LOLA BARNON

El estallido

(Nico)

Me desperté con pesadez en la cabeza. No había bebido mucho, pero por alguna razón no había descansado de forma conveniente. Noté que el cuerpo de Mamen estaba a mi lado, profundamente dormida.

No me apetecía despertarme y vagabundear por la casa, pero tampoco levantarme para salir a correr, por ejemplo. Opté por quedarme todavía un rato acostado, aunque sabía que no me podría volver a dormir. Miré el reloj de mi móvil y comprobé que eran las diez y media pasadas.

Giré mi cuello y observé a Mamen dormida. Me entraron ganas de acariciarla, de estrujarla contra mí y decirle lo mucho que la quería. No podía entender esa especie de obsesión con Patricia. No me había hecho nada, ni insinuado lo más mínimo. Incluso, debo admitir, que en todo momento, cuando habíamos salido a correr, se mostró con ese punto de distancia que me indicaba que no quería nada contigo.

Era muy mona. No del estilo de Mamen que es más alta, más estilosa y de cara más guapa. O a mí me lo parecía, pero Patricia era atractiva.

Pero su interés en mí, por lo menos hasta ahora, no era otra cosa que relatarme lo sucedido con su exnovio, algo así como un hombro en quien desahogarse. Porque, he de decir, que tampoco esa conversación había monopolizado los minutos que nos habíamos visto. Sí, es posible que ayer fuera más intenso y que ella quisiera contármelo de una forma más concreta. Pero todo radicaba en que su ex había vuelto a contactar con ella a través de una amiga. Y eso, como yo podía entender, la ponía nerviosa. Entendía, por tanto, que ayer me refiriera algunos detalles y pormenores de esa relación tóxica de la que había logrado salir.

No entendía que Mamen no hiciera causa común con ella. No es que mi novia fuera feminista, y ni siquiera entendía las manifestaciones tan reivindicativas, pero sí que se hacía eco de algunas de sus protestas. Tan solo podía figurarme que el rechazo de Mamen hacia Patricia podía estar provocado por los celos. Esa sensación de inseguridad o de propiedad que algunas mujeres y hombres tienen.

Aunque, me sorprendía esa nueva faceta de Mamen. No hubiera pensado que era celosa hasta ese punto. Sí, un poco. Lo que se entiende como habitual o normal, pero no hasta donde ayer había demostrado.

No sabía a la hora que Mamen se había acostado, pero más tarde de las dos y media, seguro. Esa fue la hora hasta la que yo recuerdo haberme quedado despierto.

Cuando di la tercera o cuarta vuelta en la cama sin engancharme de nuevo al sueño, y temiendo despertarla, me levanté.

Sin hacer mucho ruido, entré en la ducha. Allí estuve cerca de un cuarto de hora sintiendo el placentero chorro caliente en mi espalda y en la nuca. Me tranquilicé y me dije a mí mismo que tenía que hacer todo lo posible porque Mamen y yo no discutiéramos. Sabía que eso conllevaba dejar de jugar a este juego tan peligroso de verla con otros hombres. Llevándome, por tanto, a otra pregunta. ¿Iba a ser capaz de mantenerme y no volver a manipularla o intrigar para que se lo montara con otro? ¿Y ella? ¿Era lo que Mamen quería?

Me sequé frotándome todo el cuerpo con fuerza. Me di cuenta de que, lo que en verdad me hubiera gustado, no era detener todo aquello. Sino tan solo, manejar la situación. Ser quien dominara, decidiera y estableciera con quién, quiénes y cuándo. Pero eso era difícil.

Recordé las palabras de Jorge y cuando me dijo que Mamen estaba en otro dimensión o escalón a mí. Y que si yo quería igualarla, debía abrir la pareja a que yo también estuviera con una mujer.

Bueno, me dije, pues si tenía que descender ese peldaño que había subido a medias, lo haría. No quería ni podía perder a Mamen. Habíamos pasado por un tramo de nuestra vida complicado, acercándonos a un fuego que nos estaba empezando a quemar de verdad. Era obvio que yo había forzado la máquina. Entendía que aún estábamos a tiempo de que no nos arrollase la situación. De eso tenía que hablar con Mamen; asegurarme de que ambos estábamos en el mismo estadio y que, juntos, podríamos desandar el camino que yo había iniciado con Jorge.

Me fui a la cocina a prepararme un café. No tenía mucha hambre, por lo que, por el momento, deseché desayunar algo sólido. Quizá, pensé, podría acercarme a por unos churros y despertar a Mamen para tomarlos juntos. No hacía mal día. Aunque, bien pensado, me dije con una sonrisa, el humor de mi novia cuando se despertaba no era el mejor. Si lo que pretendía era una conversación tranquila, sosegada y sin aristas, lo preferible era que no hubiera ningún obstáculo.

