ESRUZA

Carmen era ya una mujer adulta, y siempre pensó que sus problemas no necesitaban un terapeuta, pero empezaba a pensar que sí, aunque tarde fuera. Necesitaba sacar de sí todos los miedos que la habían atormentado siempre, miedos a relacionarse con el sexo opuesto.

Había sido una niña siempre cuidada; era cariñosa con sus padres. Tal vez la razón original se inició con el rechazo de su padre, al cual ella adoraba.

Todas las mañanas solía despedirse de su madre, antes de irse al colegio, con un beso, mismo que daba a su padre, hasta que cierto día, su padre le dijo: -A mí no me andes con besitos de despedida, eso es para mujeres – no volvió a hacerlo. Ya adolescente, no le permitía tener amigos del sexo masculino, era, para él su consentida, la niña después de 5 varones, la llevaba y la recogía del colegio, aún en la preparatoria.

En su juventud, habiendo terminado sus estudios y dedicada a trabajar, tuvo la desventura de sufrir tres intentos de violación que, afortunadamente, no se llevaron a cabo. Esto la hizo volverse una joven temerosa para relacionarse con el sexo opuesto, pero, como es natural, se enamoró profundamente de alguien, un compañero de trabajo. Lo amo con esa fuerza del primer amor, pero un buen día descubrió, al buscar unos documentos en su escritorio, un acta de matrimonio, estaba casado y nadie lo sabía. Ciertamente, el matrimonio se había llevado a cabo en un lugar muy famoso, antiguamente, por celebrar matrimonios al vapor, lo había hecho para darle apellido al hijo concebido. No vivían juntos, nunca lo hicieron. Ella radicaba en un estado del norte del país y era su prima. ¿Cómo lo supo? Ella, indebidamente, abrió una carta dirigida a ella, en la cual le decía que nunca se casaría con ella formalmente y que podía dejarle a él el niño. Descubrir esto le rompió el corazón, pero en ”el pecado se lleva la penitencia” nunca debió abrir esa carta; nunca le dijo nada a él. Tiempo después él le pidió matrimonio, ella no podía concebir esto sabiendo lo que sabía; en ese momento debió decirle, pero no lo hizo, no tuvo el valor, sólo miedo. Lo amaba demasiado y él a ella. Pero esto hizo que se volviera huraña, miedosa, rechazante a las caricias de él, tenía miedo, se ponía tensa y él se daba cuenta. Un buen día, cuando el intentó abrazarla con pasión contenida, ella reaccionó con mucha tensión, lo que originó que él le dijera – vamos a casarnos, pero es imposible la forma en que reaccionas, un mueble siente más que tú – Esto la hirió profundamente y llegó a convencerse de que así era, frígida. No se casó con él.

El tiempo pasó, tuvo relaciones intrascendentes muy eventuales, y el miedo siempre estaba ahí, hasta que llegó quien realmente sería el amor de su vida, el amor completo llegó sin pensarlo, sin miedos, pero fue un amor frustrado. Hoy en día sigue siendo el amor de su vida, y los miedos están ahí, no se van.

Ahora piensa más que nunca que, tal vez, necesita un terapeuta, porque no es normal todo lo que siente y le tiene miedo, miedo al amor, miedo a sufrir, miedo a no ser una mujer normal.

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