengo de echar por la ciudad semillas de desaliento y desesperanza. De alimentar el miedo que paraliza y quita la paz a las personas y le impiden elegir con libertad.

– ¿Y son muchos los que caen en tus redes?

-Más de los que te imaginas. Hay mucha gente decepcionada de la vida, porque las cosas no salen como las han planeado, o no suceden como esperaban. ¡Esperan tanto de ellos y de los demás! Y como no sale según lo previsto, se hunden en la desesperanza. ¿No tienes tú experiencia de ello?

– ¿Yo…?

-Sí, ¿en qué pones tu confianza? ¿Qué esperas de la vida? ¿Del día a día?

-Pues la verdad que debo ser muy optimista, pero suelo confiar en que las tormentas sean pasajeras y que pronto brille de nuevo el sol.

– ¡No me lo pongas difícil! ¿Nunca has tenido la sensación de que Él te ha dejado o te parece que está ausente de tus problemas?

– Bueno, unas veces, es una presencia evidente; otras, más escondida, pero, la fe me dice que el Señor siempre está, aunque claramente no lo sienta.

– Me da la sensación, de que me he equivocado de lugar. Este banco no estaba reservado para mí.

– Quizás. Te digo que mi vida la acojo como un don. Mi hogar, mi familia, el trabajo, los afectos, mi presente, con sus alegrías y sus penas…, lo acojo como don de Dios. ¿Qué tengo que no haya recibido? Mis talentos o dotes personales son también un regalo del amor de Dios a mi persona.

– ¡Uf, esto es demasiado!

– Bueno. Ya que estamos de confidencias, te diré que las experiencias más significativas de mi vida son positivas y por tanto me llevan a la gratitud. Al saberme amada y agraciada con tanto, no me queda más que agradecer.

– Ya veo que te falta pasar por la experiencia del dolor, el sufrimiento, la carencia… Es entonces cuando toda la vida se te vuelve al revés y Él se pierde y oculta en la lejanía, olvidándose de tus males terrenos.

-Quizás tengas razón. Mi ignorancia y mi falta de experiencia puede ser la causa de mi optimismo. Pero yo he experimentado en carne propia su amor gratuito y a mi edad, por muchos males que me queden por vivir, ruego a Dios que no se me olvide cuanto me ha dado, todo lo que me ha dado hasta ahora. Por mi parte he de reconocer la vida como un don recibido del amor de Dios y esto me impulsa a la gratitud, a agradecer y corresponder a tanto como se me ha dado.

-Ya veo que he venido a sentarme al lado de una de esas raras personas escogidas.

– Yo no sé si soy una excepción, si hay muchas o pocas personas como yo, pero lo que sí puedo afirmar es que la vida es un misterio de amor a descubrir y que por muy mal que salgan las cosas, por muchos obstáculos que encuentres en el camino, el amor de Dios que nos ha creado no puede abandonarnos a un fracaso existencial.

-Bueno si todas las personas llegaran a estas conclusiones, yo no tendría tarea que hacer en este mundo.

-Ojalá, esto fuera una realidad, pero como tú sabes bien, eres muy fuerte y te aprovechas de nuestra debilidad para seducirnos con engaños y embustes.

-Eso es cierto. La conversión supone diversas actitudes que no se adquieren de la mañana a la noche. Se necesita en primer lugar una amplia actitud de gratitud y confianza, y en general los humanos os cuesta ser agradecidos y sois desconfiados.

– Bueno, la verdad es que de por sí somos seres egoístas, que es un signo de inmadurez porque la persona adulta es la que se da, es generosa, altruista y entregada. Por eso la gratitud y la gratuidad son valores con la misma raíz.

– Si, la persona egoísta -léase el adulto inmaduro- vive su existencia midiendo lo que da y lo que recibe a cambio, sin entregar nada gratis.

– Dios, en cambio, da gratis y es magnánimo, haciendo salir el sol sobre malos y buenos.

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