Me decidí por un café solo de sabor fuerte y concentrado, y me fui a por la cápsula correspondiente. Sentí el aroma extendiéndose en cuanto el líquido empezó a caer en la taza. Era reconfortante y tenía un cierto sabor a hogar. Venía bien para mis intenciones, reflexioné mientras recogía la taza y me sentaba en una de las sillas altas de la isla de la cocina.

Cogí la taza con ambas manos sintiendo el calor en las palmas y dedos. Saboreé un par de tragos y vi allí, encima de la isla, el teléfono de Mamen, el bolso y los zapatos de tacón en el suelo. Sonreí para mí. Si Mamen lo había dejado allí era porque no quería haber hecho ruido y eso significada que, o vino algo perjudicada o tarde. Lo primero no me importó, lo segundo, debo admitir que un poco más. Pero bueno, me dije a mí mismo, debía hacer caso omiso a esas sensaciones de enfado, desconfianza o malestar. Lo necesario, y así lo había decidido, era recomponer mi relación con Mamen.

Retiré todo aquello un poco para hacerme sitio en la mesa de la cocina y me senté con algo más de comodidad. Tomé un par de sorbos y paladeé el café solo que me había preparado. Era intenso, cargado y me despertó en cuestión de segundos. Me sentí bien, incluso son fuerza o confianza para acometer esa conversación con mi novia, poner todo claro y olvidarnos de aquella aventura que yo había iniciado el día que me dijo que una nueva cuenta había entrado en la agencia. Aquella de acompañantes masculino, que hizo que la idea de contactar con Jorge se hiciera realidad.

De pronto, me sonó muy lejano aquello. Como si hubiera pasado una eternidad, cuando en verdad habían sido solo unos meses. Estaba decidido, lo conveniente era olvidarnos de todo aquello.

Estaba terminando el café y volviendo a sopesar la idea de hacerme un segundo, cuando, en ese momento, entraron dos mensajes en el móvil de Mamen. El móvil estaba al lado de su bolso, casi a mi lado, con lo que pude leerlos en la pantalla, aunque esta estuviera bloqueada.

Lo hice.

Eran dos mensajes.

Uno detrás del otro.

Cerré los ojos y no di crédito.

La tormenta perfecta

 (Mamen)

Me desperté con cierta pesadez. Mire el reloj y eran casi las doce de la mañana. Permanecí unos minutos escuchando, pero solo me llegaba el silencio total de la casa. A mi lado Nico no estaba, pero tampoco escuchaba ningún ruido.

Me levanté con cierta pereza y fui hasta la cocina. Estaba vacía, al igual que el salón. Nico debía haberse ido a correr, a dar un paseo o a tomar algo con algún amigo. De pronto me acordé de Patricia. La simple duda de que pudiera estar con ella me enervaba. Decidí tranquilizarme y darme una ducha rápida. No quería perder mucho el tiempo y si él llegaba de lo que estuviera haciendo prefería estar yo ya dispuesta y preparada.

En efecto, muy poco después de salir de la ducha, escuché el sonido de la puerta y los pasos de Nico en la casa. Respiré hondo y me concentré en mostrarme dócil, tranquila y amable. Teníamos que solucionar este tema de la mejor manera posible.

Puse una sonrisa y me encaminé a la cocina. Allí estaba Nico, de espaldas a mí, aunque no se giró al escucharme. Sin mediar palabra, lo abracé por atrás con toda la ternura y cariño que pude.

—Buenos días cari —musité besándole en el cuello un par de veces.

Algo en mí, me alertó. Nico estaba rígido, incluso después de los dos besos que le había dado en el cuello y de que aún permanecía abrazada a él por su espalda.

No me dijo nada y me di cuenta de que algo le sucedía. No era normal que no reaccionara a una muestra de cariño, incluso en los días en los que nos enfadábamos. Nico era, en ese sentido, mucho mejor que yo. Por las buenas y con mimos se le podía llevar muy bien, sin problema ninguno.

Con sus dos manos deshizo el lazo de mis dedos alrededor de su pecho. Lo hizo despacio, con tranquilidad, casi de forma fría. Continuaba sin decirme una sola palabra.

—¿Sigues enfadado?

Él se volvió muy despacio. Primero miró al suelo, luego a mí. Se quedó con su mirada enlazada en la mía y vi frialdad y algo parecido al desencanto.

—¿Qué pasa cari?

Desvió un momento la vista, se tocó la nariz con sus dedos índice y pulgar de la mano derecha y resopló. Un instante después me miró de nuevo, se sentó en una de las sillas de la cocina y, mientras entrecruzaba sus dedos, negó muy despacio y levemente con la cebeza.

Yo estaba extrañada, mucho. Esta reacción de desapego y de separación a una caricia o un acercamiento mío hacia él, nunca se había dado. Era algo totalmente nuevo para mí. Una luz roja se encendió en mi interior.

Me coloqué el pelo, que aún estaba algo mojado en la parte trasera de mis orejas, carraspeé y me senté junto a él. Avancé mis manos para acariciar las suyas pero, con suavidad, sin hacer ningún movimiento brusco, las retiró después del primero roce.  

—Nico, ¿qué te pasa? Quiero hacer las paces. Estar así, enfadados me mata. Cari, por favor. —Volví a intentar acariciarlo.

No me rechazó, pero un segundo después, de nuevo retiró las manos de mi contacto. Le vi respirar muy hondo, tomar aire, mirar hacia abajo, colocarse el pelo, y por fin mirarme de nuevo a los ojos con esa nube de desencanto o de fraude en sus pupilas.

—Me has mentido… Y engañado. —Me dijo muy suavemente.

Me quedé sin saber a qué se refería. Entendí que sus palabras estaban provocadas por mi escapada de la fiesta con Eduardo y luego con Tania. Pero no sabía a qué hacía mención con lo de mentir.

—Cari, estuve tomando una copa. Me llamo Tania y me lie un poco… Pero nada más, te lo prometo. —No se movió ni varió la mirada. Me estaba poniendo nerviosa—. La puedes llamar. De verdad, Nico.

Tragó saliva. Volvió a enlazar sus manos en la isla y empezó a negar muy despacio con la cabeza.

—No estoy hablando de ayer. —Volvió a hablarme en un tono triste, apagado.

—Entonces, no entiendo nada, cari. Yo… yo, esta mañana pretendía hacer las paces contigo, que… que nos centráramos en nosotros…

—Es tarde —me cortó

—¿Cómo… cómo que tarde? Nico, me estás asustando ¿Qué ha pasado?

Vi que miraba a mi móvil. Que estaba allí, en la mesa de la isla, con bastante poca batería. No entendía nada.

—Mamen, me has mentido. Y engañado. Y lo malo es que… —sonrió con tristeza—, es que veo además que te sigues mensajeando con él. Yo… yo eso no pudo aguantarlo ni consentirlo.

—Pero, Nico, ¿no sé qué quieres decir? ¿Con quién me estoy mensajeando…? De verdad que no sé lo que me dices.

—Voy a estar un par de días fuera. He hablado con uno de los arquitectos del despacho y me voy mañana de viaje con él. Son dos días y espero que te dé tiempo a sacar todo lo que es tuyo de mi casa…

«Mi casa». Aquello me sonó terriblemente dramático. Y ¿qué era aquello de que tenía que irme? ¿Pero qué le pasaba a Nico?

—Mientras dormías, te han llegado un par de mensajes. Y son… son muy claros. —Nico se levantó en ese momento y pasó por mi lado, sin detenerse cuando intenté cogerle de un brazo.

—Pero Nico, ¿qué coño me estás diciendo? Te juro que no sé a qué te refieres. —Empecé a llorar desconsolada—. Por favor, Nico…

—Déjame, Mamen. Solo he subido a casa para decirte esto. Me voy a comer con mi madre a la sierra. Y por favor, no me llames.

Yo estaba estupefacta, sin entender nada. Le volví a rogar que me dijera a qué se debía todo aquello, porque continuaba sin comprender qué había sucedido. Solo cuando escuché el ruido de la puerta cerrarse y el silencio volviendo a golpearme, me fui a por el móvil a ver qué mensajes había recibido y Nico visto.

El móvil estaba bloqueado, pero en la pantalla se leían los últimos recibidos. Uno de Tania que me preguntaba si había llegado bien. Otro de Mila que me decía si podíamos quedar al día siguiente a comer. Cuando lo desbloqueé y vi que había recibido otros dos de Adrián, mi corazón empezó a acelerarse. El primero era un simple saludo

Adrián

Hola, preciosa. Q tal?

El segundo me dejó helada. Cerré los ojos y, entonces, comprendí a Nico

Adrián

Encantado de conocer a tu amiga. Pero me gustaría verte también a ti otra vez. Voy a estar en Madrid en un mes o así, si quieres, podemos vernos… Que la segunda noche en Ibiza fue espectacular. Vaya polvazos, eh?

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